martes, 31 de agosto de 2010

Cartas desde Okinawa.



Llegada la noche, bajo un bello cielo estrellado Masanobu Kuno reflexiona durante sus últimas horas en este planeta, a lo lejos, tras la línea del horizonte, truenos y relámpagos repican en una noche sin tormenta, sonidos del infierno que llegan apagados, continuos, imperturbables, incansables, un mundo estremecido y oscuro, cosido por estallidos que se cuelan en sus tímpanos y golpean su pecho, como queriendo seguir el compás de sus últimos latidos, perturbando la paz de sus últimos recuerdos; el joven capitán respira, dibuja una mueca en su rostro y reprime el nudo formado en su estómago; escucha en silencio, cada explosión es un paso más, el gigante que se acerca, cada reflejo dorado en la lejanía supone un trecho ganado por el enemigo en su camino hasta su hogar, un cascote que cae en un castillo que se derrumba, Masanobu es voluntario, para él no hay salida, no hay futuro, sus días acaban donde empieza la cubierta del un buque americano.
Así pues sólo queda despedirse, sólo queda dejar un grupo de palabras impresas, un último consejo ante unos hijos que ya son huérfanos, piensa en Masanori, piensa en Kiyoko y se sienta frente al papel en blanco, duele; suspira y lentamente escoge sus palabras y las ordena en un mensaje, el epitafio del hombre muerto, el epitafio del kamikaze.
Escribe.
“Queridos Masanori y Kiyoko.
Aunque no me veáis, yo siempre os esteré observando. Cuando crezcáis convertiros en un buen hombre y una buena mujer, en buenos japoneses. No envidiéis a los padres de otros. Vuestro padre se convertirá en un Dios que os observará de cerca. Ambos dos, estudiad duro y ayudad a vuestra madre en el trabajo. No podré ser el caballo que montéis jugando, sed buenos amigos. Recordadme como una persona alegre que voló en un gran bombardero y remató a los enemigos. Por favor, sed personas invencibles como vuestro padre y vengad mi muerte.”
Termina. Firma la carta y duerme, al día siguiente, pocos meses antes del final de la guerra, durante la batalla de Okinawa, lanza su aeroplano cargado de explosivos contra un destructor aliado, la explosión en la que se volatiliza ilumina el cielo durante una fracción de segundo, después deja un fino rastro de humo apenas imperceptible en el fragor de la batalla.

miércoles, 25 de agosto de 2010

La mano del hombre muerto.


Crooked Nose Jack camina, está borracho como una cuba y sin un céntimo, con los bolsillos limpios de polvo y paja, relucientes; cada vez que le rugen las tripas, maldice su puta estampa y con sus manos temblorosas, acaricia su revolver calibre 45 mientras busca los cojones que no tiene para dar una lección al salvaje Bill, el tipo que dentro de el Nuttal & Mann´s Saloon juega unas manos de póquer como si el mundo fuera suyo, con su larga melena y su bigotito estúpido, con su aire de suficiencia, de intocable, cada vez que le mira, Crooked Nose siente algo hirviendo dentro, a punto de estallar en sus entrañas, en sus tripas; así que, arrastrando los pies entra en el tugurio y se queda mirando la partida, indeciso, masticando su odio impregnado en alcohol; mientras, los allí presentes levantan la mirada un segundo, el tiempo que tardan en catalogar al visitante como un miserable borracho, el mismo pollo al que ya desplumaron ayer, tras una fracción de segundo siguen con su mano y después, como que no quiere la cosa Wild Bill Hickock se busca en silencio unas monedas en el bolsillo y las lanza a los pies del vaquero.
-Come algo, y aprende a cubrir tus deudas.
Las palabras llegan a los oídos de Crooked Nose Jack, se recomponen lentamente en su cerebro narcotizado, como una cerilla encendida cayendo en picado hasta un barril de gasolina, inflamando su mundo, metiendo fuego a su cortex, empujándole al precipicio desde el que salta sin remedio.
Wild Bill está de espaldas, con la nuca mirando a la puerta, normalmente no es su sitio, pero su silla preferida, la que apoya su respaldo contra la pared, ya estaba ocupada al comenzar la partida, así que la leyenda encarnada está desprevenida, ha juntado una buena mano y el mierda que tiene a sus espaldas no merece más de un segundo de atención, Wild Bill se equivoca, escucha un grito, “¡toma esto!” y otro sonido bien conocido antes de recibir en su nuca un balazo que atraviesa limpiamente su cerebro, un trueno que explota tras sus orejas, que tensa cada uno de sus músculos y lo mata al instante, hace que ya muerto se desplome lentamente sobre la mesa, con las cartas bien aferradas en su camino hasta el infierno.
Crooked Nose Jack huirá, pero no por mucho tiempo, al final le cogerán, le juzgarán dos veces y le enseñarán a hacer círculos en el aire con los talones, que quien a hierro mata, a hierro muere, o eso dicen; por su parte los compañeros de cartas de el salvaje Bill, tras el disparo, mirarán curiosos las cartas del finado y silbarán aliviados, dobles parejas de ases y ochos, una buena mano, una mano que quedará para los anales del póquer, la mano del hombre muerto.

lunes, 23 de agosto de 2010

Las Harleys son para el verano.



Desde la acera, a las puertas del estanco en el que consigue su veneno de todos los días, el turista despistado observa la pequeña rotonda por la que, misterios de la naturaleza, parecen haber decidido circular todos los coches de la provincia de Cádiz a la vez; ansioso, como si el humo de los tubos de escape no fuese suficiente, el tipo de las chanclas prende un cigarrito y observa el percal, la hilera de vehículos bajo la solana; elige lentamente el lugar más apropiado para cruzar la calle entre el atasco, por aquí, piensa, camina y al hacerlo, se topa con un tipo con cara de dentista que en mitad del fregao sonríe a lomos de una Harley plateada.
¡Brum, brum, bruuuuum! el hombre está exultante, como un niño con zapatitos nuevos, acciona el acelerador con la moto parada y con cada embite, el motor ruge y los cristales de los comercios cercanos vibran, su ego aumenta, sin duda se cree más joven, más guapo y con el pene más grande; su puta madre, piensa el tipo de las chanclas y la camiseta a rayas, también la multitud que en las terrazas cercanas desayunan e intentan pecar un bocado a su donut sin que les revienten los tímpanos, ¡brum, brum, brummmmm! el malestar general comienza a convertirse en odio, y el odio en la fría planificación de un asesinato colectivo, la gente mira, resopla mientras el capullo sigue a lo suyo, dándole a la palanquita, disfrutando de su juguete.
En fin, cosas que pasan, en ésas estamos cuando por la puerta de una de las cafeterías aparece un personaje curioso, renegrío, con camiseta de tirantes y tatuajes talegueros, con pinta de conocer los bajos del helicóptero de la guardia civil y el estrecho como nadie, de memoria, sale al sol como un torero, se rasca su cabeza rapada y mira al de la Harley con ojos de pícaro, se acerca a palomo, se planta frente a la moto y con mucha guasa suelta.
-¡Pisha, zi ez que los moteros zois tooos unos macarras!
El dentista devuelve la sonrisa como puede, sólo que con el ojete del culo un poco más estrecho, se le muda la color y maldice la crisis de los cincuenta, las motos plateadas y su puta estampa, sin duda añora la cómoda seguridad de su BMW y acelera pero más suavemente, buscando la manera de esquivar a su nuevo amigo; el personal ríe, el barbateño se crece y al cabo suelta.
-Pisha, ¿y que paza si le doy a este botonzito?
Alarga su dedo tostado y encurtido, conteniendo la risa hace “clic” sobre el botón de encendido de la burra, la gasolina deja de alimentar el motor, brummmm, prop, prop..., el silencio reina de nuevo, el dentista calla, busca saliva en su boca pero no la encuentra, como pidiendo permiso arranca de nuevo y despacito, muy despacito, culebrea hasta la salida, el tío de las chanclas y la multitud descansan, contienen una ovación, a punto están de sacar los pañuelos blancos, de buscar la puerta grande para el barbateño, de pedir en coro y al unísono las dos orejas y por supuesto el rabo.

miércoles, 4 de agosto de 2010

El infierno es de color blanco (III)



Desde el interior del baño, la música embiste la puerta a intervalos regulares, ésta filtra los agudos y descompone las ondas sonoras que golpean en la cara y en el corazón de la señorita X, como un diapasón marcan el ritmo de sus movimientos sobre la línea blanca; ella es hábil, ella tiene práctica, usa su tarjeta de crédito con precisión, Visa clase oro, chica pija, con la que raspa el clorhidrato cristalizado, lo amontona y alinea en perfecto estado de revista, después ríe con una carcajada pequeña, nerviosa, impaciente, como de ardilla; dobla un billete de cincuenta y construye un cilindro perfecto, un pequeño túnel sin luz al final del mismo, se arrodilla, reza unas plegarias a su Dios particular y se mete un tiro generoso, distribuido en un par de rayas sobre su cartera de DG, aspira sin esfuerzo, está hecho, justo en el momento perfecto, cuando la noche apenas ha comenzado.
La señorita X se coloca por dentro, se coloca por fuera, la falda en su sitio, el maquillaje impoluto, elimina los pequeños restos de material blanquecino en su fosa nasal y una pequeña lágrima que amenaza con escurrir desde sus ojos, maldice, casi la destroza el rimel, no es así, abre la puerta, al hacerlo es golpeada por la música, bases repetitivas y luces de colores que la envuelven con una caricia, es maravilloso, en unos minutos estará arriba, en la cima del mundo, sonríe, besa y bebe de su copa, guiña a un ojo al gorila que la acaba de pasar un par de gramos, la hostia, grita, aúlla de emoción cuando ponen su canción.
En su interior las moléculas juguetonas se abren paso, llegan hasta los capilares de la mucosa nasal y se absorben, al hacerlo comprimen los vasos, lo cual limita su propia entrada, aquellos alcaloides que al final se cuelan caen al torrente circulatorio, son arrastrados, distribuidos por todo el organismo, unos llegan al hígado y son destruidos, otros alcanzan su objetivo, la hendidura sináptica; el lugar donde abrazándose sin llegar a tocarse, las neuronas transmiten el impulso nervioso a través de los neurotransmisores, éstos, en condiciones normales tienen vidas cortas, son liberados por una neurona e instantáneamente actúan sobre la siguiente y son recogidos, recaptados o destruidos; pero en presencia de cocaína, la recaptación de neurotransmisores es bloqueada, con lo que el sistema nervioso es como un motor que sólo puede acelerar, estimulado, el cerebro de la señorita X hace creer a su dueña que es más lista, que es más guapa, que es más feliz; aparece una ligera taquicardia, las pupilas se dilatan, suda porque aumenta su temperatura, se desvanece la sensación de hambre mientras ella salta sobre una mesa en plan go go, mientras lanza una mirada de tigresa en celo al palomo de al lado.
Desencajada ríe, bebe, el alcohol la seda, la cocaína estimula su cuerpo, lo cual sólo lleva a la urgente necesidad, pasadas unas horas, de meterse otro tiro, otro subidón al que inexorablemente sucede otro bajón, una y otra vez hasta que se cae de culo, hasta que en la cama, con insomnio y los ojos como platos, la señorita X intenta repasar su muy feliz noche loca.
Es lo que hay, es el peaje de la dama blanca, chicos guapos, grandes gafas de sol, felicidad compactada, ríen, bailan, se lucen, escalan una inmensa montaña de mierda y sufrimiento y desde arriba, enseñan al mundo su perfecta sonrisa profident.