jueves, 29 de abril de 2010

Los pigmentos del desastre




El horror, el desastre transmutado en óleo, en masa viscosa repleta de color, de pigmento arrastrado sobre el lienzo con el único objetivo de enseñar al hombre la visión más miserable de si mismo, carne, huesos y angustia, retrato mutilado de seres reducidos, de rasgos que no son rasgos, sólo límites inconclusos de la persona, rojo sobre negro, juego de terror; pintando la desesperación, capturando la angustia, agarrando al espectador, encerrándole, enganchándole por las tripas.

Se puede capturar un mundo desolado, caótico, se puede usar la pintura como asidero para el propio ser, único sustento fiable en un mundo desmoronado, solitario clavo ardiendo sobre un abismo insondable, espita que libera la presión de unas entrañas enredadas, anudadas, a punto de reventar, minúsculo agujero por el que entra oxígeno al recinto donde mora el alma, último recurso para evitar su asfixia, para rescatarla del ahogo.

Bacon pintaba desde el desorden, desde la ironía de la propia existencia, una vez Margaret Thatcher se refirió a él como “ese hombre que pinta cuadros horribles”, a lo que Francis contestó “es imposible, uno no puede ser más terrible que la vida misma”.

sábado, 24 de abril de 2010

Oro, puto oro.



Cuando Sebastiao acciona el disparador, captura un fragmento de un mundo al revés, un lugar poblado por hombres reducidos a la categoría de insecto, seres que habitan las paredes de un abismo construido con las uñas de las manos, arañado a la tierra en mitad de un mar verde, lodo revuelto, que debiera estar bajo los pies y sin embargo está sobre las cabezas, pegado a los cuerpos, pegado al alma, manto tupido que oculta en las entrañas el dorado que todo lo puede, el metal más brillante, más humano, capaz de despertar la fiebre más intensa.

Oro, puto oro, cuando alguien en Sierra Pelada grita por primera vez la palabra maldita, tres letras generan un terremoto, arrastran a cien mil almas, cien mil garimpeiros que en su búsqueda construyen un infierno vertical; sin azufre, sin llamas, sin demonios con cuernos y rabos, sólo una masa de cuerpos igualados, monocromáticos, de frágiles músculos, de rostros fantasmales, poco a poco, saco a saco, horadan el corazón de la jungla, suben y bajan por endebles escaleras en su camino a ninguna parte, rocas sobre sus cabezas, trabajo y miseria, modernos esclavos en la era de la democracia.

Con sus fotos, Sebastiao Salgado nos enseña nuestra condición humana, lo que somos capaces de hacer por un pedacito de metal, un gran hoyo en la superficie del planeta, toneladas de material extraído, purificado y fundido, tratado para que cuando luzca sobre la piel del primer mundo, no revele sus secretos, no deje tras de si su auténtica esencia, barro, sudor, mierda, sangre, enfermedades y sufrimiento, no delate su auténtico color, oscuro, muy oscuro, escondido bajo el deslumbrante reflejo de su superficie, a salvo de las miradas indiscretas, a salvo de la incómoda y poco rentable compasión del hombre por el hombre.

lunes, 19 de abril de 2010

El poder de la palabra



Letras que se unen, se agrupan formando palabras que a su vez se enlazan formando frases, verbos, sujetos, predicados, elementos encadenados, articulados y convertidos en fonemas, en sonidos que surgen sin descanso de la garganta de un hombre sencillo, un diminuto ser enfrentado a la multitud; TENGO UN SUEÑO, Dr King contra Goliat, habla, lee, recita de memoria, deja que su voz se cuele por los micrófonos y se amplifique; como una onda metalizada barre el parque bajo el sol, se cuela en los oídos de las miles de almas allí concentradas; mujeres, hombres, niños, negros, blancos, hispanos, todos atentos, acalorados, abrasados, embutidos en trajes de chaqueta y vestidos de domingo, TENGO UN SUEÑO, aguantando el calor circunspectos, asintiendo con la cabeza, aplaudiendo a rabiar, escuchando cada sujeto, cada verbo y cada predicado, cada párrafo de un discurso que se almacena en sus gargantas, preparándolas para gritar, para exigir, para levantar la mano y demandar justicia, el efecto mariposa, la voz de pastor agrandándose a cada paso, vibraciones que se convierten en un terremoto, grietas en los cimientos del odio, caras de pánico en los profesionales del odio, la voz sigue sonando, TENGO UN SUEÑO, el poder del verbo. Magia, el mundo transformado, cambiado a mejor tras quince minutos de simples palabras.

viernes, 16 de abril de 2010

Picasso, el nazi y el Guernica




Mientras el pintor intenta concentrarse, el hombre de tez blanquecina camina en círculos por el estudio, husmeando, la luz de la mañana parisina se cuela por el ventanal y dibuja sobre el suelo una sombra alargada, delgada, sutil, que hace crujir la tarima al caminar, que da pasos cortitos y no duda en emitir sonidos de aprobación o desagrado ante las obras allí expuestas, ruiditos que se mezclan con las campanas del Sagrado Corazón, que a pesar de todo siguen repicando.

Pablo fuma, mira de reojo a su visita no invitada, no deseada, mantiene el silencio y respira hondo, sin esfuerzo las alarmas de su sexto sentido pitan casi más alto que las de la basílica cercana, el tipo que tiene enfrente lleva unas palabras invisibles tatuadas en su frente, HIJO DE PUTA, dicen, va vestido de civil, pero sus ademanes lo delatan, su compañía también, dos bulldogs de metro ochenta, levitas de cuero negro y miradas oscuras, repletas de desprecio, inertes, con sendos bultos en sus sobaqueras, con sendas palabras transparentes escritas en sus caretos, en sus nudillos encallecidos de dar hostias, DOLOR, dicen; no fuman, no hablan, no respiran, podrían ser estatuas de no ser por la certeza que transmiten; Pablo sufre un escalofrío que le recorre la espalda, hace lo posible por que no se note, fuma, maldice, sabe que sus papeles están en regla, sabe que a los allí presentes les importa una mierda, espera a que el jerifalte nazi rompa el hielo.

Las campanas descansan, Otto Abetz, embajador del Reich en la Francia ocupada detiene sus ojos en una gran fotografía de un cuadro, uno en blanco y negro, enorme, un mural que decoró el pabellón republicano de la exposición universal de hace unos años, cuando aún quedaban rojos en España, allí están las madres con sus hijos muertos, sus lágrimas, su dolor; allí están los caballos destripados, los edificios destripados, los hombres destripados, Guernica reducida a polvo; arruga el morro, piensa que es una pena que un pintor de tanta calidad pierda el tiempo dibujando panfletos como un niño, el tal Picasso; si no tuviera tanta fama con gusto le haría un hueco en Mauthausen, todo se andará, pero no de momento, no interesa, no al menos mientras el artista esté tranquilito, pinte y no se meta en camisas de once varas, el alemán resopla, por fin rompe el hielo, señala la reproducción y dice:

-¿Es obra suya, monsieur Picasso?

Hay que joderse, el pintor muerde la punta de su lengua pero no sirve de nada, tras unos segundos de deliberado desprecio, por fin el genio habla, contesta.

-No, de hecho, fue obra suya.

lunes, 12 de abril de 2010

Mr bla bla




Sentado frente al mundo, Mr bla bla, cierra los ojos y espera su momento con el cuello estirado, con la papada levantada como un pavo en celo, se distrae mientras la maquilladora se esfuerza en pintar de color humano su piel mortecina; cierra los ojos y deja que el tacto gobierne sus sentidos, es curioso, si no tuviera la piel de cemento, casi le haría cosquillas el algodón, la toallita impregnada de tinte que sube y baja por su enorme careto, suspira; tanto potingue es un incordio necesario, un elemento básico que apaga los brillos y permite que, en pantalla, su rostro no parezca el de un estibador de puerto en plena faena; resopla, suspira de nuevo, en tres minutos estarán en el aire, mira a sus compañeros de faena mientras nota un cierto remusguillo en las tripas, que Dios reparta suerte, o lo que sea; mira los temas previstos en el debate, un vistazo rápido, un par de segundos para hacerse una composición de lugar y ya está, no necesita más porque tiene un don, el don de la palabra, el don del verbo hecho verdad irrefutable, la bella capacidad de hablar de todo sin tener ni puta idea de nada; política, cine, fútbol, física cuántica, da igual, Mr bla bla sonríe, eleva la comisura lateral de sus labios y muestra sin querer una ristra de dientes afilados, blancos, de tiburón, entrenados en eso de morder y despellejar, media horita aquí y después cagando leches a la radio, a seguir recaudando, convirtiendo sus opiniones en euros, benditos euritos, bonitos euritos, redondos euritos, pagados al peso, tanto por adjetivo, tanto por sustantivo, tanto por conseguir que un adversario pierda los papeles, monte el pollo y se levante de la mesa de debate amenazando con una querella; a Mr bla bla le gusta su trinchera, le gusta disparar, pim pam pun, el máximo de sangre y aplausos en el mínimo tiempo posible, luchando contra el crono, como un deportista de élite, mejor eso que comerse la mierda en un trabajo normal por mil euros al mes, piensa mientras la luz se pone en rojo, aquí fulanito y menganito, allí, en sus casas, mirando las pantallas, el populacho, ávido de instrucción, ávido de broncas, de noticias espectaculares, Mr bla bla piensa en ellos antes de soltar su perorata y por un segundo un pensamiento inquieto recorre sus neuronas, maldita sea, como un día empiecen a pensar por si mismos, se jodió, se me acabo el chollo, traga saliva, reza un padrenuestro, a pesar de que sólo cree en el dios dinero, junta las palmas de las manos una contra otra y con disimulo, susurra a sus adentros, virgencita, virgencita, que me quede como estoy.

miércoles, 7 de abril de 2010

Juego limpio





Manuel nunca ha sido hombre beato, ni falta que le hace, si el cura dice que matar franceses no es pecado a él le basta, suficiente, habrá que fiarse, que para eso es el representante de Dios en la tierra, o su subalterno, no queda otra, y a fe que el hombre de la sotana lo tiene claro, claro como el agua clara, al viejo párroco cada vez que alguien le menta aquello de la liberté, la egalité y la fraternité, se le mudan los colores de la cara, salen espumarajos por su boca y se hinchan las venas de su cuello, como poseído, como dispuesto a ir hasta Paris para cortarle las pelotas al mismísimo Napoleón; normal, después de todo, dicen que los franchutes saquean iglesias, le cortan la cabeza a los santos para hacer pisapapeles y mean sobre los relicarios, los muy cabrones, el cura habla, invoca el deber del buen cristiano mientras Manuel, el único hombre tranquilo entre la multitud, saca papel de fumar y lía un cigarrillo de picadura, sin prisa pero sin pausa lo mete en la boca y repasa punto por punto los motivos que le han traído hasta aquí, a las puertas del convento de carmelitas de Manzanares, donde el general Liger-Belair ha improvisado un hospital de campaña para los bastardos que ayer se hicieron pupa mientras quemaban hasta los cimientos Valdepeñas; no es muy listo el generalote, no conoce a los Españoles, a los que llama despectivamente Manolos, se ha largado con el grueso de su tropa, a conquistar Andalucía, siguiendo los pasos de Dupont y ha dejado atrás un pequeño destacamento, minúsculo, al cuidado de los suyos, un rebaño de lobos heridos en mitad de una multitud de ovejas encabronadas, ¿o es al revés?, es igual, pintan bastos para los franchutes, los mismos que ahora se atrincheran acojonados tras la tapia del convento amenazando con volar la tapa de los sesos al que se acerque demasiado.

Es inútil, es cuestión de tiempo, Manuel lo sabe, los niñatos imberbes que custodian la puerta la cagarán antes o después, apretarán el gatillo y sólo entonces se darán cuenta de que no tienen balas para todos, fuma, una calada larga, mientras mira sombrío, sabe lo que viene, el auténtico motivo por el que se encuentra aquí, cierra los ojos, escucha vivas a Fernando VII, muertes a Napoleón, los mismos gritos que no hace demasiado escuchó en Madrid, poco antes de que los dragones, coraceros y mamelucos dieran gusto a sus sables, construyeran pirámides de cadáveres en la montaña de príncipe pío, hoy no va a ser así, hoy están en minoría, mañana Dios dirá; mientras fuma recuerda sin problemas el olor irritante de la pólvora, la visión oscura de las tripas de los hombres y las mujeres, la sangre pegajosa bajo sus botas, Manuel sabe por lo que está aquí, el árbol negro que desde aquel día ha crecido en sus entrañas, cuidadosamente alimentado, primorosamente regado, odio en estado puro, espera tranquilamente, cuando por fin suena el primer disparo, es como la señal de salida de una carrera a ninguna parte, la multitud se abalanza, él escucha media docena de tiros más y se pone en movimiento, en segunda fila, que será vengativo pero no gilipollas, abre su navaja albaceteña y salta la tapia, se cuela en el hospital convento y se da de bruces con un joven oficial médico de bigotazo y patillas pobladas que intenta poner orden en el caos, sin mediar palabra se le acerca por detrás y le hunde la navaja en el cuello, en las tripas, se salpica con su sangre mientras una tupida niebla roja inunda su alma, venganza piensa, que rica sabe, respira, sonríe, observa al personal entrando en el pabellón donde los heridos descansan en catres improvisados, algunos se resignan, otros intentan huir, uno por uno son degollados, sin piedad, sin cuartel, desde el convento carmelita de Manzanares se envía un mensaje claro a los ejércitos imperiales, si después de saquear y quemar ciudades esperan juego limpio en estas tierras, van de cráneo.