martes, 9 de mayo de 2017

Es duro ser un pingüino







George Murray Levick fue un naturalista inglés, cirujano naval, militar aventurero, que hizo varias expediciones a Terranova, (de donde salió vivo de milagro) y luchó en las dos guerras mundiales, nada menos que en la batalla de Gallipoli durante la primera, e infiltrando espías ingleses desde Gibraltar durante la segunda; es por tanto fácilmente identificable como un tipo de mundo, un tipo honorable, pero así mismo alguien conocedor del lado oscuro que todo Homo Sapiens atesora en su interior, un tipo capaz de sobrevivir en una cueva de hielo, comiendo grasa de foca durante meses, tiritando mientras se fuma una pipa para mayor gloria de su majestad.

El caso es que durante uno de sus viajes, durante una de sus observaciones, el bueno de George anduvo un verano austral estudiando el comportamiento del pingüino Adelaida (Pygoscelis Adeliae) en el Cabo Adare, en la Antártida oriental frente al mar de Ross, por aquella época más o menos en el extremo más lejano del culo del mundo conocido, y de su estancia en aquellos lares quedó horrorizado.

Es duro ser pingüino. Están las ventiscas, los depredadores, el hambre, y el hecho de que el cuarto de estar de tu casa es uno de los lugares más inhóspitos de la tierra. Pero es que si además eres un pingüino Adelaida tienes que andarte con ojito con tus amables congéneres.

Resulta que durante el tiempo que los investigó, Levick documentó en muchos machos comportamientos jodidamente depravados, violaciones en grupo de hembras, violaciones en grupo de machos, de polluelos a los que luego mataban, necrofilia con hembras muertas el mismo año, necrofilia con hembras muertas el año anterior y una larga lista de acciones que hicieron escandalizar al científico, a un tipo que con el tiempo se dedicaría a formar comandos ingleses capaces de matar a un enemigo con un mondadientes.

Tanto fue así, que el documento final de la expedición, que aún se conserva, fue redactado en griego clásico, para asegurarse que sólo otros científicos de rancio abolengo y mente amueblada pudieran acceder a semejantes depravaciones.  

Da que pensar el lindo pajarillo. Da que pensar la aparente inocencia de los tipos que vivieron el siglo más terrible de la historia del hombre. Alivia y asusta a partes iguales que la maldad humana, no sea tan exclusivamente humana. Después de todo.

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