viernes, 28 de agosto de 2009

La X marca el lugar




Sobre la bandeja de cristal, el billete de veinte dólares es como un trenecito que nunca descarrila, enrollado sobre sí mismo forma un canuto perfecto que sigue las vías blancas con precisión milimétrica, las aspira y las recoge a su paso, sin hacer chu-chu, sin salirse de la raya, sin dejar escapar un solo miligramo de auténtica felicidad sesenta por ciento made in Colombia.

Cuando John termina su corto viaje, al mirarse al espejo ya le gusta más su cara, bosteza y estira sus brazos, se rasca la barba de cuatro días y piensa que tiene que arreglarse el bigote si no quiere parecer un puto mendigo, observa sus ojos hinchados, sus pupilas dilatadas, su nariz empolvada e inflamada, a lo mejor va siendo hora de dejar los malos vicios, cuidarse un poco, lo justo, quizás el mes que viene, o después de verano, cuando el volumen de trabajo descienda un poco.

Desnudo, da un paso atrás para observar su cuerpo dibujado en el espejo del baño, fibroso y delgado, parece hecho sólo de huesos y cartílago, sin un átomo de grasa, constitución heredada de un padre que a las primeras de cambio dijo pies “pa” que os quiero, bajó a por tabaco y nunca volvió, dejándole como herencia una delgadez congénita y un enorme badajo con el que podrían tañer las campanas de la catedral de Notre-Dame.

John es un hombre a una polla pegado, un producto de la evolución humana a medio camino entre el bípedo y el trípedo, una especie nueva de elefante tísico con la trompa en lugar equivocado, un sueño que se convierte en pesadilla y una pesadilla que se convierte en sueño, un mito.

Y es que John es señor en un mundo perdido, como King Kong pero sin pelo, reina en las traseras de los quioscos, en los cuartos oscuros de los video-clubs, en las butacas moteadas en blanco de los cines donde la X señala el lugar, sin corona pero con cetro gobierna a su antojo, es respetado, envidiado, admirado y temido a partes iguales, su imagen genera reverencias mecánicas en sus súbditos más solitarios, les hace sonreír en mitad de las frías noches de invierno.

Toc toc.

Cuando llaman a la puerta el rey aún no está preparado, insisten, es el momento, el director maldice, el técnico de sonido conecta y desconecta cables mientras el cámara se hurga en la nariz buscando petróleo, ambos miran de reojo a Sunny, la partenaire de John, que fuma un cigarrillo nerviosa, en pelotas, mientras sus pezones y sus ojos miran uno hacia Cuenca y otro hacia Badajoz, masca chicle, tiene cara de poco espabilada, piensa que debiera haber pedido más pasta, inocente criatura.

Mientras la estrella del tinglado respira hondo, busca en su interior el lado oscuro de la fuerza que levante su treinta centímetros de espíritu, observa su enorme apéndice laxo y por un segundo se aterra, el colgajo pendulante aún no da muestras de vida, insiste en abandonarse a la fuerza gravitatoria, que no cunda el pánico, el rey cuenta hasta diez frota su herramienta y por fin la bandera se levanta.

Cuando John sale de baño sonríe, nadie le mira a la cara, por algo sigue siendo el Rey.

miércoles, 26 de agosto de 2009

El hombre de negro




El hombre de negro ama California, le encanta trabajar frente al Pacífico, adora su clima, su calma, las bellas calles residenciales de Beberly Hills donde todo el mundo es guapo, donde todo el mundo es feliz, sus largas avenidas, anchas, verdes, iguales, es el paraíso donde el sueño americano reside, con sus mansiones estilo español a cinco kilómetros de la costa y sus jodidos triunfadores sonriendo a la vida, luciendo sus blancas piñatas perfectas mientras se tuestan al sol de la tarde, retozando en colchonetas hinchables, flotando en piscinas con forma de riñón con un daikiri entre las manos y una hembra de ésas que quitan el hipo rondando sus braguetas.

Sentado en su Buick Roadster de 1930, el hombre de negro sueña, que es gratis, gira al llegar a Linden Drive y avanza lentamente, frena a la altura del 810, cuando lo hace, el coche de alquiler chirría como un gorrino en celo, pero por suerte la gente está tan obsesionada con su ombligo que nadie se percata de su presencia, mejor, espera y el atardecer se le echa encima, enciende un pitillo, como un niño grande mira al humo espeso mezclarse con el aire caliente, ascender etéreo hasta el cielo azul, desvanecerse poco a poco como sus propios sueños, sabe que sólo necesita un golpe de suerte, estar en el momento adecuado en el lugar adecuado, ser de fiar, hacer ganar pasta y cumplir, siempre cumplir, le pese a quien le pese.

El hombre de negro suda, maldice haber elegido ése color, nota como chorrean goterones sobre sus sienes y piensa que la próxima vez que viaje desde New York tendrá que buscarse ropa de verano, algo ligero, como los trajes de lino que llevan las estrellas de cine, como las americanas que se calza el hijo de puta de Benjamín, que le sientan como un guante, puto cabrón afortunado, hasta entonces no queda otra, hay que joderse, intentar no morir deshidratado mientras uno gana el pan de sus hijos.

Resoplando, el hombre de negro baja del coche, de reojo mira al sol zambullirse en el mar tras las montañas y abre el maletero, se pregunta quien ha sido el imbécil que escondido la herramienta bajo una manta, debe ser el único coche californiano con una manta en maletero, metódico desenvuelve el paquete, con disimulo levanta el cerrojo de la carabina M1 e introduce el cargador de quince cartuchos de punta redonda, mientras lo hace, las mansiones desaparecen y son sustituidas por selva, por playas paradisíacas repletas de japos destripados, chamuscados bajo el dulce olor del lanzallamas al amanecer.

Mierda, por suerte la guerra acabó hace tres años, por suerte él aún mantiene los huevos y la cabeza en su sitio, ahora sólo tiene que luchar en su guerra propia, una que no acaba hasta que el boss lo decide o hasta que te ves con unos zapatos de cemento nadando en el Hudson, perra vida, es el momento, cuando la calle se queda tranquila, el hombre de negro se escabulle, salta una valla y pisa las flores del jardín, elige la mejor posición de tirador y apoya la carabina contra su hombro.

A Benjamín “Bugsy” Siegel nadie tiene los cojones de llamarle Bugsy a la cara, por lo que pueda pasar, sentado frente al porche de su hogar ojea distraído un ejemplar de Los Ángeles Times y se mira la manicura recién hecha con cara de mala leche, la zorra de las tijeras ha dejado un pequeño fragmento de piel en su dedo gordo, como si él tuviera todo el tiempo del mundo para perder en la peluquería, como si su vida no fuera un caos, con la loca de Virgie entrando y saliendo de su vida a voz en grito, o con los cinco millones que debe a la familia, con ésa estúpida idea de construir un puto casino en el desierto, un agujero negro que se ha comido demasiada pasta, demasiada.

Que les jodan, Bugsy Siegel no se arrodilla, no pide disculpas, si tienen algún problema, que se lo digan a la cara.

La carabina M1 dispara proyectiles de unos siete gramos a seiscientos metros por segundo, cuando el hombre de negro aprieta el gatillo, contiene la respiración, siete balas salen seguidas una detrás de otra como siete enanitos buscando a Blancanieves, la primera le salta el ojo a Bugsy, el creador de las Vegas, la segunda y tercera buscan su cráneo, el resto se conforman con sus tripas.

Pim pam pum, siete de siete, el puto amo, por algo siempre llaman al hombre de negro cuando necesitan precisión.

jueves, 20 de agosto de 2009

La lluvia naranja




El buey está viejo, le cuesta caminar, cada vez que el maldito animal decide hacer un alto en el camino, a Dam Viet Thouc no el queda otra que dejarse los riñones empujando al bicho, fustigándole para que mueva sus enormes y desgastadas posaderas, de poco sirve, los bueyes son tercos, y el suyo, que un día fue la envidia del pueblo, ahora no es mas que un saco de huesos y músculos flácidos, un viejo remolón que se las sabe todas, que cuando se cansa, no avisa, directamente se para, bufa, muge y protesta como cagándose en los muertos de su amo.

A Dam Viet Thouc, le llevan los demonios, pierde la paciencia y promete a su viejo compañero de fatigas que en cuanto lleguen al pueblo lo va a hacer salchichas, hamburguesas para vendérselas a los soldados yankis a precio de saldo, como si le entendiera; da patadas y apenas consigue que se mueva un centímetro, desesperado grita, maldice, se olvida de que si el Vietcong le oye, se quedará sin animal y probablemente reclutado por la fuerza, y si son los americanos los que le oyen, entonces se quedará sin piernas, sin cabeza y engordando estadísticas al final de un informe.

Malditos locos, cuando por fin, Dam Viet Thouc se tranquiliza, entiende que le guste o no, le va a tocar esperar, se sienta sobre una raíz enorme de un árbol de teca, un gigante anciano de mas de veinte metros de altura cuya copa oculta el sol, bajo su sombra escucha los sonidos del bosque, cantos de pájaros, de monos, de reptiles y rugidos de fieras de ojos brillantes, la música de su infancia, un bálsamo sonoro que ahora le alivia, le transmite una paz perdida hace demasiado por motivos que jamás alcanzará a comprender.

Y de repente, el silencio.

Cuando la selva se calla, no es presagio de nada bueno, cuando los animales buscan mudos su refugio, es que el demonio los sobrevuela, la calma que precede a la tempestad llega un segundo antes que el zumbido entrecortado de los grandes pájaros metálicos, un estruendo corta el aire y encoje el alma, progresivamente aumenta su volumen hasta volverse ensordecedor.

Aterrado, Dam Viet Thouc se abraza a su viejo compañero, le pide perdón por haberle pegado, mientras lo hace, nota como sus piernas comienzan a temblar y su corazón se convierte en una ametralladora, ha visto lo que los helicópteros hacen, los rostros carbonizados y retorcidos de aquellos que osaron ponerse en su camino, con un poco de suerte pasarán de largo, con un poco más de suerte, una bomba de doscientos quilos de Napalm no caerá sobre su cabeza.

A Steve nunca le dejarán de asombrar los amaneceres en el culo del mundo, con sus gafas tintadas modelo Ray Ban, mira de reojo al sol, viéndole despuntar en el horizonte, arqueando las cejas y entornando los párpados, observa al gran astro situarse entre el manto verde y la bruma, produciendo bellos resplandores mientras él gira los mandos, mientras, el enorme UC-123 da la espalda al sol y enfila lentamente hasta las marcas de humo rojo que los helicópteros de escolta han prendido sobre la selva.

Con las corrientes de aire caliente, el bimotor cabecea, tiembla como si tuviera prisa por soltar los miles de litros de veneno que guarda en sus entrañas, el vuelo es casi rasante, lo cual quiere decir que la panza verde del pájaro es una perita en dulce para los Charlys, así que mas vale acabar cuanto antes no vaya a ser que una ráfaga made in Rusia le vuele los huevos o le mande a criar malvas antes de tiempo.

Pasada la señal roja, es el momento, Steve hace un gesto a su copiloto James, que gira lentamente la llave de paso del sistema de fumigación, en ése instante una bella estela naranja de veneno impregna el aire, queda suspendida cayendo mansamente hacia la tierra, hacia los bosques milenarios que se dispone a destruir.

Dam Viet Thouc mira hacia el cielo, algo raro sucede, una lluvia extraña cae sobre su cabeza, es densa, aceitosa, huele como si hubiesen mezclado diesel e insecticidas, le empapa, cala sus músculos temblorosos y su ropa de campesino, cuando el ruido se aleja, el hombre se mira y no da crédito a su buena suerte, ha salido de una pieza después de su encuentro con los pájaros del demonio, sin duda la fortuna le sonríe.

Mientras, Steve nota como le pican los ojos y la garganta, el líquido que están soltando le hace carraspear y escupir en un pañuelo, después de hacerlo mira a James y pregunta:

-Esta mierda no será tóxica, ¿no?

-No, sólo mata las plantas, las deja secas como la piernas de mi abuela.

-¿Seguro?

-Eso dice el capitán, según él puedes hasta beberlo que no te hará nada, es como agua.

-Pues huele a mierda y sabe a mierda.

-Ya, pero si fuera tóxico no nos harían soltarlo sin ninguna protección, no serían tan hijos de puta, ¿no?

lunes, 17 de agosto de 2009

Sabor salado




Marcel es igualito al enterrador de los comics de Lucky Luke, sólo que con más trabajo, tiene un cuerpo enjuto, cetrino, largo y estrecho como un alfiler, coronado por un careto de buitre leonado que da grima, asusta, vestido de negro le falta el metro para tomar medidas, un sombrero de copa alta y una pala.

Cuando Marcel come, mastica despacio, como con asco, cuando bebe, introduce su portentosa nariz en las copas inhalando hasta el último aroma del líquido rojizo que previamente ha estado estudiando lentamente; huele, analiza, saborea, agarra el vaso de cristal por la base y lo mueve en rápidos movimientos circulares, la fuerza centrífuga hace que el vino casi se escape de su continente, escala por las paredes del cristal para dejarse caer después, vencido, formando pequeñas lágrimas rojas con las que el crítico lanza un pequeño bufido.

Apunta indignado, maridaje nulo, parece un vino totalmente apropiado para impresionar a una puta vieja, el colmillo le gotea, sus labios casi inexistentes se arquean hacia arriba dándole un aspecto siniestro, se van a cagar, después de la crítica van a tener que cerrar el chiringuito, ponerse a vender bocadillos y arroz tres delicias a las puertas de la discotecas, no saben con quien se la juegan.

Marcel disfruta, examina la carta con detenimiento, parcialmente renovada con respecto al año anterior, dos puntos menos, por fin se decide, levanta el alerón y reclama la asistencia del maître, saca un cronómetro y comienza a medir el tiempo desde que palomo le ve hasta que es atendido, tic, tac, dos puntos menos.

Comerá una esferificación de mejillón al alga roja y ortiguillas deconstruidas sobre salsa de tuétano de cabrón ibérico de primero, y de segundo un magnífico medallón de merluza de pincho escabechada al anisaquis fresco sobre tempura de cresta de gallo y caracol de temporada.

Estupendo.

Mientras espera, sus ojos se pierden por el comedor, analizan con precisión la cubertería y la mantelería, esperando con anhelo encontrar un descosido que reste un par de puntos más, casi por casualidad, su mirada abandona el recinto y se cuela por dos grandes ventanales, hacia un parque sobre el valle, tres niños juegan y ríen, se sientan en círculo, es la hora de comer, sacan sus bocadillos, flautas kilométricas de pan blanco de pueblo sobre tortilla de patatas de la abuela, poco cuajada, al morder por un extremo, los extremos contrarios de los bocatas se abren y aparece una mezcla amarillenta de huevo, cebolla y patata, caen trocitos pringosos sobre las piernas de los mozos y éstos los recogen, los meten en su boca mientras se chupan los dedos, beben al unísono un par de tragos de coca cola y hacen un concurso de eructos.

Marcel mira, nota cambios en su organismo, ruidos de tripas que rugen, mezcla de jugos que hace demasiado tiempo dejaron de ser segregados, llega la comanda, el crítico abre la boca y mientras mastica su esferificación nota un extraño sabor salado, son dos lágrima furtivas que han escapado de sus ojos, que han saltado al vacío y que han aderezado sin pretenderlo tan magnífica comida.




jueves, 13 de agosto de 2009

Greta y los millones de marcos




Dicen que la culpa es de los judíos, de los ingleses, de los franceses y de los yankis, con sus puñeteras indemnizaciones de guerra y sus oscuros tejemanejes financieros, así debe ser, pero cuando Greta se caga pa sus muertos, no se olvida repartir un poquito de mierda hacia los de los políticos y generales propios, insignes prusianos de pura cepa que ahora corren con el rabo entre las piernas buscando un sitio donde lamerse el cipote, después de haberla liado, maldita sea su estampa, algo tendrán también de culpa en éste desastre, no les bastó con matar al pobre Hans en Verdún, o dejar lerdo al hijo de la pobre Olga, al que se le llevaron contento y sonriente con su uniforme nuevo y lo devolvieron con la mirada perdida y la saliva cayéndose a chorretones por su comisura de los labios, con una chapita metálica reluciente colgándole de la solapa, justo al lado de los lamparones de baba, no les bastó con eso, además también ahora les matan de hambre.

Hay que joderse.

Si Greta pudiera, no dudaría en clavarles la medallita oxidada del hijo de Olga en los huevos, para que cada vez que se sentasen a firmar una guerra tuvieran una punzada de dolor que les recorriera de arriba abajo, hasta los entrañas, así se lo pensarían dos veces antes de hacer la vida imposible al personal.

Pero no puede, bastante tiene con sobrevivir en un mundo de locos, con una mueca de dolor ata los fajos de diez millones de marcos con gomillas que casi valen tanto como los propios billetes, los junta apretándolos bien, para que quepan en la cesta de mimbre con que los transporta y no se caigan fuera, los carga en la cadera, maldice, siente el peso de la hiperinflación sobre los huesos de unos dedos hinchados, que suenan como un cascajo y duelen como si el mismísimo demonio estuviera metiéndo alfileres entre las articulaciones.

Mierda, cada día está peor, vieja para estos trotes, camina hasta la plaza con sus papelitos de colores como una Rockefeller indigente, haciendo descansos, esquivando a las colas de mendigos y vecinos que pacientemente esperan entretener a sus tripas con un cacillo de sopa con más agua que enjundia, frente a las carretas del ejército de salvación, por fin, Greta llega al ultramarinos, apoya la cesta y los fajos de billetes en el suelo y observa con cuidado los precios, su vista ya no es la que era pero advierte que sólo han doblado con respecto a anteayer, una libra de pan seis mil millones de marcos, una libra de carne, treinta y seis mil millones de marcos, con suerte podrá comprar algo para la cena.

Pero Greta ya está vieja, demasiado para darse cuenta del paisano que ha echado el ojo a su cesta de los billetes, cuando se gira, ésta ya no está allí, se ha esfumado, algún cabrón se ha llevado la cesta de mimbre dejando los marcos, que pesan un huevo, Greta suspira, era una buena cesta, seguro que por ella el caco saca por lo menos un par de salchichas.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Triste palabra de poeta




Sentados un frente a otro, mientras avanzan lentamente sobre una España seca y cuarteada, Philip y Federico resisten al sueño, al calor y a las largas horas de viaje, que como en un cuadro de Dalí se deshacen, se deforman y se estiran tediosas, cual chicle sobre los incómodos asientos de madera, caminito de París no hay mucho que hacer salvo charlar, salvo dejarse enredar por las palabras y las ideas, por la visión de la naturaleza de un país ingrato, por el sentido de la vida y de la muerte para dos hombres jóvenes deseosos de comerse el mundo con un par de versos.

El traqueteo del tren acompaña a Federico Garcia Lorca en su huída, en el comienzo de una escapada que le llevará a París, Londres, Nueva York y Cuba, que le insuflará aires nuevos y le alejará de su adorada tierra granadina y de sus amores imposibles, Philip Cummings es un compañero fortuito de viaje, viejo amigo de la residencia de estudiantes, un yanki poeta, que ha tenido la suerte de cruzarse con Lorca en un trayecto que recordará toda la vida.

Los dos poetas charlan, filosofan, se preguntan los motivos del mayor sinsentido de todos, el de la propia vida, las palabras del genio que entonces surgen quedan almacenadas en la frágil memoria del americano, expuestas al maltrato del olvido.

Por suerte no es así, muchos años después de acabado el largo viaje, cuando tras ser devorado por la bestia, el mismo Federico forme parte ya de su adorada Andalucía, de sus sierras y sus arroyos, de sus olivos y de sus naranjos, Philip rebuscará en su memoria y recordará las tristes palabras del mito.

-Federico, ¿Qué es para ti la vida?

-Felipe, la vida es la risa entre un rosario de muertes. Es mirar más allá del rebuznador hombre hasta el amor que reside en el corazón de la gente. Es ser el viento y rizarse en las aguas del arroyo. Es venir de ningún sitio y estar en todas partes rodeado de lágrimas.

No sabemos hasta que punto la fragilidad del recuerdo puede haber mezclado las palabras del poeta con las del propio Philiph, en cualquier caso, ahí queda eso.

PD: La anécdota está sacada de la estupenda biografía de Lorca escrita por Ian Gibson.

lunes, 10 de agosto de 2009

La vida en guerra




Cuando Antonio se cala el casco, se caga por enésima vez en la madre que parió al sargento Yanki de intendencia, como una ensaladera grande, el artilugio made in USA tamaño XXL le sienta como a un cristo dos pistolas, baila el twist sobre su maltrecha y dura sesera mientras el blindado enfila a trompicones hacia la auténtica ciudad del amor.

Tiembla, arrastrando como un fantasma las cadenas por el empedrado, la carraca blindada menea su pequeño cuerpo al son de unos engranajes oxidados y maltratados que, de repente, se paran, chirrían y arrancan de nuevo entre un humo denso, que pica en los ojos y escuece en la garganta.

Nueve años, nueve putos años arrastrándose por media Europa y parte de África, con el mismo nudo en el estómago, con la misma sensación de miedo, clavado en las tripas durante tanto tiempo que parece imposible vivir sin él, miedo y odio, cocinado a fuego lento en Teruel, en Belchite, en Brunete, en Guernica, en las arenas del desierto sirviendo bajo banderas extrañas, en Normandía, enterrando amigos y esperanzas, observando impotente su mundo calcinado, como un nómada sin tierra, añorando una vida perdida pero no olvidada.

Antonio comprueba su fusil y con cuidadín, no vaya a ser que se la encisquen en los morros, saca los hocicos fuera del blindado mientras atraviesan la puerta de Italia, se permite el lujo de grabar en sus retinas una foto que vale una guerra, o por lo menos un Pulitzer, por un segundo quisiera aullar, auparse sobre el vehículo y saltar como un mandril, mandar a tomar por culo a voz en grito a Hitler, a Franco, a Stalin, a Musolini y a la puta madre que los parió a todos, ríe nervioso, no es religioso pero le pide a Dios vivir más que ellos para poder ir a sus tumbas y cagarse sobre ellas, dejar un zurullo blandito y oloroso, con disimulo se santigua y al pasar el Senna por el puente de Austerlitz nota cómo cientos de ojos se fijan en las dos banderas que van atadas a los laterales, una es la francesa, la otra una tricolor que pocos reconocen, un murmullo sordo surge desde los edificios, se convierte rápidamente en rugidos de alegría, antes de terminar de cazar al oso, la multitud comienza a celebrar en la calle la venta de su piel a pecho descubierto.

-Ils sont arrivés!

Como un río incontenible, hombres mujeres y niños salen a la calle, les rodean, cantan la marsellesa, y lanzan rosas, descorchan botellas reservadas desde hace demasiado, se acercan a los blindados y los bautizan con vino en una ceremonia sin cura pero con muchos oficiantes, dan vivas a Francia y besos a los bravos luchadores galos que les liberan.

Dentro, éstos no dejan de mirar a las azoteas.

-Cago´n putas, van a matar a todos.

Los disparos no tardan en llegar, aguan la fiesta en un líquido rojo, viscoso, derraman la sangre de los recién liberados mientras éstos de suben al techo de los Sherman, un par de granadas caen cerca, las torretas giran, la multitud se tira al suelo y se arrastra a los portales.

Desde el semioruga, los hombres de la novena compañía dirigen el fuego de los tanques hacia el origen de los disparos que proviene de las ventanas, dos pepinazos que aclaran el asunto, que revientan la balconada entera dejando en el aire un tufo mezcla de azufre y SS a la parrilla, casi sin parar los vehículos avanzan, se dividen en dos grupos y corren como alma que lleva el diablo hacia el cuartel general del Hotel Meurice, allí la batalla es corta, Antonio baja y hace su oficio, con la profesionalidad de quien lleva nueve años partiéndose el alma, busca protección y dispara, los soldados de reemplazo de la Wehrmacht ya piensan que les ha tocado la lotería, mejor las hamburguesas americanas que el dulce invierno siberiano, tiran las armas mientras ven a un grupo de tipos morenos, pequeños y cejijuntos cagarse en sus muertos en un idioma extraño, entrando como un elefante en una cacharrería en el vestíbulo del hotel y dispersándose por las habitaciones repartiendo culatazos a sus rubias melenas.

Mientras, vestido de gala, con todas sus condecoraciones en la solapa y perfectamente tranquilo, Dietrich Von Choltitz se enfunda su pistola reglamentaria y espera mansamente a que la puerta se abra con una patada, deja volar su imaginación a los buenos tiempos, antes de la guerra, cuando ser general alemán no suponía estar a las órdenes de un psicópata, mira por la ventana, por suerte París no arde.

Cuando la cerradura chasca, Dietrich ensaya unas palabras que pasen a la historia, tras la puerta aparece un tipo pequeño, delgado, moreno y con cara de mala hostia, que calza un casco extrañamente grande y no habla inglés, le apunta con su fusil y dice algo así como:

-Jo puta, las manos donde pueda verlas.

En ése momento, mientras encañona a todo un general designado por el mismísimo Hitler, Antonio piensa en Brunete, en Teruel, en Guernica, en Túnez, en cada una de las veces que ha comido mierda, que ha llorado por cada uno de sus muertos, en el pueblo al que no volverá, en la patria perdida, por un segundo acaricia la idea de desquitarse, esparcir los sesos del mandamás por el despacho, no lo hace, después de todo, el día no ha sido tan malo, la vida le debe muchas, pero hoy una menos.

miércoles, 5 de agosto de 2009

De ballenas y escritores




Cuando el gigante respira, un grito sale desde la garganta del vigía que casi le arranca las cuerdas vocales, en éste instante, el corazón de Herman se estremece en silencio un segundo antes de comenzar a bombear sangre con furia, con un nudo atado a su estómago, atónito ante lo que ve, en cuestión de segundos observa cómo el caos invade la cubierta del Acushnet, cómo comienza una carrera incierta, los marinos gritan y otean el horizonte donde una cortina de vapor señala el lugar de la lucha, con la luz del sol deslumbrando sus ojos Herman estima una distancia y casi sin respirar salta a los botes arrastrando por la marabunta

Su bote cae al agua con violencia, los remos comienzan a apalear sardinas frenéticamente, al ritmo de las blasfemias del arponero los remeros se despellejan sus manos mientras la embarcación, estrecha y ligera cabecea sobre un mar en calma, con un hombre en la proa aferrado a un arma siniestra calculando mentalmente el lugar donde la bestia volverá a la superficie.

El tiempo se para, el agua golpea la cara de Herman y del resto de asesinos, se mezcla con sus sudor, con sus anhelos de fortuna y de aventura, los minutos se estiran y sus brazos comienzan a flaquear, tiemblan al introducir la larga pieza de madera sobre el líquido elemento, entre insultos quema sus últimas fuerzas mientras desde lo mas profundo del abismo una sombra de cuatro toneladas abre las aguas a su paso.

Llegado el momento, el gigante gime al sentir la herida, resopla al notar el acero humano entrar sobre su costado, gira y cabecea, lucha y defiende su vida como autentico rey de los mares, enseña su enorme testa sin corona y huye sumergiéndose a gran velocidad arrastrando consigo cincuenta brazas de cuerda, tensando la línea y haciendo crujir un bote que de repente se ve propulsado por una energía sobrehumana, a punto de saltar en pedazos sin embargo la pequeña embarcación resiste lo suficiente como hacer que el cetáceo vuelva sobre sus pasos, dispuesto a llevarse consigo al fondo a alguno de sus enemigos.

El animal embiste, la embarcación chasca con el golpe, se parte en pequeños fragmentos, como si estuviera construida con mondadientes, Herman se siente diminuto, con el pánico anclado en cada centímetro de su cuerpo, ve como sus compañeros caen al agua y gritan desesperados pidiendo ayuda, sin embargo una batalla ganada no supone ganar la guerra, el cachalote está rodeado por una jauría, desde otros dos botes, un segundo arpón se clava sobre sus ojos y un tercero sobre su joroba, como en una maldición bíblica el mar se transmuta en sangre y por primera vez el gigante, capaz de aterrar con su sola presencia al mayor de los craken, ve como la vida se le escapa sin remedio.

Lo hombres conocen su oficio, mientras se aferra a lo que queda de bote, Herman observa a sus compañeros apuñalar una y otra vez a su víctima buscando sus pulmones, sus entrañas, desangrando al gigante que resopla, vomita y echa una última mirada a su mundo azul ahora teñido de rojo.

El estúpido ser humano necesita su grasa, para alimentar sus lámparas de aceite, para fabricar velas y perfumes, el desastre sobre el pacífico no tiene otra función, el inmenso cuerpo inerte será ahora troceado y cocinado, hervido para extraer sus aceites y abandonado, el esperma de ballena llenará barriles enteros y será almacenado en las entrañas del barco ballenero, como el tesoro de un esquizofrénico será intercambiado por vil metal y alumbrará los desvelos de una civilización incapaz de entender lo increíblemente pequeña que es la bella roca azul que habita.

El joven Herman Melville será testigo excepcional de la lucha, de la muerte en alta mar, el auténtico lugar de nacimiento Ishmael, el capitán Ahab y la propia Moby Dick.

martes, 4 de agosto de 2009

El zoo del hombre rico




Caminando por la Croisette con los pies hinchados y los ojos abiertos como platos, el viajero se detiene un segundo, se apoya sobre la barandilla del paseo marítimo y da la espalda al mediterráneo, con la insana intención de maltratar sus pulmones, prende el extremo de un cigarro cien por cien veneno americano e intenta ordenar sus ideas ante un mundo brillante y hueco que se despliega ante él.

Difícil tarea, ante sus ojos, frente al hotel Martinez, una masa uniforme de niños ricos, turistas bajo el síndrome de Stendhal y proyectos de jeques se mueven caóticamente, mirándose de reojo y admirando sus piñatas perfectas, sus móviles de última generación y sus grandes gafas de sol sobre las que el reflejo de la costa azul francesa se ve sin duda mucho mas negro, van y vienen, perfuman el ambiente con caras esencias que dejan un rastro de olor dulzón, penetrante, que se te mete en la pituitaria mezclándose con el humo del tabaco.

El hogar del hombre rico, el sitio donde los mortales pueden ver sus sueños hechos realidad en las carnes de otros, donde la fortuna te susurra al oído el nombre de aquellos a los que acoge en su seno, donde cada edificio alberga una tienda de Hermés o de Gucci y donde los Ferrari, Bentley, Lamborgini y Rolls Royce se apiñan en atascos imposibles, con sus colores brillantes y sus líneas estilizadas, como en las estanterías de las jugueterías, tuneados al gusto del consumidor, directamente desembarcados desde Arabia Saudí, Gran Bretaña o Rusia.

El cigarro se acaba, deja un gusto amargo en la boca del viajero, con disimulo es aplastado en el suelo y el paseo continúa entre clones cuarentones de Monica Bellucci, de tetas infladas y labios perfilados, sin duda construidos todos en la misma mesa de operaciones pero sin la belleza del modelo original, que lo que natura no da Salamanca no presta, pobres mulas de carga portan cada una media tonelada de pedruscos, anclados a sus cuellos relucen en la oscuridad como si llevaran un chaleco reflectante, sonríen al mundo felices, empapadas de alcohol y Prozac.

Antes del Gran Auditorio, el caminante gira y se mete al puerto, se mueve entre los amarres de los grande yates, de tres y cuatro cubiertas, maravillosas y horteras obras de ingeniería que hace demasiado tiempo olvidaron su esencia, gobernados por marinos que parecen pilotos de aerolíneas, que ya no maldicen su puta estampa ni escupen a sotavento, barcos con nombres como “No money, no love” o “I own”, que dejan claro la pasión por la mar de sus dueños.

Sobre la cubierta de popa éstos cenan, brindan, se maman y lucen su esencia, mientras desde el puerto, los mortales caminan con los pies hinchados y les hacen fotos en sus jaulas de oro flotantes, como a los monos de un zoo, imagen nítida de un mundo necio, injusto, estúpido y desequilibrado.