sábado, 30 de octubre de 2010

De autopsias, dictadores y testículos.


Al entrar en la morgue, el Doctor Faust Shkaravaski cruza su mirada con la de media docena de tipos de mirada glauca y barba irregular, que embutidos en sus sucios uniformes de la Smersh le observan en un perfecto silencio, frío y aterrador, sólo roto por el sonido de sus propios pasos y el lejano tableteo de ametralladoras; aún pelean, piensa el cirujano antes de cuadrarse, algunos diablos aún pelean, como si pudieran defender algo más que un puñado de cenizas; el grupo le devuelve el saludo, se abre en abanico y bajo la titilante luz de dos focos de campaña dejan a la vista dos cuerpos calcinados colocados en paralelo, sobre sendas mesas metálicas, y un equipo completo de cirugía en el centro, ennegrecidos, abrasados, los cadáveres adoptan una postura grotesca, en tensión, fruto del rigor mortis y la propia combustión.
-¿Son ellos?.
-Eso debe decirlo usted.
Mal hecho, piensa Faust, a los chicos de la Smersh no les gusta la conversación, las preguntas estúpidas, prefieren respuestas, les gustan los secretos, cuanto más grandes y oscuros mejor; Faust traga saliva, después se coloca un viejo mandil manchado de sangre y se arremanga, no puede evitar sentir una gota de sudor frío al acercarse a los restos del gran cabrón, al comenzar a describir lo que ve mientras alguien en la lejanía, teclea sobre una máquina al dictado.
-Es un hombre, esta abrasado, conserva aún parte de sus ropas, sobre todo en las extremidades inferiores, calcinado con algún acelerante, probablemente gasolina, falta una porción de su cráneo, parte del hueso frontal y la práctica totalidad del parietal izquierdo, ¿hace cuanto fue encontrado?.
-Hace cuatro días en la cancillería.
-Puede haberse perdido en el traslado, si se pegó un tiro,  el orificio de salida debiera estar en el hueso que falta.
El doctor abre la boca del cráneo, al hacerlo un fuerte olor a almendras golpea su pituitaria, encuentra trocitos de una ampolla de cristal en el interior.
-El olor a almendras y la ampolla rota indica envenenamiento por cianuro, la mandíbula inferior está intacta, si consiguen ustedes una radiografía del sujeto en vida, podría usarse para la identificación.
Lo hombres asienten, anotan, el doctor continua con su trabajo, con cuidado desprende los restos de ropa que están fundidos con la piel, corta los pantalones y llega a la entrepierna, con sorpresa se encuentra que los testículos están intactos, es irónico, piensa, después de incinerar a millones de personas, las SS no consiguieron terminar de quemar los huevos de su jefe, el médico examina la bolsa escrotal, pasados unos segundos se yergue asombrado.
-El increíble, al gran cabrón le falta un huevo.
Los tipos de la Smersh, sonríen, sueltan una carcajada y se dan de codazos, por su parte Faust no puede reprimirse, tararea la canción que tantas veces ha oído a los soldados ingleses camino del frente; “Hitler … tiene un huevo, no dos, Göring... dos, pero muy chicos son; Himler... casi lo mismo, y Göbbels no tiene ni uno ni dos”, todos se miran, recomponen con esfuerzo su aspecto fiero, hay que joderse, al final, los jodidos “british” tenían razón.

lunes, 18 de octubre de 2010

Monsieur Porrón.


 
Es inútil, masculla Monsieur Porrón mientras camina borracho y apesadumbrado por la calle alfileritos, afligido ante la cruda realidad, en éste mundo está todo inventado, piensa, ya no hay sitio en el planeta tierra para un esforzado inventor como yo, ahora que todas las grandes ideas han sido paridas, desarrolladas y patentadas, no queda el menor resquicio para la creatividad, no queda otra que resignarse ante la evidencia del olvido, susurra con pena, contando sus cuitas al vidrio verde de la botella, aferrándolo y levantándolo cual Hamlet a su calavera.
Es lo que hay, es lo que toca, se dice frente a la tapia de convento antes de detenerse, al sentir su vejiga repleta, al buscar en la oscuridad su entrepierna; así, saca su miembro afligido y comienza a hacer aguas menores contra el muro, con la botella en una mano y el pene en la otra, Monsieur Porrón observa el conjunto y escucha el sonido del chorro contra la piedra, sin parar de orinar, hasta que de repente exclama, maldita sea, sería fantástico si las botellas tuviesen pitorro.
¡Eureka!, las musas llegan sin avisar, se largan sin despedirse, llenan de alegría el buen corazón del franchute, hacen que Monsieur Porrón corra de vuelta a su casa gritando, ¡no todo esta perdido, no todo está perdido, no todo está perdido!.

viernes, 8 de octubre de 2010

El material más escaso del mundo



Sentado sobre las ruinas de su mundo, el músico vestido de negro parece haberse quedado sin lágrimas, inmóvil, petrificado como una estatua de sal en mitad de la lluvia, siente cómo su cuerpo se disuelve poco a poco, se deshace en fragmentos pequeños que son arrastrados por el suelo hasta la alcantarilla, pedacitos de alma que se mezclan con pedacitos de seres humanos, con sangre seca, con polvo y olvido; restos de personas que ya no son personas, sólo fragmentos de maniquíes, sólo autómatas inertes; como él mismo perdieron la condición humana hace algún tiempo, cuando la locura germinó en las entrañas de su gente, cuando entre silbidos de disimulo del mundo civilizado, los hombres decidieron creer de nuevo en el miedo, en el terror como estúpido mecanismo para construir algo; el músico vestido de negro respira, aire extraño, viciado, oxígeno inútil incapaz de acabar con su sensación de ahogo, movimiento reflejo adquirido en otra vida, en la que inspirar aún servía de algo, no sólo para diferenciarle de los muertos, no sólo para mantenerle atado al planeta tierra, no sólo para dejar pasar las horas, las mañanas y las noches, esperando sin esperanza, limpiando las cenizas depositadas sobre su violonchelo.
El hombre de negro sabe que el tiempo es una magnitud plástica, cuando por fin se mueve, por un segundo cree sentir la piel resquebrajándose bajo su ropa, como si los mil años que pasaron desde su último aliento hubiesen dejado una costra invisible sobre su cuerpo, mecánicamente levanta su mano hasta la cara y mesa su señorial bigote ahora descuidado, siente sobre la punta de sus dedos como éste comienza a fundirse sobre una barba de varios días, desdibujado, pintado de blanco con polvo, canas y cal, es un adorno de otra época bajo dos ojos cansados que recorren la calle del desastre en la ciudad sitiada, detienen su mirada sobre el rojo coagulado, casi negro, sobre los adoquines mellados por la metralla en los que parece como si hubiera tropezado un gigante; revisan los rostros de sus congéneres, muertos en vida que hoy abandonan los sótanos y miran hacia el cielo buscando una respuesta distinta a la habitual, distinta a la de ayer, que no venga en forma de mortero, de artefacto de ciento veinte milímetros de diámetro y espoleta de proximidad, muerte enlatada, patentada bajo un diseño perfecto, infalible, obús maldito que a tres metros sobre el suelo explota, siembra la carne de metal y la ciudad de lágrimas, de angustia, convierte la cola del pan en un matadero.
Maldita sea su estampa, cuando el hombre de negro junta suficientes fuerzas, sus manos abandonan el tacto de su barba y acarician el mástil del violonchelo que se apoya contra su esternón, siente la cabeza del mismo tras la suya propia e instintivamente deja que sus dedos corran por las cuatro cuerdas, hasta el puente, acariciando a su viejo compañero de fatigas como a una amante perdida, pensativo, preguntándose si merece la pena seguir preguntándose, recordando los tiempos en los que se blandieron otras banderas, se prendieron otros fuegos, se vertieron otras lágrimas, parece otra vida, parece como si sus recuerdos ya no fuesen suyos, como si los custodiase otra persona de otro tiempo, como si la rutina convertida en supervivencia hubiese durado eternamente, como si el extraño que vivió antes de la guerra no fuese más que un fantasma ladrón que se aleja rápidamente, llevándose consigo sus pedazos de memoria.
Dicen que el violonchelo es el instrumento cuyo sonido más se parece a la voz humana; cuando el hombre de negro blande el arco, muchos en la calle lo miran alucinados, cuando coloca las cerdas de crin de caballo sobre las cuerdas, algunos detienen su rápido caminar, cuando su brazo derecho se cierra con un movimiento preciso y el sonido surge de repente, resulta que el asqueroso mundo cruel de detiene, se parte en dos, las cuerdas frotadas vibran, transmiten el movimiento hasta la caja de resonancia y obran el milagro, un sonido grave, intenso y libre se desplaza por la calle maldita, ondas que se cuelan en el interior de los hombres y mujeres prisioneros, en los que la música busca y rellena huecos vacíos sobre las tripas, bajo los corazones, seres que se detienen acariciados por las notas, personas que han aprendido a no malgastar sus suspiros, pero que llegado el momento, por un segundo permiten que el compás de la música les arranque un par, les insufle un jodido y minúsculo átomo del material más escaso del mundo, eso que llaman esperanza.
El violonchelista de las calles de Sarajevo dispara con notas, con los ojos cerrados, indiscriminadamente, se expone a las miradas de los francotiradores con un escudo de aire, invisible y frágil, permite que en un mundo sin palabras, afónico por tanto gritar, sean el ritmo, la cadencia y el compás los que llenen el vacío, interpreta el Adagio de Albinoni perfectamente serio, profesional y concentrado, se deja caer en la ilusión de sus recuerdos, declara a los cuatro vientos que sigue siendo un hombre, que ama la música y que el mundo, con sus políticos, sus generales, sus inútiles organismos internacionales, sus psiquiatras reconvertidos a genocidas y sus portadas de periódicos, puede irse al carajo.
Cuando termina las últimas notas remata con un suspiro, traga saliva y mira a su alrededor, a los ojos grises que observan y aplauden, que se despellejan las manos con rabia, nota como de repente, algo se ha colado hasta el interior de la ciudad sitiada, un elemento nuevo capaz de violar cualquier embargo, cualquier cerco, capaz de reponer el aire viciado con aire limpio, bálsamo invisible para heridas que no sangran ni cicatrizan, sensación de libertad perecedera, que dura una bendita fracción de segundo, no mucho más que el lapso de tiempo entre el relámpago y el trueno, pero que deja un buen sabor de boca; por fin, el músico vestido de negro respira, se siente un poco menos ahogado, hace un gesto de agradecimiento con su cabeza y guarda con mimo su instrumento, se levanta, golpea las mangas negras de su traje para conciertos, se sacude el polvo, las telarañas, su publico se disuelve y él camina, busca su sitio en una realidad un poco menos grisácea, mira de reojo al cielo y observa como un rayo de sol se cuela entre las nubes blancas en suspensión, es como un arco iris monocromático al que le han robado los colores, sonríe, la primera sonrisa en mucho tiempo, vuelve a casa, quizás mañana, quizás pasado, o la semana que viene, quizás un buen día despierte, maldiga su mal sueño y recupere su vida sobre el planeta tierra.


PD: Este relato forma parte de un grupo de escritos que por su extensión no son totalmente adecuados para la publicación en un blog, demasiado largos quizás, aun así, al igual que he hecho con éste, si me animo los iré publicando (intentaré no dar demasiado el coñazo), un  saludo y espero que os haya gustado.



miércoles, 6 de octubre de 2010

Prohibición.



Aplausos, más aplausos, cuando Herbert lee el periódico en voz alta, hay fragmentos del discurso que casi hacen saltar las lágrimas a sus compañeros de faena, con una media sonrisa en la boca y una dicción pausada, las frases del gran hombre se encadenan y reviven en su boca, “Esta noche, un minuto después de las doce, nacerá una nueva nación. El demonio de la bebida hace testamento, se inicia una era de ideas claras y limpios modales. Los barrios bajos serán pronto cosa del pasado. Las cárceles y correccionales quedarán vacíos; todos los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños. Se cerrarán para siempre las puertas del infierno"…Amen, plas, plas, plas, Herbert se despelleja las manos, aúlla y al hacerlo, la manada le acompaña, ríen y dan gracias al diablo por esta bendita prohibición.
“Recordadme que vote a este tipo”, dice el final mientras dobla el diario y lo lanza al suelo, eleva sus sucio vaso de cristal y brinda por el senador Volstead , un trago largo que araña su garganta como un gato en celo, deglute, arruga el semblante y una vez pasado el licor mira serio a los suyos, acaricia el mango de su revólver  y suelta… “al tajo, nenes, que esto no se destila solo"; después camina entre alambiques, en círculos, satisfecho, orgulloso de su trabajo, ilusionado y pensativo ante las posibilidades que se abren en abanico delante de sus narices; Herb se sienta en su taburete de madera sólo por una fracción de segundo para levantarse de un respingo, algo llama su atención, se acerca a uno de los grandes barreños de fermentación y lo mira detenidamente, sus ojos continúan por la columna de destilación, hasta el matraz de recogida, donde el líquido elemento mana con un color parduzco, repleto de impurezas.
“Mierda” musita entre dientes, mientras extrae una pequeña alícuota con una cuchara y la quema; el licor combustiona con una bella llama azul y roja, “mierda”, repite, antes de que sienta la adrenalina bullendo en sus entrañas, antes de emitir una simple y oscura pregunta que se clava en los tímpanos de sus subordinados, “¿Quien trajo esta columna de destilación?”… un pobre diablo levanta la mano tembloroso, recibe al hacerlo un hostión en los dientes, besa el suelo con su boca ensangrentada, Herbert no es un tipo paciente, no es un tipo piadoso, no es un tipo decente; deja de patear a su empleado cuando este deja de retorcerse, chicos malos, dos cosas debéis aprender, la primera es quien manda, la segunda es que las columnas de destilación con plomo matan, producen veneno, rebajan la calidad del producto y por tanto el beneficio.
Herbert odia sudar, tanta actividad física ha arrancado unas gotitas pequeñas en su frente, escupe, maldice y se coloca de nuevo la camisa, hay puntitas rojas en sus puños, una ruina, tirar el producto significa perder dinero, reducir la población de presidentes en su bolsillo, jugársela por nada, Herbert no está dispuesto, “coged esta partida, rebajadla y mezcladla con otras, y que dios ayude al diablo que lo beba”.
Diez minutos después, el mundo sigue girando, Herbert se sienta en su taburete, y escucha el jaleo en la calle, grupos de trabajadores se tambalean, ríen y caminan por la calle cantando:
Four and twenty Yankees, feeling very dry,
Went across the border to get a drink of rye.
When the rye was opened, the Yanks began to sing,
"God bless America, but God save the King!"

lunes, 4 de octubre de 2010

Revoluciones y chistes fáciles.


 


En marzo de 1913 en la avenida Lexington, entre las calles 25 y 26 de Nueva York, un tipo moreno, serio y de rostro curtido observa las repercusiones de su pequeña revolución, en el pabellón I de la gran exposición del Armory Show, cuelga un cuadro de ciento cuarenta y siete centímetros de alto por unos noventa de ancho que se titula “Nude descending a staircase, nº2” (desnudo descendiendo escalera), un óleo que a nadie deja indiferente.

Lentamente, los hombres y mujeres que han hecho cola a las puertas de la sala, desfilan frente la obra, despacito, deseosos de saciar su curiosidad, no tardan en conseguirlo, al ver el asunto algunos ríen disimuladamente, otros se dan codazos y resoplan indignados o incluso se echan las manos a la cabeza, dejando patente su desagrado; la mayoría sin embargo sigue su camino en silencio, con cara de póquer, intentando buscar la manera de entender tanta modernidad.

Frente a ellos, sobre fondo oscuro hay una figura que decididamente no es humana, líneas rectas y curvas, anatomía de un ser extraño que desciende por unas escaleras, pigmento que no busca otra cosa que captar el movimiento prescindiendo de la forma, ¿se puede hacer?, el tipo de rostro huesudo cree que si, sólo que saltándose las normas, reinventándolas, reventándolas, aplicando un prisma personal y transferible a su extraña visión de este mundo de locos; como en una fotografía hecha con demasiado tiempo de exposición la figura desciende, pero paga un precio, el movimiento se come la carne, devora al desnudo que sin embargo sigue ahí, sólo a la vista de aquellos que quieran verlo.
Es 1913, el mundo apenas ha estrenado su siglo más triste, es tiempo de revoluciones, Marcel Duchamp ya ha planteado la suya propia, y le han corrido a gorrazos, pero la polémica crea expectación y la expectación hace que su obra salte de boca en boca; algunos periodistas ya hacen bromas, proponen un cambio de nombre para la pintura, llamarlo “explosión en una fábrica de tejas” otros ofrecen recompensas, “diez dólares al que encuentre la mujer desnuda”, Duchamp suspira, en sus manos descansa un diario, al abrirlo encuentra un chiste gráfico en el que una marabunta de personas bajan tropezándose las escaleras del metro, bajo el título “mirando Nueva York con un cubista, los paletos descendiendo escaleras”, suspira de nuevo, sonríe después, que coño, en el fondo, no puede dejar de sentirse halagado.

viernes, 1 de octubre de 2010

El último aliento de Edison.



El dieciocho de octubre de mil novecientos treinta y uno, Thomas Alva Edison afronta sus últimos minutos sobre el planeta tierra, maltratado por la diabetes y la vejez, respira cada vez más dificultosamente en su lecho de muerte; es lo que hay, es condición humana,  llegado a este punto, sólo queda morir; recostado, aletargado, acompañado en este último trance por su médico Hubert y su propio hijo Charles, el gran hombre lentamente se apaga entre recuerdos, ideas, inventos y cachivaches, entre miradas de respeto de aquellos que le despiden, de aquellos que deja atrás, en un mundo gracias a él, un poco menos oscuro.

Así, el hombre de las mil patentes, muere de madrugada, cinco minutos antes de las tres y media exhala su último aliento y cuando esto sucede, su hijo Charles, tras constatar el final, antes de comunicar al mundo la mala noticia se acerca a una de las mesas del dormitorio de su padre y observa entre las cosas del finado una colección de tubos de ensayo vacíos, recuerdo de los años de trabajo de Edison como químico, Charles respira hondo y tiene una idea, ni corto ni perezoso abre uno de los tubos, lo coloca frente al cadáver aún caliente y espera, minutos después, cuando considera que el tubo contiene su último aliento, se lo pasa al doctor Hubert y le pide que lo selle con parafina, lo rotula y lo guarda junto a otros objetos; acaba de nacer una reliquia que con el tiempo será regalada a uno de los mejores amigos de Edisson, a un tipo llamado Henry Ford.  

Curiosa forma de cariño, curiosa forma de respeto, quizás un tanto friki, hoy en día, el último aliento de Edison aún se conserva dentro de su cárcel de cristal en el museo Henry Ford de New Jersey.