viernes, 9 de junio de 2017

The leftovers






Hay dos formas de retratar el vacío, la primera es delimitándolo, dibujando su contorno para luego rellenarlo. Estableciendo una silueta para pintar el interior con vivos colores, con tinta de rotulador y acuarela, como los niños pequeños cuando se enfrentan a sus primeros dibujos.

Hay una segunda. Y es respetando ese vacío, ese gran hueco. Retratando todo lo demás, todo lo que ha quedado a la vista. Como una imagen en negativo, como el molde en silicona de una escultura de bronce, antes de pasar por la fundición.

La serie de televisión “The Leftovers” de la HBO, desde mismo título establece una insana declaración de intenciones, y sigue con los ojos cerrados y una fe irreductible la segunda de las opciones.

Es una obra difícil, dura, que exige gozo, dolor sufrimiento a sus seguidores, y que devuelve el esfuerzo invertido pagando con las mismas monedas, a partes iguales.

Porque de eso se trata, de dibujar los huecos, de mostrar el vacío, a través de lo que queda alrededor, a través de esos hombres y mujeres reconvertidos en flecos, en sobras, en restos, que han de reconfigurar su existencia construyendo sus vidas de nuevo sobre la nada.

Y ellos, los personajes de la historia lo hacen, edifican sus hogares rotos y sus relaciones personales de nuevo, pero de forma enfermiza, aberrante, colocan sus cimientos en un suelo blando, hecho de chicle y por eso las paredes continuamente amenazan ruina.

La premisa no importa, la parte de ciencia ficción no importa, la propia realidad no importa, porque todo se reduce a dibujar ese hueco, esa existencia perdida.  

Todo se reduce a esa gran pregunta, el mismo interrogante que acecha por las noches entre las sombras, antes del sueño.

El mundo occidental lucha por evitar hacerse esa pregunta. Se droga, se emborracha y compra cosas. Pero la cuestión sigue ahí. Intacta. Es bueno que alguien que cuenta historias en este planeta alprazolam, un buen día se levante y nos toque las narices, nos susurre cosas al oído a nosotros, a aquellos que hacemos todo lo posible por no escuchar lo que nos desagrada.    

jueves, 1 de junio de 2017

Morir en primavera





Hay un espacio construido con silencio, en el que los hombres que han vivido una guerra tienden a refugiarse cuando todo acaba. Una habitación interior, empapelada con recuerdos, alejada de un mundo que sigue girando a pesar de todo, en la que se esconden los veteranos en el desastre, para lamerse las heridas, para poder recoger con calma los pedacitos de sus almas, e inútilmente intentar reconstruir el puzle. Pegando los trocitos de nuevo, con un adhesivo que sin embargo no parece ser del todo efectivo. 

No pueden, porque la guerra no sólo hace trizas el interior de los hombres, sino que también esconde algunos de los fragmentos resultantes, los más importantes de hecho, aquellos sobre los que se sustenta todo, los pilares de la cordura.

Morir en primavera es una gran novela, que nace de ese germen, desde los silencios de una vida y una vejez, desde los espacios en blanco detectados, como en un negativo fotográfico, por un hijo en el carácter de su padre. Es también un excelente libro sobre la pérdida de la inocencia, más que perdida extirpación, en la generación de gente tan valiosa como Günter Grass o el mismísimo papa Ratzinger. Muchachos a los que, con dieciséis años, apenas entrados en la adolescencia, se les movilizó y se les exigió morir y matar para mayor gloria de la bestia. De una agónica bestia.

Morir en primavera de Ralf Rothmann es también una obra sobre la amistad. Sobre ese tipo de amistad que por fraguarse en las primeras etapas de la vida es indestructible y parece clavar sus cimientos en lo más profundo de las personas, parece elevarse sobre la tragedia o el futuro incierto cumpliendo una función esencial en la inestable vida de todo adolescente, la de buscar compañeros de viaje que te ayuden a entender un mundo extraño.

Una buena novela, en definitiva, bellamente editada por libros del asteroide, que desde aquí me permito recomendar a todo el mundo.

jueves, 25 de mayo de 2017

El lechero





La fotografía del lechero es una de esas imágenes míticas, muy potentes. Capaz de condensar una idea, un determinado carácter de un pueblo, y darlo vida entre sombras y luces. Una imagen imperecedera, por desgracia, que salta el tiempo, el espacio, y vuelve a ser reflejo de una realidad que no muere, la de la violencia del hombre contra el hombre, que tan sólo parece reciclarse, tan sólo parece desaparecer para resurgir de nuevo, con el tiempo, engañándonos a todos, como un virus incubado, como una espora enterrada en esos lugares oscuros del alma humana donde nunca llega la luz, donde nunca llega el oxígeno.

Es una imagen potente porque consigue transmitir sin eslóganes ni letras, sin discursos ni palabras altisonantes una realidad, una certeza a veces olvidada. Una certeza que es como una montaña. Difícil de ver mientras la escalas, imposible para el que no tiene perspectiva, para el que no mira en su conjunto. Pero inmensa, imperturbable y estática.

La fotografía del lechero es un montaje. Cuentan los que saben de esto que Fred Morley, el fotógrafo, se echó a las calles londinenses el 9 de octubre de 1940 en el que hacía el trigésimo segundo día la campaña de bombardeos alemana sobre la capital, el mismo día en que una bomba impactó de lleno contra la catedral de St Paoul sin llegar a explotar. Era un momento de pánico colectivo, de dudas y de futuro incierto. Era un momento de censura, en el que todas las fotografías que olieran a derrotismo acababan con una gran aspa roja en un cajón. Y precisamente por eso, el bueno de Morley le pidió a su ayudante que se vistiera con el uniforme de un lechero asustado y que paseara por la calle, entre los escombros.

Da igual. Propaganda o no, la imagen es inmensa por el mensaje. Por ese que apela a la gran certeza, a la gran montaña. Puede que algunos cabrones de mente enferma extiendan un manto de horror, pero lo que es seguro es que, al día siguiente a la tragedia, los hombres civilizados apagarán el fuego, recogerán los escombros, ayudarán a los heridos, repartirán la leche y llorarán a sus muertos.

Y seguirán viviendo sus vidas exactamente de la misma manera, ajenos a las alimañas, desde lo más profundo de la gran certeza, desde lo más alto de la gran montaña, como hombres libres, como hombres iguales, porque no están, no estamos dispuestos a hacerlo de otra manera.


jueves, 18 de mayo de 2017

De edades y recuerdos


         



Hay una edad para cada cosa, hay una edad en la que el tiempo pasa despacio, al principio, y otra en la que pasa a toda hostia, días y semanas en un pestañeo, meses y años en un chasquido de dedos, media vida en un clic, entre el sutil espacio que separa el relámpago del trueno.

Hay una edad, en la que te empiezas a dar cuenta de la gran broma que es esto de respirar, en la que te das cuenta de que la realidad y la fantasía son como partículas cargadas con el mismo signo, se cruzan, se chocan y automáticamente se repelen.

Hay una edad para soñar, hay otra para espabilar, para madurar, quitarte las legañas de los párpados y apretar los dientes. Entre medias de esas dos edades, en mi caso, sonaba en mis oídos la voz de Chris Cornell.

Tiempo de greñas, de walkman, de granos, de zapatillas viejas y de futuros poco claros, tiempo en el que se cocían los adultos del presente no en agua, sino en Mahou cinco estrellas, tiempos en los que la voz de este tipo se te metía en las tripas y el corazón, y te hacía cantarlo a coro, tú y el mundo, tú y los colegas, en el camino, en tu guarida, en el bar de la esquina, en el autobús, en el baño.

Tarareando, acompañado por su timbre característico, en días eternos, reverberando por los parques, por los sueños imposibles, banda sonora de una generación, la mía que nunca supo muy bien qué cojones hacer con su vida.

Hay un tiempo para madurar, para criar, para hacer que el amor fluya, hacia abajo, de padres a hijos como ha hecho siempre. Hay un tiempo para quedarse calvo, para lucir canas en la perilla, para engordar, respirar y pelear contra el olvido, hay un tiempo para que los ídolos de la juventud palmen. Para que sus voces suenen, con suerte, un par de veces en tus recuerdos.

lunes, 15 de mayo de 2017

Mil palabras.






Uno se pasa media vida escribiendo,  juntando letras, contando historias, de forma más o menos lograda, de forma más o menos profesional, por afición, por locura, por necesidad.

Uno se pasa media vida leyendo, juntando letras, admirando historias, construyendo castillos en la sesera, llegando al final de los libros, de las series, de las películas, unas veces con gozo, otras con pena, con alivio o con odio.  Pero siempre atento a la palabra, al poder de la palabra que se transmuta, que construye el hilo, la madeja tras la que llega la red que me atrapa, el polvo tras el que llegan los lodos que me cubren.

Uno hace eso con paciencia, poco a poco, porque en esto de la literatura las cosas buenas se construyen lentamente, es lo que tiene crear un mundo, unos personajes, dar la vida y la muerte en siete días o siete años, o en siete milenios, convertirse en diosecillo de pacotilla lleva su tiempo. Es así.

Pero luego está la realidad. Luego está la fotografía cuando es buena. Presta a arreglarte la mañana para emocionante y a joderte la noche, por comparación, en ese ratito que las sombras te acosan, antes del sueño, porque en la fotografía, cuando es buena, se condensa todo, pérdidas y ganancias, decencias e indecencias, para explotarte en la cara, y contarte aunque no quieras, una vida en un segundo.

No sé mucho de esta foto. Apenas el nombre del fotógrafo (Jeosm), o el magnífico libro que la contiene (Sacrificio). No quiero saber mucho más. Prefiero mirarles a la cara a los protagonistas y ya me lo cuentan ellos.

Ahí están, con los ojos cerrados, los hombres del sacrificio, víctima y verdugo, desencajando sus caras, cuerpos y dientes, desencajando su alma, repartiendo y recibiendo dolor, músculo, piel y huesos transmutados en piedra, construyendo sin quererlo metáforas perfectas de la vida para escritores perezosos.

Ahí están, con los ojos bien abiertos, el resto, el mundo cruel. Nosotros. El árbitro como un extraño sacerdote tatuado, oficiando, el público en éxtasis, en comunión perfecta con la sangre, con el sudor, con las lágrimas. Todos encerrados, todos capturados, todos mostrando sus vidas imaginadas, en un descuido perfecto. Sin tramas, sin capítulos, sin guiones, sin argumentos, sin metáforas chungas, sin nudos y desenlaces.

Atesorando mil palabras por cada gesto, por cada hostia, por cada mirada.

jueves, 11 de mayo de 2017

La gran novela americana tiene formato de cuento.





Periódicamente, en la vida de todo lector surge un elemento estacional e inmutable que alumbra los valles de papel y los ríos de tinta, es un elemento hecho de oro, un santo grial, que de repente recaba todas las miradas, todos los comentarios, todas las reseñas, una obra en la que cristalizan todos los anhelos, todas las envidias y todas las alabanzas de esto que llaman literatura.

Ese elemento refulgente usualmente cambia de aspecto, de diseño, de autor, pero raramente de temática y tamaño, y por supuesto nunca cambia de nombre. Estoy hablando de la “Gran novela americana”

Por encima del lector, más allá de las montañas, refulgiendo en el cielo de los grandes literatos, surge, brilla y repica, llamándonos a la oración, prometiendo la salvación eterna, ungiendo a sus seguidores con el estigma de la modernidad.

He de reconocer que como creyente viejo que soy, cada vez que veo esas señales arrugo el morro y con desgana me preparo para la travesía por el desierto, atento a las palabras, atento a la estructura, y anhelando encontrar una vez más esa gran obra que me deje con la boca abierta, con el alma apretada, zarandeada y erosionada, pero feliz.

No sé qué coño es la gran novela americana pero últimamente cada vez que me enfrento a su sello de garantía, me pierdo, me aburro y empiezo a contar las normalmente innumerables páginas que quedan frente a mí para llegar a las tres letras mágicas, al paraíso perdido de los elegidos. 

Sin embargo, a veces la fortuna pone inesperadamente frente a mí, sin fanfarrias ni sermones, textos que me indican lo que debiera ser, obras que me transportan a esas ciudades hechas por tipos teóricamente hechos a sí mismos, pobladas por mujeres que se olvidan de respirar, esos vecindarios de casas con porche, con perro en el patio y pickup a la entrada, plagadas de seres que envuelven su desesperación con papel celofán,  esas sociedades donde la vida se disfraza, la muerte se camufla, se ignora o directamente se decora, una vez al año, con colmillos de juguete y calabazas de plástico.

Es gracioso, casi ridículo, ver las cabriolas y malabarismos que los orgullosos ciudadanos del primer mundo hacemos con tal de aplazar la gran pregunta existencial, ese gran “que cojones hago aquí” que llena las mesillas de alprazolam.

A veces me acerco, a veces disfruto, a veces encuentro antologías de cuentos como este singular “Alfa, Bravo, Charlie, Delta” de Stephanie Vaughn publicado por Sajalin Editores que me hacen recordar a Salinger con una sonrisa, que me hacen pensar que la gran novela americana, quizás tiene formato de cuento.

martes, 9 de mayo de 2017

Es duro ser un pingüino







George Murray Levick fue un naturalista inglés, cirujano naval, militar aventurero, que hizo varias expediciones a Terranova, (de donde salió vivo de milagro) y luchó en las dos guerras mundiales, nada menos que en la batalla de Gallipoli durante la primera, e infiltrando espías ingleses desde Gibraltar durante la segunda; es por tanto fácilmente identificable como un tipo de mundo, un tipo honorable, pero así mismo alguien conocedor del lado oscuro que todo Homo Sapiens atesora en su interior, un tipo capaz de sobrevivir en una cueva de hielo, comiendo grasa de foca durante meses, tiritando mientras se fuma una pipa para mayor gloria de su majestad.

El caso es que durante uno de sus viajes, durante una de sus observaciones, el bueno de George anduvo un verano austral estudiando el comportamiento del pingüino Adelaida (Pygoscelis Adeliae) en el Cabo Adare, en la Antártida oriental frente al mar de Ross, por aquella época más o menos en el extremo más lejano del culo del mundo conocido, y de su estancia en aquellos lares quedó horrorizado.

Es duro ser pingüino. Están las ventiscas, los depredadores, el hambre, y el hecho de que el cuarto de estar de tu casa es uno de los lugares más inhóspitos de la tierra. Pero es que si además eres un pingüino Adelaida tienes que andarte con ojito con tus amables congéneres.

Resulta que durante el tiempo que los investigó, Levick documentó en muchos machos comportamientos jodidamente depravados, violaciones en grupo de hembras, violaciones en grupo de machos, de polluelos a los que luego mataban, necrofilia con hembras muertas el mismo año, necrofilia con hembras muertas el año anterior y una larga lista de acciones que hicieron escandalizar al científico, a un tipo que con el tiempo se dedicaría a formar comandos ingleses capaces de matar a un enemigo con un mondadientes.

Tanto fue así, que el documento final de la expedición, que aún se conserva, fue redactado en griego clásico, para asegurarse que sólo otros científicos de rancio abolengo y mente amueblada pudieran acceder a semejantes depravaciones.  

Da que pensar el lindo pajarillo. Da que pensar la aparente inocencia de los tipos que vivieron el siglo más terrible de la historia del hombre. Alivia y asusta a partes iguales que la maldad humana, no sea tan exclusivamente humana. Después de todo.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Fariña





Hay un aura atractiva alrededor de los malos de las novelas, de las películas, una especie de rayo tractor, de carga polarizada que nos atrae a todo lector civilizado y temeroso de la ley, que vemos quizás en el lado oscuro, en el reverso tenebroso, una imagen en negativo de nosotros mismos, un destello del pequeño monstruo que habita escondido en cada ser humano.

No hay una buena novela sin un buen malo, y quizás por eso es inevitable encumbrar al maldito, al mafioso, al buen ladrón o al traficante, y otorgarle cualidades tremendamente cinematográficas, actitudes como la valentía, el honor, la lealtad o la rebeldía, los humanizan, justifican y redimen, en última instancia, su comportamiento antisocial.

Hace algún tiempo, “Los Soprano”, para muchos una de las mejores series de todos los tiempos, dio en el clavo precisamente al hacer eso; al despojar de mitología al mafioso, al humanizar al hijo de puta, al traerle de vuelta al mundo cruel, dejó bien a las claras las miserias de los miserables, que llegados a este punto, el de la puta realidad, no son ni valientes, ni honorables, ni rebeldes, dentro, en sus tripas no tienen más ideales que los que llegan con la codicia, y mierda.

Mierda a punta pala. Envuelta, decorada con ropas caras, con vehículos horteras de potentes cilindradas. Pero mierda al fin y al cabo.

Fariña va de eso, y por eso me ha gustado, es un libro currado, con docenas de referencias a alijos y a delincuentes en las que es fácil perderse, pero que resume a las claras toda la estructura social, política y económica que se ha montado encima del trasiego de un alcaloide.

Y no se queda ahí. Porque detrás de ese negocio. Por encima, por delante y por debajo hay gente que sufre las consecuencias, políticos, jueces, fiscales, guardias civiles,  narcos, yonkis, madres de yonkis y consumidores esporádicos. Pero también la sociedad entera, que se da la vuelta, en silencio, que coloca las costuras por fuera y premia al miserable, que se olvida del esfuerzo, del puto esfuerzo que supone sacar un trabajo adelante sin tener que hundir la vida al prójimo.

Es un libro valiente, que por momentos me ha recordado inevitablemente a “Gomorra” de R. Saviano, lleno de anécdotas, de datos, pero también con esa carga de profundidad, esa llamada de atención a la sesera del lector, que ha de tener todo buen libro.  


domingo, 30 de abril de 2017

La armadura de la luz





La armadura de la luz es un excelente libro de fantasía, para leer y devorar, que narra las peripecias de dos infelices aventureros en un mundo donde, como no podía ser de otra manera, pululan oscuras sectas, semidioses, magos, crueles señores feudales, mercenarios, amazonas, inquietantes ascetas y multitud de personajes de toda clase y condición, unos llenos de codicia y otros llenos de bondad, pero todos obnubilados ante la posibilidad de hacerse con el poder que atesora la mágica y sagrada armadura.

Es un libro digno de darle una oportunidad, tanto si os gusta la fantasía como si no, que me ha sorprendido por dos cualidades; la primera es la bella construcción del mundo en el que los protagonistas desarrollan sus aventuras (eso que los anglosajones llaman world-building), pudiendo considerar a la propia ciudad portuaria de Melay, casi como un personaje más de la historia, donde se aprecia sin esfuerzo el inmenso trabajo del autor, que ha levantado todo un universo detallado y creíble, que además es capaz de presentar al lector de forma sencilla y clara, no siendo necesario un mapa o un listado de nombres de personajes para orientarse y eso es algo que personalmente agradezco.

La segunda cosa que me ha sorprendido gratamente es el viraje de la acción que encuentras hacia la mitad del libro. Si en el comienzo del mismo Javier Miró se toma su tiempo para presentar personajes y para darles profundidad y realismo, en el momento en el que empieza el torneo la historia se lanza en picado, con el cuchillo entre los dientes y la pistola de plasma al cinto, a repartir mandobles, patadas, sablazos, mordiscos y disparos, momento en el que, si el lector ha sido paciente y ha sabido esperar ya no va a poder hacer otra cosa que devorar el libro.

Termino, no sin antes señalar que es una historia redonda, con principio y fin, aunque no cierra la puerta a futuras aventuras, no decide maltratar al lector con un cliffhanger de esos que presagian odiseas interminables; si la historia merece una trilogía lo será por su calidad, por su trabajo y porque es una novela jodidamente entretenida.    

domingo, 2 de abril de 2017

Y las palabras se convirtieron en río.





Hay un loco en la Rue Jacob. Camina bajo la tormenta empapado, porque el hombre mojado no le teme a la lluvia, porque el hombre desquiciado no le teme a la vida. Habla francés con acento extraño y arrastra sus pies descalzos por el adoquinado, chapoteando sobre sus tobillos mugrientos. Ríe, más que risas carcajadas, con un punto sardónico, de disfrute. Y murmura, señalando al cielo, susurrando al agua palabras inconexas en todas las lenguas de la tierra. Merodea el café de los bajos y habla con las prostitutas, con los bohemios, y otras gentes de vivir torcido. Los riega con frases que nadie escucha, que se mezclan con diluvio universal y les advierte.
El final está cerca.
Llegado el momento. El agua del Sena se desborda. Crece sin medida y reclama un hueco, un camino olvidado. La crecida casi se lleva al loco, le obliga a refugiar sus andares destruidos de la corriente, mientras entra el líquido elemento en la librería de volúmenes antiguos, irrumpe más bien, rompiendo las puertas, anegando los sótanos y liberando las letras de sus ataduras terrenales.
Flotan los libros y navegan calle abajo, junto al pirado que se aferra a una farola. Junto al borracho verde por dentro y verde por fuera, que preso de la verdad absoluta impresa en los ríos de absenta, grita.

― ¡Y las palabras se convirtieron en río! ¡Y regaron los campos de letras, arrasando al necio, dando de beber al sediento y permitiendo a las semillas del verbo crecer! ¡Y los hombres inquietos llenaron su alma de historias, y sobrevivieron aferrados a su luz, en la noche eterna!

viernes, 17 de marzo de 2017

Reseña en Libros Prohibidos.





Javier Font: Alma 2718

Año: 2016
Editorial: Grieta
Género: Ciencia ficción
Valoración: Recomendable
Alma 2718 es la segunda novela que leo de Javier Font, un autor prácticamente desconocido del que, a partir de hoy, me declaro fan incondicional (o al menos hasta que le dé por escribir libros radicalmente distintos a los que lleva hasta ahora, cosa que espero que no ocurra nunca). Y eso que mi expectativas no eran las más altas, ya que, después de un título que me impactase tanto como No quedan hombres justos en Sodoma, suponía que todo iba a ir inevitablemente cuesta abajo. Pues, salvando las lógicas diferencias entre una novela corta y una más larga, no ha sido así...
Puedes seguir leyendo la excelente reseña de Javier Miró en la web Libros Prohibidos 

viernes, 3 de marzo de 2017

No quedan hombres justos en Sodoma.








"...los libros del cojo, amontonados, elevándose hacia el cielo formando columnas helicoidales, en todas partes como troncos de árboles secos, que murieron para hacer papel y después revivieron para sostener en su sitio la cabeza de Manuel, bosque de historias que pueblan el miserable hogar donde dormía y comía, por todos los lados, apilados, flotando en un mar de letras; Abel piensa que si hubiera un terremoto, todas las casas de adobe y ladrillo del pueblo se harían migajas, cada techo de cada casa caería sin remedio sobre las cabezas de sus habitantes, todas menos el tugurio de su hermano, que se mantendría en pie sujeto por sus columnas extras de libros, por su forjado de letras y tinta..."




Luciendo nueva portada y nuevo formato. A la venta el libro en Amazon, por lo que cuestan un par de cañas.

jueves, 9 de febrero de 2017

Los hombres lagarto.





―Morir sobre la tierra que te vio nacer es un lujo para nosotros ―dice el viejo Carrión, con tono tranquilo, parsimonioso, mientras se ajusta el peto del coselete y protege su sesera con el morrión―simplemente llegar a viejo lo es.
Los hombres miran, escuchan atentos, se santiguan, rezan y se encomiendan al cielo. Asienten. Uno no recorre medio mundo para palmar en la cama, entre sábanas limpias y atendido por una familia doliente, no, uno se apunta a estas cosas para matar infieles, para matar piratas, para espichar haciendo fortuna por Dios, por el Rey y por su puta estampa, por quien toque, pero jodiendo, apuñalando, rajando y destripando, meando cada noche en una selva nueva, descubriendo cada día un nuevo culo del mundo conocido que reclamar para mayor gloria de su majestad. Eso ya lo saben. Son perros viejos, todos ellos, hombres lagartos los llaman los Ronín, mitad pez, mitad reptil, pero qué más da el apodo del tercio, son piqueros, arcabuceros y rodeleros, no más de cuarenta, bajo el mando de un anciano. El anciano con más pelotas de todo Filipinas.
Ellos aparecen. Son muchos, cientos, mil quizás, mejor no contarlos, los samuráis sin señor, los ronin, los ashigaru, los piratas. Un puñado de ellos lucen armaduras muy ornamentadas, largas katanas de filo labrado. Son orgullosos, prendados de la arrogancia que otorga el número. Descienden de sus champanes hasta la playa fluvial del río, hablan con el viejo.
Piden oro.
Parlamentan los wokou de Tay Fusa, quieren plata por irse, para saldar sus deudas, para hacer que tanto expolio de campesinos y pescadores no haya sido en vano, eso o atacan, dinero o sangre, proponen. Somos más, sugieren, así que ya pueden ustedes ir aflojando.
El viejo escucha, se mesa la barba blanca y piensa en su patria, ocre, azul y fría. Seca y áspera castilla. Tierra que huele su vejez y le reclama, le ofrece un huequito en su seno, pero en una tumba a la que nunca volverá, porque ya está demasiado lejos.
―He recorrido medio mundo para esto ―dice Juan Pablo de Carrión al iluso pirata―. Para morir aquí, para que mueras conmigo.
Después sonríe, en las tierras de Felipe II sobra la sangre y falta la plata, se da la vuelta a los suyos y desenvaina la espada.
―Preparen los sacres y la media culebrina ―dice―. Echad sebo a las picas.
Y atacan. Cerca de seiscientos japoneses se lanzan sobre las lanzas intentando hacer brecha, un huequito por el que entrar y degollar a todo lo que viva o colee, pero no pueden, las picas los ensartan, los mantienen a una prudente distancia mientras los arcabuceros los disparan a bocajarro y los rodeleros los apuñalan.
Una y otra vez. Sin prisa, sin pausa, una andanada tras otra empapa de sangre la rivera, tiñe de rojo el rio marrón, nubes de humo y metal caliente, truenos de mentira, plomo, vísceras y gritos, encomiendas a dioses ciegos y honores rotos. Y un bando en desbandada.

Al terminar el día, no queda nada de los piratas. Sólo treinta hombres cansados que lloran a sus muertos y se lamen sus heridas, y un viejo capitán con una tumba lejana, aún vacía, que aún no sabe que ha escrito un pedacito de historia. 

miércoles, 8 de febrero de 2017

Hypno, la nueva droga de diseño de la ciencia ficción




(A continuación reproduzco la charla que mantuve hace algún tiempo con Ana de Beraza durante la presentación de Alma 2.718 con Grieta editorial)

El novelista Javier Font explora la evolución distópica de los fármacos que palian los desequilibrios psíquicos.


Alma 2.718 es, como el mismo Javier Font afirma, una novela dentro del género de la ”distopía dura y negra, cercana a la Ci/fi clásica y al movimiento ciberpunk”. Pero no es solo eso, es un viaje errático y lúcido hacia el futuro dominado por el hypno, una droga de diseño que prolifera en la sociedad y que llega a atrapar en un mundo paralelo a sus consumidores.
PREGUNTA. ¿Cómo definirías Alma 2.2718?
Es un cesto hecho con muchos mimbres, por una parte reflexiona sobre la fragilidad de la realidad del ser humano y el engaño de los sentidos, y por otra mira hacia ese cruce de caminos donde el hombre y la máquina convergen. Es una novela rápida y divertida, como una matrioska que al abrirse va invitando a la lectura. Y una cosa. Cada incógnita tiene su solución. Palabra de escritor.
P. ¿Y a Otto, el protagonista de la novela?
Alma 2.718 es una novela bastante coral, si bien Otto es quizás ese personaje hacia el que es más fácil sentir cariño y simpatía, primero porque es un tipo sin suerte, que a pesar de vivir en plena caída libre, a pesar de ser un perdedor, tiene la sensibilidad suficiente como para detectar que hay piezas de la vida que no encajan en el puzzle; y segundo, porque cada uno de sus descubrimientos, a medida que avanza la trama hacia esa verdad absoluta y ridícula, lo son a su vez del propio lector.
P. En Alma 2.718 has creado un entramado de personajes atípicos dentro de ambientes futuristas y asfixiantes. ¿Ha sido difícil crear ese mundo? ¿Cuáles han sido tus herramientas?
No diré que ha sido sencillo, pero sí que básicamente exige trabajo, antes he usado el símil del cesto y las mimbres, pero creo que quizás es más propio usar la analogía de la red, porque ser escritor tiene mucho de saber tramar una red sobre la que vas colocando los personajes, cada uno con su camino, su circunstancia y dirección. Para mi forma de escribir, la descripción del ambiente viene más tarde, cuando sabes que el conjunto de la historia se sujeta y no se desmorona en el vacío.
P. Tu novela se podría situar entre la novela negra y la ciencia ficción, ¿por qué ese interés por mezclar ambos género?
Como lector, adoro la novela negra y mi proceso de aprendizaje como escritor tiene mucho que ver con ése género, de hecho, mi primera novela No quedan hombres justos en Sodoma fue exclusivamente negra; como hombre de ciencia que soy (por formación), me fascinan los avances del conocimiento humano. Supongo que esos dos elementos son miscibles en mi sesera.
P. El gusto literario por la distopía por parte de los lectores ha aumentado en los últimos años. ¿A qué crees que es debido? ¿Qué tiene Alma 2.718 de distópico?
Esta pregunta no es fácil. Por una parte vivimos tiempos inciertos, quizás nos estamos empezando a dar cuenta como especie de que somos demasiados sobre este planeta, sobre este punto azul pálido; por otra parte el conocimiento cada vez es más social, más multidisciplinar, está más interconectado, y eso hace que la ciencia esté entrando en una curva de crecimiento exponencial, cada vez interesa más a la gente. La distopía en la novela tiene que ver mucho con el uso siniestro de la tecnología cuando este se usa para dar salida al lado más oscuro del ser humano.
P. Varios personajes de Alma 2.718 se dejan llevar por una sustancia que, por así decirlo, les conduce a mundos ideales, en ese aspecto, no difiere mucho del mundo actual.
No sé hasta qué punto somos conscientes en la sociedad de lo mucho que ya, a día de hoy, dependemos de las drogas, y no estoy hablando sólo de las ilegales, la presencia del hypno no es más que la evolución distópica, del los mil y un fármacos con los que ahora mismo intentamos paliar la tristeza del hombre.
P. Alma 2.718 , en muchas ocasiones, evoca a los cómic de trama negra o brutales de ciencia ficción. ¿Tiene algo de intencionado?
Por supuesto, ahí están “Alita, angel de combate”, “Gosth in the shell” o “Akira”, en algún lugar de mi adolescencia, susurrándome al oído.
P. ¿Qué has querido ofrecer a los lectores con esta novela?
En primer lugar entretenimiento, para mí es esencial como lector que una palabra me lleve a otra, y que independientemente de la trama, o de las aventuras y desventuras de los personajes, tenga la inquietud de seguir leyendo. Eso es lo que busco en mis escritos. Cosa muy complicada. Si además consigo hacer reflexionar un poco sobre la condición humana y el futuro que asoma las orejas por el horizonte, pues miel sobre hojuelas.
P. Y, para finalizar, ¿cuáles son tus próximo proyectos literarios?
Ando peleándome con un cuento/novela corta (ya veremos a dónde nos lleva) también de ciencia ficción pero desde una visión más dura, eliminando el componente negro y ciberpunk y añadiendo una reflexión un poco más extensa sobre la condición humana, sobre la soledad, la muerte, sobre la (a veces) difícil tarea de seguir vivos, libres y lúcidos en un universo al que, seamos sinceros, le importamos un carajo.

sábado, 28 de enero de 2017

El hombre extraviado




 El hombre sin recuerdos ahora sabe que la memoria está hecha de cenizas, inútil materia prima, frágil e inerte, con la que ha construido caducos parapetos en su cabeza, murallas cuarteadas incapaces de detener el huracán; desnudo, helado, empapado; sin esfuerzo llega a la conclusión de que el olvido es como un niño travieso, como una amante despechada, como un pintor de retratos que sólo usa el color blanco, que construye realistas lienzos monocromáticos fieles al reflejo perfecto de la nada, copia exacta de su mundo transparente, maestro obcecado que siempre enseña una única lección, biógrafo que ha escrito su vida con un lápiz de carpintero, que ha arrastrado después el extremo de sus dedos sobre las líneas de grafito, atento ante los nombres en descomposición, verbos y adverbios heridos de muerte, difuminados, rotos en cachitos pequeños, sílabas, letras y trazos sin sentido; el hombre sin recuerdos ahora sabe que todo lo que sabe no es nada y extravía su existencia mientras escucha el silencio de sus propias palabras.

lunes, 23 de enero de 2017

Las palabras nunca dichas





En ocasiones, hay charlas que no mantienes, frases que deben ser dichas y escuchadas pero que sin embargo, no sé muy bien porqué, quedan en un baúl junto con el resto de las palabras nunca pronunciadas, de los diálogos nunca sostenidos; a veces hay personas desconocidas a las que sientes que les debes algo, gente que por puro azar se cruzan en este mundo contigo, tipos a los que, por falta de tiempo, por cansancio, vergüenza, egoísmo o simplemente por no ser el momento adecuado en el lugar adecuado, ves llegar y marchar sin abrir la boca, enmudecido, sustituyendo la conversación necesaria por un gesto triste, un labio mordido y quizás un me cago en mi puta estampa dicho por lo bajini hacia el cuello de tu camisa, donde nadie puede escucharlo.

Hace unos días, este universo entrópico puso frente a mí, en mi lugar de trabajo, a un muchacho muy joven, delgado, alargado como un día sin pan, y de gesto cansado, que, acompañado de un hombre mayor, probablemente era su padre, se presentó con un libro bajo el brazo.

Hola, soy escritor me dijo, enseñándome un ejemplar grueso, con una portada de esas que prometen dragones, orcos y mazmorras en el interior. ¿Quieres comprarlo?

Tras la sorpresa inicial, y la pena siguiente, un millón de frases surgieron en mi cabeza, frases que hablaban sobre la dictadura de la página en blanco, sobre los personajes que viven y mueren sólo en tu cabeza, y sobre la desesperación que llega después, tras la tinta que nadie nunca lee, tras la tinta que nadie nunca escucha.

Frases que trataban de este oficio y de los extraños mecanismos que hacen al escritor vivir cuadrando el círculo, vivir subiendo eternamente una montaña.

Tristemente sustituí esas frases con un simple no. Dos letras amargas, fáciles de pronunciar y de escuchar, pero densas y tóxicas como el plomo.

Quizás tendría que haber hablado, tendría que haber aconsejado, advertido al muchacho sobre lo que hay, sobre lo que le espera, haberle comprado y preguntado por su obra, por su sueño, por cuanta pasta le habían sacado los piratas de parche en el ojo y sonrisa afilada por llenar su casa con palabras impresas que él ya se sabe de memoria.

Quizás tendría que haberle hablado también de los decentes, de aquellos que saben escuchar, que saben leer y saben aconsejar, justos en Sodoma, difíciles de encontrar pero que esperan ocultos en la red a ser descubiertos sólo con un poco de suerte, sólo con un poco de paciencia.

A veces uno habla cuando debe callar y calla cuando debe hablar. Sirva esta entrada para disculparme con aquel muchacho desconocido.