viernes, 9 de junio de 2017

The leftovers






Hay dos formas de retratar el vacío, la primera es delimitándolo, dibujando su contorno para luego rellenarlo. Estableciendo una silueta para pintar el interior con vivos colores, con tinta de rotulador y acuarela, como los niños pequeños cuando se enfrentan a sus primeros dibujos.

Hay una segunda. Y es respetando ese vacío, ese gran hueco. Retratando todo lo demás, todo lo que ha quedado a la vista. Como una imagen en negativo, como el molde en silicona de una escultura de bronce, antes de pasar por la fundición.

La serie de televisión “The Leftovers” de la HBO, desde mismo título establece una insana declaración de intenciones, y sigue con los ojos cerrados y una fe irreductible la segunda de las opciones.

Es una obra difícil, dura, que exige gozo, dolor sufrimiento a sus seguidores, y que devuelve el esfuerzo invertido pagando con las mismas monedas, a partes iguales.

Porque de eso se trata, de dibujar los huecos, de mostrar el vacío, a través de lo que queda alrededor, a través de esos hombres y mujeres reconvertidos en flecos, en sobras, en restos, que han de reconfigurar su existencia construyendo sus vidas de nuevo sobre la nada.

Y ellos, los personajes de la historia lo hacen, edifican sus hogares rotos y sus relaciones personales de nuevo, pero de forma enfermiza, aberrante, colocan sus cimientos en un suelo blando, hecho de chicle y por eso las paredes continuamente amenazan ruina.

La premisa no importa, la parte de ciencia ficción no importa, la propia realidad no importa, porque todo se reduce a dibujar ese hueco, esa existencia perdida.  

Todo se reduce a esa gran pregunta, el mismo interrogante que acecha por las noches entre las sombras, antes del sueño.

El mundo occidental lucha por evitar hacerse esa pregunta. Se droga, se emborracha y compra cosas. Pero la cuestión sigue ahí. Intacta. Es bueno que alguien que cuenta historias en este planeta alprazolam, un buen día se levante y nos toque las narices, nos susurre cosas al oído a nosotros, a aquellos que hacemos todo lo posible por no escuchar lo que nos desagrada.    

jueves, 1 de junio de 2017

Morir en primavera





Hay un espacio construido con silencio, en el que los hombres que han vivido una guerra tienden a refugiarse cuando todo acaba. Una habitación interior, empapelada con recuerdos, alejada de un mundo que sigue girando a pesar de todo, en la que se esconden los veteranos en el desastre, para lamerse las heridas, para poder recoger con calma los pedacitos de sus almas, e inútilmente intentar reconstruir el puzle. Pegando los trocitos de nuevo, con un adhesivo que sin embargo no parece ser del todo efectivo. 

No pueden, porque la guerra no sólo hace trizas el interior de los hombres, sino que también esconde algunos de los fragmentos resultantes, los más importantes de hecho, aquellos sobre los que se sustenta todo, los pilares de la cordura.

Morir en primavera es una gran novela, que nace de ese germen, desde los silencios de una vida y una vejez, desde los espacios en blanco detectados, como en un negativo fotográfico, por un hijo en el carácter de su padre. Es también un excelente libro sobre la pérdida de la inocencia, más que perdida extirpación, en la generación de gente tan valiosa como Günter Grass o el mismísimo papa Ratzinger. Muchachos a los que, con dieciséis años, apenas entrados en la adolescencia, se les movilizó y se les exigió morir y matar para mayor gloria de la bestia. De una agónica bestia.

Morir en primavera de Ralf Rothmann es también una obra sobre la amistad. Sobre ese tipo de amistad que por fraguarse en las primeras etapas de la vida es indestructible y parece clavar sus cimientos en lo más profundo de las personas, parece elevarse sobre la tragedia o el futuro incierto cumpliendo una función esencial en la inestable vida de todo adolescente, la de buscar compañeros de viaje que te ayuden a entender un mundo extraño.

Una buena novela, en definitiva, bellamente editada por libros del asteroide, que desde aquí me permito recomendar a todo el mundo.