martes, 31 de enero de 2012

Las Vegas antes de ser Las Vegas





En mil ochocientos veintinueve el español Antonio Armijo partió de Santa Fe, en lo que hoy es el estado de Nuevo México, al mando de una expedición con cien mulos y sesenta hombres, con la intención de cruzar medio Estados Unidos y abrir una nueva ruta comercial con California que atajara y evitara recorrer el desierto de Mojave y el peligroso Death Valley; tres meses después de su partida, con algunos mulos menos pero sin haber perdido un solo hombre, atravesó un valle repleto de manantiales surtidos por un afluente del río Colorado; la presencia de agua otorgaba a la ribera un color verde muy diferente al del desierto que la expedición acababa de cruzar; cuando le pidieron a Armijo que diera nombre a las nuevas tierras, no se podía ni tan siquiera imaginar la que liaría la mafia y la pasión por el juego del americano medio en aquel lugar alejado de la mano de Dios poco más de un siglo después, “Las Vegas” dijo el bueno de Antonio, antes de continuar su camino con sus mulos y sus hombres, y así, la ciudad del pecado recibió su nombre antes siquiera de existir.

domingo, 29 de enero de 2012

El país encarnado en una madre.




Ella escucha, sin saberlo es como un país entero encarnado en una madre, posa con el sol colándose entre la multitud y deslumbrando su cara, es joven por dentro y vieja por fuera, porque la vida es dura en el campo, y los hijos y los partos envejecen, está distraída o pensativa, nadie lo sabe, oye las palabras el político que se dirige al gentío y sostiene a un niño contra su pecho, con fuerza, con la camisa abierta, con la teta al alcance del pequeño para saciar su hambre infinita, a su alrededor otros escuchan, otros atienden las palabras que se lleva el viento, palabras que anteceden a la tempestad, cinco niños la rodean, también una joven de rostro asustado que no puede evitar aterrarse ante lo que escucha, ante lo que viene…



*La foto la tomó en Badajoz el fotógrafo cofundador de la agencia Mágnum, David “Chim” Seymour antes de la guerra, entre mayo y abril de 1936.

jueves, 26 de enero de 2012

¡HAMBRE!





Cuando un cuerpo no tiene con qué alimentarse, primero usa la glucosa que almacenan la sangre y los tejidos, poco a poco es consumida hasta que, al agotarla, el organismo comienza a tirar del glucógeno del hígado y de los músculos; el glucógeno es una sustancia de reserva fácilmente metabolizable que permite al organismo humano mantener unos niveles de azúcar imprescindibles para el correcto funcionamiento de órganos tan importantes como el cerebro; si la ausencia de alimento persiste, el tercer elemento químico en la lista de emergencia son las grasas, que tienen un elevado potencial energético pero dejan unos productos metabólicos tóxicos que deben ser eliminados; son los cuerpos cetónicos, y en elevada concentración en sangre causan un problema llamado cetosis y una desregulación en el equilibrio del PH; cuando se acaban las grasas, el organismo roza continuamente la hipoglucemia y la persona está apática, muy cansada, irritable y postrada; si sigue sin ingerir alimento comienza a metabolizar su masa muscular, a devorar literalmente sus músculos y las proteínas que los componen, es entonces cuando tejido adiposo subcutáneo desaparece y la piel se hace más gruesa, cae formando pellejos y dando aspecto de una vejez prematura; como el corazón es un músculo, también se consume pudiendo causar insuficiencia cardíaca y edema, con una  hinchazón muy característica de algunas partes del cuerpo, el estómago deja de segregar ácido clorhídrico lo cual no es sino una puerta abierta a las infecciones, los intestinos casi se paran, y el sistema inmune se vuelve ineficiente, las encías se retraen y las cicatrizaciones se detienen, desaparece la sensación de sed lo cual facilita la deshidratación y la aparición de infecciones oportunistas como micosis, que en zonas como el esófago hacen la deglución dolorosa e imposible; si todo esto ocurre en un niño, en pleno proceso de desarrollo, los efectos son simplemente devastadores, limitando el crecimiento físico, causando raquitismo y destrozando el normal desarrollo neurológico y cognitivo, dejando secuelas irreparables, imposibles de revertir.
Según Intermón Oxfam cincuenta mil personas han muerto de hambre sólo entre abril y agosto del año pasado en el cuerno de África; mientras, en el primer mundo según la FAO se han tirado a la basura unos mil trescientos millones de toneladas de comida durante 2011.

*foto intermón oxfam.

martes, 24 de enero de 2012

Si usted fuera mi marido...


 

Lady Nancy Astor fue la primera mujer en ocupar un sillón de la Cámara de los Comunes del Parlamento Británico, inteligente, irónica, rica, noble, profundamente anticomunista y antisemita, fue también  una furibunda conservadora y defensora de la prohibición del alcohol; quizás por eso sus broncas en el parlamento con Winston Churchill fueron sonadas, se dice que en una ocasión llegó a decirle al Primer Ministro “Si fuera usted mi marido le envenenaría el te”, a lo que el señor Churchill, contestó, “Señora; si fuera usted mi esposa, ¡me lo bebería!”.

martes, 17 de enero de 2012

Aún estoy vivo...




Todos dicen que el viejo Owen está loco, los años y la mar han resquebrajado los pilares sobre los que se asentaba su razón, han oxidado sus mamparos, han carcomido sus cuadernas, han arrancado el velamen de su arboladura y dejado su sesera sin gobierno, al capricho de las corrientes y los vientos.
Todos dicen que está loco, porque por las noches, cuando los hombres duermen, el viejo a veces salta como activado por un resorte, aterrado despierta con cara de fantasma y grita, aúlla como un lobo en celo, tiembla empapado en sudor, se acerca a los cristales de su ventana, desde donde mira la oscuridad inmensa del océano y exclama.
-Aún estoy vivo hija de puta.
El viejo Owen sabe que todos creen que está loco, pero le importa una mierda, pueden irse al infierno, piensa y después rebusca, primero en su armario y luego bajo su colchón, una lata de conserva, una pieza de pan duro y una botella de wisky escocés, el infierno es un lugar que conozco bien, no tiene hambre, simplemente aferra la comida, simplemente mantiene los alimentos en su regazo en silencio hasta que se decide a beber un trago que endereza sus entrañas, ellos no tienen idea, se dice a así mismo una y otra vez como un mantra, mientras se tranquiliza, poco a poco y cierra los ojos lentamente, siendo trasportado por obra y gracia de los recuerdos, de nuevo a la cubierta del ballenero Essex.
Allí esta el capitán Pollard, el marino más gafe del mundo, también esta Benjamín Lawrence, Peterson y el joven Coffin, todos corren por cubierta excitados, empapados en adrenalina, arriando los botes para la caza del leviatán, mientras Charles Ramsdell se desgañita desde las alturas gritando… por allá resopla, la mar está en calma, los botes caen al agua y en cuestión de segundos cortan su superficie mientras lo hombres sudan, los remos golpean el líquido con un ritmo infernal, espoleados por las maldiciones de  Mathew Joy, de Pollard y del propio Owen, que juran, vomitan pestes por la boca y llegado el momento arponean con saña la cabeza de la hermosa bestia.
Allí están como espectros, una compañía de muertos sobre el cristal impoluto de la mar; pintados de sangre, desafiantes, orgullosos y victoriosos hasta que ella aparece, furiosa, herida, inmensa, cabecea de repente y genera un pequeño maremoto con su cuerpo, rompe los cabos, dobla los arpones y jura venganza contra el hombre, contra el demonio venido de la tierra que hiere su cuerpo y mata a sus hijos y hermanas, avanza, se sumerge y enfila la quilla del Essex, 
El golpe causado por la gran ballena es brutal, tumba a aquellos que aún están en cubierta y hiere de muerte al  buque que es reclamado por las profundidades, abre una vía que lo inunda y lo manada a pique en cuestión de minutos.
-Allí nos dejaste maldita, vivos, flotando en un infierno sin llamas.
Susurra Owen de vuelta a su habitación y a su cuerpo caduco, empapado en desesperación, flotando con sus espectros en mirad de la nada, recordando.
Diecisiete marinos sin víveres, sin agua, sobre tres miserables chalupas, expuestos al sol y el salitre, a las llagas, al hambre y a la sed, consumiéndose poco a poco, con la gran ballena bajo ellos nadando plácidamente, sonriendo, jueza y verdugo en su propio reino.
Owen ahora siente hambre y mordisquea su pan duro como un ratón, siente frío y se acurruca junto a la estufa de carbón, ve a sus compañeros morir, de nuevo, uno a uno y se enfrenta, otra vez, a la más dura de las decisiones, alimentarse de los cadáveres o unirse a ellos.
Owen tiembla sentado en el colchón de su cama, después vomita. Grita.
-Aún estoy vivo hija de puta.
Y mira al mar oscuro, donde descasan los huesos roídos de Peterson y del joven Coffin.
-Aún estoy vivo hija de puta.
Grita de nuevo, con la esperanza estúpida de que sus palabras de alguna manera lleguen hasta el mar, se mezclen con el agua salada y se hundan en el abismo, donde puedan ser escuchadas por los oídos del leviatán.


* El cuento está basado en la terrible historia del Essex, buque cuyo hundimiento causado por una ballena fue relatado por uno de los supervivientes, Owen Chase, autor del relato “Narrative of the Most Extra-Ordinary and Distressing Shipwreck of the Whaleship Essex” libro que a su vez sirvió de inspiración a Herman Melville para escribir Moby Dick.

* Descarga el microcuento en formato PDF o MOBI

domingo, 15 de enero de 2012

Stephen Hawking y la lotería nacional.



En 1995 la revista “The face” se puso en contacto con el físico Stephen Hawking para preguntarle si conocía alguna fórmula para viajar en el tiempo, no tardaron en recibir la siguiente respuesta: 

“Gracias por su reciente fax. No tengo ninguna ecuación para viajes en el tiempo. Si la tuviera, ganaría la lotería nacional cada semana. S. W. Hawking” 




Historia vía "Letters of note"

miércoles, 11 de enero de 2012

El buen ciudadano k



Para respetar el silencio de su sepulcro, el ciudadano K permanece quieto, casi inerte, admitiendo únicamente el sonido de su propia respiración, con su cuerpo congelado por voluntad propia, su ser parece levitar suspendido en mitad de una atmósfera espesa, densa, acolchada, un lugar donde cada movimiento supone un quejido, una molesta fricción, un lamento distractor inoportuno, un siete en el manto blanco que envuelve su alma, en su maravillosa, protectora y perfecta nada.
El ciudadano K cierra los ojos y al perderse en la negrura de sus párpados, el resto de sus sentidos se agudizan, despiertan y exigen un pedacito de atención por parte de su aséptico cerebro; siente el rozamiento de la camisa almidonada sobre el final de su nuca, el olor a humedad sobre la ventana, el aroma a metal caliente y a carbón en combustión de la estufa, el regusto a plomo en el trago de agua recién deglutido; suspira, chasca la lengua y piensa nervioso, ¿y si después de todo, no hay nadie, y si su denuncia cae en saco roto, y si vienen, tiran la puerta abajo y se encuentran un tugurio repleto de ratones?
Plop.
Suena desde el cuarto de baño y con su envoltura de estricto silencio la minúscula gota de agua parece una galerna en el atlántico norte, rebota por las paredes de la estancia y llega hasta los oídos del ciudadano K, llama con la fuerza de un liliputiense a las puertas de sus tímpanos y hace que el hombre arrugue la comisura izquierda de sus labios con un gesto de hastío, abandona su pétrea postura y se levanta, caminando con pasos cortos hasta el grifo; maldita sea, piensa, irritado, mientras estudia la llave del agua detenidamente, antes de abrir el mecanismo e introducir sus manos impolutas bajo el torrente helador, antes de decidir enjabonarse por quinta vez en la tarde, limpiando con especial cuidado bajo las uñas y entre los dedos, los lugares en los que, el higiénico ciudadano K imagina ingentes cantidades de bacterias y hongos esperando ansiosos una oportunidad para invadir su cuerpo; después cierra la llave de paso con fuerza para que no gotee y la minúscula cascada se detiene, metódico seca con cuidado la palma de sus manos en primer lugar, las falanges de sus dedos en segundo y dobla la toalla con precisión, extendiéndola con primor sobre un colgador dorado.
No puede ser, piensa, ahí hay gente, se dice a sí mismo, mientras descubre su reflejo en el espejo, un rostro rechoncho, redondo, rematado con un bigote en perfecto estado de revista y unas ojeras incipientes que hoy resaltan como nunca sobre su tez blanquecina; el ciudadano K acaricia sus ojeras con sus dedos impolutos, tienes mala cara, siente una punzada de temor en el estómago, ¿quizás los primeros síntomas de un tumor?, un pensamiento fugaz que seca su boca, roba su aire y ata un nudo en su píloro, hace que corra hasta la mesilla de noche y rebusque con ansiedad entre botes de cristal topacio, repletos de píldoras de colores; el hombre redondo abre uno de ellos y coloca dos cápsulas en la palma de su mano, traga las perlas rojas sin agua esperando que no sea demasiado tarde, sintiendo como el mero contacto da las cápsulas con su lengua aplaca sus temores, afloja el nudo en sus tripas y llena la estancia de oxígeno.
-Ya está.
Dice en alto, recuperando poco a poco el ritmo normal de su propia respiración; y en el mismo instante en el que sus pulmones dan rienda suelta a un largo suspiro, en el otro extremo de su hogar surge de nuevo, furtivo como cada mañana, el misterioso ruido que lo intriga y desquicia desde hace semanas, que lo sorprende siempre en el momento menos esperado, que indica la presencia de vida donde no debiera haberla.
Corre de vuelta por el pasillo y yergue sus orejas como un perro de presa, aquí estas de nuevo, piensa y analiza el sonido con precisión matemática, hay algo pequeño que rueda sobre el suelo, es esférico, hay algo pequeño que chasca, gira hasta que resuena un golpe seco, casi inaudible y repetitivo.
El correcto ciudadano K sonríe como un niño esperando a los reyes magos, está claro, piensa, están ahí, en silencio, no pudieron huir en su día, seguro que siguen ahí y ellos les encontrarán, les darán su merecido, puede que hasta me feliciten por ello, puede que hasta me den una insignia, una mención o algo así, un bonito diploma que colgar sobre la pared desnuda.
Se levanta, se mueve, camina en círculos hasta la ventana y justo bajo la gran mancha de humedad asoma sus redondas narices a la calle, tienen que estar al caer y luego se gira sobre si mismo nervioso, mordiéndose las uñas, imaginando una gran medalla metálica sobre su pecho; cada segundo parece una larga hora de reloj, estudia la calle en calma, imaginando una docena de coches con las sirenas en marcha, acercándose a toda velocidad hasta la puerta de su reino; no es así, por la calle aparece de repente una gran furgoneta oscura, sin distintivos, circula despacio y al llegar frente a su portal pasa de largo despistada, pero se para y da marcha atrás, aparca y desde su interior emergen dos hombres vestidos de negro y otro tipo con mono de trabajo, su sombra es alargada bajo el sol del atardecer, se mueven despacio, señalan la puerta y apuntan hacia arriba, hacia las ventanas del ciudadano K, que al verlos levantar las cabezas oculta su rostro tras las cortinas avergonzado, traga saliva, siente la boca seca y suspira, aquí están, por fin, corre hasta la puerta de su casa y espera, escucha el crujido de los escalones de madera y voces en la lejanía, que aumentan de volumen hasta que aparecen ante su quicio, convertidos en minúsculos habitantes del mundo circular de la mirilla.
El ciudadano K se mira al espejo, camisa blanca limpia y pantalón impoluto, deben darse cuenta de que soy un buen ciudadano, piensa, peina su cada día más escaso flequillo y espera hasta que llaman a su puerta.
Toc, toc.
Abre diligente, se cuadra y hace un saludo militar, los hombres de negro lo miran de reojo, serios, indolentes, uno es largo como un día sin pan, el otro tiene cara de boxeador, con la nariz aplastada y pocas luces en la mirada, el tipo con mono de trabajo hurga entre sus dientes con precisión odontológica; todos ellos reprimen una sonrisa al ver a gordo cuadrarse, al presenciar la cuadratura del círculo.
-¿Es usted el ciudadano K?
-Si señor.
-De acuerdo, ¿usted hizo la denuncia?
-Si señor.
-Firme aquí
El larguirucho extiende un folio de papel, ciudadano K cree ver impreso sobre el mismo un millón de sellos.
-Por favor, retírese y cierre la puerta.
-¿Ya está?
-Si, retírese.
El correcto ciudadano K asiente, traga saliva y nota la boca seca, por un segundo siente miedo, a esta gente no se les contraría, piensa, y ligeramente aturdido se vuelve a meter en su guarida, cierra la puerta y se queda tras ella petrificado, como una estatua de sal en la plaza mayor de Sodoma.
Escucha, mientras hace acopio de valor para mirar por la mirilla, suenan golpes y ruidos metálicos, movimientos bruscos que duran apenas unos segundos, el tiempo que tarda el cerrajero en abrir la puerta, después el silencio, el ciudadano K no se aguanta más, mira a través del pequeño agujero y observa a los hombres de negro sacar sus armas reglamentarias y dos linternas, las encienden, entran en la casa contigua, tienen que estar ahí, piensa el gordo antes de que un grito rompa su perfecta atmósfera acolchada, su plácido mundo miserable.
La casa se estremece, aúlla y se parte en dos, alguien grita, alguien solloza, alguien suplica, alguien insulta y maldice, palabras soeces impropias en un servidor de la ley, piensa el gordo mientras se muerde las uñas, alguien recibe golpes y patadas, alguien es arrastrado hacia la calle, alguien rueda escaleras abajo, golpea el suelo como un saco de patatas, el ciudadano K tiembla de emoción, no pierdas detalle, desfilan rápido las primeras sombras frente a él, sale después una mujer encorvada y un niño, caminan despacio y con la mirada perdida, el pequeño intenta agacharse a por algo pero el hombre delgado no se lo permite.
Desaparecen.
El ciudadano K suspira, está hecho, y luego maldice la rapidez con la que ha ocurrido todo, corre a la ventanilla y ve a la furgoneta arrancar y perderse tras la esquina, dejando tras de si un halo de dolor; espera unos segundos, abre la puerta y sale al descansillo, donde el planeta tierra parece seguir girando sin problemas, pisa algo duro, casi resbala, mira al suelo y se encuentra con una canica y una gota de sangre, saca un pañuelo y recoge con asco la pequeña esfera cristalina, intenta no tocarla con los dedos, por si acaso está llena de gérmenes.
Así que eras tú, piensa el buen ciudadano K, el origen de mis desvelos, y acto seguido guarda el pequeño juguete en su bolsillo, estudia el goterón rojo del suelo, arruga el morro, indignado, asco de gente, lo han puesto todo perdido.


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