jueves, 25 de mayo de 2017

El lechero





La fotografía del lechero es una de esas imágenes míticas, muy potentes. Capaz de condensar una idea, un determinado carácter de un pueblo, y darlo vida entre sombras y luces. Una imagen imperecedera, por desgracia, que salta el tiempo, el espacio, y vuelve a ser reflejo de una realidad que no muere, la de la violencia del hombre contra el hombre, que tan sólo parece reciclarse, tan sólo parece desaparecer para resurgir de nuevo, con el tiempo, engañándonos a todos, como un virus incubado, como una espora enterrada en esos lugares oscuros del alma humana donde nunca llega la luz, donde nunca llega el oxígeno.

Es una imagen potente porque consigue transmitir sin eslóganes ni letras, sin discursos ni palabras altisonantes una realidad, una certeza a veces olvidada. Una certeza que es como una montaña. Difícil de ver mientras la escalas, imposible para el que no tiene perspectiva, para el que no mira en su conjunto. Pero inmensa, imperturbable y estática.

La fotografía del lechero es un montaje. Cuentan los que saben de esto que Fred Morley, el fotógrafo, se echó a las calles londinenses el 9 de octubre de 1940 en el que hacía el trigésimo segundo día la campaña de bombardeos alemana sobre la capital, el mismo día en que una bomba impactó de lleno contra la catedral de St Paoul sin llegar a explotar. Era un momento de pánico colectivo, de dudas y de futuro incierto. Era un momento de censura, en el que todas las fotografías que olieran a derrotismo acababan con una gran aspa roja en un cajón. Y precisamente por eso, el bueno de Morley le pidió a su ayudante que se vistiera con el uniforme de un lechero asustado y que paseara por la calle, entre los escombros.

Da igual. Propaganda o no, la imagen es inmensa por el mensaje. Por ese que apela a la gran certeza, a la gran montaña. Puede que algunos cabrones de mente enferma extiendan un manto de horror, pero lo que es seguro es que, al día siguiente a la tragedia, los hombres civilizados apagarán el fuego, recogerán los escombros, ayudarán a los heridos, repartirán la leche y llorarán a sus muertos.

Y seguirán viviendo sus vidas exactamente de la misma manera, ajenos a las alimañas, desde lo más profundo de la gran certeza, desde lo más alto de la gran montaña, como hombres libres, como hombres iguales, porque no están, no estamos dispuestos a hacerlo de otra manera.


jueves, 18 de mayo de 2017

De edades y recuerdos


         



Hay una edad para cada cosa, hay una edad en la que el tiempo pasa despacio, al principio, y otra en la que pasa a toda hostia, días y semanas en un pestañeo, meses y años en un chasquido de dedos, media vida en un clic, entre el sutil espacio que separa el relámpago del trueno.

Hay una edad, en la que te empiezas a dar cuenta de la gran broma que es esto de respirar, en la que te das cuenta de que la realidad y la fantasía son como partículas cargadas con el mismo signo, se cruzan, se chocan y automáticamente se repelen.

Hay una edad para soñar, hay otra para espabilar, para madurar, quitarte las legañas de los párpados y apretar los dientes. Entre medias de esas dos edades, en mi caso, sonaba en mis oídos la voz de Chris Cornell.

Tiempo de greñas, de walkman, de granos, de zapatillas viejas y de futuros poco claros, tiempo en el que se cocían los adultos del presente no en agua, sino en Mahou cinco estrellas, tiempos en los que la voz de este tipo se te metía en las tripas y el corazón, y te hacía cantarlo a coro, tú y el mundo, tú y los colegas, en el camino, en tu guarida, en el bar de la esquina, en el autobús, en el baño.

Tarareando, acompañado por su timbre característico, en días eternos, reverberando por los parques, por los sueños imposibles, banda sonora de una generación, la mía que nunca supo muy bien qué cojones hacer con su vida.

Hay un tiempo para madurar, para criar, para hacer que el amor fluya, hacia abajo, de padres a hijos como ha hecho siempre. Hay un tiempo para quedarse calvo, para lucir canas en la perilla, para engordar, respirar y pelear contra el olvido, hay un tiempo para que los ídolos de la juventud palmen. Para que sus voces suenen, con suerte, un par de veces en tus recuerdos.

lunes, 15 de mayo de 2017

Mil palabras.






Uno se pasa media vida escribiendo,  juntando letras, contando historias, de forma más o menos lograda, de forma más o menos profesional, por afición, por locura, por necesidad.

Uno se pasa media vida leyendo, juntando letras, admirando historias, construyendo castillos en la sesera, llegando al final de los libros, de las series, de las películas, unas veces con gozo, otras con pena, con alivio o con odio.  Pero siempre atento a la palabra, al poder de la palabra que se transmuta, que construye el hilo, la madeja tras la que llega la red que me atrapa, el polvo tras el que llegan los lodos que me cubren.

Uno hace eso con paciencia, poco a poco, porque en esto de la literatura las cosas buenas se construyen lentamente, es lo que tiene crear un mundo, unos personajes, dar la vida y la muerte en siete días o siete años, o en siete milenios, convertirse en diosecillo de pacotilla lleva su tiempo. Es así.

Pero luego está la realidad. Luego está la fotografía cuando es buena. Presta a arreglarte la mañana para emocionante y a joderte la noche, por comparación, en ese ratito que las sombras te acosan, antes del sueño, porque en la fotografía, cuando es buena, se condensa todo, pérdidas y ganancias, decencias e indecencias, para explotarte en la cara, y contarte aunque no quieras, una vida en un segundo.

No sé mucho de esta foto. Apenas el nombre del fotógrafo (Jeosm), o el magnífico libro que la contiene (Sacrificio). No quiero saber mucho más. Prefiero mirarles a la cara a los protagonistas y ya me lo cuentan ellos.

Ahí están, con los ojos cerrados, los hombres del sacrificio, víctima y verdugo, desencajando sus caras, cuerpos y dientes, desencajando su alma, repartiendo y recibiendo dolor, músculo, piel y huesos transmutados en piedra, construyendo sin quererlo metáforas perfectas de la vida para escritores perezosos.

Ahí están, con los ojos bien abiertos, el resto, el mundo cruel. Nosotros. El árbitro como un extraño sacerdote tatuado, oficiando, el público en éxtasis, en comunión perfecta con la sangre, con el sudor, con las lágrimas. Todos encerrados, todos capturados, todos mostrando sus vidas imaginadas, en un descuido perfecto. Sin tramas, sin capítulos, sin guiones, sin argumentos, sin metáforas chungas, sin nudos y desenlaces.

Atesorando mil palabras por cada gesto, por cada hostia, por cada mirada.

jueves, 11 de mayo de 2017

La gran novela americana tiene formato de cuento.





Periódicamente, en la vida de todo lector surge un elemento estacional e inmutable que alumbra los valles de papel y los ríos de tinta, es un elemento hecho de oro, un santo grial, que de repente recaba todas las miradas, todos los comentarios, todas las reseñas, una obra en la que cristalizan todos los anhelos, todas las envidias y todas las alabanzas de esto que llaman literatura.

Ese elemento refulgente usualmente cambia de aspecto, de diseño, de autor, pero raramente de temática y tamaño, y por supuesto nunca cambia de nombre. Estoy hablando de la “Gran novela americana”

Por encima del lector, más allá de las montañas, refulgiendo en el cielo de los grandes literatos, surge, brilla y repica, llamándonos a la oración, prometiendo la salvación eterna, ungiendo a sus seguidores con el estigma de la modernidad.

He de reconocer que como creyente viejo que soy, cada vez que veo esas señales arrugo el morro y con desgana me preparo para la travesía por el desierto, atento a las palabras, atento a la estructura, y anhelando encontrar una vez más esa gran obra que me deje con la boca abierta, con el alma apretada, zarandeada y erosionada, pero feliz.

No sé qué coño es la gran novela americana pero últimamente cada vez que me enfrento a su sello de garantía, me pierdo, me aburro y empiezo a contar las normalmente innumerables páginas que quedan frente a mí para llegar a las tres letras mágicas, al paraíso perdido de los elegidos. 

Sin embargo, a veces la fortuna pone inesperadamente frente a mí, sin fanfarrias ni sermones, textos que me indican lo que debiera ser, obras que me transportan a esas ciudades hechas por tipos teóricamente hechos a sí mismos, pobladas por mujeres que se olvidan de respirar, esos vecindarios de casas con porche, con perro en el patio y pickup a la entrada, plagadas de seres que envuelven su desesperación con papel celofán,  esas sociedades donde la vida se disfraza, la muerte se camufla, se ignora o directamente se decora, una vez al año, con colmillos de juguete y calabazas de plástico.

Es gracioso, casi ridículo, ver las cabriolas y malabarismos que los orgullosos ciudadanos del primer mundo hacemos con tal de aplazar la gran pregunta existencial, ese gran “que cojones hago aquí” que llena las mesillas de alprazolam.

A veces me acerco, a veces disfruto, a veces encuentro antologías de cuentos como este singular “Alfa, Bravo, Charlie, Delta” de Stephanie Vaughn publicado por Sajalin Editores que me hacen recordar a Salinger con una sonrisa, que me hacen pensar que la gran novela americana, quizás tiene formato de cuento.

martes, 9 de mayo de 2017

Es duro ser un pingüino







George Murray Levick fue un naturalista inglés, cirujano naval, militar aventurero, que hizo varias expediciones a Terranova, (de donde salió vivo de milagro) y luchó en las dos guerras mundiales, nada menos que en la batalla de Gallipoli durante la primera, e infiltrando espías ingleses desde Gibraltar durante la segunda; es por tanto fácilmente identificable como un tipo de mundo, un tipo honorable, pero así mismo alguien conocedor del lado oscuro que todo Homo Sapiens atesora en su interior, un tipo capaz de sobrevivir en una cueva de hielo, comiendo grasa de foca durante meses, tiritando mientras se fuma una pipa para mayor gloria de su majestad.

El caso es que durante uno de sus viajes, durante una de sus observaciones, el bueno de George anduvo un verano austral estudiando el comportamiento del pingüino Adelaida (Pygoscelis Adeliae) en el Cabo Adare, en la Antártida oriental frente al mar de Ross, por aquella época más o menos en el extremo más lejano del culo del mundo conocido, y de su estancia en aquellos lares quedó horrorizado.

Es duro ser pingüino. Están las ventiscas, los depredadores, el hambre, y el hecho de que el cuarto de estar de tu casa es uno de los lugares más inhóspitos de la tierra. Pero es que si además eres un pingüino Adelaida tienes que andarte con ojito con tus amables congéneres.

Resulta que durante el tiempo que los investigó, Levick documentó en muchos machos comportamientos jodidamente depravados, violaciones en grupo de hembras, violaciones en grupo de machos, de polluelos a los que luego mataban, necrofilia con hembras muertas el mismo año, necrofilia con hembras muertas el año anterior y una larga lista de acciones que hicieron escandalizar al científico, a un tipo que con el tiempo se dedicaría a formar comandos ingleses capaces de matar a un enemigo con un mondadientes.

Tanto fue así, que el documento final de la expedición, que aún se conserva, fue redactado en griego clásico, para asegurarse que sólo otros científicos de rancio abolengo y mente amueblada pudieran acceder a semejantes depravaciones.  

Da que pensar el lindo pajarillo. Da que pensar la aparente inocencia de los tipos que vivieron el siglo más terrible de la historia del hombre. Alivia y asusta a partes iguales que la maldad humana, no sea tan exclusivamente humana. Después de todo.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Fariña





Hay un aura atractiva alrededor de los malos de las novelas, de las películas, una especie de rayo tractor, de carga polarizada que nos atrae a todo lector civilizado y temeroso de la ley, que vemos quizás en el lado oscuro, en el reverso tenebroso, una imagen en negativo de nosotros mismos, un destello del pequeño monstruo que habita escondido en cada ser humano.

No hay una buena novela sin un buen malo, y quizás por eso es inevitable encumbrar al maldito, al mafioso, al buen ladrón o al traficante, y otorgarle cualidades tremendamente cinematográficas, actitudes como la valentía, el honor, la lealtad o la rebeldía, los humanizan, justifican y redimen, en última instancia, su comportamiento antisocial.

Hace algún tiempo, “Los Soprano”, para muchos una de las mejores series de todos los tiempos, dio en el clavo precisamente al hacer eso; al despojar de mitología al mafioso, al humanizar al hijo de puta, al traerle de vuelta al mundo cruel, dejó bien a las claras las miserias de los miserables, que llegados a este punto, el de la puta realidad, no son ni valientes, ni honorables, ni rebeldes, dentro, en sus tripas no tienen más ideales que los que llegan con la codicia, y mierda.

Mierda a punta pala. Envuelta, decorada con ropas caras, con vehículos horteras de potentes cilindradas. Pero mierda al fin y al cabo.

Fariña va de eso, y por eso me ha gustado, es un libro currado, con docenas de referencias a alijos y a delincuentes en las que es fácil perderse, pero que resume a las claras toda la estructura social, política y económica que se ha montado encima del trasiego de un alcaloide.

Y no se queda ahí. Porque detrás de ese negocio. Por encima, por delante y por debajo hay gente que sufre las consecuencias, políticos, jueces, fiscales, guardias civiles,  narcos, yonkis, madres de yonkis y consumidores esporádicos. Pero también la sociedad entera, que se da la vuelta, en silencio, que coloca las costuras por fuera y premia al miserable, que se olvida del esfuerzo, del puto esfuerzo que supone sacar un trabajo adelante sin tener que hundir la vida al prójimo.

Es un libro valiente, que por momentos me ha recordado inevitablemente a “Gomorra” de R. Saviano, lleno de anécdotas, de datos, pero también con esa carga de profundidad, esa llamada de atención a la sesera del lector, que ha de tener todo buen libro.