jueves, 15 de noviembre de 2012

Los zombis no fuman Lucky Strike.





-Teo, tu perro es una máquina de hacer mierda.
Dice el Chino; y tiene razón, piensa Teo, mientras se rasca la cabeza bajo el gorro y camina lentamente, bajo el paseo de castaños, al lado del río, esquivando zurullos calentitos, ansiedades y nudos en el estómago, dando patadas a los frutos caídos de los árboles, observando cómo éstos dibujan una trayectoria parabólica perfecta antes de caer sobre el agua, cómo hacen plop, sobre un líquido misteriosamente limpio y transparente.
-Ya.
Contesta Teo distraído, mientras se rebusca en los bolsos del abrigo y por un segundo eterno maldice su puta estampa, hasta que sus dedos afilados acarician la bolsa de Luky Strike entre las llaves de casa, los guantes de lana y el muñeco de Pokemon de Zeta, simplemente con su tacto calman el demonio que gobierna sus vicios.
-Es mi madre, que le compra pienso con fibra.
Suelta al final, y al hacerlo observa asombrado como sus palabras flotan en el aire envueltas en vaho, sobre la densa y fría niebla mañanera, suspendidas hasta se congelan, caen, chocan contra el suelo y se rompen en mil pedazos blancos como la nieve, como la cencellada que ha dejado la noche tras de sí, una línea de hielo adherida a cada hoja, a cada piedra y cada tronco del parque, un frágil dibujo de la madre naturaleza, que ahora el sol, escondido sobre las nubes, esta emperrado en destruir.
Caen unas gotas sobre la nariz de Teo, que mira hacia arriba, hacia el lugar donde debiera estar el esquivo cielo.
-¿Te das cuenta?
Pregunta Teo.
-¿De que?
Contesta el Chino.
-Es el sol que está levantando la niebla, al calentar las copas de los árboles se derrite la escarcha y llueve bajo ellos.
-Si.
-Llueve bajo los árboles, no sobre ellos, es el mundo al revés.
Ríe el Chino con una risa asmática, corta la carcajada para toser y escupir, después vuelve a reír.
-El mundo lleva unos años al revés, idiota.
-Si.
Contesta, y extrae el extremo de su lengua colocándolo contra la comisura de sus labios, como si quisiera lamer con la puntita un pedazo de invierno, sólo para averiguar a que sabe, después decide liarse un cigarro, así que construye un cuenco con sus manos, con sus dedos entrelazados y aprieta el conjunto contra su boca, exhala aire caliente y consigue que sus huellas dactilares, moradas e insensibles, recuperen el tono habitual de los seres vivos.
-No me había dado cuenta.
Y extrae una pequeña cantidad de tabaco, que hay que estirar el paquete, lo lía y lo compacta, y después coloca el filtro y lo envuelve en un papelillo, que queda sellado sobre si mismo con un certero lengüetazo.
-¿Vistes ayer el capítulo de Walking Dead?
-No, ya lo había visto.
-Pues es cojonudo.
-Es una mierda, siempre que veo una película de zombis acabo deseando que se zampen a los protagonistas.
-Eso es porque si hubiera un holocausto zombi tú serías el primero en correr por el parque pegando mordiscos a todo bicho viviente, aunque estuvieras sano, sólo por joder.
-Puede.
Responde Teo, y prende el cigarro, da una calada larga que llena de veneno sus pulmones y alarga el cilindro humeante al Chino, que tose, extrae el Ventolín y se da dos chutes de inhalador antes de aceptar el cigarro.
-Tú también andarías jodido.
Dice Teo.
-¿Yo, por qué?
-Un chino asmático y fumador, no creo que duraras mucho huyendo delante de un zombi.
Asiente el Chino y al hacerlo sus ojos se vuelven más pequeños, asoman una ristra de dientes amarillos entre sus labios.
-Si los muertos vivientes poblaran la tierra me encerraría en el piso de mi abuela, que tiene provisiones para aguantar hasta la cuarta guerra mundial.
-Sólo ha habido dos.
-¿Dos que?
-Dos guerras mundiales.
-Ya, ella aguantaría la tercera y la cuarta, una detrás de otra, además, yo no puedo ser zombi.
-¿Por qué?
-Los zombis no fuman lucky strike.
Zeta se gira y ladra, y menea la cola feliz, como asintiendo ante las sabias palabras del Chino, touché, parece decir en su lengua perruna.
-El perro está de acuerdo contigo, lo cual sólo demuestra una cosa.
-¿Qué?
-Que mi pero es idiota.
Sentencia, y sonríen, callan, los dos muchachos caminan en silencio siguiendo los pasos del chucho, que ahora mira tieso a los patos en mitad del río y se relame, dejando caer goterones de baba sobre la hierba.
Teo se detiene, se sienta sobre el respaldo de uno de los bancos y limpia con la punta de los pies los restos del botellón, haciendo rodar las litronas de cerveza vacías hasta el suelo, recibe de vuelta el cigarro y pega otra calada, suelta el humo gris y hace una “o” perfecta que asciende con los angelitos, apura el filtro hasta que siente el calor de la combustión sobre sus labios y después lo pinza entre el dedo gordo y el corazón de su mano derecha, construye una catapulta liliputiense que proyecta la colilla humeante hasta el agua helada, donde se apaga en silencio.
Suspira, y nota como su cuerpo agradecido bendice la entrada de oxígeno puro y no mezclado con nicotina, cierra los ojos y resopla, coloca las manos contra los oídos y antes de que se de cuenta, está escuchando en silencio el ritmo de su propio corazón, latidos que son segundos, tiempo que se escurre rápido, en esta perfecta nada.
-Chino, ¿Cuándo fue que nos engañaron a ti y a mí?
El Chino calla, tose y escupe, Teo continúa.
-¿Cuándo nos vendieron la moto?
-¿Qué moto?
-La de que podríamos ser los reyes del mambo, la de que podríamos bailar con la mas guapa, la de que a la vuelta de unos años todos tendríamos, trabajo, casa, coche y vacaciones en el caribe, con hijos rubios, en un chalet con porche y piscina, y vistas a un campo de golf.
-Dudo que tus hijos fueran guapos y rubios.
-Cierto, serían feos y con el pelo más negro que los cojones de un grillo.
Zeta va y viene, se escurre entre los setos y vuelve, comienza a roer los zapatos de Teo, es la hora de Pokemon, Teo busca en sus bolsillos, encuentra los guantes de lana y se los pone, también el muñeco de plástico con forma de monstruo amarillo, a lo que queda de él, dado que los colmillos de Zeta han dado buena cuenta de sus orejas puntiagudas y el careto ya lo tiene casi borrado, a base de lametones; coge el juguete, se lo enseña al chucho, que aúlla de felicidad y mueve el rabo, el Chino mira al bicho extraño y dice.
-Está hecho una pena.
Teo asiente, amaga con lanzar y engaña al perro que se da una vuelta de ciento ochenta grados y se cae de culo medio mareado.
-¡Busca Zeta, busca!
Y lo lanza, y el monstruo amarillo vuela libre unos metros intentando alejarse del planeta tierra, pero la gravedad es cruel y poderosa, y el muñeco choca contra el tronco de un árbol antes de caer el suelo, donde irremediablemente le esperan los colmillos del perro.
-Es una vida dura la del Pokemón.
Pero el Chino está a lo suyo, masculla.
-Consiguieron vendernos el sueño americano, siendo más de pueblo que las amapolas.
-Desengáñate, Chino, si todo el mundo fuera rico, dejaría de tener gracia el ser rico.
-No es que nos hayan vendido la moto, es que nos la han robado.
Sonríe Teo, cuando el Chino se mosquea le sale un tic en el párpado y pone cara de pirado, da un poco de miedo, haría buenas migas con Ciriaco el loco, piensa Teo, podrían compartir culos de cerveza de la basura y después aprovechar los cascos para ir al ayuntamiento, a tirar unos cuantos cócteles molotov, piensa Teo resopla, luego reflexiona un segundo y continúa hablando.
-Nos han mordido Chino, y ni siquiera nos hemos dado cuenta.
-¿Quién?
-Los zombis, nos han contagiado, nos han convertido en zombis y ni siquiera nos hemos dado cuenta.
-Si.
-Piénsalo joder, todo el santo día en la calle murmurando, de la ceca a la meca, arrastrando los pies, corriendo de un lado a otro buscando curro…
-A mi me entran ganas de morder a la peña cuando paso frente a la junta y veo los coches oficiales.
-Somos zombis.
-Somos zombis.
Los zombis hoy no muerden, ríen a la vez, ponen la correa a Zeta, y se dan media vuelta, el sol ha roto el manto de niebla, se cuela en la mañana gris como el foco de un circo y calienta un poco sus cogotes; los zombis caminan y suspiran, entran en calor, deciden dar otra vuelta al parque y mantener intacta su ruta perfecta, caminito de ninguna parte.

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viernes, 22 de junio de 2012

47 años no son nada








Imágenes de la revista Life de 1965, cuando el skateboard se puso de moda, (sin duda la mejor es la última)


sábado, 9 de junio de 2012

jueves, 24 de mayo de 2012

Los seres de cartón piedra lloran lágrimas de cocodrilo.





I.-

Da igual, es inútil, piensa el buen camarada K, mientras calienta sus manos heladas con el aire que da forma a su propio aliento, frota sus dedos insensibles por el frío unos contra otros y consigue que la sangre, esquiva y juguetona, vuelva a acariciar la cara interna de sus huellas dactilares; podemos construir un mundo en vertical, podemos levantar murallas de cemento, reforzarlas con piedra y acero, estudiar su diseño y mejorarlo, añadir defensas y parapetos, sacos terreros y alambres de espino, piensa  mientras mira entre sus uñas, donde la tinta dibuja una perfecta línea roja que se desborda por los laterales y a punto está de manchar los puños de su camisa, podemos subirnos a ésas torres y desafiar al temporal, armarnos hasta los dientes, continúa, podemos escupir al cielo y matar a nuestros enemigos, renegar de los Dioses, elegir hombres y divinizarlos, podemos sentirnos enormes y listos, seres maravillosos, grandes de espíritu, pero no será mucha la distancia que nos separe del niño que se refugia tras las murallas de un castillo de arena, porque el tiempo juega con ventaja, sus ejércitos de minutos y segundos, de días, meses, años y lustros, arremeten con fuerza, arrancan cada una de las escamas de nuestra piel de cocodrilo.
Da igual, vuelve a pensar entre susurros, en voz baja, por si acaso, como si sus pensamientos pudieran ser escuchados, intervenidos y fiscalizados, censurados con una tinta espesa, negra y densa como el olvido, como si en lo más profundo de sus neuronas, usando su alma como escritorio, un diminuto funcionario, un diminuto clon de sí mismo, pudiera denunciar al pueblo la impureza subversiva de su mente; rugen sus tripas, se remueven sus entrañas, el camarada K siente hambre, mientras espera la ronda de cartas se muerde la uña de su dedo pulgar derecho y encuentra en su superficie un ligero regusto metálico, suspira y para cuando el último átomo de oxígeno abandona sus pulmones, una nueva remesa de sobres descansa sobre su escritorio, instintivamente acaricia el metal afilado del abrecartas y con un suave golpe de muñeca el papel es cercenado, la confidencialidad violada para mayor gloria del estado.
Lee, sus ojos entrenados son rápidos, se adaptan con premura a los diferentes trazos, a los distintos puños y letras con los que lidia, como un ratón, como un ágil roedor silencioso, se cuela en un mundo que no le pertenece, escala sobre los verbos y camina dando saltos sobre los adverbios, sobre los sustantivos, sobre el sentido oculto de cada frase, sobre el mensaje forjado con letras y tinta; lee y al hacerlo encuentra las palabras de un hombre enamorado, él la ama, piensa tras la breve lectura, anhela su presencia como la tierra el agua de mayo, como los girasoles la luz del sol, como un padre la risa de su hijo.
Continúa, un escalofrío recorre su espalda hasta la base de su nuca, recuerda, las frases del joven enamorado son las tuyas, no estaban perdidas, resulta que han rebotado por el mundo durante una vida entera, hasta volver al punto de partida, transformadas, dirigidas a los oídos de otra mujer pero en esencia iguales; el buen camarada K traga saliva y rasca su coronilla despoblada, después resopla, suspira y aferra el sello, tacha “te amo” y golpea la superficie del documento dejando una breve impresión roja con la palabra “censurado”.
Piensa por un segundo, gira su cuerpo y coloca los dedos sobre la máquina de escribir, al golpear las teclas, suena una música conocida, la banda sonora de su mundo en destrucción, su informe termina con un rutinario “no hay amor más grande que el que uno siente por la patria” y después suspira, un soplido de aire caliente es emitido hacia el cuenco que forman sus dedos entrelazados, firma el folio blanquecino, tras la ventana cae la nieve, y mezclado con los copos, una voz metálica acude puntual a su cita desde los altavoces. 
-Recuerda camarada, el pueblo es uno, el pueblo esta fusionado con nuestro amado líder, es el cuerpo que Él gobierna, es el puño con el que Él aplasta a los enemigos de la nación, Él no tolera debilidades, vigila y denuncia, buen camarada no permitas que los enemigos….
Clic.
El buen camarada K desconecta, voluntariamente corta el cable que une su mente con el mundo externo.
Palabras, el poder de la palabra, algo tan sencillo, tan simple como una breve mezcla de fonemas articulados, organizados en su garganta y emitidos en el lugar equivocado, en el momento equivocado, tienen el don de la vida, el don de la muerte, piensa, pueden destruir tu mundo, todo lo que amas, mira su propia firma sobre el informe, un trazo firme, negro como su esencia, una tinta oscura que se extiende más allá del papel, escala por su piel hasta su garganta, donde se convierte en soga, aprieta la laringe hasta interrumpir la entrada normal de oxígeno; el buen camarada K siente la cuerda de tinta sobre su cuello, pesa demasiado, nota de repente una náusea, una arcada que amenaza con ascender por su esófago cargada de desesperación.
K respira hondo, consigue zafarse, el estómago vacío ayuda a contener el vómito, se levanta y camina hasta su superior con paso tembloroso, se cuadra y dice.
-El camarada K solicita permiso para ir a hacer sus necesidades. 
El joven oficial al cargo aún tiene granos de adolescente, no le mira, no responde, levanta la mano indolente, K camina deprisa hasta las letrinas, empuja una puerta blanca desconchada y vomita sobre un agujero apestoso, una mezcla de bilis y palabras a falta de alimento, letras y secreciones que son engullidas por la oscuridad, mezcladas con la mierda se pierden como cada día en las entrañas de la tierra.
Termina, busca en su bolsillo y encuentra un pañuelo bordado, se lo acerca a la boca y aspira, como si el filtro de tela pudiera contener un minuto más el grito que se cuece a fuego lento en su garganta, limpia la comisura de sus labios de restos amarillentos, seca las minúsculas gotas de sudor que asoman en su frente, se recompone, aprieta los dientes, saca su pene y orina, mientras lo hace escucha de nuevo los altavoces.
El amado líder nunca falla, el amado líder ha escrito miles de libros, cientos de operas, cuando nació la naturaleza se estremeció, señales inundaron el cielo y la tierra, Él no defeca, Él puede leer la mente de sus enemigos, Él es capaz de hacer los dieciocho hoyos de un campo de golf de un solo golpe.
El camarada K podría reír, pero dibuja una mueca en su rostro afilado, mira hacia la sombra que su cuerpo proyecta sobre el suelo y se muerde la lengua.
Dilo.
El camarada K aprieta los dientes.
Di la puta frase. Piensa.
-Viva el amado líder.
Dice al fin en voz alta, después traga saliva, aliviado, se da la vuelta, camina de vuelta hasta el gran recinto, donde dos grandes puertas permanecen cerradas, extiende la mano, gira el picaporte y al entrar se encuentra a sus cuarenta compañeros de sección de pie, gritando; unos se tiran del pelo, otros golpean su pecho, otros caen de rodillas y aúllan de dolor, impactado, el camarada K, gira su cuello rígido hacia el pálido rostro del oficial al mando.
-¿Camarada oficial, qué ocurre?
El niño con galones tarda en responder, la nieve ha invadido su tez, intenta articular sus palabras, al final habla, dice.
-El amado líder ha muerto.
Otra vez palabras, fonemas, sonidos que llegan hasta sus tímpanos, rebotan sobre ellos y hacen que éstos, bloqueados, tarden unos minutos en procesar la información y en trasmitirla a su abotargado cerebro.
Está muerto. Piensa K.
-Ha muerto.
Repite el oficial, mientras entorna sus ojos.
-¿No sientes dolor, querido Camarada K?  
Despierta.
K despierta de un sueño en su cuerpo petrificado, transmutado en un hombre de cartón piedra, atrezzo de comedia sin sentido del humor, si sospechan acabarás en sus manos, tú, tus hijos, tus vecinos, tus padres, tus hermanos, aterrado por la pregunta se deja caer sobre sus rodillas y presto comienza a tirarse del pelo, a golpear su pecho, a gemir sin consuelo; contra todo pronóstico, las lágrimas surgen sin esfuerzo, son sinceras, piensa K, son las lágrimas más sinceras de tu vida, asombrado por el hecho de que aún pueda llorar de alegría.  


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jueves, 23 de febrero de 2012

Los hombres sin sombra no tienen alma


El siguiente texto ha resultado ganador del segundo premio de relato corto del XII Certamen Fernando Quiñones del ayuntamiento de Cádiz 





                                                                   I.-

Es evidente, está claro, el mierda de Chuck Norris no tiene nada que hacer contra John Rambo, si algún día llegan a enfrentarse, si es que aún siguen vivos, probablemente el rubio duraría uno o dos minutos, dando saltitos y pataditas, esquivando golpes como una rata en celo antes de encontrarse con una flecha de punta explosiva clavada en los huevos; porque si Chuck mata a cientos, John mata a miles; sus enemigos se lo hacen encima con solo oír su nombre, un chorretón marrón oscuro escurriendo piernas abajo al escuchar en el aire las cinco letras mágicas, R A M B O; entiéndelo Felicité, a ti te gusta el rubio porque lo ves guapo, porque es rico, pero es un hecho, no tiene ninguna posibilidad; puede que sepa un par de trucos pero, de poco le servirían, te lo garantizo, se de lo que me hablo, no en vano soy un gran guerrero, un gran “kadogo”; mira mis músculos, aún son pequeños, aún parecen frágiles y flacos, pero son como una semilla de un gran árbol, dispuestos a crecer sin medida, no te rías, no seas puta, un buen día engordarán, pronto serán como los de Rambo, harán que sea capaz de cargar una persona en cada brazo, harán que pueda partir un cráneo con la mano desnuda, harán que los enemigos me teman, como a la peste; tu también debieras tenerme miedo, ahora te ríes, pero espera a que el comandante se canse de ti, para entonces más te vale no tener esa risa floja tuya, por lo que pueda pasar, debieras mostrarme más respeto; por ahora dejaré pasar tus burlas, es lo que conviene, ahora fuma, Felicité, fuma, que es buen “bangui”, potente, te sube desde las tripas primero hasta la garganta y después hasta el cerebro, parece como si lo empapara todo de repente, si pegas más de dos caladas seguidas toses, pero luego el mundo se pone del revés y olvidas el dolor, y los temblores; malditos temblores,  no soy capaz de mantener la mano quieta, mira como se mueve el canuto sobre mis dedos, parece una bailarina, soy incapaz de mantener el pulso firme, a veces el temblor asciende por el brazo hasta el cuerpo, tiemblo como cuando estamos enfermos, como cuando sube la fiebre o cagamos líquido, enfermo sin estar enfermo, es brujería, eso dice Edouard, que el enemigo usa conjuros contra nosotros, malditos sean, pueden lanzar todo lo que quieran contra mi, nada les funcionará porque soy un gran guerrero, y la magia del comandante es más potente, le he visto hacer cosas inimaginables, en la batalla, justo antes de que balas silben, él nos corta la piel con una fina cuchilla, nos frota las heridas con medicina traída por el hombre blanco, mezclada con magia de nuestros ancestros; funciona, mira mis cicatrices, te aseguro que funciona, pero sólo con los más bravos, libera un demonio en nuestras tripas, te vuelve loco, oyes cada animal del bosque, oyes hasta la respiración de tu enemigo, escuchas el temblor de sus piernas, la piel se vuelve de metal, las balas rebotan y no pueden matarte, la cabeza se nubla y la boca se queda seca, con una sed extraña que no se sacia con agua, sólo con la sangre del enemigo, algunos son capaces de convertir las piedras en bombas, otros, si la batalla se recrudece, pueden transformarse en pájaro o en rata, pueden escapar volando o corriendo si les superan en número, o si les capturan, así es la magia de los Mai Mai, por eso nos temen en el mundo entero, por eso la gente agacha la mirada a nuestro paso, porque ése es el poder del guerrero, Felicité, nuestro kalashnikov es nuestra paga, la vara con la que gobernamos nuestra tierra, con la que cogemos lo que es nuestro, con la que azotamos a aquellos que nos molestan o matamos a los que nos ofenden, matar es fácil, mira, muy fácil, es tan sencillo como mover el cerrojo hacia atrás y quitar el seguro, después apuntas, aprietas el gatillo y ya está, has de coger con fuerza el rifle, apoyarlo bien sobre el hombro, por el retroceso, bang, bang, la bala atraviesa el cuerpo como barro fresco y el prisionero se desmorona como si estuviese hecho de arena, doblan las rodillas y dan un grito sordo, normalmente no entienden bien lo que está pasando, si no les aciertas en ningún punto vital a veces tienes que volver a disparar, a la cabeza o al corazón, porque cuando se lamentan no es bueno, no debes mirarlos a la cara, sobre todo la primera vez, corres el riesgo de que se te metan dentro de los sesos y te visiten mil veces en tus sueños, noche tras noche, para cerciorarse de que recuerdes su rostro; es increíble como funciona el olvido, lo paciente que es, mi padre decía que actúa como el agua contra la roca, con el tiempo a su favor, poco a poco, limando los recuerdos, haciéndolos cachitos pequeños para poder robarlos con más facilidad, cientos de pedazos pequeños imposibles de vigilar, imposibles de contabilizar, imposibles de mantener a buen recaudo; es un bastardo, es un hijo de la gran puta, las cosas que quieres olvidar, como los rostros de los enemigos muertos son los que se quedan y al revés, las que darías tu brazo derecho por conservar son las que un día se largan sin más, yo ya casi no me acuerdo del rostro de mi padre, sus rasgos se han difuminado, se han mezclado con los de otros adultos, no es que se lo merezca pero me gustaría recordar su cara, por si me lo cruzo algún día, por si atacando algún poblado de repente surge pidiendo clemencia; eso estaría bien, le sentaría frente a mis narices y le haría algunas preguntas, no demasiadas, con el arma entre las manos, me gustaría encontrármelo, ver su cara de miedo al comprobar el guerrero en el que me he convertido; es curioso, sólo recuerdo sus ojos, tendré que estar atento, lo cierto es que le diría que no me importa, que se fuera al infierno, que ahora tengo otra familia, ahora os tengo a vosotros, a ti, a Edouard, al comandante, a pesar de las miserias, a pesar de las batallas, a pesar de las enfermedades, es mejor esto que estar solo, mejor esto que morirse de hambre o trabajar en las minas, todo el día enterrado, muerto en vida, rebuscando entre la tierra como un miserable roedor, además, ahora que soy un “kadogo”, sé que soy respetado, ésa es una buena sensación, ya lo verás Felicité, cuando tengas tu propia arma y puedas dar órdenes, cuando puedas obligar a un adulto a traerte agua, o a darte sus pantalones, humillarles en público sólo por diversión, y si se ponen chulos, ya sabes, bang, bang; el comandante dice que hay que hacerlo, que nos deben temer más a nosotros que al enemigo, que así no confabularán en nuestra contra; yo no sé que demonios es eso de confabular, pero debe ser malo, y si de mi depende, mataré a todos antes de que puedan tan siquiera intentarlo, uno detrás de otro, porque como sabes soy un patriota, soy un buen soldado, el mejor soldado, por eso tengo derecho a ración doble de “bangui” y  “kasese”, por eso el comandante siempre me felicita tras la batalla, he matado a cientos y pronto serán miles, igual que Rambo, estoy seguro que entre los enemigos ya suena mi nombre, Gedeón el fuerte, Gedeón el destructor, sé que me odian, sé que me temen, y eso es bueno, sólo es cuestión de tiempo que yo llegue a ser comandante, general incluso, te conviene quedarte a mi lado, porque yo te protegeré, quizás con el tiempo hasta me case contigo, a mi lado nadie te violará, nadie te azotará, conmigo estarás segura Felicité, fuma “bangui”, bebe “kasese”, verás como te quita el hambre, te quita el dolor, conmigo podrás volver a tu poblado, sin miedo, sin temor a que te rechacen, porque en unos años tendré mil hombres bajo mi mando, y al que te insulte le cortaré la lengua, ya verás, volveremos en coche, uno enorme para ti y para mi, con cien guardaespaldas, porque tengo planes, muchos planes, pronto comenzaré a hacer tratos con los hombres blancos, pagan bien, me harán millonario, con el tiempo tendré mi propia mina de diamantes, mi propia mina de coltán, a los blancos les vuelve loco el coltán, el sucio mineral con el que hacen su magia, con el que funcionan sus máquinas; verás, ya verás, te compraré bonitos vestidos de bellos colores, rojos, amarillos, verdes y azules, estampados elegantes, te compraré collares de oro, anillos y pendientes, y serás la envidia de todo el mundo, podrás pasear por el pueblo con la cabeza bien alta, comeremos todos los días, carne, pan blando, todo lo que queramos, recordaremos los años de miseria, de penurias en el bosque y nos reiremos hasta perder el sentido, construiremos una gran casa, con un gran jardín central y muchas chozas para invitados ilustres, de ladrillo, con camas, donde no pasaremos ni frío ni calor, donde tendremos una gran televisión para poder ver todas las veces que queramos las películas que más te gustan, incluso en las que sale el mierda ése de Chuck Norris, nos temerán, nos respetarán y nos envidiarán, por ese orden; si te apetece incluso viajaremos a América, seremos vecinos de John Rambo y saldremos a cazar juntos, osos, cebras y leones, todo eso si te quedas conmigo Felicité, todo eso si dejas de reírte, si te juntas a mí, fíjate que sencillo, no desperdicies esta oportunidad, has de ser lista, no te tienes que dejar confundir por mi tamaño, por mi estatura; pronto aprenderé la magia del comandante, pronto podré hacer cosas extraordinarias, mira mis cicatrices, una por cada batalla en la que he estado, son mis galones, es mi futuro, un destino evidente, el resto aún no lo sabe, pero yo sí, porque lo vi en sueños, un sueño enviado por mis antepasados, en el que aparecía un gorila blanco, me señalaba con el dedo y pronunciaba mi nombre, me montaba sobre su lomo plateado y cabalgábamos a través de la selva, desde su espalda veía a hombres, mujeres y niños vagando entre la maleza, desnudos, desarmados, caminaban tapándose sus vergüenzas, avergonzados y en silencio, eran como fantasmas, alargados y huesudos, no proyectaban ninguna sombra sobre el suelo porque no tenían alma, creí reconocer algunas caras, hombres vivos y muertos también, me miraban y rompían su silencio suplicándome que los montara sobe el gorila, pero yo no quería y la bestia los zarandeaba, los apartaba de su camino con sus garras, los estampaba contra los árboles y los hacía trizas, pedacitos pequeños, al rato no quedaba nadie y la bestia detenía su carrera, en un camino al final del cual relucía una ciudad de oro con unos gigantes a las puertas,  me pedían que les enseñase la manos y yo lo hacía, entonces en ése momento me daba cuenta de que mis manos estaban manchadas de sangre e intentaba limpiármelas, pero era imposible, estaban teñidas de un rojo intenso, fresco y farragoso, al ver la sangre, los gigantes reían, me daban una palmadita en la espalda, me decían “eres un buen chico, eres un buen kadogo”, me abrían las puertas de la ciudad dorada; ese es mi sueño, ese es mi destino, se que es impresionante, pero has de ser discreta, no debes contar esto ni a Edouard, ni al comandante, no quiero despertar sus celos, no quiero que me miren con envidia, no quiero que en la próxima batalla me disparen por la espalda, ahora hay que dejar que las cosas buenas lleguen, dejar que nuestro futuro se cumpla, ahora sube el sonido de la radio, que me gusta esta canción, fuma “bangui”, bebe “kasese”, acércate a mi lado, deja que se cumpla nuestro destino, es sólo cuestión de tiempo.

J.Font.

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miércoles, 22 de febrero de 2012

Satélites.





En el año 2000 el fotógrafo de la agencia Magnum Jonas Bendiksen y su mujer recorrieron el territorio de Altai, en Rusia, haciendo un reportaje sobre las gentes que viven alrededor del aeródromo de Baikonur, allí se tropezaron con esta imagen, en ella vemos cómo un grupo de campesinos rebusca entre los restos de la segunda fase de un cohete Soyuz, intentando sacar algo de provecho de un regalo recién caído del cielo; con una estepa azul y verde de fondo, miles de mariposas blancas los envuelven mientras ellos, con asombrosa normalidad (la basura espacial ya forma parte de su vida y llega a caer hasta tres y cuatro veces al mes) estudian la manera de cargar la chatarra sobre sus mulos.

Todo ello está reunido en un trabajo maravilloso sobre la vida en el extinto imperio soviético llamado Satellites.

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lunes, 20 de febrero de 2012

Berlín.

Berlín, 1940.




Berlín, 1945.




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viernes, 17 de febrero de 2012

El faro de la Jument





El 21 de diciembre de 1989 Jean Guichard tomó una foto que apunto estuvo de costar una vida; frente al faro de la Jument en la Bretaña francesa, Jean tomaba fotos al mar embravecido desde la relativa seguridad de su helicóptero cuando el farero Theodore Malgorne, asomó por la puerta de su solitario puesto de trabajo al oír el ruido de la aeronave, pensando que era el equipo que debía rescatarlo, Theodore eligió para salir mal momento, justo en el instante en el que una inmensa ola se tragaba la base del faro.
Sin embargo, gracias a una mezcla de instinto de supervivencia y suerte, el farero consiguió resguardarse en el último momento y salvar su pellejo, y Jean tomó su famosa foto que ha dado la vuelta al mundo un millón de veces.

miércoles, 15 de febrero de 2012

La lógica del moribundo





Cuando el viejo Ernst abre los ojos, una imagen difusa intenta reordenarse en su cerebro, blanco en movimiento sobre una negrura infinita, ni frío, ni calor, ni dolor, ni placer, solo vacío, un cuerpo suspendido entre dos mundos por una cuerda invisible, una marioneta inerte preguntándose donde está el titiritero; unos segundos que parecen años y de repente… ¡crack!, el hilo se rompe, la gravedad actúa, Ernst se estrella contra el suelo, un golpe seco sobre un manto mullido, blanco, helado.
Respira, el aire congelado resquebraja sus pulmones, duele, intenta gritar, expulsar ese oxigeno maldito que le esta trayendo de vuelta al mundo de los vivos, lo consigue, pero detrás de cada aliento viene un latido, y detrás de cada latido un movimiento.
Duele, sin duda estás vivo.
Gime, toma conciencia de su situación, el cielo ha parido en mitad de ninguna parte, el viejo ensangrentado es un lindo bebé recién nacido, gira la cabeza y se observa cubierto por un molde de nieve, intenta mover una mano, lo consigue, intenta mover los dedos de sus pies, es inútil, piensa; llega a la primera conclusión lógica del día, casi estás de una pieza, maltratado y magullado, casi de una pieza, como un zombi del ártico, comienza a girarse torpemente, flexiona las rodillas y se queda a cuatro patas, se arrastra, mira a su alrededor y saluda a un par de caras conocidas calcinadas, fuego, nieve, y el enorme esqueleto de una ballena metálica despanzurrada.
Observa sus manos, aterido de frío estudia sus dedos azulados e insensibles, progresivamente inútiles, intenta abrocharse el uniforme, no puede, no es un tipo listo pero llega a la segunda conclusión lógica del día.
O te calientas o mueres.
El viejo estudia la situación con todo el detenimiento que su cerebro embotado le permite, no queda demasiado del avión que minutos antes le alejaba del infierno, este se ha partido en dos mitades, la primera y mas cercana a él, aún arde como una tea, la segunda, la cola, está incrustada en vertical sobre la estepa, como la torre de un castillo sin princesa pero con muchos fantasmas, decide acercarse a la cabina, es un horno que puede reventar en segundos, Ernst no detecta la ironía de morir abrasado a treinta grados bajo cero, ni falta que hace, se levanta, camina dos pasos y se estampa de nuevo contra el suelo, gatea, a medio camino entre la cremación y la hipotermia se detiene, recupera el aliento y el calor corporal, la sangre retoma el camino por sus arterias, devuelve la vida a sus extremidades.
Grita, aúlla, se caga en las madres de Stalin, Hitler y Goereing, se pregunta donde demonios hay una mísera manta.
El viejo Ernst no llega a veintidós años, no piensa cumplir veintitrés.
-Ahora no.-Se dice.
La ventisca apaga rápidamente su única fuente de calor y de luz, tiene que estar continuamente acercándose a la chatarra incandescente para encontrar un pequeño equilibrio en la temperatura, sabe que eso no va a durar demasiado, mira su uniforme azul, está blanco, mira su piel blanca, está azul; la pradera se ha llenado de muertos que parecen setas, seres rápidamente petrificados por el frío, adoptando extrañas y grotescas posturas, carne asada y congelada mirando al cielo con caras de incredulidad.
Se centra, con la vista alcanza un bulto intacto, una enorme caja metálica y cerrada con llave, imposible abrirla, da puñetazos, patadas y al rato se da cuenta que lo único que consigue es tocar el tambor en medio de un desierto helado, no se da por vencido, busca una herramienta y la encuentra, una P38 medio calcinada y con una bala en la recamara que hará de llave, amartilla y dispara, el fogonazo le hace darse cuenta que es de noche, el eco de la explosión le hace sentirse mas solo que la una, la bala penetra y revienta el candado.
Una segunda caja espera dentro de la primera, Ernst ríe, recuerda las típicas muñecas de madera rusas, las que se guardan una dentro de otra, tiene una doble S grabada en un lateral, está claro a quien pertenece; saca el bulto, lo arrastra por la nieve, se abalanza sobre él como un animal en celo en plena cópula, un trozo de acero sirve de palanca, con el primer golpe se levantan astillas que se clavan bajo sus uñas pero no siente dolor, la madera es resistente, él testarudo, embiste por segunda vez, el continente cede y muestra el contenido, una mezcla de serrín y cientos de pequeñas piezas doradas se deslizan hacia el suelo, tintineado y brillando en la oscuridad, con torpeza, recoge una de ellas, la limpia, la observa alucinado, un diente de oro reposa en la palma de su mano gritando ¡eres rico muchacho!
Asquerosamente rico.
Oye motores en la lejanía, viene el amigo Iván, se presenta una tercera conclusión lógica de ésta situación.
Viejo, de aquí no sales vivo.
Aguanta, arrastra sus pies hasta el siguiente bulto y desde éste al siguiente, de muerto en muerto y tiro porque me toca, cada vez más lento, cada vez más torpe, por fin se arrodilla y mira al cielo; primero maldice, después ruega, reza, y sus oraciones se convierten en escarcha, hasta que sus ojos ateridos reparan en un cadáver, inmenso, como un oso polar tumbado panza arriba los restos de un orondo oficial  SS  se presentan como una última opción; el bicho está embutido en un enorme abrigo de cuero con el que un sastre mañoso podría confeccionar una tienda de campaña, una hermosa prenda con forro de lana, suave y caliente por dentro y rígida e impermeable por fuera, un regalo envenenado, casi mejor morir en pelotas que ser capturado por Iván con la doble S en la solapa.
Una racha de viento acaba con sus dudas.
A la mierda, desentierra el cadáver e intenta darlo la vuelta, el SS Günter pesa ciento veinte  kilos, pero ya no intimida tanto como en  Pitomnik, está a rebosar, repleto, sano e impoluto, no como el resto, no como la pila de huesos repleto de piojos que se cuadraban a su paso; por fin el cuerpo gira y bajo el abrigo surge de repente un pequeño portafolios, Ernst lo aparta de un manotazo y se da cuenta de que va esposado a la muñeca del gordo.
Esposas talla XXL.
Aquella prenda no saldrá por la muñeca con el maletín haciendo de tope, Ernst busca en los bolsillos del oso, no encuentra las llaves, la única pertenencia que le queda al finado es un machete de campaña con empuñadura de marfil, una hoja de acero afilado y sólido grabado con una tétrica calavera; Enst no se complica, con la pistola a modo de martillo y el machete a modo de serrucho, el viejo coloca el filo del metal sobre la carne y se dispone a cortar la extremidad.
El reloj del SS deja de hacer “tic tac”, para terminar de congelarse justo antes de que el soldado aseste su certero y único tajo; el acero penetra, la mano vuela y un grito resuena en la estepa, en los tímpanos de Ernst y en los dientes del muerto.
El manco Günter pega un respingo, balbucea e intenta entender lo ocurrido, instintivamente busca su pistola ausente con su ausente mano.
-Traición.-Grita Günter.
Un surtidor de color rojo aparece en la espesura blanca, tras gritar y aullar como un demonio en celo, el manco empieza a darse cuenta de lo ocurrido, es un hombre de recursos; con torpeza se quita el cinto y se hace un torniquete, el surtidor pierde fuerza, Günter está sentenciado, pero aún no se ha dado cuenta.
-Te voy a matar por esto.-Escupe mientras agarra con su mano izquierda un trozo de metal afilado.
El líquido rojo fluye con renovada presión.
-Mis documentos, ¿donde están mis documentos?...
-Ahí.- Contesta Ernst señalando con un dedo cada vez mas azul.
La cabeza del gordo se bambolea cada vez más  mientras intenta abrir su portafolio, este al final hace “clic” vomitando al viento varias carpetas de documentos secretos, fotos planes y mapas, números convertidos en vidas y vidas convertidas en números, vuelan hasta el regazo de Ernst.
Aquello llena de furia al SS y de paz al viejo
-No caerá en tus manos, no….
Desesperado y lleno de ira  el gordo intenta clavar el metal sobre el inmóvil Ernst , pero no puede dar ni dos pasos antes de caer de rodillas, y así, de esa forma, se acerca al único foco de fuego que aún calienta, con odio lanza el maletín.
-No caerá en tus manos… cerdo.
-Venceremos.-Dice mientas el cuero chisporrotea.
-Venceremos.- Repite irguiendo su brazo mutilado al cielo.
-Venceremos, escucha el viejo Ernst, a lo lejos, mientras un sueño extraño y reparador envuelve su cuerpo y le roba el último pedacito de su alma.


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lunes, 13 de febrero de 2012

Ego te absolvo por cojones






Cuenta Juan Eslava Galan en el libro, “De la alpargata al seiscientos” que estando el filósofo Ortega y Gasset en su lecho de muerte, apareció por su domicilio un religioso agustino dispuesto a oficiar el sacramento de la extremaunción, algo que Ortega, alejado de la iglesia durante largo tiempo, nunca quiso, ni necesitó, ni solicitó; sin embargo, le fue permitida al fraile la entrada a la habitación del moribundo y estando como estaba en buen Ortega llamando a las puertas de san Pedro, más muerto que vivo y sin a penas aliento, aprovechó el pater para enchufar una extremaunción de las llamadas sub conditione, o lo que viene a ser lo mismo, por cojones.
Situación tras la cual la prensa de la época se apresuró a publicar.

Ortega y Gasset se reconcilia con la iglesia.
Ayer por la tarde la gravedad se acentuó y el ilustre paciente, al que rodeaban su esposa e hijos, y contados discípulos y amigos, mostró deseos de reconciliarse con la Iglesia y, según nuestras noticias, se confesó con el religioso agustino padre Félix García Vielba, con quien en los últimos tiempos mantenía contacto y amistad».

Desde luego, que suerte la del pater, asistir en persona a todo un prodigio de la fe sobre una de las mentes más valiosas del siglo.


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viernes, 10 de febrero de 2012

Los amantes del edredón rosa.





Mientras Jefferson Airplane habla de un perseguir conejos blancos, la mañana despunta sobre la granja Yasgur el domingo 17 de Agosto de 1969, ilumina un mar de barro y de personas que se mueven al compás de la música, palpitan sobre la tierra siguiendo el ritmo de guitarras lisérgicas y los acordes de un mundo cambiante; sorprende el alba a Nick y Bobbi construyendo un pequeño refugio con su edredón rosa, dándose calor el uno al otro, sedientos y hambrientos, pero felices, rodeados de gente que canta, copula, toca la guitarra y se abandona ante el dulce arrullo del THC.
Burk Uzzle camina sobre Woodstock, cuelgan de su cuello dos leicas, una con carrete de color y la otra con una película en blanco y negro, deambula buscando la foto perfecta entre seres de rostros felizmente agotados y pupilas dilatadas, jóvenes que transmutados en hombres insecto cubren las laderas resbaladizas por miles, salidos de la nada, atraídos a la música como moscas a la miel, como brujos que se conjuran y bailan en un planeta de elefantes de colores.   
Nick y Bobbi se quieren, llegado el momento se levantan, se tapan con su edredón rosa y ante una mariposa de plástico atada a un palo, sellan su amor con un beso, ella reposa la cabeza sobre el hombro de él, Burk enfoca y sonríe, suena un clic, después piensa el fotógrafo, quien le iba a decir a él que allí, en mitad de la era de Acuario, iba a encontrar su foto perfecta.

Historia Vía Smithsonian
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miércoles, 8 de febrero de 2012

El lugar del hombre donde reside el ser humano




Hasta el 13 de Septiembre de 1848 Phineas Gage era un hombre honrado, un tipo temeroso de Dios, decente y responsable, amaba a su esposa y cuidaba de su trabajo, no bebía, ni jugaba, y su buen hacer le había llevado a ser capataz de una cuadrilla de mantenimiento de las vías del tren en Cavendish, en Vermont.
Pero el 13 de Septiembre todo cambió, y es que el bueno de Phineas cometió un error, mientras trabajaba, mientras introducía una carga explosiva en un agujero en la roca con ayuda de una barra metálica, la mala suerte quiso que el calor provocado por la fricción del explosivo contra la piedra detonase la pólvora, convirtiendo el instrumento de trabajo en un misil teledirigido hacia su rostro, una pieza de un metro de largo y unos seis centímetros de ancho que tras el cañonazo atravesó la cabeza de Phineas entrando por el pómulo, bajo el ojo izquierdo y saliendo por la parte superior del cráneo.
Una herida mortal que sin embargo no lo fue, la barra que ensartó a Phineas se hizo hueco atravesando su cerebro y agujereó su córtex, pero milagrosamente no lo mató, cuentan que incluso el hombre no perdió la consciencia y que cuando lo llevaron al doctor le dijo a modo de broma “Hay aquí un buen negocio para ti”.
Phineas tenía razón, entraría en los anales de la medicina, estaba vivo y coleando, tuerto y sin más secuelas evidentes, podía andar y trabajar, hablar y razonar, realizar las funciones básicas de cualquier ser humano sin ninguna dificultad, dos meses después del accidente recibió el alta y se fue a su casita, sin saber que algo había cambiado.
Y es que bueno de Phineas ya no era tan bueno, el daño en su lóbulo frontal había modificado su personalidad para siempre, si antes era religioso, ahora blasfemaba con gusto, si antes era prudente, ahora era provocador e impulsivo, si antes era un marido cariñoso y un trabajador responsable, ahora era un egoísta pendenciero al que le importaba una mierda su esposa y su trabajo, un tipo que en poco tiempo se divorció y fue despedido, y acabó dando tumbos por el mundo, como una atracción de circo, viviendo de enseñar la pica que le había atravesado la cabeza.
Pero la tragedia de Phineas fue importante, el primer caso documentado que dio pistas a la neurobiología sobre dónde reside en el cerebro cualidades como la personalidad, las emociones o la empatía, el lugar del hombre donde reside el ser humano.

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lunes, 6 de febrero de 2012

Mary versus Venus






El diez de marzo de 1914 Mary Richardson tiene una luminosa idea, armada con un hacha de carnicero se presenta en la National Gallery de Londres y sonriente se dirige a la sección de pintura española, frente a ella, mujer contra mujer, encuentra recostada sobre el diván a Venus, que la observa indolente a través del reflejo de su espejo; la mujer del retrato está viva, parece respirar atrapada entre el lienzo y el óleo, acaricia el pelo sobre su nuca y levanta suspiros entre los hombres que la miran de reojo, que disimuladamente anhelan su cuerpo desnudo y salivan al ver su piel delicada, de diosa.
Mary es una luchadora, una idealista, pero tiene un problema, es idiota, confunde la velocidad con el tocino, está enfadada y quiere cambiar el mundo, quiere destruir injusticias atávicas, conseguir la igualdad entre el hombre y la mujer, quiere poder votar; para ello, para ser escuchada y llamar la atención del mundo cruel, Mary decide liarse a hachazos con la Venus de Velázquez, apuñalar su espalda perfecta; levanta el arma y con el primer golpe rompe el espejo protector ante la mirada de pánico del guarda de seguridad que comienza a correr hacia ella, se da prisa, levanta de nuevo el filo y esta vez golpea sobre la tela, sobre la carne de óleo, la apuñala una y otra vez sin salpicarse con su sangre, mientras el guarda se resbala sobre el suelo encerado y cae, para cuando consigue levantarse y abalanzarse sobre la agresora, la Venus tiene siete puñaladas, siete enormes sietes sobre el lienzo.
Mary grita, sonríe, su cerebro de chorlito piensa que por apuñalar a la Venus, el mundo es ahora más justo, se equivoca, después de la agresión, simplemente es un poco menos bello.


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