viernes, 7 de mayo de 2010

Capturando a Salinger




Sentado en el asiento de su coche, Paul Adam espera el momento preciso, el instante adecuado para hacer dinero, para capturar al mito, al ogro de los cuentos que de pequeños les cuentan a los periodistas; busca a J. D, quiere fotografiarlo, atraparlo en el pequeño receptáculo de su cámara, fijarlo en plata, porque las fotos que hasta ése día circulan de él son demasiado viejas o demasiado malas, porque un buen retrato del escritor vale pasta, mucha pasta, se lo quitarán de las manos, seguro; el asceta Salinger, el huraño Salinger, el genio Salinger, encerrado en su mundo particular, dispuesto a recibir a los extraños con pólvora, perdigones y buena puntería, abstraído del planeta tierra dicen que no quiere saber nada de sus estúpidos congéneres, de los estúpidos humanos, dicen que solamente escribe para él, que en ocasiones quema lo escrito, que es un déspota, que bebe su orina y huele mal, que no hay Dios que lo aguante.

Bla, bla ,bla…

Es igual, Paul no quiere darle un beso, sólo quiere sacar una bonita foto de cerca, una donde se vea su lindo careto alargado, una que pueda ilustrar los diarios, las enciclopedias, una que pueda insuflar algo de vida a su moribunda cartera, el paparazzi espera, y la espera tiene premio, a la salida del supermercado de Cornish, New Hampshire, de repente le ve salir, alto, espigado, anciano; es su momento, agarra su cámara y le saca un par de malas fotos, se acerca y entonces, al verse fotografiado sin permiso, el viejo león ruge de nuevo, y muerde, fulmina a Paul con la mirada, comienza a caminar hacia él con la intención de partirle la cara, dando gritos, Paul se acojona, huye, corre hasta su coche y se encierra dentro, perseguido por el viejo marine que sigue dando voces, Paul tiene la cámara en la mano, Salinger comienza a aporrear la ventanilla del conductor, clic, brama, clic, Paul sonríe, arranca y se esfuma, ya tiene lo que quiere, la foto que será la más vista del viejo mito.

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