sábado, 28 de mayo de 2011

El hombre vestido de azul




Al respirar, el hombre vestido de azul siente su propio aliento rebotando dentro del casco, aire tan recalentado y viscoso que parece no contener oxígeno, aire entrecortado y nervioso que le asfixia, le satura y le hace sudar gotas gordas que escurren desde su sien hasta el suelo; gota a gota, pasito a pasito, camino a ninguna parte, el hombre vestido de azul se caga en sus muertos y busca el orden y el concierto entre sus compañeros, mira al frente y observa la multitud, el volumen de una masa no uniforme de caras que le señalan entre un mar de sirenas, aferra su reglamentaria espada láser de plástico duro y se pregunta por el puto día en el que eligió este trabajo y cual Darth Vader en un día de primavera corre hasta el primero de los muchachos que sentado y con las manos en alto obstaculiza la vía pública, el hombre vestido de azul piensa, se supone que debiera estar persiguiendo a los malos, a los cacos, a los golfos que pueblan estas tierras de Caín, se supone que soy policía, se supone que protejo a la gente, después mira la cara del un peligroso enemigo que podría ser su hermano, su primo o su mejor amigo de la infancia, un rostro familiar con el que probablemente comparta asiento en el Nou Camp o calle en la piscina del barrio, es el tendero que le vende las naranjas o el profesor de inglés de su hija, podría ser él mismo hace no demasiado, podría ser él mismo antes de vestirse de uniforme, hace unas horas, antes de transmutarse, antes de obedecer, antes asentir ante los mandos, antes de salir de la furgoneta con las espadas en alto; llegado el momento casi agradece tener la cara oculta bajo el casco, llegado el momento suelta un lacónico “disuélvanse” al grupo sentado sobre el asfalto, después piensa que el mundo está al revés y que son ellos los que están intentando arreglarlo, llegado el momento suelta dos hostias y piensa que quizás esta pensando demasiado.