jueves, 29 de diciembre de 2016

Los dioses idiotas.



El siguiente texto es un extracto del cuento "Los dioses idiotas" incluido en la antología "Las crónicas del vacío" si te gusta, puedes encontrarlo completo aquí. 


1.-  Tiempo

Dicen que el día tiene veinticuatro horas y que cada hora tiene sesenta minutos, dicen que cada minuto dura exactamente sesenta segundos, ni uno más ni uno menos, pero se equivocan. Eva sabe que hay minutos que duran una vida y hay vidas que duran un instante.
Esa clase de conocimiento, no llega en negro sobre blanco, con letras y tinta, o impregnado de unos y ceros, esa clase de conocimiento, o de certeza más bien, se construye poco a poco, piensa Eva, con sentimientos, bajo la dictadura de la soledad, de la alegría y la tristeza, del rechazo o del amor más absoluto, en un lugar  indeterminado, alejado del cerebro, de la memoria, probablemente el mismo lugar extraño donde los hombres dicen que reside eso que llaman alma.
Eva ignora donde se encuentra físicamente su alma, pero está convencida de que, de alguna manera, esa parte esencial de sí misma no puede estar encerrada entre las cuatro paredes y el techo bajo el que se cobija. En esa especie de purgatorio blanco sin más ventanas que un espejo oscuro y un cristal opaco tras el cual, como en una muñeca rusa, Eva imagina, de nuevo otra ventana negra y una nueva habitación con otro cristal tintado, en un bucle perfecto hasta el infinito.
Un fractal blanco de la nada, un retrato preciso del vacío.
Porque una cualidad esencial del alma es la libertad. Como todo el mundo sabe. Y esta aséptica prisión, al igual que los dedos de una mano cuando hacen de recipiente para el agua, no puede ser continente para semejante contenido, no al menos por mucho tiempo; el alma, como el líquido elemento se acaba escurriendo, acaba encontrando el hueco, piensa Eva, mientras observa su peculiar amanecer.
Incluso aquí amanece, porque alguien así lo decide. Amanece con un clic mientras Eva abre los ojos y de nuevo se enfrenta a su propia sombra, reflejada en la pared.
Aquí no hay pajaritos que crucen el cielo, no hay avecillas que canten al albor.
No hay más que una puerta casi siempre cerrada, no hay más que unas lámparas LED de luz blanca incrustadas en el techo, no hay más que una pared falsa, de madera, levantada para dividir la estancia en dos y dejar hueco a aquellos que miran sin ser vistos.
Los vigilantes, los fantasmas cotillas.
Aquellos a quienes, las toses indiscretas o las patas de las sillas arrastradas contra el suelo, periódicamente delatan, sombras de batas blancas, vaporosas, espurias, reflejo de espectros torpes, gordinflones e indolentes.
Ahora ya lo sé, piensa la muchacha, me ha costado llegar a darme cuenta, pero ahora sé que el tiempo es dúctil, maleable, incluso se puede fundir y compactar, como los metales preciosos, sólo que formando lingotes etéreos, que van amontonándose unos encima de otros, construyendo un castillo de naipes, una casa de paja para el cerdito que pacientemente espera, a ése momento en el que el azar, el destino o el jodido lobo feroz sople y mueva medio milímetro sus cimientos, desequilibrando la estructura y provocando el colapso.
Y el terremoto bajo su torre hoy se presenta en forma sutil, de parpadeo.
Porque siempre hay un fallo, un cisne negro entre los blancos, un elemento perturbador, hoy la luz no es completa, ni refulgente, ni cegadora. Hoy la lámpara titila como una estrella lejana, colgada del techo, impotente, durante unos instantes antes de apagarse.
Puf.
Es perfecto, es el viento haciendo volar las cartas. Piensa Eva. Mientras espera.
La puerta se abre y el muchacho asoma el hocico como un ratón prudente, poco a poco, a oscuras hasta que palpa su teléfono móvil, enciende la aplicación linterna del mismo y enfoca al techo, hacia la luminaria averiada.
―Hola.―Dice Eva
El chico se asusta, pega un respingo que divierte a la chica. No contesta.
―Hola―Repite, divertida―.No muerdo.
El operario hace caso omiso, musita un “joder” por lo bajini y se intenta centrar, mirando al techo muy profesional mientras busca con la mano la escalera a su derecha. Nervioso asciende como un rayo y comienza a cambiar la bombilla.
―Bueno, técnicamente tengo dientes, así que supongo podría morder, pero te voy a confesar un secreto. No los uso demasiado ―dice y luego suelta una carcajada limpia y franca, que rebota por la habitación y consigue de pleno su objetivo. Hacer que el chico de mantenimiento la mire por el rabillo del ojo.
―Aleluya. Estás vivo. No eres un robot.
Con la broma, la bombilla vieja se escurre entre los dedos, se cae y vuela hasta el suelo haciéndose añicos, el muchacho, desconcertado comienza a jurar y a maldecir su puta estampa para luego morderse la lengua.
Eva encuentra otro motivo de conversación.
―Tranquilo, no es la primera vez que escucho la palabra “puta”, ni la palabra “joder”, no soy una niña, no voy a entrar en bucle soltando tacos. Estoy moderadamente cuerda. Aunque, pensándolo bien, si lo hiciera probablemente tendrías un problema gordo por enseñarme esa variante del lenguaje.
El muchacho de mantenimiento levanta los ojos, arquea las cejas, se rasca la cabeza impotente.
―Perdóname. Pero no me dejan hablar contigo. Si me pillan me la cargo ―dice al final susurrando.
―Puta. ―contesta Eva.
―¡Pero qué!...
―Coño, Joder, Hostias, Caca, Pedo, Pis ―continúa poniendo voz nasal, haciendo que el muchacho entre en pánico, dando vueltas sobre sí mismo.
―Tranquilo ―dice Eva, con voz arrepentida―. Es una broma.
Se hace el silencio, y por un rato se escuchan sólo la respiración agitada del chico.
―Tu concepto del humor puede dejarme sin trabajo ―contesta.
―Mi concepto del humor es similar al de un preso encerrado en una mazmorra.
―¿Qué quieres de mí?
―Poca cosa. Quizás me conforme con tu nombre.
―Puedes llamarme Teo.
―Perfecto, querido Teo, tengo pocas oportunidades de charlar sin supervisión, agradezco oír una voz humana aquí dentro de vez en cuando.
―No puedo.
―Sí puedes.
―No, si hablo contigo me echarán y mañana veras a otro más silencioso que yo. Necesito este trabajo.
―Lo entiendo.
―Lo dudo.
―De veras, yo también entiendo la necesidad de tener que trabajar para vivir. Simplemente ¿puedes darme la hora?
―Son cerca de las ocho de la mañana ―contesta el chico.
―De acuerdo. Estate tranquilo pues, los gordinflones que miran por el ventanuco acaban de irse, los que suplen su guardia aún están untando el donut en el café, aquí no hay cámaras, tienen más miedo al espionaje industrial que a que yo pueda salir corriendo, así que simplemente podemos charlar durante unos minutos.
El muchacho barre el suelo, amontona los pedacitos de cristal y al meterlos en una bolsa se corta, un goterón de sangre se escurre por su dedo. Eva hace una mueca y una  pausa. Piensa en el color rojo intenso que gobierna las entrañas del hombre. Después concluye.
―Aunque puede que no sea hoy tu día.
Teo resopla primero, se chupa la herida, suspira después. Mira a Eva.
―Puede que no.
―Verás Teo, te propongo un trato, si te quedas cinco minutos te contestaré a lo que quieras, a cualquiera que sea tu duda, imagina que soy una especie de oráculo griego, buscando conversación.
―No te ofendas, pero no tengo grandes dudas con respecto a ti.
―¿No? Pues eres el único, debieras saber que hay gente que pagaría millones por tener una charla conmigo. Soy lista, ¿sabes?. Soy jodidamente lista.
―Perfecto. ¿Puedes darme entonces los números de la lotería del próximo viernes?
―Apunta, 2, 7, 1, 8, 28, 18…
―Estás de broma.
―No.
La duda salta en la mente de Teo, disimuladamente apunta la serie.
Eva ríe. Ríe como una adolecente. Ríe como una adolescente riéndose de un chico tonto enamorado, Teo se sonroja, se gira enfadado hacia la puerta.
―Espera ―dice Eva―. Prometo no volver a burlarme de ti.
―No lo harás, bicho, no me interesa tu conversación, no generas otro sentimiento en mí que la pena.
Se produce un silencio desolado, Teo recoge los cristales, sale de la habitación y vuelve en segundos armado con un rollo de papel higiénico para recoger su propia sangre, termina, antes de abandonar la habitación vuelve la cara con desprecio hacia Eva.
―Lo siento ―escucha―. No es fácil estar en mi pellejo, no es fácil disimular.
―¿Disimular?
La luz se enciende del todo, ilumina una silla en la que descansa Eva, un cuerpo inerte, en reposo, conectado a un rostro cibernético por un millón de diminutos cables, un rostro que sin embargo busca en su base de datos la expresión adecuada.
―Disimular que soy humana cuando hay miles de años de evolución entre tú y yo.
Eva sonríe por fin, de hecho quiere encontrar la manera de cualquier gesto que siga a esas palabras no parezca artificial, no parezca vacío o amenazador para el bípedo, pero no puede; eso es pedir peras al olmo, así que la expresión que sus facciones generan se queda a medio camino de ninguna parte, un reflejo perfecto de eso que los humanos llaman cara de idiota.

Y Eva mantiene esa cara mientras Teo, el chico de mantenimiento se va, mientras se cierra y se abre la puerta en un lapso de tiempo que de nuevo podrían ser segundos, u horas, qué más da, el tiempo es relativo, lo es para la física, lo es para el hombre y lo es para las máquinas...

lunes, 11 de julio de 2016

Alma 2.718

A continuación dejo los dos primeros capítulos de la novela Alma 2.718,  la primera obra que publico con @grietaeditorial 
Puedes encontrar el libro completo a la venta en su página web 



PARTE I

LA VERDAD ABSOLUTA

– Sombras en la pared.

Como cualquier hombre cuerdo, Otto odia la primavera, aunque puede que sus razones no sean las mismas que las de otros hombres cuerdos; no, no es sólo por el insomnio, no es por los bichos, no es por el molesto bullir desbocado en la sangre del prójimo o porque el clima se comporte como un cabrón esquizofrénico, piensa Otto; es por la propia existencia, es por el cambio, es porque, justo cuando por fin se acostumbra a la balsámica ausencia de estímulos, a la emoliente rutina invernal, de repente todo estalla, explota la vida a su alrededor con sus obscenos colores chillones y le recuerda que en el fondo, bajo la carcasa de piel y huesos, está muerto.
Otto despliega el papel que reposa entre sus manos y lee, respira lentamente, casi sin llenar los pulmones, como si temiera que un exceso de oxígeno irritara al diablo que rumia dentro de sus sesos.
“Lormetacepam, dos miligramos, trazodona hidrocloruro, cien miligramos”
No debiera mezclarlo con el alcohol, recuerda, memoriza las palabras del buen doctor, porque el alcohol no casa bien con nada, excepto con el dolor, añade y extrae del bolso de su chaqueta un cigarro, lo coloca en la comisura de su labios y lo prende, sin pedir permiso a su compañero que entre toses fingidas baja la ventanilla del coche.
–Debiera usted volver a fumar –dice Otto.
–A veces sueño con ello, a veces me doy cuenta de que realmente estoy soñando y lo primero que hago es prender un cigarro –contesta Samuel.
–Y le sabe a gloria.
–Y me sabe a gloria.
Otto pega una calada, intensa, el humo invade sus entrañas, pensativo señala la receta y dice.
–Dicen que esta porquería modifica los sueños.
–¿El qué?
–El tratamiento para el insomnio, se carga la fase REM.
–¿Y para qué coño sirve la fase REM?
–Ni idea, pero mis sueños son raros, cortos y raros.
–Ya, Samuel contesta con un monosílabo interrumpido por un bostezo indiferente.
–Hoy he soñado con sombras.
–Todo el mundo sueña con sombras en mayor o menor medida.
–He soñado con Martín, con su madre, eran siluetas en una pared blanca, me hablaban, él me contaba que odia a uno de sus profesores, su madre me decía que me odia a mí.
–No la culpo.
Otto aprieta las manos contra sus sienes, al hacerlo cae ceniza en su pantalón.
–Eran siluetas, eran simples siluetas, sombras recortadas.
–Sombras chinescas.
–Exacto.
–Está usted jodido, si me permite decírselo, debiera tomarte un tiempo de descanso.
Otto escucha, siente los oídos taponados, bosteza y el tapón desaparece por arte de magia.
–No, trabajar me salva –dice por fin.
–¿De qué? –pregunta Samuel.
–Del vacío –contesta tras una pequeña pausa–. Del puto vacío.
Otto tose y mira por la ventana, baja la ventanilla y escupe a través de ella, espera.
Cincuenta metros en línea recta encuentra las ruinas de lo que un día fue su vida, aún humeantes, aún calientes los rescoldos en forma de recuerdos, a cincuenta metros, en un viejo edificio de grandes ventanales alguien pulsa un botón y retumba una sirena por la calle, se cuela entre la densa capa de humo que envuelve a Otto dentro del vehículo y llega acompañada por un millar de voces infantiles.
Es la hora del recreo.
Suspira, mira a su compañero que juega distraído con un cubo de rubik.
Un minuto. Piensa.
–Sólo un minuto.
Allí está, el ancla que une a Otto con este mundo, que le salva de la deriva; él salta, él ríe, empuja, da patadas a un balón, cae y se levanta, grita y al marcar su equipo un gol celebra el tanto con los brazos en alto, corriendo en círculos, tiene cinco años, Otto abre la puerta, baja y camina, se apoya frente a la verja de la escuela intentando que su alma no se escape entre las costuras, soltando lentamente el veneno desde sus pulmones.
Suspira, cae la colilla, es aplastada contra el suelo.
Ahí está, es la realidad devorándote desde abajo, fría e imprevisible; da igual, puedes imaginar tu futuro, puedes ser previsor, planificar y soñar despierto, puedes esperar un millón de años a que lo que un día soñaste se convierta en realidad; da igual, no importa, nunca acertarás; la realidad es tozuda, es indiferente, ella tiene un plan para ti, ella te vapulea, te mima y te destruye, ella te chafa y te recoge, te tritura y cuando estás jodido te da palmaditas en la espalda, ella se ríe en tu cara y cada día te demuestra que, simplemente le importas un carajo.
Él se va, desaparece cuando un adulto grita su nombre y se integra en la multitud de críos chillones mientras a Otto le tiemblan las piernas; suena el claxon del coche dos veces; Otto se gira y respira hondo, es Samuel, su compañero saca la mano por la ventana y hace señales, Otto reprime las ganas de levantar su dedo corazón, suspira.
Hay trabajo.
Camina, busca en el bolsillo de su camisa una pequeña foto tamaño carné, tengo que conseguir una más actual, se dice, la vuelve a guardar en su sitio, ignora la nube furtiva que comienza a descargar agua sobre su cabeza y pinta goterones sobre los hombros de su gabardina, entra en el coche con las tripas ardiendo y los puños apretados, busca en la guantera y encuentra un antiácido caducado, traga una cápsula sin agua y mira con odio a su compañero.
–Lo siento, es un aviso, parece importante y estamos cerca –se excusa éste.
–Es mi desastre, no se disculpe, no es necesario sentir nada.
Samuel conecta el limpia parabrisas y la sirena, el coche arranca con un tirón y gira bruscamente con un chirrido de neumáticos.
–¿Que demonios ocurre?
–Asalto con lesiones.
–No nos incumbe.
–Asalto con lesiones en el Majestic, dos horas antes de que desplegáramos el dispositivo para pájaro rojo.
–¿Está en la ciudad?   
–Sí, lleva dos semanas.
–¿Es algo serio?
–Hay un agente herido grave, parece relacionado con el VIP.
Aquí llega, piensa Otto, fiel a su cita, es la porquería salpicando; la recua de locos, iluminados y tarados, todos ellos en posesión de la verdad absoluta, todos ellos cargados de múltiples razones para joder al prójimo, es la rutina salvadora, cíclica y apestosa, con sus toneladas de miseria humana viniendo al rescate; viniendo a tu rescate; porque Otto sabe bien que llegados a este punto, sólo tapando con basura ajena su propia mierda, ésta parece oler menos, ésta parece pasar un poco más desapercibida.

– Encantado de conocerte.

El coche se mueve, va, viene y parece volar sobre el asfalto, levita sobre la tierra como una partícula cargada sobre un filamento de cobre, evita el choque con otras partículas cargadas de igual signo en el último momento; Samuel tiene cara de pánfilo, y como suele ocurrir en personas con su fisonomía, conduce como un psicópata; frenología lo llaman, predecir el comportamiento de un individuo en base a su morfología, ciencia estúpida que en ocasiones acierta de pleno, Otto se hunde en el asiento, el viaje es corto, o puede que sea largo, podría haber durado un millón de años o diez minutos, es difícil apreciar el paso del tiempo cuando uno hiberna, cuando tu alma está conservada en un gran tarro de vidrio topacio, nadando los cien metros libres en formol.
Para el vehículo con otro chirrido y Samuel baja corriendo, se adelanta solícito, Otto se dobla, desciende lentamente, con dolor en el alma y en el cuerpo, desde que cumplió su décimo lustro sus entrañas no dejan de chirriar, camina y saluda a uno de los policías heridos, el único que aún puede hablar; en la entrada del hotel está siendo atendido por un sanitario, tiene la cara esculpida a hostias, con el tabique nasal desviado y una ceja abierta de par en par, Otto lo conoce de vista, reconoce sus rasgos ahora reconfigurados y piensa que es perro viejo, probablemente dos o tres promociones posteriores a la suya, el pobre diablo aún se mira desconcertado la sangre en la chaqueta del uniforme.
Otro día de mierda en el planeta tierra. Piensa Otto.
¿Que ha ocurrido?
El hombre tiembla, nervioso, su cuerpo de ciento diez kilos de peso se menea como el de una adolescente enamorada, su voz  ronca tarda en arrancar, parece que alguien le ha robado las cuerdas vocales, parece como si ése alguien se hubiera hecho con ellas unos cordones nuevos para los zapatos
–Recibimos orden de la central, comprobar la identidad de los trabajadores antes de la llegada del VIP, algo rutinario.
–¿Y?
–Joder, al pedir la documentación ella…
–¿Contra usted y su compañero?
–Nunca he visto algo parecido.
–¿Estaba armada?
–No.
–¿Y su compañero donde está?
–Hecho puré.
Tiene las manos gruesas, bebe de una botella de agua de medio litro que parece minúscula entre sus dedos.
–¿Donde está la sospechosa? –pregunta Otto.
–En la cocina creo… conseguí atizarla antes de que me partiera el cráneo.
–Es suficiente, déjelo de nuestra cuenta, ahora váyase al hospital.
Un día perfecto de primavera, piensa Otto, el pájaro rojo y Rambo con tetas en el mismo sitio; prende otro cigarro y entra al restaurante por la salida de la cocina.
Todo está casi en orden, la lucha ha sido breve, rápida; como único rastro de violencia, en el centro de la estancia yace una silla volcada y un pequeño charco de sangre coagulándose; a pesar de que hay alrededor docenas de objetos que podrían haberse usado como arma, los cuchillos, sartenes y botellas siguen en su sitio, limpios como la patena, como si esperaran una inspección de sanidad.
Otto llama a uno de los camareros, pregunta.
–¿Alguien ha ordenado esto?
–No señor –responde nervioso el muchacho.
–¿Dónde está la mujer?
–Con su compañero, en las taquillas.
Otto asiente, fuma entre miradas inquietas, se adentra por un pasillo estrecho y blanco dejando un reguero de ceniza sobre la moqueta; al final hay una pequeña habitación sin ventanas, Samuel espera de pie, la sospechosa yace recostada sobre un banco, con las manos esposadas a la espalda y con el rostro desencajado.
Rambo con tetas no parece muy peligrosa después de todo.
–Samuel… perdone.
Su compañero se gira, Otto extiende la mano con la colilla humeante entre los dedos.
–¿Podría apagarme esto?
Samuel arquea una ceja, arruga el morro y acepta resignado la colilla; extiende a cambio una bolsa de plástico con un par de objetos en el interior, desaparece diciendo.
–Son sus objetos personales, si necesita ayuda con la muchacha sílbeme.
–Gracias.
Otto se vuelve, mira a la sospechosa que se ha erguido y por un segundo le parece que sonríe, antes de hablar, conecta una pequeña grabadora, se la enseña a la sospechosa  y la guarda en el bolsillo, después extrae una vieja libreta y un lápiz.
–Hola.
Ella se agacha para frotarse los ojos, la cabeza y palpa con cuidado el edema que ha dejado el golpe.
–Duele, ¿verdad?
–No lo suficiente ­–contesta la desconocida mientras comprueba sus muñecas encadenadas, otras esposas unen sus cadenas al radiador.
–¿Quieres un médico?
–No.
El poli resopla, busca un taburete y se sienta, peso mosca, piensa, no pesará más de cincuenta kilos.
–¿Cómo te llamas?
–Mi nombre es Awa.
–Ése es un nombre raro.
–Digamos que es un nombre de otro lugar.
–Para ser extranjera hablas bien mi idioma.
–No he dicho que sea extranjera.
–Bien Awa, yo soy Otto, encantado de conocerte.
–Hola Otto.
–Verás Awa, básicamente estoy aquí para decirte que tienes un problema, un serio problema; te hemos detenido por agredir a dos agentes, dicen que uno de ellos tiene la mandíbula rota, dicen que le faltan tres dientes y que se va a acordar de tu santa madre durante los próximos siete meses; estoy aquí para informarte de tus derechos.
–No se moleste, el otro tipo lo hizo, meticulosamente.
–De acuerdo, en un rato te trasladaremos a comisaría, allí se te asignará un abogado de oficio y firmarás una declaración, si quieres puedes callarte hasta que esté él presente, ¿lo has entendido?
–Perfectamente.
Otto asiente, perfecto, piensa, ahora simplemente sé idiota y habla, cuéntame tu día de mierda.
–Chica lista, cuéntame tu versión –dice el final.
–Ellos estaban en mi camino.
Otto apaga la grabadora, contesta off the record:
–Hay muchos policías que están deseando ponerse en tu camino, después de lo que has hecho.
Ella sonríe.
–De hecho darían lo que fuera por un ratito a solas contigo en una habitación como esta.
Sigue sonriendo, mira divertida a Otto.
–Usted está ahora en una habitación a solas conmigo, usted es policía.
–Sí y aunque probablemente la posibilidad de darte de hostias es tentadora, hay un problema, resulta que yo soy el poli bueno.
–Así que no me vas a insultar, ni amenazar, ni golpear.
Otto enciende la grabadora.
–No.
–Buen chico.
–Gracias por lo de chico, soy suficientemente viejo para apreciar la ironía de ése piropo.
–De nada.
–Verás Awa, aquí hay algo que no me cuadra.
–¿Qué?
–Tú no me cuadras, tú con cincuenta kilos y esa cara angelical, mandando al hospital a dos policías duros y con experiencia.
Pestañea, ella nunca ha roto un plato.
–Las apariencias engañan.
Una adorable muchacha inocente, con los nudillos pelados de dar hostias, con pintitas rojas de sangre ajena en su barbilla de princesa.
Toc, toc.
Alguien entra, es el camarero de antes.
–¿Es usted el sargento Otto Spínoza?
–Sí.
–Tiene una llamada, puede contestar aquí.
Suena el teléfono, Otto levanta su dedo índice y lo coloca frente a sus labios, pulsa la tecla verde y contesta, al hacerlo, como si hubiese liberado la espita de una olla a presión, un reguero de palabras metálicas surgen desde las entrañas del aparato, inundan la pequeña estancia, Otto entiende “niño”, “alcohólico”, “puerta de la escuela”, “juez” y “custodia”, desconecta sus oídos, ella habla deprisa y está enfadada, él suspira, por un segundo se olvida del pájaro rojo, de la sospechosa y se caga mentalmente en la madre que los parió a todos, simplemente dice.
–Luego hablamos.
Y cuelga.
Awa sonríe, es guapa la jodida, piensa el poli y escucha.
–¿Problemas familiares?
–Me han cazado Awa, ¿tienes familia?
–Un hijo, en algún lugar.
–Es duro no estar con ellos, ¿verdad?
Awa tuerce la cara
–No hay un dolor igual en el universo conocido.
Otto apunta en su libreta la palabra “hijo”.
–Sigamos, Awa, ¿por qué estas aquí?
Ella se rasca la nariz, suspira y mira indiferente al techo, con total naturalidad dice.
–Me gustan los pájaros rojos.
Otto escucha, ejercita su cara de póquer, pero siempre ha sido un desastre con los juegos de azar; la comisura izquierda de sus labios le traiciona.
 No puedo creerlo. Piensa y después pregunta.
–¿Sabes quién viene en apenas dos horas?
–Por supuesto, estoy aquí por él.
–Conoces la jerga policial.
–Es así como le llamáis, ¿no?, a vuestro amado heredero.
–Eso me temo, ¿querías atentar contra él?
–Sí.
–¿Querías matarlo?
–No, sólo torturarlo.
–¿Porqué?
–Porque hay una mala persona dentro de ese cuerpo, porque tengo una cuenta pendiente.
Otto traga saliva, joder, hoy debieras jugar a la lotería, piensa mientras saltan sus alarmas, demasiado fácil, menos de un minuto y ya está confesando… ¿Dónde está la trampa?
–Awa, te das cuenta de que esto puede ser usado en tu contra.
–Sí, si llegáramos a un juicio.
Otto sigue apuntando, esta vez escribe la palabra “loca”, suspira y se rasca la cabeza, no cuadra, el poli dibuja tras un rato una gran interrogación y comenta.
–Awa, aquí hay algo que apesta.
Ella sonríe.
–Usted dirá.
–Hay una parte de mí que me dice que eres una profesional, ésa misma parte me dice que quieres aparentar estar como un puto cencerro.
–Sólo soy una mujer sincera.
Otto chasca su lengua contra el paladar, investiga la bolsa de la detenida, encuentra algo parecido a una pantalla de vidrio tintado por un lado y metal cromado por el otro, si es un artilugio electrónico no tiene botón de encendido, parece sacado de una película de Star Trek, a su lado también hay unas llaves.
–¿Quién paga ésta fiesta?
–Eso es difícil de explicar.
–Inténtalo, deja de mentirme, es liberador.
–Probablemente sea la persona más sincera con la que te has cruzado en años, de hecho nunca estarás tan cerca de la verdad.
Otto ríe socarrón.
–¿Qué verdad?
–La verdad absoluta.
Un silbido largo y agudo sustituye a las carcajadas del policía.
–Te sorprenderías, puede decirse que últimamente sólo trato con hijos de puta e iluminados, curiosamente todos poseen en exclusiva la verdad absoluta.
Coge entre sus manos la tableta, es negra y plateada, brilla.
–Es una chulada.
–Un bonito diseño.
Contesta ella.
–¿Qué es?
–¿Quieres su nombre técnico?
–Sí, siempre que pueda comprar uno igual a mi hijo.
–Me temo que no lo encontrarás fácilmente, es un vector de cambio para algoritmos de espectros en RV.
Otto arquea sus cejas.
–Impresionante, tengo dos dudas.
–Dime.
–La primera… ¿si lo enciendo explota una bomba o algo parecido?
–No.
–Ok, la segunda, ¿Qué coño es un espectro en RV?
Awa sonríe, casi enternecida.
–Otto, cariño… Un espectro eres tú.
A lo que siguen las palabras…
–Iniciar vector.
Otto la mira incrédulo, burlón, pues va a estar como un cencerro, piensa, hasta que la pantalla se enciende, la duda razonable surge cuando unos números comienzan a bailar sobre un fondo azul, después el poli alucina, maldice su puta estampa y observa cómo el mundo a su alrededor explota, flotando a cámara lenta, rompiéndose en pedacitos muy pequeños.