jueves, 23 de julio de 2009

Estrellas sobre el asfalto




Judy está convencida de que en otra vida fue Marilyn, camina dando tumbos por Hollywood Boulevard con su misma sonrisa inmensa, inocente y perdida, saludando a todo el mundo con una peluca rubia y un vestido blanco vaporoso decorado con unas sospechosas manchas blanquecinas, que sólo se notan en las distancias cortas, galones ganados en la puta calle, combatiendo de rodillas contra un enemigo que se ha colado en su sangre, un demonio sin escrúpulos que cada seis horas pide alimento, combustible en su camino directo hacia el desastre.

La Monroe de pega se dirige a su trabajo medio zombi, con las pupilas dilatadas y unas grandes gafas oscuras que no terminan de filtrar los rayos de tanta estrella reluciente, cerca del teatro chino saluda a sus compañeros de faena, a Superman, con su rizo engominado, sus músculos de poliespan y su afición por la criptonita, jodido porque por dormir la noche anterior con el culo al aire le ha entrado lumbago; también saluda a un esbirro de Darth Vader, guerrero de las guerras clon con su casco y su pistola láser, asado dentro de su disfraz y dispuesto a defender con su vida, aunque sea contra mil jedis, el cachito de sombra bajo el que se guarece; y por último, la mujer mas bella del mundo se cruza y guiña un ojo a un Elvis desdentado de tupé kilométrico, reproducción exacta del mito venido a menos, amante de las grasas saturadas del Burger King, que sonríe a su amiga y mueve las caderas mientras dispara con dos pistolas imaginarias.

Todos ellos son estrellas, a su manera, encarnados en los mitos que los dioses del olimpo no les permitieron ser, caminan por la vida esperando el siguiente autobús de japoneses, posando por unos cuantos dólares mientras esperan ése golpe de suerte esquivo, ése papel que les saque de su mundo de cartón piedra y white label, y les deje mostrar todo el arte que atesoran dentro.

Por fin, las puertas del minibús se abren frente a ellos dejando vía libre a una tormenta de destellos marca Nikon que no dura demasiado, es el momento de la rubia, de una serie de poses mil veces ensayadas frente al espejo, Marilyn besa, ríe, actúa, coloca sus manos estiradas entre las piernas como intentando evitar que la falda se levante empujada por un viento inexistente, pone morritos mientras intenta disimular los picotazos morados sobre su piel blanca.

Es lo que hay, el autentico precio de la fama, el reluciente destello del oro que cagó el moro, tras la marabunta, la rubia hace recuento de media docena de billetes verdes, se los guarda entre las bragas y prende un cigarro, esperando al siguiente pase para un público tan infiel como poco exigente, mientras fuma, se distrae mirando las huellas petrificadas en el asfalto, las de la auténtica Norma Jeane, se arrodilla y extiende su mano sobre la de Marilyn notando como sus dedos encajan como un guante en el molde dejado por el mito.

La rubia sonríe, en el fondo de su corazón sabe que pronto tendrá su propia estrella en Hollywood Boulevard, sólo es cuestión de tiempo.

martes, 21 de julio de 2009

Bendita democracia




Sin duda, la sombra del ciprés es alargada, bajo su manto móvil, el cacique observa cómo el árbol da las horas arrastrándose por la tapia del jardín, barriendo un suelo seco, sustrato cuarteado para un césped marchito, amarillo ya, repleto de tallos que, vencidos, se doblan sobre si mismos para morir sobre una tierra traicionera.

Pensativo, absorto en un mundo cruel, el cacique se protege del sol abrasador y mira hasta donde alcanza la vista, su pequeño reino, su propiedad sedienta y reseca, maldiciendo la sequía en silencio, preguntándose cual de sus muchos pecados será el culpable del castigo divino, de la ausencia de un agua que no viene ni con novenas al santo, ni llenando de duros los bolsillos de la sotana del cura y del jodido obispo, que sólo prometen tener mano izquierda con el altísimo cuando su derecha está agarrando la mejor de las patas de cordero.
Hay que joderse.

El cacique fuma, se mece en su mecedora mientras su orondo cuerpo se balancea grácilmente al son de los crujidos de la estructura de madera y mimbre, pega caladas a un enorme cigarro encendido entre sus dedos y resopla un denso humo gris que se escapa por sus narices, que se escurre entre un bigote amarillento, teñido de nicotina, huyendo hacia un cielo azul, impoluto, que amenaza con sol y buen tiempo durante por lo menos tres semanas más.

El cacique resopla, la colilla cae, choca contra el suelo levantando diminutas ascuas, tose y bebe agua, levanta la mano y al segundo una mujer con cofia y mandil blanco aparece apurada y rellena su vaso vacío, vuelve a beber, vuelve a toser, escupe un gran gargajo verde y aliviado vuelve a perderse entre sus pensamientos.

Quizás va siendo hora de dejar de fumar.

Oye jaleo en a su puerta, ruido de caballos y de golpes en la cancela, perezoso se levanta, como un enorme oso con artrosis encamina lentamente sus pasos hasta la entrada, donde se encuentra con dos hombres vestidos de verde, con tricornio y fusil al hombro, portan desde la capital un enorme sobre lacrado con el sello del gobernador civil y las actas de las futuras elecciones, sólo que con las casillas ya rellenas.

Indiferente, mira el nombre del hombre que ha de ganar, servidor elegido por el pueblo y por los que mandan, sonríe, no hay mayor democracia que la de éstas tierras, donde votan hasta los muertos, donde los impuestos varían en función del color de tu papeleta, donde al que mea fuera del tiesto se le moldean las costillas, se le redecora el careto y se le deja sin trabajo.

El cacique sale a la calle donde las fuerzas vivas esperan instrucciones, enseña los papeles, se da media vuelta.

-Ea, ya saben ustedes lo que tienen que hacer.

De reojo mira al cielo, sigue sin llover, mierda de sequía, son tiempos difíciles pero por suerte, siempre le quedará esta bendita democracia.

viernes, 17 de julio de 2009

El primer reportaje de guerra




Cuando Alexander y James llegan al infierno, resulta que éste ya se ha apagado, sólo quedan rescoldos, un paraje desolado, reducido a cenizas, calcinado, un mundo pálido, monocromático y triste, iluminado por un sol que, horrorizado, no quiere alumbrar más los actos de los hombres, penumbra en la que la vida no parece haberse anclado, paraje en el que Dios pasó de largo, despistado, dejando tras de si sólo un rastro de desesperación.

Y es que en Antietam, muchos hombres juran haber visto al mismo diablo, correteando entre las filas de soldados, riendo y aullando tras los cañones, vomitando metralla sobre la carne, recolectando almas a manos llenas; después de la batalla, ésos mismos hombres caminan ahora con la mirada perdida por la rivera del riachuelo, por el maizal, por Dunken Church y Sunken Road, mirando cara a cara a los muertos, reconociendo amigos y enemigos, rostros de soldados sin vida, ejército fantasma cubierto por un polvo gris que oculta insignias y uniformes, que entierra banderas y galones, tierra que democratiza en última instancia al ser humano, borrando del mapa, de un plumazo, las fronteras levantadas por el hombre.

Antes de que Alexander Gardner y su ayudante James Gibson lleguen a Antietam, en el imaginario colectivo de periodistas, poetas y escritores, las guerras siempre han sido gloriosas, repletas de patrióticos soldados que se lanzan a pecho descubierto sobre el enemigo, que mueren dando vivas a su nación, asépticamente, sin sangre, caen heridos para recibir una reluciente medalla, para ser atendidos por una bella enfermera de la que poder enamorarse.

En sus mentes calenturientas los hombres no gritan, no lloran, no llaman a sus madres con la mierda en los pantalones, no mueren con los sesos y las tripas al aire, ni observan aterrados como una bala perdida les arranca los huevos, en su estúpida glorificación no hay lugar para médicos bañados en sangre, pegados a un serrucho dejando tras de si un ejército de mutilados.

Por suerte Alexander y James con sus fotos, cambiarán la perspectiva, el ángulo de enfoque de la estupidez humana, con el primer reportaje fotográfico de guerra acercarán el pútrido olor de la muerte al porche de las casas de medio país, haciendo un nudo en el estómago a sus habitantes, dejando que las imágenes hablen por si solas, a las claras, descubriendo el lado oscuro que esconde la medalla más lustrosa.

miércoles, 15 de julio de 2009

Matar al holandés




Charles Workman es como un puto jinete del Apocalipsis, pero sin montura, profesional hasta la médula entra en el Palace Chophouse de Newark tranquilo, con la intención de hacer cumplir la ley de un sindicato que no entiende más protestas que las que emiten, entre súplicas, ojos morados y mocos rojos, aquellos que se las dan de listos, aquellos que osan estafarles un mísero centavo, pobres diablos que con el tiempo irremediablemente lloran y se arrepienten, juran fidelidad eterna justo antes de hacer una ruta turística con pantalones de cemento por la rivera del Hudson.

El sindicato del crimen no acepta que nadie mee fuera del tiesto y Dutch Schultz lo esta haciendo, el holandés es un cabrón con pintas, de la vieja escuela, quiere tumbar al fiscal del distrito Thomas Dewey, por las bravas, sin entrar en razón, sin aceptar que matando a un picapleitos no se arregla nada, sólo se crea un héroe, sólo se atraen más hienas al olor de la sangre.

Dutch está por tanto condenado y a Workman los motivos en el fondo, se la sudan, él sólo mata, sin acritud, sin remordimientos; cuando entra en el restaurante acompañado de Emmanuel “Mendy” Weiss, huele a costillas y a cerdo, a vino picado y a desinfectante industrial, siete una presión en su vejiga y decide mear antes de trabajar, que no es plan de liarse a tiros apretando el esfínter, entra en el baño y mira en los cagaderos, mientras se baja la bragueta observa de reojo al tío que tiene al lado y sonríe, premio gordo, alejado de sus guardaespaldas, el holandés cambia el agua al canario ajeno a lo que se le viene encima, un pequeño trozo metálico caliente dispuesto a partir en dos su alma bastarda a cincuenta metros por segundo.

Schultz se encuentra con la muerte con la chorra en la mano, mientras se la sacude, mientras caen las últimas gotas doradas al suelo, la bala le atraviesa el pecho justo debajo del corazón, y el infierno se abre en el viejo restaurante, Workman sale del cuarto de baño y se encuentra con el contable Otto Berman, el guardaespaldas “Lulú” Rosencrantz y la mano derecha de Ducth, Abe Landau, todos tiran de hierro, todos le saludan con plomo caliente, Mendy dice pies “pa” que os quiero y sale por piernas, sin esperar a su colega, que se queda lidiando en solitario a tres toros encabronados.

Sin embargo Workman es bueno en su oficio, se caga en los muertos de Mendy y hace gala de su puntería, la primera del sus balas deja seco a Berman, que sabe mucho de números pero poco de arrastrar el culo por el suelo, la segunda se la endiña en las tripas a Abe, y la tercera secciona la yugular a “Lulú” el matón con nombre de francesita enamorada, que corre por la estancia convertido en una fuente roja.

Deja un reguero de destrucción tras él, con la satisfacción de un trabajo bien hecho sale a la calle entre una humareda que escuece los ojos, y en menos de diez minutos se caga por segunda vez en la madre que parió a Mendy, éste se ha largado con el coche, Charles se cala el sombrero, tira la pistola y se escaquea dándose un paseo, a patita.

Mientras, dentro del Palace Chophouse, cuatro gangsters dan sus últimos coletazos, herido de muerte, el holandés se arrastra fuera del baño deseoso de encontrar un lugar más digno para cantar el gorigori, desplomado sobre la mesa aguanta hasta recibir ayuda mientras observa como su mundo de putas, licor, estafas y metralletas Thompson, se funde a negro y lentamente se va al carajo.

lunes, 13 de julio de 2009

Invitación




Hace unos días, conocí el proyecto de “tu blog en mi blog”, una curiosa iniciativa que invita a los blogeros a hablar de sus motivaciones a la hora de publicar, de las misteriosas razones que a uno le arrastran a teclear frente a musas y dioses binarios para contar historias día si, día también, me interesó el asunto y respondí, así que sin que sirva de precedente hoy dejaremos un hueco entre tanta Historia para hablar de las motivaciones del abajo firmante.

Ustedes perdonen el coñazo.

“No tengo ni idea de los motivos que llevan a las personas a enfrascarse en la ardua tarea de construir y mantener un blog, o simplemente dejarse enredar entre los tentáculos de esta sociedad 2.0 con la que tantos llenan sus bocas de bellas y modernas palabras, no se si será por soledad, por aburrimiento, por diversión, por nobles ideales educativos o por un ego tan grande y tan humano como el hombre, que nos lleva a pensar que las ideas de cada uno siempre son las mejores, siempre merecen ser aireadas al aire para regocijo e iluminación de nuestros queridos congéneres.

Sin embargo sí sé los motivos que a mi, me han hecho poner en marcha “Cualquier tiempo dormido”, entre éstos hay dos especialmente poderosos, la necesidad de escribir y la desesperante sensación de vacío que deja un escrito cuando se guarda en un oscuro cajón, o entre las tripas digitales de un portátil, el sinsentido que supone contar una historia y que no la escuche nadie, predicar en el desierto, la certeza de que cuando eso ocurre, el escritor no está construyendo más que un juguete roto, una carcasa vacía y endeble, sin vida, que sólo resucita cuando alguien decide malgastar unos minutos frente a sus palabras.

El blog es una magnífica herramienta para eso, libre, gratuita, universal, de dos direcciones, permite que las historias que en él se cuentan lleguen a lugares de los que el escritor nunca conocerá su existencia, las da vida, las da alas, hace que vayan y vengan como un mensaje en una botella, como una semilla lanzada a un millón de kilómetros de distancia.

También es democrático y sencillo, prolijo y fugaz, las historias que en el habitan tienen vidas cortas, pero aunque sólo sea por unos días, viven y eso, a mí, personalmente me compensa.

Por lo demás, en “Cualquier tiempo dormido” encontraréis microrelatos que siempre echan la vista atrás, a la Historia, colocándose a medio camino entre la verdad y la imaginación, que se intentan poner en la piel de aquellos que pisaron esta bella y superpoblada roca azul antes que nosotros, sin sentar cátedra, sin afán historiador, sólo con la humilde intención de hacer pasar al lector un breve y buen rato.

Espero sinceramente que así sea.”

sábado, 11 de julio de 2009

El asesinato de Rasputín




Félix quiere matar al monje loco, a Rasputín, liberar al Zar de su maléfica presencia y extirpar, de una vez por todas, al demonio de la casa de los Romanov, hacer limpieza, asesinar al brujo, al profeta, al gigoló, al bastardo venido de Siberia para hincharse de poder como una garrapata agarrada a una arteria, al asceta depravado que con malas artes, ha embrujado al zarevich, a la zarina y a la mitad de las damas de la corte.

Sólo hay un problema y es que faltan huevos, el príncipe Félix Yusupov no es precisamente un asesino profesional, frente a Grigori Rasputin, frente a los ojos penetrantes del loco, el aristócrata se bloquea, se acobarda y se acojona, nota como lentamente, sus testículos se reducen, haciéndose progresivamente más y más pequeños, minúsculos, hasta alcanzar el tamaño de dos canicas nerviosas que sin previo aviso cobran vida propia y comienzan a ascender por el interior de sus tripas y pecho, presas de una energía misteriosa, hasta alcanzar su garganta, el lugar donde se detienen por fin, haciendo las veces de una corbata molona.

No queda otra que envenenarle, engañar a Grigori y atraerle hasta la mesa, hasta una deliciosa cena preparada con el más celestial de los ingredientes, el mismo que te enseña a San Pedro en un abrir y cerrar de ojos, cianuro en cantidades industriales, en el vino, en la carne, en los dulces, preparado para detener el corazón de aquel incauto que tan sólo ose acercar sus narices a las fuentes de comida.

Así que ahí están, el príncipe asesino y su invitado, haciendo el paripé frente al fuego, charlando como dos viejos amigos ante el crepitar de la leña, con el anfitrión a punto del infarto, atento ante cada ademán del brujo, ante cada ocasión en la que el vaso y la ponzoña se acercan a los labios de su víctima, alejándose siempre sin llegar a tocarlos, interrumpiendo cada trago final con una cháchara vacía, interminable, que no llega a los oídos de Félix por estar estos bloqueados por el miedo.

De repente, el plan parece irse a la mierda, Rasputín comienza a hablar de las veces que le han intentado envenenar, de lo idiotas que fueron los que osaron conspirar contra él; cuando lo hace, Félix se siente perdido, comienza a pensar que alguien se ha ido de la lengua, que el asceta libidinoso no ha venido a cenar y morir, sino tan sólo a reírse de él.

Y sin embargo no es así, tras la charla, con la boca seca, por fin el brujo súbitamente pega un trago largo del mejor vino e ingiere cianuro en cantidad suficiente como para acabar con un regimiento, comienza a comer dulces, carne, pescado; ante la atenta mirada de su asesino traga sin medida, con un hambre demoníaco, mientras, el príncipe respira aliviado y espera que en cualquier momento su enemigo caiga desplomado sobre el plato.

Craso error, pasa el tiempo y nada de eso ocurre, sólo un poco atontado el animal siberiano eructa, se chupa los dedos y acaba con el primer plato, con el segundo, con el pan y el postre, inmune al veneno se relame ante los ojos desorbitados del conspirador, que pálido, se santigua y busca con la mirada un crucifijo, junta todo el valor que queda en su cuerpo tembloroso y decide acabar por la vía rápida con el asunto, tirando de revólver, metiendo un balazo en el pecho inmenso de su comensal.

Tras el estruendo Rasputin, que puede ser inmune al veneno pero no al plomo, con la camisa ensangrentada se derrumba sobre la alfombra mientras el resto de conspiradores, aparecen asustados al oír el disparo, ven al gigante herido de muerte en el suelo, celebran su valentía, su victoria y comienzan a discutir la mejor forma de deshacerse del cuerpo.

En esas están, enfrascados en dimes y diretes, calculando la mejor manera de hundir para siempre el cuerpo de Grigori entre las aguas heladas del río, cuando, sin esperar a que le den la puntilla, el moribundo va y revive, da dos hostias al príncipe y huye por la puerta tambaleándose, diciendo pies pa que os quiero, que hasta el rabo todo es toro.

No pueden dejarle escapar, a la carrera, Félix y los tres conspiradores siguen su rastro y lo cazan en el patio, le disparan, le acuchillan, le parten la cabeza con un mazo, golpe tras golpe, manchándose sus aristocráticas jetas con la sangre del mito hasta que deja de colear, después, entre los cuatro asesinos transportan al finado hasta el río y abandonan su cuerpo al rumor de las aguas, observando aterrados como el gigante que se negaba a morir se hunde en la negrura para siempre.

Pocos días después encontrarán el cadáver, pero nunca a sus asesinos, que para eso son príncipes, al hacerle la autopsia al finado las autoridades se dan cuenta de que a pesar de haber sido disparado, envenenado, bateado y acuchillado, la causa de la muerte de Rasputín, el monje loco, ha sido el ahogamiento.

Acojonante, a eso le llamo yo resistencia.

miércoles, 8 de julio de 2009

El duque y el holandés errante




Sobre la cubierta de la Bacchante, en mitad de la nada, perdido en un punto indeterminado entre la inmensidad del océano y la noche austral, el futuro rey se cruza con el fantasma; pequeño, minúsculo, aterrado, el duque adolescente se frota los ojos y mira a su alrededor impresionado por las caras lívidas de los viejos lobos de mar que le acompañan en su aventura, tipos de rostro seco y cuarteado, de manos encallecidas y patas de palo, marinos paridos en la cubierta de un buque y curtidos en mil batallas, en mil tormentas, que sin embargo en ése momento se santiguan y mascullan una oración con el miedo anclado en las entrañas.

Por un segundo piensa que ha perdido el juicio, que sus ojos le engañan fruto de alguna treta, alguna novatada, sin pensarlo corre hacia la amura de babor y arroja su mirada hacia el horizonte oscuro, observando con la boca abierta como frente a él, en silencio, sin levantar oleaje y con el velamen hinchado por un viento inexistente, un bergantín de dos palos y velas cuadradas, se cruza a doscientas yardas iluminado por una luz roja fluorescente, que se extiende por el aparejo, que resbala por los mástiles, por las vergas y las jarcias, que ilumina con una luz mortecina una cubierta desolada.

El Holandés Errante, el barco maldito por excelencia, gobernado por un capitán blasfemo, llamado Van der Decken, que osó partir en Viernes Santo, que se enfrentó a la tempestad en el cabo de Buena Esperanza atado a su timón, maldiciendo y aullando en la negrura, desafiando a Dios y a los elementos, desoyendo las súplicas de su tripulación entre torres de agua y gritos de pavor, ganándose a pulso una maldición terrible, la de vagar eternamente por los mares, azotado por tifones y huracanes, sin posibilidad de llegar a puerto, sin agua ni alimento, con una sed infinita corroyendo sus entrañas y siendo portador de malas nuevas, causando el pánico y el horror en los ojos de los hombres a su paso.

Con un nudo en el estómago, el futuro Jorge V siente su boca seca, mira atónito como el buque maldito desaparece bajo las estrellas de repente, evaporándose, dejando tras de si un rastro fúnebre, una ruta directa abierta hacia el infierno.

El la Bacchante, y sobre sus buques de escolta, el Tourmailne y el Cleopatra, entre guardamarinas, oficiales de guardia y marinos, más de treinta testigos jurarán haber visto al fantasma, leyenda que fielmente, será anotada en el diario y transmitida verbalmente, como se hacen las cosas en la mar, de padres a hijos, de oficiales a grumetes, apuntalando mitos tan viejos como el hombre, construidos el mismo día en el que, por primera vez, un marino decidió jugarse el cuello en la inmensidad de océano.

Historia recogida en el libro Wander ships or folk stories of the sea.

lunes, 6 de julio de 2009

Un justo en Sodoma




Joseph se escurrió sin saberlo entre los dedos de la bestia, partió de Varsovia por casualidades del destino poco tiempo antes de que la muerte, vestida con gorra de plato, insignias gamadas y calaveras en la solapa, llamara a las puertas de su hogar, se paseara por las calles de su infancia levantando muros y construyendo guetos, arando campos capaces de transformar a los seres queridos en cenizas y humo, en simples recuerdos de una vida perdida, de un alma desolada.

Joseph perdió lo que más quería, tenía por lo tanto una cuenta pendiente, y quiso combatir el infierno con el infierno, el fuego con el fuego, porque el joven polaco conocía como pocos, los secretos que se guardaban en el interior de la materia, la inmensa capacidad destructiva atesorada en los átomos, pequeñas cajas de Pandora cuyas llaves estaban por aquel entonces casi al alcance de la propia bestia.

No lo podía permitir, la simple posibilidad de que los nazis obtuvieran la bomba le aterraba, era una carrera de locos, una en la que el segundo en cruzar la meta no iba a recibir ninguna medalla de plata, no iba a subir al podio porque su destino era ser enterrado bajo el podio, bien profundo, en tierra calcinada, contaminada con radiación, baldía por siempre jamás.

No quedaba otra, vendando los ojos a su moral, maltratado por las consecuencias de sus actos, puso todo su empeño, todo su conocimiento en un laboratorio de los Álamos, en el proyecto Manhattan, la ciencia al servicio de la destrucción, la mente al servicio de la muerte, la novedosa capacidad de ser humano para autodestruirse total y absolutamente en un petardazo irrepetible, miles de años de evolución para que el Homo no tan Sapiens hiciese puff bajo unos fuegos artificiales de primera.

Y pasó el tiempo, y la bestia, poco a poco fue muriéndose enfangada en su propio odio, atrapada entre dos frentes, sin necesidad de bombas atómicas pero bajo el peso de millones de muertos, daba sus últimos coletazos, las últimas bocanadas, el final estaba cerca.

Así, cada día, Joseph entendía menos el objetivo de su trabajo, inocente, hasta que en una conversación informal escuchó de sus superiores una frase que le cambió la vida, algo así como “ustedes comprenden, desde luego, que el objetivo principal de este proyecto es subyugar a los rusos”.

Pero resulta que hay justos en Sodoma, por lo menos uno después de todo; hombres con ciencia y conciencia, personas que hartas de tanta muerte, de tanta vida desperdiciada, se enfrentan a las consecuencias de sus actos, a las futuras acusaciones de espionaje, de cobardía, de comunismo, de traición y dicen, hasta aquí hemos llegado, váyanse ustedes a la mierda con su bomba H.

Joseph Rotblat no solo fué el único científico que abandonó el proyecto Manhattan, también pasó el resto de su vida aplicando el sentido común a las relaciones humanas, recibió para orgullo de los que se lo otorgaron, el premio Nobel de la paz de 1995.

domingo, 5 de julio de 2009

Las almas perdidas




Entre penumbras, arrojando una fina y alargada sombra sobre las sombras de la piedra, el hombre de hábito blanco y capa negra siente como la adrenalina empapa poco a poco cada uno de sus órganos, estimulando su ritmo cardíaco, acelerando su respiración, haciéndole sentir hasta el roce del escapulario sobre su pecho y su espalda, delimitando un contorno de piel y huesos excitados que en el fondo, no son más que un contenedor caduco para una alma oscura, miserable.

Nervioso, el santo varón disfruta como un niño con zapatos nuevos, sus ojos negros, acostumbrados ya a la falta de luz y al tililar de las velas estudian el recinto con las pupilas dilatadas, analizan divertidos el frágil contorno de los hombres desnudos tras las rejas, malditos seres humanos reducidos a categoría de despojo, que le miran desde la antesala del infierno y tiemblan de pavor, haciendo tintinear sus cadenas, produciendo lo que para el Fray es una auténtica y genuina música celestial.

Así, ante la desesperación de los reos, surge desde las profundidades de hábito una mano afilada, con mucho nervio y poca carne, del color de la aceituna, portadora de diez dedos alargados y sucios, coronados a su vez por diez uñas roñosas, más propias de un cernícalo lagartijero que de un servidor del Altísimo, comienza el espectáculo.

Es hora de rescatar almas, sus dedos que se mueven rápido, apuntan al cielo; transmiten una señal a un alguacil que sin dudarlo escupe sobre sus palmas y comienza a darle a la manivela, a la polea, tensando la garrucha, levantando suavemente un cuerpo blanquecino, repleto de llagas, de hereje, reproducción en vivo y al natural de un Ecce Homo que ahora cuelga del techo, como un chorizo, atado por unas muñecas a su vez esposadas a su espada, en una posición que estira y revienta tendones, que disloca articulaciones e invita a la reconciliación con el verdadero y único Dios.

Es su momento, su gran momento, lentamente el dominico acerca su cabeza pelada a la del hereje, colocando unos labios finos y cadavéricos a la altura de los oídos infieles, susurrando por primera vez unas palabras en un tono agudo, que llegan al condenado entre restos de saliva, que laceran sus tímpanos y ofrecen, generosas, una salida rápida al asunto, una que pasa por el fuego purificador.

-Confiesa, libera tu alma perdida.

Huele a sudor, a heridas en carne viva, a orín, a mierda, a lágrimas y a poder, un poder absoluto, irracional que nubla los sentidos y esconde demonios bajo los hábitos, que se justifica en bellas palabras, en textos sagrados, en nobles virtudes.

Lentamente los olores de la inquisición provocan una erección al Fray, que casi siente un orgasmo al sentir la mirada del hombre indefenso, al verle abrir unos ojos blancos, sin vida, mientras le observa buscar entre sus últimos alientos, la fuerza necesaria para contestar a su asesino.

-Libérate del demonio, hijo mio.

Está hecho, llegados a este punto, solo queda una confesión rápida y una visita al auto de fe, con otra bella fogata alegrando los ojos del obispo.

-Confiesa, hijo mio, confiesa y las penas desaparecerán.

El hombre por fin contesta, son sus últimas palabras en este mundo, las elige cuidadosamente.

-El demonio eres tu.

Golpeado por un puño invisible, el dominico se queda KO unos segundos, después, un río de cólera se desborda dentro de los cincuenta quilos de Fray, que torna el color de piel mortecino por uno mucho más rosado, de cerdo, aullando, grita como una hiena a los alguaciles, ordena liberar la garrucha, descoyuntar al hereje; de esta manera la cadena se suelta y deja caer el cuerpo unos metros, volviéndose a tensar antes de que éste toque el suelo, los huesos y las articulaciones chascan, se dislocan mientras un grito apagado, débil y sin fuerza surge desde la garganta del condenado, mientras se muere.

Y sin embargo, cuando los ojos del condenado se apagan, el dolor se va y en su cara aparece una sonrisa orgullosa por su alma perdida, dedicada al inquisidor, que sin hablar le devuelve el susurro al fraile, indicándole con palabras ausentes que vaya al infierno, pero por favor, que nunca elija el de los herejes.