lunes, 29 de marzo de 2010

Sobre gotas y vasos colmados









Frente a la Avenida Montgomery, la mole metálica amarilla frena con un chirrido, abre sus puertas y comienza a vomitar y a devorar personas rápidamente, trabajadores con rostros cansados que, ordenadamente, al final de su jornada laboral suben y bajan del vehículo en fila india, Rosa entra con el dinero preparado y mientras paga, mira de reojo la cara de James, el conductor, un rostro que le resulta conocido, tras comprar su ticket se da media vuelta y vuelve a descender, en un estúpido ritual pisa de nuevo la acera para poder entrar al vehículo por la puerta trasera, por la entrada de los negros, ha de ser rápida, si se retrasa, James arrancará y la dejará tirada en la calle, con cara de boba y el billete pagado, como ya ha hecho en otras ocasiones; no en ésta, Rosa es joven y ágil, corre, sube de nuevo, busca un asiento en la zona reservada a los hombres de su raza y por fin descansa, tras un largo día se sienta y resopla, observando como parada tras parada, el vehículo comienza a llenarse, blancos delante, negros atrás, hasta que en un momento determinado, alguien se queja y James, solícito cumplidor de las leyes segregacionistas del estado de Alabama se acerca a Rosa y otros viajeros y les dice, hay blancos de pie, abandonen sus asientos y muévanse hacia atrás; es una orden, tres de los cuatro viajeros se levantan, Rosa no, ella medita durante unos segundos que parecen horas, escucha en la lejanía la voz del tipo blanco de la gorra azul y se acurruca en su lugar, mentalmente hecha un ovillo, como cuando en las noches del frío invierno se aísla del mundo cruel envuelta en su manta de lana, ¿por qué no te levantas?, escucha de nuevo, Rosa está cansada pero no tanto, podría perfectamente levantarse, hacer el viaje de pie, morderse la lengua y tragarse los sapos y las culebras, no buscar lío; sin embargo esta harta, simple y llanamente harta, hasta los ovarios, gota a gota, desprecio a desprecio, miserables como James han colmado el vaso de su paciencia, de su dignidad, por fin contesta, no creo que deba hacer eso, no voy a levantarme; James se asombra, ya salió una revoltosa, amenaza, si llama a la policía la detendrán, la meterán un paquete, una buena multa, ella ni se inmuta, puede abrirse el cielo sobre sus cabezas que no moverá un dedo, al final se monta el pollo, James llama a la policía y sin saberlo enciende una mecha, sin darse cuenta de que hay otras gotas que colman otros vasos, los derechos civiles en estados unidos de repente dan un salto hacia delante, estallan, los hombre hartos de la segregación, de la injusticia hecha ley se juntan, comienzan a exigir derechos y libertades, hacen que el mundo entero fije su mirada en un viejo asiento de un autobús roñoso, consiguen que por una vez y sin que sirva de precedente, durante un tiempo, unos y otros dejen de mirar con lupa el maldito color de sus pieles.

jueves, 25 de marzo de 2010

Matar al verdinegro




Escondido entre las sombras, el catalán Insausti piensa que el verdinegro tiene cuajo, está hecho de otra pasta, tres veces lo han intentado envenenar y tres veces ha salido indemne, por su propio paso, con la ponzoña en las tripas y tan tranquilo, sólo con una leve molestia en las entrañas, ver para creer, no queda otra, ya no vale con echarle polvos blancos en el bocado, se acaba el tiempo, si canta y cuenta lo que sabe, si convence al segundo de los Felipes todo se va a ir al carajo, a su patrón no le va a quedar otra que emprender el camino hacia el cadalso; para el asesino, la orden está clara, es sencilla, puede que aguante bien el veneno pero no podrá volver a Flandes con un cuarto de acero toledano entre las carnes, no podrá piar el pájaro frente al rey con el filo de una espada ropera decorando sus entretelas, no puede salir vivo de Madrid, es mucho lo que se juegan los que pagan, Antonio Pérez, la de Éboli, la orden viene de arriba, y mejor no será defraudarla, aunque sea peligroso apiolar a un tipo tan poderoso, aunque traiga mala suerte matar un lunes de pascua, en fin, pagan bien, es lo que vale, Insausti mira de reojo a sus compañeros de fortuna, cinco pares de ojos blancos que relucen en las tinieblas, que se miran nerviosos mientras escuchan en la lejanía los cascos del caballo del Verdinegro, el secretario Juan de Escobedo, mano derecha de Juan de Austria.

Insausti aferra el mango de su arma, acaricia sus finos gavilanes y cuando por fin aparece el objetivo al final de la calle se santigua, como pidiendo perdón a Dios antes de tiempo; el futuro finado se acerca por la callejuela de el camarín de nuestra señora de Atocha a lomos de su montura, rodeado de criados que portan antorchas, altivo y sonriente, seguro de si mismo, dicen que viene de susurrarle que bonitos ojos tienes cordera a una mujer casada, con el arcabuz descargado, feliz antes de su cita con San Pedro, mejor así, al acercarse, Insausti, el pícaro y Miguel del Bosque salen a su encuentro, lo otros tres esperan a una distancia prudencial por si la cosa se tuerce, no es necesario, todo ocurre rápido, como deben de ser estos menesteres, sin mediar palabra, sin acritud, Insausti consigue ensartar su arma en las tripas del mandamás que cae desde las alturas, mientras sus compinches se las ven con los criados, hay gritos y revuelo, antes de que Juan de Escobedo estire la pata sus asesinos ya se han esfumado a la carrera, cada uno a un refugio diferente, dispuestos a no volverse a ver jamás su lindos caretos, Insausti corre, desaparece como por arte de magia, lanza la espada ensangrentada a un pozo y con el bolsillo repleto de oro, una cédula real y un nombramiento de alférez se larga a Nápoles, esperando que antes o después se olviden los hechos.

Pero la muerte del Verdinegro no arregla nada, sólo hace que la mierda salpique un poco más alto, como las llamas sobre un reguero de pólvora se extiende el rumor de que son el secretario real Antonio Pérez y la princesa de Éboli los instigadores, los culpables de la muerte de la mano derecha de Juan de Austria, se habla de líos de faldas, se habla de venta de secretos, el populacho no anda descaminado, mientras, Insausti y los asesinos no sospechan que el destino de los peones es a menudo ser sacrificados a mayor gloria de las figuras, de los de siempre, los sicarios no tardarán en aparecer degollados, que los muertos son discretos; no servirá de nada, la verdad flota, al final, la de Éboli verá la cárcel por dentro y al secretario Antonio Pérez le tomarán las medidas en el potro, confesará y tendrá que salir por piernas, escapará, buscará refugio en Francia, en Inglaterra, viviendo en el exilio, repartiendo secretos a diestra y siniestra, maldiciendo el día que mandó matar al verdinegro.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Esperando a Goliat




Ahí está, pétreo, enorme, inquieto, al final de la galería, escoltado por cuatro prisioneros que luchan por escapar de sus cárceles de piedra; David espera a un Goliat que se retrasa, acaricia su honda, luce sus cicatrices y mira de reojo a las paredes de la Academia, pintado de blanco, perfecto, casi respira, casi pueden sentirse los latidos en su pecho, en sus sienes, en las venas de sus enormes manos, desnudo, está listo para la lucha, venderá bien caro su duro pellejo; mientras llega el momento, escucha como cada mañana un cuchicheo eterno a sus pies, emitido por pequeños seres que pululan y ríen a su alrededor, que hablan por lo bajini en mil y una lenguas; miran, caminan en círculo, son como una Babel en miniatura, turistas cansados, adolescentes nerviosos, profesores encabronados, culturetas profesionales, algunos buscan asiento a su espalda, se duelen de sus pies hinchados, resoplan, otros se dan codazos, señalan su entrepierna y sueltan risitas, una marea humana, continua, que va y viene, que entra despistada, que suda y huele a choto, a perfume barato, que abre la boca asombrada y le hace fotos con disimulo, como si no quiere la cosa, intentando no ser vistos por dos clones rubios con el pelo amarillo pollito que aproximadamente cada cinco minutos abandonan el minucioso estudio de sus revistas de cotilleos para pegar un par de gritos, no foto, no videos, circulen; los guías hablan a sus micrófonos como si fueran comentaristas de fútbol, los jubilados japoneses asienten mientras aprietan sus auriculares contra las orejas, fíjense en el dedo que un loco destrozó, fíjense en el brazo que una revuelta amputó, fíjense en su rostro, en el lado izquierdo más relajado, en el perfil derecho, asustado ante el combate inminente, que si lo restauraron con ácido clorhídrico, que si tardaron siete días en traerlo hasta aquí desde el Duomo, bla, bla bla, palabras más, palabras menos, las mismas palabras surgidas desde el suelo como una lluvia inversa, repetidas, inmutables, regando sus oídos de mármol mientras David respira, en tensión, atento, preparado, como si ya sintiera en el horizonte el estruendo de los pasos del gigante, caminando decidido, dispuesto a encontrarse con su destino.

martes, 16 de marzo de 2010

Sobre cerdos y sanmartines




Cuando Sigmund cierra los ojos, sus retinas se convierten en un cine en miniatura, uno en el que se proyecta una película caótica, donde no hay guión, ni argumento, construida con fotogramas que no son fotogramas sino recuerdos, fragmentos enlazados de forma misteriosa, piezas que desfilan frente a su memoria trayendo consigo los rostros de aquellos que hasta hace bien poco construían su mundo perfecto, seres que ahora, como un coro de fantasmas, se reúnen frente a su persona riéndose a carcajada limpia, descojonados, señalándole con el dedo mientras se mofan de su desgracia.

Son risas que sólo oyen sus oídos, son rostros que ya nadie recuerda, que a nadie importan, cuando el mundo se ha ido al carajo, que su vida lo acompañe por el sumidero no es noticia, no es significativo, aún así, frente a la pared blanca de la celda 73 del pabellón de presos VIP del campo de concentración de Dachau, el Hauptsturmführer SS, Dr. Sigmund Rascher espera su destino, analiza cada uno de los pasos que le hicieron deleitarse con este suculento plato de mierda.

Resultados, los jefes sólo quieren resultados, y no cualquier resultado, Sigmund piensa que su único delito al fin y al cabo, ha sido regalar a los oídos de sus amados líderes las palabras que siempre quisieron escuchar, retorcer los límites de la ciencia hasta hacer que encajasen en el complicado puzzle de la realidad; con el fin de demostrar lo indemostrable, de certificar la fantasía; el mal doctor recuerda, las palmaditas en la espalda, las cestas de frutas en la puerta de sus casa, los cargos y menciones honoríficas, las caras asombro de colegas y competidores, impresionante, decían, maravilloso, decían; ahora como ratas a la carrera murmuran, esperando poder quedarse con los despojos de su existencia.

Al final, la verdad es como la mierda, que siempre sale a flote, al final, resulta que una mujer estéril es una mujer estéril, por muy aria que sea, y un hombre en hipotermia es un hombre en hipotermia y sin calor se muere independientemente de su raza o condición; Sigmund piensa en su mujer Nini; no debió hacerla caso, no debieron hacer pasar a los hijos de los criados como hijos propios, pregonar a los cuatro vientos que una auténtica mujer aria puede procrear hasta los cincuenta, engañar al mismísimo Himler; lo cierto es que fue fácil, lo cierto es que hay determinados tipos que sólo saben regalarse los oídos, ahora que purga su pena encarcelado, Sigmund piensa en el futuro, sabe que los rusos o los yankis sabrán apreciar su ciencia visionaria.

Maldita sea, siguen riéndose, los fantasmas siguen en sus trece, ahora se han unido los espectros de los presos, los hombres que en este mismo campo hace meses se convirtieron en cobayas, seres a los que poder meter un termómetro por el culo y sumergir en hielo disfrazados de pilotos, para aprender los mecanismos fisiológicos de la muerte por congelación, un trabajo que por ahora mejor será olvidar, no sea que acabe acusado de crímenes contra la humanidad; ahora no queda otra que dejar pasar el tiempo y esperar que los aliados le liberen, se presenten en su celda y hagan la vista gorda con las cámaras de exterminio, con los hornos crematorios y con los hombres reducidos a cenizas, con un poco de suerte hasta puede que le lleven consigo, a la tierra prometida.

Sigmund sueña, sonríe ante la posibilidad de salir vivo de este embrollo, sólo tuerce su gesto cuando ve al Hauptscharführer SS Theodor Bongartz entrar con cara de pocos amigos en su celda, sólo deja de oír a su coro privado de fantasmas en el momento en el que ve al oficial SS echar mano de su pistolera, el momento en el que siente el cañón helado del arma tras su nuca; nada personal, órdenes directas de Himmler, los yankis están a unos pocos kilómetros, mala suerte, ya sabes, no quieren dejar pruebas, testigos incómodos, despídete de este mundo cruel, Sigmund, di adiós a papi Adolf, colócate de rodillas, ¿eres creyente?, mejor que no, nos vemos en unos días en el infierno.

viernes, 12 de marzo de 2010

Los marinos extraviados



Los marinos extraviados saben que el tiempo es una magnitud plástica, moldeable, que un día dura mil años y la juventud unos pocos segundos, que varados en mitad de ninguna parte, pueden elegir entre dar la vuelta al mundo con los ojos cerrados o llorar lágrimas de mar sin consuelo; son hombres sin aliento que suspiran ante una existencia estática sobre un mundo flotante, vida repetida, perdida en mitad del camino hacia ninguna parte.

Los marineros abandonados son ascetas en castillos de chatarra, se encadenan a su buque, esperan sin esperanza, se deshacen poco a poco como estatuas de sal en la lluvia, asisten impotentes al triunfo del óxido sobre el metal, impregnando su piel, adentrándose en sus entrañas, correteando por sus cuadernas, escurriéndose bajo sus mamparos, corroyendo hasta la médula misma de sus huesos.

Los marinos olvidados son seres engañados, estafados, embargados, escorados, tripulan barcos que un buen día entran en un puerto para no salir jamás, esperan el pago de sus jornales en vano, contratados por fantasmas sin alma que a miles de kilómetros un buen día deciden cerrar el chiringuito, desaparecen haciendo puf; son seres desahuciados, que fuman, comen y beben de prestado, por caridad, encarcelados a cielo abierto se pudren en una frontera, en un puerto, en un lugar sin nombre, mirando con angustia su destino.


Foto: Mattia Insolera

jueves, 11 de marzo de 2010

Declaración de intenciones.



Este es un blog pequeño, escrito por un leísta profesional que no para de dar patadas a la ortografía y firma con su nombre auténtico, que hace demasiado tiempo que no intenta ser portada de menéame ni de ningún otro puñetero agregador de noticias, que no tiene intención de sentar cátedra, ni de convertirse en una especie de noticiero de la historia, en este lugar habitan mitos, leyendas, mentiras y medias verdades, historias terribles y bellas, tipos que nunca existieron, seres que por desgracia sí, es un lugar en el que con menor o mayor pericia su autor novela las historias que llegan a sus ojos y oídos, con la licencia del que mezcla realidad con fantasía, no soy un profesional, no soy un historiador, no soy un periodista, no quiero serlo, escribo todo lo rápido que mi auténtica profesión me permite y corrijo lo escrito lo justo, siempre a la carrera, siempre intentando meterme en pellejo de quienes sufrieron en sus carnes los vaivenes de éste mundo cruel, no quiero quince minutos de fama, me importa un carajo si me leen diez o diez mil, aunque me asusta recibir más visitas en dos horas que en un puto año y medio, solo aspiro a pasar un buen rato escribiendo, a tener un mínimo de calidad, a ser honrado conmigo mismo, a entretener a los amigos, a aquellos que decidieron enlazarme, me importan una mierda las fuentes que tipos con sobrenombres tan dolorosamente reveladores como “lobo estepario” o “lascivo” consideran tan esenciales, me importa un pimiento si algún artista del menéame considera que soy infantil o idiota, me la suda el karma, me la suda su karma, la historia que cuento abajo me pareció bella y punto, no se el nombre del tramposo ni de la ciudad donde ocurrieron los hechos, no sé si era un torneo de exhibición o un campeonato mundial, no conozco los detalles, no sé si es cierta o no, no quiero saberlo, me dolería en el alma que fuera mentira casi tanto como que la gente me tomara demasiado en serio.

PD, muy bueno migui, lo del banco de atunes...

Un saludo.





Efectos secundarios de tocar los huevos a un genio.




Cuentan que Bobby Fischer, en una ocasión, en una partida simultánea en la que jugaba contra varios jugadores, se encontró con un tramposo, un tipo poco digno de sentarse en la misma mesa que el maestro, durante el desarrollo de la partida, Bobby evidentemente vapuleó al desconocido caradura y en pocos movimientos le ganó la dama, dejando el enfrentamiento visto para sentencia, a lo que el contrincante respondió (mientras Fischer continuaba con su ronda) colocando de extranjis la pieza perdida de nuevo en el tablero.

Hace falta tenerlos cuadrados, cuando Bobby volvió, continuó sus movimientos como si nada, como si no se hubiese dado cuenta de engaño, entre las risitas del timador, que con disimulo presumía ante los amigos de haber tongado al mismísimo capeón del mundo; craso error, Fischer volvió a ganar la dama por segunda vez en un santiamén, sólo que ésta vez cogió entre los dedos la figura y sin mirar ni por un segundo el careto de asombro de su oponente, se la guardó en el bolsillo de la chaqueta y continuó su camino.

Cuentan que de su boca no salió una sola frase y en su rostro no se movió ni un puñetero átomo, ni una queja, ni una muestra de desagrado, simplemente siguió jugando hasta pulir a todo el mundo; cuentan que al listillo se le mudó el color de la piel, a una tonalidad mucho más blanquecina y que sus tripas cantaron de repente la Traviata, ahogadas en su propia cagalera… efectos secundarios de tocarle los huevos un genio.

viernes, 5 de marzo de 2010

Las ventajas de ser un fantasma.




De pequeño, Hiroo temía a los espíritus, a los seres vengativos que se esconden en el bosque, nunca imaginó que pudiera convertirse en uno de ellos, nunca pensó que pudiera ver las sombras desde el otro lado, vivir en ellas, sufrir la otra perspectiva; ahora que es un fantasma, sabe que si alguna vez tuvo un hogar, queda demasiado lejos, si algún día tuvo una familia, la perdió en el momento en el que el oficial pronunció sus órdenes con tono funesto, no deben rendirse, no deben entregarse, no deben suicidarse, su honor y el de el glorioso ejército imperial del Japón está en juego; mientras piensa por enésima vez en ésas palabras el pequeño hombre llega a la conclusión de que son como un epitafio, como si a pesar de estar vivo, sus superiores ya les considerasen un grupo de cadáveres con aliento, muertos que aún no ha asumido su difícil condición.

Ahora que Hiroo y sus tres hombres están solos, un millón de dudas les asaltan tras cada recodo del camino, en fila india, con la cabeza gacha pululan por el sendero entre los grandes árboles de la selva, con hambre en sus tripas, agarrada a ellas cual gato escaldado, con las botas desgastadas, arrastrando sus viejos fusiles, escuálidos, sedientos, enfermos, hace meses que no saben nada del mundo exterior, desde que el avión del enemigo los bombardeó con aquellas miserables octavillas afirmando que la guerra ha terminado, que su patria se ha rendido; como si eso pudiera ocurrir, como si tan siquiera fuese posible, Hiroo sonríe; si esperan que caigan en éste truco tan sucio es que poco conocen su mentalidad, su determinación; en silencio, antes de llegar a la rivera del riachuelo, el pequeño teniente hace un signo a sus compañeros y se detienen, agachados, manchados de tierra, casi parecen un elemento más de la selva, tan evidente como las grandes raíces, los reptiles o los pájaros de colores, como si siempre hubiesen estado allí, como si sus cuerpos y sus mentes estuviesen eternamente fusionados con su inmensa prisión, el hombre escucha el silencio, sus oídos bien entrenados intuyen un lejano run run que se acerca a ellos, un sonido que en cuestión de segundos se convierte en un trueno, una estampida sobre sus cabezas.

Los hombres pegan sus cuerpos al suelo, aprietan los dientes y esperan el bombardeo, pero nada de eso ocurre, solamente unas octavillas que descienden como mariposas desde el cielo, que se posan con suavidad sobre sus cabezas; están escritas en japonés, firmadas por el general Yamashita, un escueto comunicado que dice que la guerra ha terminado, según sus cálculos hace un año nada menos, y ordena a los combatientes japoneses a deponer las armas, entregarse al enemigo.

Hiroo lee el comunicado, mira a sus hombres, arruga el papel entre sus manos y lo rompe en trocitos pequeños, malditos Yankis, no es honorable intentar engañar así a enemigo, malditos sean; él y sus hombres suspiran, saben de sobra que Japón nunca se rendirá, aunque la guerra dure diez años más, o cincuenta, por lo que a él respecta, hasta que su propio comandante no se lo diga en persona, Hiroo y sus hombres seguirán en guerra, después de todo, el tiempo no importa, ésa es la ventaja de ser un fantasma.