sábado, 28 de enero de 2017

El hombre extraviado




 El hombre sin recuerdos ahora sabe que la memoria está hecha de cenizas, inútil materia prima, frágil e inerte, con la que ha construido caducos parapetos en su cabeza, murallas cuarteadas incapaces de detener el huracán; desnudo, helado, empapado; sin esfuerzo llega a la conclusión de que el olvido es como un niño travieso, como una amante despechada, como un pintor de retratos que sólo usa el color blanco, que construye realistas lienzos monocromáticos fieles al reflejo perfecto de la nada, copia exacta de su mundo transparente, maestro obcecado que siempre enseña una única lección, biógrafo que ha escrito su vida con un lápiz de carpintero, que ha arrastrado después el extremo de sus dedos sobre las líneas de grafito, atento ante los nombres en descomposición, verbos y adverbios heridos de muerte, difuminados, rotos en cachitos pequeños, sílabas, letras y trazos sin sentido; el hombre sin recuerdos ahora sabe que todo lo que sabe no es nada y extravía su existencia mientras escucha el silencio de sus propias palabras.

lunes, 23 de enero de 2017

Las palabras nunca dichas





En ocasiones, hay charlas que no mantienes, frases que deben ser dichas y escuchadas pero que sin embargo, no sé muy bien porqué, quedan en un baúl junto con el resto de las palabras nunca pronunciadas, de los diálogos nunca sostenidos; a veces hay personas desconocidas a las que sientes que les debes algo, gente que por puro azar se cruzan en este mundo contigo, tipos a los que, por falta de tiempo, por cansancio, vergüenza, egoísmo o simplemente por no ser el momento adecuado en el lugar adecuado, ves llegar y marchar sin abrir la boca, enmudecido, sustituyendo la conversación necesaria por un gesto triste, un labio mordido y quizás un me cago en mi puta estampa dicho por lo bajini hacia el cuello de tu camisa, donde nadie puede escucharlo.

Hace unos días, este universo entrópico puso frente a mí, en mi lugar de trabajo, a un muchacho muy joven, delgado, alargado como un día sin pan, y de gesto cansado, que, acompañado de un hombre mayor, probablemente era su padre, se presentó con un libro bajo el brazo.

Hola, soy escritor me dijo, enseñándome un ejemplar grueso, con una portada de esas que prometen dragones, orcos y mazmorras en el interior. ¿Quieres comprarlo?

Tras la sorpresa inicial, y la pena siguiente, un millón de frases surgieron en mi cabeza, frases que hablaban sobre la dictadura de la página en blanco, sobre los personajes que viven y mueren sólo en tu cabeza, y sobre la desesperación que llega después, tras la tinta que nadie nunca lee, tras la tinta que nadie nunca escucha.

Frases que trataban de este oficio y de los extraños mecanismos que hacen al escritor vivir cuadrando el círculo, vivir subiendo eternamente una montaña.

Tristemente sustituí esas frases con un simple no. Dos letras amargas, fáciles de pronunciar y de escuchar, pero densas y tóxicas como el plomo.

Quizás tendría que haber hablado, tendría que haber aconsejado, advertido al muchacho sobre lo que hay, sobre lo que le espera, haberle comprado y preguntado por su obra, por su sueño, por cuanta pasta le habían sacado los piratas de parche en el ojo y sonrisa afilada por llenar su casa con palabras impresas que él ya se sabe de memoria.

Quizás tendría que haberle hablado también de los decentes, de aquellos que saben escuchar, que saben leer y saben aconsejar, justos en Sodoma, difíciles de encontrar pero que esperan ocultos en la red a ser descubiertos sólo con un poco de suerte, sólo con un poco de paciencia.

A veces uno habla cuando debe callar y calla cuando debe hablar. Sirva esta entrada para disculparme con aquel muchacho desconocido.