jueves, 27 de mayo de 2010

Vacuna viene de vaca



En mayo de 1796 Sarah Nelmes se presenta nerviosa en la consulta de Edward Jenner, aterrada ante la posibilidad de que la pústula que ha aparecido en su mano no sea sino la primera de muchas, -¿Es viruela? – pregunta; el buen doctor estudia su mano, observa la lesión e identifica un bulto engrosado, repleto de pus, pero solitario, a estas alturas, si fuera viruela la muchacha estaría minada, Edward la mira, sonríe y contesta a su pregunta con otra pregunta.

-¿Ordeñas vacas?
-Soy granjera.
-Perfecto, ¿Alguna de tus vacas está enferma?
-Si, Blossom, una vaca de Gloucester, ha tenido llagas en las ubres.

Chica con suerte, Jenner respira tranquilo, es viruela lo que sufre la mujer, pero viruela vacuna, no humana, es mucho más leve, el buen doctor sabe que en un par de días pasará la fiebre, en poco tiempo la muchacha estará fresca y sana como una lechuga, nada que ver con la terrible pandemia que asola Europa, que convierte a los hombres en pústulas andantes, que mata cada año a millones de personas.

Jenner además sabe, o por lo menos intuye, que las personas que pasan por esta versión atenuada del mal nunca enferman de la versión mortal, porque, de alguna misteriosa manera quedan protegidos, la pregunta que se hace desde hace algún tiempo es: si una enfermedad leve protege contra otra grave, ¿hay alguna forma de reproducir artificialmente el proceso?

La hay, el médico, ni corto ni perezoso pincha la pústula de la mujer, extrae la mezcla purulenta e impregna con ella una aguja, se la clava en el brazo a James Pipps, de ocho años, perfectamente sano, como es normal el chico le mira con cara de odio, no sabe que el viejo Jenner acaba de escribir su nombre en la historia de la medicina.

Obviando el hecho de que a Jenner hoy en día le meterían en la cárcel inmediatamente, el caso es que aquel pinchazo se convirtió en la primera vacuna documentada, con éxito además, Pipps nunca enfermó de viruela, curioso motivo por el cual, resulta que la palabra “vacuna”, viene de la palabra “vaca”.

lunes, 24 de mayo de 2010

El día que Hollywood cogió su fusil




John mira al cielo, intenta contar lo más rápido que puede, se deja los ojos estudiando los puntos negros clavados en el horizonte y advierte que poco a poco, a medida que se acercan, estos se desdoblan, se fragmentan en otros más pequeños, uno, dos, tres, cuatro... así hasta treinta, o cuarenta chicos malos en formación, zeros, bombarderos ligeros, quien sabe, lo único que está claro es que no vienen a tirar flores; John traga saliva, mira a su alrededor, respira un aire denso, espeso y pegajoso, se siente empapado de adrenalina, capaz de oír el pedo de un mosquito a un kilómetro, espera, se aferra a su cámara y piensa, quizás estas viejo para estos trotes.


Sabían que venían, del minúsculo aeródromo del atolón de Midway los aviones yankis hace rato que han emigrado, conscientes de que en tierra no son otra cosa en patos de feria, sólo han dejado atrás un par de ellos, obsoletos y oxidados, bien a la vista para que se conviertan en cebos, para que se lleven las hostias, cubiertos por muchachos que desde sus agujeros abiertos en la tierra, sacan las puntas de sus ametralladoras esperando la orden de abrir fuego; suenan los motores, aquí llegan los pájaros de mal agüero, que Dios reparta suerte, atento, John observa al jefe de escuadrón de caza japonés que se separa del grupo y hace un picado, cae desde diez mil pies de altura y antes de estrellarse levanta el aparato haciendo una bonita pirueta, enfila la pista volando a tiro de escupitajo, se luce, casi parece que vaya a aterrizar pero no, cuando nadie lo espera, gira sobre si mismo y vuela rasante boca abajo, vacilando al personal, con la cabina mirando el suelo y las ruedas el cielo, está loco, piensa John mientras mira a sus compañeros aferrados a las ametralladoras, tan sorprendidos que nadie le dispara, el zero les deja atónitos, pasa de largo, buenos días tío Sam, venimos a hacerle una visita.

Al infierno, el muchacho de la ametralladora se caga en la madre del japo y aprieta el gatillo, escupe una lengua trazadora y falla, entonces es el infierno lo que sucede, caen las bombas, estallan, es el primer combate para los marines, el segundo para los zeros, fuegos artificiales hacia el cielo y desde el cielo, John sale de su estado de shock, estás aquí para sacar fotos, levanta la cámara, busca el encuadre y le da al disparador, sus disparos no matan a nadie, pero dan en el blanco, a las bombas de pequeño calibre le siguen otras más grandes que caen desde más alto, doscientas, trescientas, quinientas libras de química exotérmica made in Tokio, tienen mala puntería, caen dispersas y no averían demasiado la pista, los chicos aguantan, de vez en cuando hasta aciertan, hacen que algún que otro zero dibuje en el cielo líneas negras que se curvan hacia el mar; humo, sudor, nervios y llamas invadiéndolo todo, en un momento dado John saca la cabeza de su trinchera y ve a tres aviones enfilar hacia un hangar, es la toma perfecta, enfoca y graba la explosión, siente un puñetazo, demasiado cerca, piensa mientras vuela hacia atrás, mientras se levanta atontado.

John graba su documental, sale vivo de esta, John se apellida Ford y gracias a que ése día los japoneses no apuntaron bien, hoy disfrutamos de películas como Río Grande, El hombre tranquilo o El hombre que mató a Liberty Valance.


PD: El vídeo muestra parte de lo que grabó, aunque es pura propaganda, las anécdotas están sacadas de una entrevista que almacena el Centro de Historia Naval Americano.

jueves, 20 de mayo de 2010

Sobre balleneros, cachalotes y digestiones pesadas.



Se llamaba James Bartley, era timonel, cuentan que cuando el bote se acercó a la bestia, el cachalote, ante la inevitable certeza de la muerte, emergió de repente y embistió el casco de la embarcación, levantándolo un par de metros sobre el agua, haciendo saltar por los aires aparejos, arpones, remos y tripulantes, afirman que abrió las fauces y bramó, que el sonido pudo oírse a kilómetros de distancia, que mantuvo la boca abierta hasta que sintió al pobre diablo caer de cabeza en su interior y que lo engulló sin más, arrastrándolo hasta el fondo del abismo dentro de sus tripas, rompiendo después la línea, ya libre pero herido de muerte, huyendo durante varias horas dejando una estela de sangre tras de si.

Cuando la ballena por fin dio su último suspiro, emergió, y sobre la mar en calma encontraron su inmenso cuerpo flotando, pintando de rojo las aguas, lo trocearon, lo despiezaron y cuando llegaron a las tripas, alguien divisó una figura humana, ensangrentada y violácea, con el rostro desencajado, los marinos reconocieron a su compañero y lo limpiaron, pasaron cinco horas intentando reanimarlo; cuentan que lo consiguieron, que el hombre abrió los ojos de repente y comenzó a aullar como un poseído, agitándose, sollozando y desquiciado hasta tal punto que tuvo que ser atado a su catre, gritaba con la razón perdida hablando del fuego que lentamente le había cocido en vida, abrasándole poco a poco, afirman que nunca pudo volver a ser ballenero, que nunca más pudo estar solo y que ni siquiera se atrevió a mirar de nuevo a la mar.

Historia encontrada en “Mitos y leyendas del mar”, autor: Peter D. Jeans

martes, 18 de mayo de 2010

A Dios le deben gustar los cuadros abstractos



En el silencio más absoluto, en mitad de la nada, suena un clic y el hombre se da cuenta de que el universo está lleno de inmensos cuadros abstractos, en marzo de 1979 la Voyager 1 maniobra y se coloca en posición, se acerca a Júpiter y comienza a fotografiar su superficie, a casi trescientos mil kilómetros de altura sobre un cielo violento, terrible y bello; el artefacto viajero retrata una atmósfera brutal, construida con Hidrógeno y Helio, un mundo compuesto de ocres, negros, azules y blancos, pigmentos que no son pigmentos sino tormentas, anticiclones y huracanes, colores mezclados en la paleta de un Dios travieso y caprichoso, el más bello reflejo del gigante fluido.

Después de esta foto y de unas cuantas miles más, el pequeño turista interespacial continúa con su trayecto hacia ninguna parte, mientras, los hombres de ciencia se frotan las manos, se maravillan ante la imagen perfecta de la tormenta perfecta, ante la gran mancha roja, un reloj de viento que cuenta las horas al revés, que se mueve a más de trescientos kilómetros por hora y en el que cabría por duplicado el tamaño de la tierra; es inmenso, es revelador, ayuda sin demasiado esfuerzo a entender la microscópica importancia de ser humano en éste universo que nos rodea.

jueves, 13 de mayo de 2010

Cambiando balas por aplausos.




Herbert y el teniente Reinhardt ya no recuerdan el momento en el que se convirtieron en hombres topo, en el que cambiaron una existencia normal sobre la faz de la tierra, por otra enterrada, con su nuevo hogar construído en un hoyo, en una fosa interminable; ahora los dos hombres caminan por la trinchera, ahora viven el día a día con la cabeza gacha, con el casco calado y en alerta, pateando ratas, pasando penalidades, esperando el momento en el que alguien saque su boleto en el sorteo, en el que un trozo de metal caliente, la gripe española o el gas mostaza, les facilite una entrevista personal con San Pedro.

Así es la vida, Herbert y el teniente Reinhardt sin embargo hoy se sienten felices, después de todo, porque el verano se ha llevado el agua, el barro y el frío, les ha dado un respiro, les ha regalado un manto estrellado, una noche cálida en la que casi vuelven a sentirse personas; en ésas están cuando de repente un joven soldado, aparece con cara de susto.

Mierda, piensa Reinhardt, mierda, piensa Herbert; se ponen en alerta, se preparan para lo peor, por suerte hoy se equivocan.

-Señor- Dice por fin el muchacho.

-Hay un franchute allá cantando de nuevo, y lo hace maravillosamente.

Caminan, corren como ratones en el laberinto y se acercan a un punto en el que las trincheras francesas y alemanas se acercan peligrosamente, cuando lo hacen encuentran a toda la compañía en silencio y escuchando, como hipnotizados por una voz que surge desde el otro lado, una voz potente, de tenor, que asciende y desciende por el aire envenenado y acaricia los oídos, canta un aria de Rigoletto, consigue que sobre la piel, bajo la porquería y los piojos, los hombres allí presentes sientan un escalofrío, un bendito y maravilloso escalofrío.

El cantante termina, segundos de silencio a un lado y a otro, después los hombres enfrentados aplauden a rabiar, despellejándose las manos, dan vítores, piden otra, está bien aunque sólo sea por un rato, sustituir las balas por aplausos.


Visto en Futility Closet.

martes, 11 de mayo de 2010

El hombre extraviado




El hombre sin recuerdos ahora sabe que la memoria está hecha de cenizas, inútil materia prima, frágil e inerte, con la que ha construido caducos parapetos en su cabeza, murallas cuarteadas incapaces de detener el huracán; desnudo, helado, empapado; sin esfuerzo llega a la conclusión de que el olvido es como un niño travieso, como una amante despechada, como un pintor de retratos que sólo usa el color blanco, que construye realistas lienzos monocromáticos fieles al reflejo de la nada, copia exacta de su mundo transparente, maestro obcecado que siempre enseña una única lección, biógrafo que ha escrito su vida con un lápiz de carpintero, que ha arrastrado después el extremo de sus dedos sobre las líneas de grafito, atento ante los nombres en descomposición, verbos y adverbios heridos de muerte, difuminados, rotos en cachitos pequeños, sílabas, letras y trazos sin sentido; el hombre sin recuerdos ahora sabe que todo lo que sabe no es nada y extravía su existencia mientras escucha el silencio de sus propias palabras.
Fotografía: Chema Madoz

viernes, 7 de mayo de 2010

Capturando a Salinger




Sentado en el asiento de su coche, Paul Adam espera el momento preciso, el instante adecuado para hacer dinero, para capturar al mito, al ogro de los cuentos que de pequeños les cuentan a los periodistas; busca a J. D, quiere fotografiarlo, atraparlo en el pequeño receptáculo de su cámara, fijarlo en plata, porque las fotos que hasta ése día circulan de él son demasiado viejas o demasiado malas, porque un buen retrato del escritor vale pasta, mucha pasta, se lo quitarán de las manos, seguro; el asceta Salinger, el huraño Salinger, el genio Salinger, encerrado en su mundo particular, dispuesto a recibir a los extraños con pólvora, perdigones y buena puntería, abstraído del planeta tierra dicen que no quiere saber nada de sus estúpidos congéneres, de los estúpidos humanos, dicen que solamente escribe para él, que en ocasiones quema lo escrito, que es un déspota, que bebe su orina y huele mal, que no hay Dios que lo aguante.

Bla, bla ,bla…

Es igual, Paul no quiere darle un beso, sólo quiere sacar una bonita foto de cerca, una donde se vea su lindo careto alargado, una que pueda ilustrar los diarios, las enciclopedias, una que pueda insuflar algo de vida a su moribunda cartera, el paparazzi espera, y la espera tiene premio, a la salida del supermercado de Cornish, New Hampshire, de repente le ve salir, alto, espigado, anciano; es su momento, agarra su cámara y le saca un par de malas fotos, se acerca y entonces, al verse fotografiado sin permiso, el viejo león ruge de nuevo, y muerde, fulmina a Paul con la mirada, comienza a caminar hacia él con la intención de partirle la cara, dando gritos, Paul se acojona, huye, corre hasta su coche y se encierra dentro, perseguido por el viejo marine que sigue dando voces, Paul tiene la cámara en la mano, Salinger comienza a aporrear la ventanilla del conductor, clic, brama, clic, Paul sonríe, arranca y se esfuma, ya tiene lo que quiere, la foto que será la más vista del viejo mito.

martes, 4 de mayo de 2010

Los hombres insecto




Allí está, la gloria hecha destrucción, allí está, el río Oca, montañas, valles, colores, ocres sobre verde, allí está, al alcance de la mano, Durango, Guernica, mundos reducidos a puntos en el mapa, latitud, longitud, estruendo de motores que lo devora todo, frío en las entrañas, mapas, estimación de rumbo, de vuelo, visibilidad, el Junker 52 dando bandazos, vibrando y cabeceando como si estuviera nervioso, como si tuviera vida, el avión deseando defecar su carga de muerte, deseando quitarse un peso de encima, bombas convencionales, incendiarias, metal redondo, marcado, cilindros tatuados con águilas portadoras de miseria, ruido ensordecedor, ojos irritados indagando lo que ocurre bajo las nubes, pegados a un visor maldito, a un conmutador rojo, apunta bien, allí están, a un lado las fábricas de armamento, al otro lado la población civil.

Recuerdos, una gota de sudor cruza su frente, está helado, CLIC, tres docenas de bombas atraviesan el aire, casi gráciles, aerodinámicas, chocan contra las casas, y el ocre de los tejados explota, un fogonazo y una nube de polvo gris, que cambia el oxígeno por tierra en suspensión, que se multiplica por cien, cascotes y metralla, fuego hambriento, el ruido de las explosiones llega retardado por la distancia, oculto bajo el rugido de los motores, cazas que suben y bajan, mosquitos que hacen picados, ascienden y hacen rasantes, levantan estelas a su paso, se divierten, ametrallan a placer, los seres humanos reducidos a la categoría de insecto por obra y gracia de la ideología, huyen, corren con una lentitud exasperante, reciben metralla, mueren inmóviles convertidos en puntos desde el aire, motas de polvo sobre el mapa, pequeños como migas de pan sobre la mesa, barridas de un manotazo, minúsculos muñecos articulados, marionetas microscópicas desmontadas, desmembradas al ritmo de las trazadoras.

Acción, reacción, retribución en forma de sufrimiento y medallas.

Conmutador rojo accionado, ansioso Klaus, clava sus ojos sobre el visor, sobre el mapa en relieve que se despliega a sus pies, espera, que la polvareda se despeje, que las nubes y el humo permitan una estimación directa mientras el avión vira, mientras la máquina con alas gira de nuevo, dirección Burgos, vuelta por el mismo camino, evaluación de daños, el pueblo crepita, es como un madero en una hoguera, el puente está intacto, las fábricas también, defecación perfecta, un trabajo fino, es un hecho, podemos borrar del mapa una ciudad pequeña, podemos extirpar quirúrgicamente a su molesta población y dejar intacta la producción industrial, la hostia, la polla, papi Goering va a estar loco de contento.