domingo, 30 de abril de 2017

La armadura de la luz





La armadura de la luz es un excelente libro de fantasía, para leer y devorar, que narra las peripecias de dos infelices aventureros en un mundo donde, como no podía ser de otra manera, pululan oscuras sectas, semidioses, magos, crueles señores feudales, mercenarios, amazonas, inquietantes ascetas y multitud de personajes de toda clase y condición, unos llenos de codicia y otros llenos de bondad, pero todos obnubilados ante la posibilidad de hacerse con el poder que atesora la mágica y sagrada armadura.

Es un libro digno de darle una oportunidad, tanto si os gusta la fantasía como si no, que me ha sorprendido por dos cualidades; la primera es la bella construcción del mundo en el que los protagonistas desarrollan sus aventuras (eso que los anglosajones llaman world-building), pudiendo considerar a la propia ciudad portuaria de Melay, casi como un personaje más de la historia, donde se aprecia sin esfuerzo el inmenso trabajo del autor, que ha levantado todo un universo detallado y creíble, que además es capaz de presentar al lector de forma sencilla y clara, no siendo necesario un mapa o un listado de nombres de personajes para orientarse y eso es algo que personalmente agradezco.

La segunda cosa que me ha sorprendido gratamente es el viraje de la acción que encuentras hacia la mitad del libro. Si en el comienzo del mismo Javier Miró se toma su tiempo para presentar personajes y para darles profundidad y realismo, en el momento en el que empieza el torneo la historia se lanza en picado, con el cuchillo entre los dientes y la pistola de plasma al cinto, a repartir mandobles, patadas, sablazos, mordiscos y disparos, momento en el que, si el lector ha sido paciente y ha sabido esperar ya no va a poder hacer otra cosa que devorar el libro.

Termino, no sin antes señalar que es una historia redonda, con principio y fin, aunque no cierra la puerta a futuras aventuras, no decide maltratar al lector con un cliffhanger de esos que presagian odiseas interminables; si la historia merece una trilogía lo será por su calidad, por su trabajo y porque es una novela jodidamente entretenida.    

domingo, 2 de abril de 2017

Y las palabras se convirtieron en río.





Hay un loco en la Rue Jacob. Camina bajo la tormenta empapado, porque el hombre mojado no le teme a la lluvia, porque el hombre desquiciado no le teme a la vida. Habla francés con acento extraño y arrastra sus pies descalzos por el adoquinado, chapoteando sobre sus tobillos mugrientos. Ríe, más que risas carcajadas, con un punto sardónico, de disfrute. Y murmura, señalando al cielo, susurrando al agua palabras inconexas en todas las lenguas de la tierra. Merodea el café de los bajos y habla con las prostitutas, con los bohemios, y otras gentes de vivir torcido. Los riega con frases que nadie escucha, que se mezclan con diluvio universal y les advierte.
El final está cerca.
Llegado el momento. El agua del Sena se desborda. Crece sin medida y reclama un hueco, un camino olvidado. La crecida casi se lleva al loco, le obliga a refugiar sus andares destruidos de la corriente, mientras entra el líquido elemento en la librería de volúmenes antiguos, irrumpe más bien, rompiendo las puertas, anegando los sótanos y liberando las letras de sus ataduras terrenales.
Flotan los libros y navegan calle abajo, junto al pirado que se aferra a una farola. Junto al borracho verde por dentro y verde por fuera, que preso de la verdad absoluta impresa en los ríos de absenta, grita.

― ¡Y las palabras se convirtieron en río! ¡Y regaron los campos de letras, arrasando al necio, dando de beber al sediento y permitiendo a las semillas del verbo crecer! ¡Y los hombres inquietos llenaron su alma de historias, y sobrevivieron aferrados a su luz, en la noche eterna!