viernes, 25 de febrero de 2011

El buen soldado



Cierra los ojos, siente la caricia del sol en la cara, los primeros rayos de la mañana que atraviesan tímidos, aún débiles, un cielo azul impoluto para encontrarse con su rostro maltratado, luz que choca contra las ojeras que han surgido bajo sus ojos ciegos, claridad que rebota sobre sus casco e ilumina la barba que crece en su mentón como la mala hierba, verano en el invierno de mi existencia piensa Josef, tiene guasa, y así, sin demasiado esfuerzo, se eleva y flota en un mundo perdido, sonríe y pone cara de idiota, suspira y se deleita escuchando de nuevo los sonidos de su infancia; están ahí, es un milagro, es como si los gritos emitidos hace una docena de años siguieran en el aire, como si hubieran ido rebotando por el mundo entero hasta dar la vuelta, hasta llegar de nuevo a su garganta.
Respira oxígeno limpio, huele a verdes praderas, a primavera que muere, a murallas de heno y rocío entre animales, a campo, a estiércol y flores del bosque, olores de un lugar extraño, un hogar a un millón de kilómetros de casa, a un millón de años luz en el tiempo y en el espacio, puta tierra bajo sus botas, removida y húmeda reclama su ración de polvo enamorado.
Despierta Josef, es fácil despertar, sólo hay que abrir los ojos y mirar al mundo, sólo hay que aterrizar y contar hasta dieciséis, uno, dos, tres, cuatro…, un cuerpo por cada alma, en fila, con vendas en los ojos y atados, aterrados ante lo que llega, ante las piezas de metal que aguardan en su fusil, clic, clic, alguien hace fotos, alguien busca y documenta la vileza, las miserias del hombre, el mejor ángulo de la negrura, la foto perfecta.
Josef y el acto intrínseco de matar, de levantar el fusil y apretar el gatillo, de volarle los sesos a un desconocido indefenso, es fácil y sencillo, un fogonazo de pólvora y muere el extraño, se desploma sobre un lecho de heno, sólo que muere Josef también, en el trámite se pudre por dentro dejando una carcasa, una que anda, respira y caga, se alimenta y sigue matando.
Clic, clic, clic, alguien busca un encuadre, alguien dice, sonreíd chicos que vais a ser héroes, los soldaditos aniquiladores de partisanos, alguien ríe, alguien solloza, alguien se mea encima, por su parte el buen soldado simplemente calla, piensa y de repente encuentra un espacio libre entre sus entrañas, uno que antes estaba relleno de odio, miedo y terror, resopla como un idiota que ha tomado una decisión y abre los dedos que aferran su fusil, éste cae al suelo como una rama seca, se precipita después su casco, rueda entre la hierba ante las miradas atónitas de sus compañeros de pelotón, Josef Schultz piensa, soy libre; a la mierda, quizás así pueda llevarme a la tumba un pedazo de decencia.



En la foto, el que se piensa es el soldado Josef Schultz en el instante en el que arroja su casco y fusil y se niega a fusilar a un grupo de civiles y partisanos en Smederevska Palanka cerca de Belgrado, minutos después Josef será fusilado por sus propios compañeros.

jueves, 17 de febrero de 2011

La piedra que vive y muere.



El siete de junio de 1926, un hombre viejo y sabio camina distraído por las calles de Barcelona, viste de forma descuidada, con ropas desgastadas y roídas, con zapatos remendados y una chaqueta pasada de moda, carcomida por la polilla y el uso; con el pantalón sujeto con imperdibles, casi parece un mendigo, luce además el pelo completamente cano y corto, y una barba tupida blanca como la nieve, pasea lentamente, pensativo, absorto, perdido en un mundo mágico que sin que nadie lo sepa, carga sobre sus espaldas.
Un planeta entero, denso y frondoso, bello, inmenso y a pesar de todo liviano, entreverado de ideas, de cálculos matemáticos que quieren engañar a la física, a la maldita gravedad, a la triste realidad; bóvedas, columnas helicoidales y caprichos que alumbran al hombre, que acogen una poderosa fe, construcciones en apariencia inertes, ladrillo, hierro y hormigón, naturaleza en estado puro, piedra que vive, respira y late, crece, se desarrolla y muere.
Porque todo lo vivo muere, porque el genio crece desde la frágil esencia del ser humano, desde su finita condición, al cruzar por la Gran Via de las Corts un tranvía se lleva por delante al hombre viejo y sabio, rompe sus huesos y encharca sus pulmones, deja su cuerpo malherido en el suelo, libera su alma, mientras, la gente observa impasible, comentan entre ellos, por lo bajini, que alguien debiera parar un taxi, que alguien debiera pagar un vehículo para transportar al mendigo a un hospital, a un lugar decente y discreto donde pueda morir en paz.
Y así, sin más, Antoni Gaudí se despide anónimo, y todas las ideas y diseños que aún estaban por llegar desaparecen en una fracción de segundo, mueren, se marchitan, dejando éste mundo cruel, si cabe, un poquito más oscuro y huérfano.

domingo, 6 de febrero de 2011

La nariz del señor Darwin


En septiembre de 1831, en el edificio del almirantazgo en Whitehall en Londres, Charles Darwin se reúne con el capitán del Beagle, Robert Fitz-Roy en el despacho del capitán Beaufort, durante el encuentro, el marino le comunica a Darwin que la persona con la que contaban para ocupar el puesto de naturalista en el inminente viaje al continente americano acaba de rechazar la plaza, y que por tanto, si lo desea, él puede ocupar la vacante; emocionado, Darwin acepta y a lo largo de dos horas acuerda con Fitz-Roy las condiciones de su travesía, él pagará su manutención con quinientas libras y el trato con el capitán será de igual a igual; acuerdan también la posibilidad de renuncia, si el científico no aguanta, si se raja, podrá volverse a medio camino; ninguno de los dos lo sabe, pero en ése apretón de manos queda sellado el futuro inmediato de buena parte de la ciencia moderna.
El joven capitán del Beagle está preocupado, sabe que lo que les queda por delante será un trayecto duro, conoce la soledad del mando y la dureza de la mar, intuye que para soportar el importante peso que cargará sobre sus espaldas durante los próximos cinco años, necesitará del apoyo y la comprensión del desconocido con el que ahora parlamenta, necesitará de su buen juicio y de su amistad, necesitará de alguien con el que compartir confidencias en igualdad de condiciones, Fitz-Roy teme cagarla, teme elegir mal y aceptar en su barco a un pusilánime, a alguien que con el roce y la rutina acabe por detestar.
Por suerte elige correctamente, aunque a punto está de no hacerlo y el motivo no es otro que la nariz de Darwin, porque resulta que Fitz Roy es un ferviente seguidor de la frenología, pseudociencia que afirma poder detectar la valía de una persona a través de sus rasgos, y el señor Darwin posee una napia gruesa y regordeta, claro indicativo para el marino de una personalidad débil y apocada, de un tipo poco de fiar cuando pinten bastos; él mismo se lo confesará a Darwin más adelante, para cuando la mar haya estrechado sus lazos, y el propio Darwin lo contará en sus memorias (extracto más abajo); nunca en la historia de la ciencia, la forma de una nariz fue tan importante.

"Afterwards on becoming very intimate with Fitz-Roy, I heard that I had run a very narrow risk of being rejected [as the Beagle's naturalist], on account of the shape of my nose! He was an ardent desciple of Lavater, and was convinced that he could judge a man's character by the outline of his features; and he doubted wheather anyone with my nose could possess sufficient energy and determination for the voyage. But I think he was afterwards well-satisfied that my nose had spoken falsely."

The Autobiography of Charles Darwin, page 72.

miércoles, 2 de febrero de 2011

El papa y el esclavo


Llegado el momento, el esclavo se planta frente al maestro, se cuadra y le mira de igual a igual, de pintor a pintor, casi de amigo a amigo; deja que el genio capture su imagen, su ser, sus anhelos y esperanzas y los estampe sin pudor sobre el lienzo, usando los pigmentos que él mismo ha mezclado; estático y orgulloso, el morisco es construido de nuevo y parido por segunda vez, en ésta ocasión a través de las cerdas de un pincel que le hace surgir entre la luz, con brochazos rápidos y precisos; habla con la mirada, habla sin hablar, sin emitir un solo sonido, un solo fonema, exhibe altivo su tez oscura, su condición de hombre libre ante quien ose dudarlo mientras presta su rostro para la eternidad.
Diego Velázquez necesita soltarse, sentir que sus dedos y sus ojos se mantienen ágiles, en perfecto estado, sabe que para retratar al papa Inocencio X ha de presentar sus propias credenciales en forma de lienzo, elige a Juan de Pareja, a su esclavo y sirviente, y lo retrata con una expresión desafiante, vestido con una valona con encaje de flandes impropia de su condición, usa su genio para vencer las reticencias del Santo Padre que al final aceptará colocarse frente al él sin saber con quien se juega los cuartos.


Así, el sevillano pintará en poco tiempo a un papa y a un esclavo, construyendo dos retratos perfectos en los que además de captar con exactitud los rasgos y morfología de los hombres, desnuda su alma sin miramientos, las miserias y bondades que esconden bajo su piel, la desconfianza y decrepitud en los ojos del viejo y el anhelo de libertad en el corazón del morisco.
 
Con el tiempo, Juan de Pareja será libre y también pintor, una obra suya llamada “la vocación de San Mateo”, en la que se retrata a sí mismo entre un grupo de personajes (a la izquierda de la escena), servirá para identificar al esclavo que aún hoy nos mira desafiante desde una de las paredes en el Museo Metropolitano de arte de Nueva York.


Pd: Tras más de un mes de descanso, vuelvo al blog con intención de retomar un ritmo normal en las publicaciones, espero que así sea, siempre que el trabajo y la rutina del día a día lo permitan. Un saludo.