miércoles, 7 de abril de 2010

Juego limpio





Manuel nunca ha sido hombre beato, ni falta que le hace, si el cura dice que matar franceses no es pecado a él le basta, suficiente, habrá que fiarse, que para eso es el representante de Dios en la tierra, o su subalterno, no queda otra, y a fe que el hombre de la sotana lo tiene claro, claro como el agua clara, al viejo párroco cada vez que alguien le menta aquello de la liberté, la egalité y la fraternité, se le mudan los colores de la cara, salen espumarajos por su boca y se hinchan las venas de su cuello, como poseído, como dispuesto a ir hasta Paris para cortarle las pelotas al mismísimo Napoleón; normal, después de todo, dicen que los franchutes saquean iglesias, le cortan la cabeza a los santos para hacer pisapapeles y mean sobre los relicarios, los muy cabrones, el cura habla, invoca el deber del buen cristiano mientras Manuel, el único hombre tranquilo entre la multitud, saca papel de fumar y lía un cigarrillo de picadura, sin prisa pero sin pausa lo mete en la boca y repasa punto por punto los motivos que le han traído hasta aquí, a las puertas del convento de carmelitas de Manzanares, donde el general Liger-Belair ha improvisado un hospital de campaña para los bastardos que ayer se hicieron pupa mientras quemaban hasta los cimientos Valdepeñas; no es muy listo el generalote, no conoce a los Españoles, a los que llama despectivamente Manolos, se ha largado con el grueso de su tropa, a conquistar Andalucía, siguiendo los pasos de Dupont y ha dejado atrás un pequeño destacamento, minúsculo, al cuidado de los suyos, un rebaño de lobos heridos en mitad de una multitud de ovejas encabronadas, ¿o es al revés?, es igual, pintan bastos para los franchutes, los mismos que ahora se atrincheran acojonados tras la tapia del convento amenazando con volar la tapa de los sesos al que se acerque demasiado.

Es inútil, es cuestión de tiempo, Manuel lo sabe, los niñatos imberbes que custodian la puerta la cagarán antes o después, apretarán el gatillo y sólo entonces se darán cuenta de que no tienen balas para todos, fuma, una calada larga, mientras mira sombrío, sabe lo que viene, el auténtico motivo por el que se encuentra aquí, cierra los ojos, escucha vivas a Fernando VII, muertes a Napoleón, los mismos gritos que no hace demasiado escuchó en Madrid, poco antes de que los dragones, coraceros y mamelucos dieran gusto a sus sables, construyeran pirámides de cadáveres en la montaña de príncipe pío, hoy no va a ser así, hoy están en minoría, mañana Dios dirá; mientras fuma recuerda sin problemas el olor irritante de la pólvora, la visión oscura de las tripas de los hombres y las mujeres, la sangre pegajosa bajo sus botas, Manuel sabe por lo que está aquí, el árbol negro que desde aquel día ha crecido en sus entrañas, cuidadosamente alimentado, primorosamente regado, odio en estado puro, espera tranquilamente, cuando por fin suena el primer disparo, es como la señal de salida de una carrera a ninguna parte, la multitud se abalanza, él escucha media docena de tiros más y se pone en movimiento, en segunda fila, que será vengativo pero no gilipollas, abre su navaja albaceteña y salta la tapia, se cuela en el hospital convento y se da de bruces con un joven oficial médico de bigotazo y patillas pobladas que intenta poner orden en el caos, sin mediar palabra se le acerca por detrás y le hunde la navaja en el cuello, en las tripas, se salpica con su sangre mientras una tupida niebla roja inunda su alma, venganza piensa, que rica sabe, respira, sonríe, observa al personal entrando en el pabellón donde los heridos descansan en catres improvisados, algunos se resignan, otros intentan huir, uno por uno son degollados, sin piedad, sin cuartel, desde el convento carmelita de Manzanares se envía un mensaje claro a los ejércitos imperiales, si después de saquear y quemar ciudades esperan juego limpio en estas tierras, van de cráneo.

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