viernes, 26 de febrero de 2010

El hundimiento del Olite




El siete de marzo, el día se levanta tranquilo, con la mar en calma y buena temperatura, sólo una puñetera bruma agarrada al puerto de Cartagena que durante buena parte de la mañana tiñe de blanco los ojos de los hombres, como un maldito presagio, como si en el cielo, a los Dioses no les apeteciera ver la escabechina, la sangría sobre el mediterráneo; más abajo, en la ciudad, todo el mundo sabe que a la guerra le quedan cuatro días, que la república está herida de muerte, desangrada, con una pata en la tumba, hasta el más tonto sabe algunos militares en teoría republicanos, en teoría fieles a Madrid, viendo el final cercano, han sentido un nudo apretado en su garganta, se han cambiado de bando, sublevados tardíos, pensando quizás en evitar lo que les viene de la mano de Franco, los paredones, la cárcel o el exilio; sin embargo, lo han hecho antes de tiempo, han calculado mal, se han adelantado como el almendro, porque resulta que lo que queda del ejército rojo aún puede dar cornadas, aún sabe dar cornadas, tras el alzamiento, en un golpe de mano la república mete una brigada en la ciudad, los comunistas de la 206, tipos duros con mucha guerra vivida que en un suspiro recuperan el puerto y algunas baterías de costa, hombres decididos a luchar hasta el final, a plantar cara en la derrota, abortan el plan de los nacionales de desembarcar a miles de soldados en Cartagena, de llegar a Madrid desde Levante.

Mientras, en la mar, millas adentro, los barcos cargaditos de tropas, reciben por radio la orden de darse media vuelta, stop, aborten, el plan ha fallado, reculen; vuelven a puerto, todos menos uno, todos menos el Castillo de Olite, un mercante capturado a los rusos que en otro tiempo se llamó Postishev y que ahora, con sus cinco bodegas cargadas de soldados y la radio rota, avanza decidido con paso firme hacia el precipicio, dentro, 2112 españolitos navegan confiados, conscientes de que lo peor ha pasado, de que lo que queda es coser y cantar, en un par de meses estarán de nuevo en sus casas, en sus pueblos calcinados, lamiéndose las heridas pero victoriosos; cantan, bailan, beben vino, sonríen, cuando a pocas millas de la isla de carboneras avistan un hidroavión Heinkel 60-3 le saludan a voz en grito y éste les devuelve el saludo, gira en el aire y mueve sus alas, una y otra vez, una y otra vez, es inútil, para desesperación de los pilotos nadie les entiende y el barco sin saberlo se pone a tiro de las baterías de costa.

Como en una tragedia griega, la batería de costa “la parajola” ha sido recuperada dos días antes por la brigada 206, tiempo que ha pasado cañoneándose con sus baterías hermanas, aún en poder de los sublevados, de las cuatro piezas de artillería que guardan la ciudad, sólo le queda operativa una y además con un único obús, a sus mandos el Capitán Martínez Pallarés observa atónito como el Olite, inconsciente, se pone a huevo y sólo en el último momento se da cuenta del suicidio, intenta dar media vuelta, Pallarés sabe que va a ser una masacre, con gusto dejaría pasar al barco, sabe que si ordena abrir fuego, le costará el fusilamiento cuando acabe la guerra, maldice pero no le queda otra, entre otras cosas porque a su lado, el capitán Guirao de la 206 lo tiene claro, le grita, desenfunda su arma y la coloca sobre su sien, dispare usted o le mato, le dice mientras traga saliva; no queda otra, si cumple le matarán unos y si no cumple le matan ahí mismo los otros, mierda de guerra, es lo que hay.

En el Olite, a los oficiales Monasterio y Lazaga piensan que están a punto de terminar la misión encomendada, piensan que les recibirán con los brazos abiertos, se les cambia el color de la cara cuando ven la tricolor en lo alto del puerto, cuando comienzan a silbar las balas sobre sus cabezas y se sienten en la boca del lobo, gritan, ordenan hacer una maniobra evasiva y se santiguan, pero ya es tarde, un segundo antes de saltar por los aires escuchan un zumbido de muerte; algunos se lanzan al mar, otros intentan a puñetazos salir de las bodegas, es imposible, es inútil, el obús hace un impacto directo, a bocajarro, revienta el Olite por dentro, lo convierte en una tumba repleta de metralla, en un trituradora de seres humanos que caen al mar malheridos, el buque se parte en dos con el puente de mando volatilizado, se hunde rápido, en un santiamén, llevándose consigo a 1476 soldados a menos de un mes del fin de la guerra.

jueves, 25 de febrero de 2010

¿Dónde está mi mente?




¡Para!

Con los pies en el aire y la cabeza en el suelo,
Intenta este truco y gira, si.
Tu cabeza se derrumbará pero no tienes nada dentro.
Así que te preguntarás a ti mismo.
¿Dónde está mi mente?, ¿Dónde está mi mente?, ¿Dónde está mi mente?

Saliendo en el agua, mírala nadar.

Estaba nadando en el Caribe.
Con los animales escondidos tras las rocas.
Exceptuando un pequeño pez que me hablaba, juraba.
Intentando decirme.
¿Dónde está mi mente? ¿Dónde está mi mente?, ¿Dónde está mi mente?

Saliendo en el agua mírala nadar.

Con los pies en el aire y la cabeza en el suelo,
Intenta este truco y gira, si.
Tu cabeza se derrumbará pero no tienes nada dentro.
Y que te preguntarás a ti mismo.
¿Dónde está mi mente?, ¿Dónde está mi mente?, ¿Dónde está mi mente?

Saliendo en el agua, mírala nadar.


The Pixies. Surfer Rosa. Where is my mind?

lunes, 22 de febrero de 2010

El buen creyente




Al hombre de gris le gustan los papeles de colores; azules, verdes, morados y amarillos, le vuelven loco, hacen que sus papilas gustativas se bañen en saliva y que se instale, cual adolescente enamorado, una familia de mariposas en su estómago, es casi como un orgasmo, un festival de sensaciones, un arco iris de curso legal, finamente impreso, bellamente decorado, encarnación más evidente del Dios al que hace algún tiempo vendió su alma.

El hombre de gris es fiel a la ortodoxia de su religión, un creyente que comulga a diario, que vive por y para su Altísimo, que sueña con becerros dorados y sabe que si es buen chico, al final entrará en el paraíso, un feligrés que mira al mundo y sólo ve mercados, que mira a los hombres y sólo ve clientes, que compra lo que quiere porque sabe que todo tiene un precio, lo sabe bien porque él mismo se vendió hace tiempo, extrajo un gran beneficio por sus entrañas.

El hombre de gris tiene una misión, ganar dinero y hacer ganar dinero, tiene una sed enorme, imposible de aplacar, un ardor maldito que recorre sus tripas, que asciende hasta su garganta y que sólo se sacia con números impresos, con papeles de colores, sabe que nada es personal, porque cuando da por culo siempre lo hace escondido bajo siglas y acrónimos, business is business, la pela es la pela; no hay sensación sobre el planeta tierra que se equipare a la de comprar a uno y vender a mil, no hay mejor bálsamo para la moral moribunda que el beneficio, que el margen infinito.

El hombre de gris domina el planeta tierra, pero en el fondo es un ignorante, cada mañana ve a un miserable en el espejo y de tanto verlo, ya ni si quiera se da cuenta.

jueves, 18 de febrero de 2010

¿Cariño, puedes poner tu mano ahí?




El día ocho de Noviembre, Wilhelm se dio cuenta, a oscuras, al accionar el interruptor de la bobina de Crookes, y someter a los gases de su interior a la corriente eléctrica, tras él, a unos cuantos metros de distancia, en su laboratorio, un pequeño bote con una solución con platino y cianuro de bario se iluminó como por arte de magia, como si alguien hubiese encendido una bombilla fluorescente en su interior, como si de alguna extraña manera, aquella bobina de rayos catódicos y aquel recipiente estuvieran interconectados por unos rayos invisibles y misteriosos.

Meses más tarde, a Wilhelm se le ocurrió que si existían, quizás pudiesen fotografiarse, si eran capaces de atravesar el aire y el cristal, quizás dejaran rastro en una placa fotográfica; y tanto, al buscar una viejas placas en su laboratorio, ¡coño!, resultaron estar veladas, y lo que es más alucinante, al usar unas nuevas placas fotográficas y sujetarlas con unas pesas cerca del artefacto, la silueta de las pesas quedó grabada en las placas, impresionante, aquellos rayos misteriosos no sólo atravesaban el cristal y el aire, sino también la madera e incluso las paredes de su hogar.

A las pesas le siguió una brújula, y a la brújula el cañón de una escopeta, distintos bártulos que quedaron impresos mediante el mismo sistema, pero ¿y la carne?, ¿y los huesos?, ¿los tejidos y la piel?, mierda, Wilhelm no podía manejar el tubo rayos catódicos, su carrete, y a la vez hacer de modelo, pero a grandes males, grandes remedios, la solución, su amantísima esposa, ¿cariño, puedes poner tu mano ahí?, por supuesto, todo por la ciencia, quince minutos después, el 22 de Diciembre de 1895, el señor Wilhem Röntgen hacía la primera radiografía de un ser humano, la mano de su mujer, con anillo y todo.

Le dieron el Nobel por el descubrimiento y él donó todo el dinero del premio a su Universidad, más tarde se negó a que los rayos descubiertos, los rayos X, llevasen su nombre y además renunció a las patentes de el aparato que podía mirar en el interior de las personas, sin duda, un tipo generoso este Wilhelm.

martes, 16 de febrero de 2010

El buen marine




Sentado, con la espalda apoyada contra el culo del mundo, James espera el momento en el que el planeta se venga abajo, se desmorone en cachitos pequeños, tan pequeños como su cabeza, como su cordura, es cuestión de tiempo, espera y fuma, acerca la lumbre a su cigarrito cien por cien americano y aspira, bendito humo negro que mata lentamente, y no de un balazo en los huevos; mientras, una voz metálica suena al otro lado de la radio; mientras, un fotógrafo hace fotos, clic, delta, clic, charlie, tango, números y más números, posición, aquí James, allí Sadam, apuntad bien chicos, el tiempo se para un segundo, James no sabe que el aire se puede cortar como la mantequilla, el obús de ciento veinte milímetros de diámetro y espoleta retardada disparado por sus compañeros le hace una demostración práctica, pulveriza la casa de enfrente, angelitos al cielo, despeja un nuevo solar en Faluya, provoca un pequeño terremoto mientras el buen marine agarra su cigarrito con los dientes, posando para una posteridad no deseada.

Ojos de mirada perdida, cara sucia, mierda por fuera y mierda por dentro, en el alma, James Blake Miller tiene veinte añitos y una vida por delante, aún no ha oído hablar del PTSD, Post Traumatic Stress Disorder, es un término que no suele explicarse en la oficina de reclutamiento, su jeto de tipo duro es trasformado en unos y ceros y transportado sin su permiso hasta el mundo libre, un lugar necesitado de héroes, un lugar donde un grupo de tipos de corbatas grises y maletines de piel ya no saben cómo anunciar sus cilindros de cáncer, un lugar donde ahora sólo fuman los malos, donde los buenos se limitan a dar hostias, su cara saldrá al día siguiente en la portada de ciento cincuenta periódicos, hay que joderse, es famoso.

Cosas de la vida, James mira al futuro apoyado contra el muro de una casa perdida, difícil saber lo que vendrá; las noches de insomnio, los temblores, las pérdidas de consciencia, los pedacitos de infierno transportados hasta casa, escuchando cada noche una batalla en miniatura debajo de la almohada; después el matrimonio, el divorcio, el partirle la cara a un compañero que pasa silbando, porque su silbido es similar al de un disparo de RPG, una vida dura, una vida perra, el sonido de algo roto en su interior difícil de recomponer, unos ojos tristes, una mirada perdida, un rostro de tipo duro en una foto perfecta.
PD: Foto Luis Sinco.

martes, 9 de febrero de 2010

Pedacitos de mentira




Cuando Misha habla, los corazones se encogen, cuando Misha recuerda, los hombres de bien suspiran, se preguntan por el oscuro escondite en el que reside tanto odio y tanta capacidad de supervivencia, cuando Misha escribe sus memorias, ordena sus pesadillas, las pinta de color negro sobre blanco y cuenta una odisea, la historia de una niña en un mundo del revés, en el que los hombres se comportan como lobos y los lobos como hombres, el relato de un largo caminar, el lento deambular de una niña por una Europa en ruinas, hacia el Este, en busca de unos padres deportados por la locura nazi, con la única compañía de unos lobos, una brújula y el deseo imposible de recuperar una vida perdida.

Misha De Fonseca cuenta una biografía increíble, terrible, “sobreviviendo con lobos” es un compendio de recuerdos infantiles transformados en palabras que llegan a miles de personas, que se convierten incluso en una película de ésas que acaban con el rótulo “basado en hechos reales”, relatan el holocausto del hombre por el hombre, intentan explicar lo inexplicable, hacen que sus lectores se echen las manos a la cabeza y se pregunten cómo es posible que una niña sobreviva en el infierno.

Plas, plas, plas, aplausos, bravo por Misha, una superviviente, una luchadora, una pena que Misha no sea Misha, sino Monique, una pena que las realidades a veces se construyan con pedacitos de mentira.

Y es que cuando Monique busca en su memoria encuentra recuerdos que nunca existieron, cuando bucea en su pasado, la realidad y la imaginación se fusionan, se convierten en una extraña amalgama de desesperación, sueño e imaginación; sufrimiento ajeno mezclado con el propio, donde la delgada línea roja del recuerdo se borra intencionadamente, se sustituye por fantasía; una mentira menos dolorosa que la puta realidad; porque en el mundo de Monique los lobos se comen a las niñas, se relamen ante su carne tierna, en el mundo de Monique, los héroes de la resistencia se quiebran cuando les inflan la cara a hostias, se pasan al enemigo, en el mundo de Monique una biografía asombrosa vende más que una novela de ficción, en el mundo de Monique los malos ganan, es más difícil vivir, sobrevivir; más fácil engañar, más difícil comprender el extraño mecanismo que rige el ama humana.

lunes, 8 de febrero de 2010

Oración




Oh Señor, ¿no me comprarías un Mercedes Benz?
Todos mis amigos conducen Porches y yo debo compensar.
Trabajé duro toda mi vida, sin ayuda de mis amigos.
Así que, Oh Señor ¿no me comprarías un Mercedes Benz?

Oh Señor, ¿no me comprarías una televisión en color?
“Dialing for dollars” esta intentando encontrarme*
Espero a la entrega cada día hasta las tres
Así que Señor, ¿no me comprarías una televisión en color?

Oh señor ¿no me pagarías una noche en el pueblo?
Cuento contigo Señor, por favor no me dejes mal
Prueba que me amas y págate una ronda
Oh Señor, ¿no me pagarías una noche en el pueblo?

Janis Joplin, Mercedes Benz, album Pearl.

PD:*Dialing for dollars, era un típico concurso de televisión en el que se llamaba a un número de teléfono al azar, y si el agraciado estaba viendo el programa se le hacía un regalo.

miércoles, 3 de febrero de 2010

La leyenda de Billy el niño




Henry McCarthy no es un mal tipo, es sólo que la vida a veces se tuerce y uno no puede elegir en ella cada uno de los pasos que da, cada uno de los errores que comete, cada uno de los hombres a los que dispara; camino del juzgado de Linconl, Nuevo México, Henry escupe, su lapo ennegrecido por el tabaco hace una pirueta en el aire antes de estampanarse contra el suelo, un bello ejercicio visual, precioso; después, el convicto mueve los grilletes asidos a sus muñecas laceradas, los levanta frente la cara de su guardián y se queja, aprietan demasiado dice, pide sin respuesta que se los aflojen, ni caso, maldice al alguacil, a la bastarda que lo parió, recibe un empujón y una patada por contestación a su solicitud; respira, más tranquilo ya, se duele del golpe, ajo y agua, no queda otra, esperar a que llegue el juez, a que cuelguen la soga, a que le tomen medidas de largo y ancho, para el ataúd, para que esté cómodo en el más allá; maldita sea, decide usar sus últimos minutos sobre la faz de la tierra para repasar mentalmente las caras de los hombres a los que ha visto morir, son legión, demasiados, sus rasgos se difuminan ya en la memoria, tanto que cuando se encuentre con ellos en el infierno no los va a reconocer, quizás sea mejor así, algunos los mató el mismo, a otros la mala suerte, la mala vida o la mala sangre, todos ellos dan ahora de comer a los gusanos, ley de vida, él hará lo mismo dentro de poco, si nadie lo remedia.

Henry sólo tiene claro una cosa, y es que si es difícil elegir la manera de vivir, mucho más difícil es elegir la manera de morir; desde luego bailar al final de la horca no es la mejor, hay dos opciones, si el verdugo sabe lo que se hace, el peso del cuerpo parte el cuello y angelitos al cielo, pero si no, la muerte es lenta, por asfixia, y uno acaba con la lengua azul y los ojos desencajados, una miserable forma de diñar; Henry asciende los escalones de entrada al juzgado, por un segundo piensa que quien está dentro es San Pedro, esperando con una lista de pecados más larga que un día sin pan, pintan bastos, es lo que hay, o no.

En un descuido el alguacil James Bell, mira donde no debe, se relaja antes de tiempo, pone su revolver al alcance del cuatrero con cara de niño, que de un rápido movimiento, antes de entrar a recibir justicia decide darse el piro, dejar la ejecución para otro día, da un cabezazo a su guardián, un golpe certero, potente, que chasca la nariz del desgraciado y le hace morder el polvo, dolorido, el alguacil cae al suelo, se levanta, echa mano a su seis tiros pero ya no lo encuentra, el vacío en su funda es lo último que ve, la bala disparada por Henry con su propia arma le atraviesa el cuerpo de parte a parte, bajo el corazón, hace que ruede muerto por las escaleras.

Mierda, Rober Ollinger, ve a su compañero caer desde la calle, desenfunda y asciende, escaleras arriba, dispuesto a vender caro el pellejo de su amigo, mala suerte, no es suficientemente rápido, no ve a Henry escondido tras la ventana del juzgado, pone cara de poker cuando Henry asoma, “hello Bob” dicen que dijo, bang, bang, otra muesca más en su revólver, el cuatrero corre, huye, escapa, pueden colgar a la madre que los parió, sin saberlo construye una leyenda, una que atravesará el tiempo y la distancia, más allá de Linconl, más allá de Nuevo México, más allá del propio país, la leyenda de Billy the kid.

lunes, 1 de febrero de 2010

El mundo de ayer



“Ovillados en la seguridad, las posesiones y las comodidades, ¡cuán poco sabían que la vida también puede ser exceso y emoción, que puede sacar de quicio a cualquiera y hacerle sentirse eternamente sorprendido!; ¡cuán poco se imaginaban, desde su liberalismo y optimismo conmovedores, que cada nuevo día que amanece ante la ventana puede hacer trizas nuestra vida! Ni siquiera en sus noches más negras podían soñar hasta que punto puede ser peligroso el hombre, pero tampoco cuanta fuerza tiene para ver peligros y superar pruebas. Nosotros, perseguidos a través de los rápidos de la vida, nosotros, arrancados de todas las raíces que nos unen a los nuestros, nosotros, que siempre empezamos de nuevo cuando nos empujan hacia un final, nosotros, víctimas, y sin embargo, también servidores voluntarios de fuerzas místicas desconocidas, nosotros, para quienes el bienestar se ha convertido en una leyenda y la seguridad en un sueño infantil, hemos sentido la tensión de un polo a otro y el escalofrío de las cosas eternamente nuevas hasta la última fibra de nuestro ser. Cada hora de nuestros años estaba unida al destino del mundo. Sufriendo y gozando, hemos vivido el tiempo y la historia mucha más allá de nuestra pequeña existencia, mientras que ellos se limitaban a sí mismos. Por eso cada uno de nosotros, hasta el más insignificante de nuestra generación, sabe hoy en día mil veces más de las realidades de la vida que los más sabios de nuestros antepasados. Pero nada nos fue regalado: hemos tenido que pagar por ello su precio total y real.”

Stefan Zweig. El mundo de ayer. Memorias de un Europeo.