jueves, 30 de abril de 2009

Limpiando las botas al tiempo




Ahí está, pequeño, anónimo, ignorante, en la esquina inferior izquierda de la imagen, nuestro desconocido amigo presta su silueta a la historia mientras le lustran los zapatos, con la pierna levantada, en una postura probablemente poco digna para un caballero, espera paciente a que el limpiabotas termine su trabajo y rebusca entre sus bolsillos un par de monedas sin saber que, en ése preciso instante, su imagen está siendo secuestrada, inmovilizada en plata por los siglos de los siglos.

La paciencia es el secreto, la madre de la ciencia y de la fotografía, en una calle bulliciosa la multitud no se detiene, los hombres no esperan quietos los diez minutos que el nuevo invento necesita para capturar la realidad, como fantasmas, se mueven veloces y pululan sobre el asfalto, atareados se ganan el pan con el sudor de sus frentes, montan sus carruajes y caminan deprisa por la vida, dejando un rastro frágil, perecedero, caduco, tan largo como el lapso de tiempo que separa el relámpago del trueno, personas convertidas en nubes borrosas, metáfora misma de la condición humana que la cámara, con su incapacidad de retratar objetos en movimiento, susurra sin querer al oído de todo aquel que la quiera escuchar.

Louis Daguerre, es el culpable, desde las azoteas retrata Paris y construye sus daguerrotipos, investigando, perfeccionando lentamente el artefacto del diablo que le hará rico y famoso, cuando ésa mañana de 1838 le da al primitivo “clic” no sabe que está haciendo el primer retrato fotográfico de un ser humano, comenzando un proceso que democratizará la imagen de la plebe, congelando rostros, rasgos, como una fuente de la eterna juventud bastarda y cabrona, que se ríe del mundo y recuerda las palabras del poeta.

Ya se sabe, aquello de que, “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

martes, 28 de abril de 2009

El Duque y la eterna juventud




Negro sobre blanco, los dedos del Duque se mueven rápidos, ágiles y precisos, como diez diminutos encantadores de serpientes que hipnotizan al respetable mientras percuten las ochenta y ocho teclas del piano, generan movimientos calculados, activan misteriosos mecanismos ocultos dentro del gran instrumento haciendo vibrar cuerdas y corazones.

El Duque Ellington no tiene rey pero si reina, solo rinde pleitesía a Ella Fitzgerald, juega con las notas recordando los viejos tiempos, aquellos años del Cotton Club, con sus mafiosos, sus leyes secas y sus metralletas Thomson escondidas en fundas de violines, haciendo del sonido una extensión de si mismo, correteando por el pentagrama a su antojo como solo los grandes saben hacer, se para, arranca, poseído por el Jazz levanta la mano izquierda como agitando una pequeña varita invisible, entorna las cejas sobre dos ojos francos y disfruta.

Para el Duque, la vida sin música es menos vida, un aburrido caminar, con sesenta y seis primaveras a sus espaldas hace un descanso, sobre un mísero trozo de papel que sin duda acabará perdiendo escribe unos borratajos y pega un trago largo, “el tornado” aclara su garganta, prende un cigarro y aspira hondo, dejando que el humo traicionero inunde unos viejos pulmones que olvidaron hace tiempo lo que es el aire limpio, tose, ríe y continúa, cuando por fin se da por satisfecho con la partitura, se siente casi como una madre recién parida, dolorido y emocionado con su retoño.

En estas está cuando alguien se le acerca, le comenta que su candidatura al Pulitzer, que también da premios a los músicos, se ha ido al carajo, por lo que sea, los miembros, miembras y membrillos de jurado han decidido otorgarle el galardón a otro.

Otra vez será, así es la vida, a Duke Ellington, la noticia en el fondo le jode, pero no se le nota, a la vejez viruelas, se descojona, despliega una inmensa sonrisa y responde.

-“El destino está siendo amable conmigo. No quiere que yo sea famoso demasiado joven.”

Je , je, ahí queda eso.

jueves, 23 de abril de 2009

Esos pequeños detalles




Bill Gallagher es fotógrafo, y va a tener que sacar brillo a sus codos para ganarse el pan hoy, para conseguir un buen ángulo de los políticos que, si nadie lo remedia, se pasarán las próximas dos horas dándole a la sinhueso, narcotizando los oídos de todo aquel que, temerario, ose prestar un mínimo de atención al asunto.

Si prisa pero sin pausa, el periodista mueve lentamente su cuerpo entre los clics de las cámaras de sus colegas, que zumban alegres como una nube de mosquitos ante una vaca repleta de sangre, que piden una sonrisita con la que adornar el encuadre mas aburrido de la historia de los encuadres, se desliza, empuja, pisa con garbo callos ajenos, embiste, pide disculpas y escucha algo relacionado con su madre, por fin encuentra su hueco frente a los gobernadores un segundo antes de que comiencen los discursos.

Respira, ha de trabajar rápido, Adlai Stevenson, el hombre que lucha contra Ike Eisenhower por la presidencia del país, da los últimos retoques a sus notas, cariñosamente llamado “cabeza de huevo” por sus adversarios republicanos lo tiene crudo, es inteligente, estirado y competente, un burócrata cojonudo que poco puede hacer frente al viejo héroe del día D, que con una de sus sonrisas encandila a mas votantes que cien discursos del pobre Adlai.

En esas está nuestro amigo Bill, cuando el político busca una posición más cómoda, sentado, cruza las piernas y a Bill Gallagher le toca la lotería, sin darse cuenta el despistado candidato a presidente muestra la suela de su zapato al respetable, desgastada y con un agujero grande como un cráter lunar en el que milagrosamente nadie ha reparado.

De rodillas, el fotógrafo reza por que nada estropee el momento, con la cámara casi a la altura del suelo y sin poder mirar por el visor, disimula y acciona el disparador, obteniendo la foto de su vida, aquella que servirá para que medio país se ría del demócrata y para que a Bill de den el Pulitzer.

Y es que no hay nada como estar atento a los pequeños detalles.

miércoles, 22 de abril de 2009

De tugurios y paraísos.




En la 54 oeste, bajo el quicio de la puerta que accede al paraíso prometido, Steve observa con agrado a sus fieles, hijos de un Dios menor que se apiñan por centenares frente a él, que suplican disfrazados una mirada suya, implorando al señor de la disco la apertura de las puertas de un cielo que, como no, se reserva el derecho de admisión.

La marea de brazos se abre ante él intentando engullirle, se agita acompasadamente, llora, aúlla, se exhibe y suplica buscando llamar su atención, mientras Steve, altivo, indiferente, sonríe, selecciona y humilla a su antojo, consciente de que si todo el mundo pudiera entrar en Studio 54, entonces nadie soñaría con estar dentro, no hay reglas, no hay garantías, tu si, tu no, los Dioses perecederos de las modas nunca serán longevos pero siempre serán caprichosos.

Frente a él de repente se presentan dos candidatas perfectas, jóvenes, bellas y semidesnudas, dan el espectáculo, montan un caballo blanco en cuyo alquiler han invertido buena parte de sus ahorros, cuando intentan entrar seguras de si mismas, Steve las da el alto.

-Ok, el caballo puede entrar, vosotras podéis esperarle fuera.

El camino del exceso pasa por Studio 54, el edén con fecha de caducidad, el hogar de la extravagancia, bajo sus columnas de rojo intermitente hasta la luna consume cocaína, alcohol, LSD; hipnotizada, la masa se pone hasta el culo y disfruta con ello, creyéndose más feliz, baila y fornica con las estrellas mientras olvida su triste condición de mortal.

En la oscuridad de los palcos, todo puede ocurrir, hombres y mujeres frotan entre si sus almas imperfectas, pecan, acoplan su cuerpos sin mas regla que la de el deseo y se vacían, unos contra otros, ocultándose de la luz que fiel a su cita, despunta con el día y se comienza a colar bajo las puertas.

Da igual, Steve sabe que en la 54 Oeste, la gente deja el tiempo en la calle, dentro, las horas se vuelven caprichosas, vuelan o se quedan varadas según sus propios deseos, dentro, aquellos pobres infelices a los que se les ha negado sus quince minutos de fama pueden cruzar su mirada con la de Bianca Jagger y sentir que el mundo es un poco menos cruel, que son un poco mas importantes.

Viven el día, maquillan su tristeza y gozan hedonistas, que ya habrá momento de pasar por caja, de sufrir las cornadas de la droga, de enfrentarse a ése pequeño cabrón asesino que salta de cama en cama y de colchón en colchón, de mirar con los ojos abiertos antes o después la triste realidad de un tugurio oscuro que algunos llamaron paraíso.

martes, 21 de abril de 2009

Cronicas desde Berlín




“Berlín, 21 Agosto 1934, Crónica de Eugenio Xamar para el diario Ahora.

Si los cuatro millones y pico de ciudadanos alemanes que votaron ayer contra Hitler hubieran sabido que iban a ser cuatro millones y pico, probablemente en lugar de ser cuatro millones y pico hubieran sido muchos más de cuatro millones y pico. Y si el organizador de la propaganda hubiese sospechado que la suma de sufragios negativos iba a ser tan elevada, es seguro que hubiera intensificado la propaganda aún más, y en este caso la suma de dichos sufragios hubiese sufrido, sin ningún género de duda, una disminución correspondiente.

Pero en fin el escrutinio ha sido secreto y sus resultados son conocidos. Ha votado casi el 96 por 100 del censo, proporción que casi equivale a la totalidad del mismo. Abstenerse hubiese sido delatarse, y nadie ha querido hacerlo. Han dicho que si, esto es, que les parece bien que Hitler sea Jefe de Estado y Canciller al mismo tiempo, una masa imponente de ciudadanos. Exactamente 38.362.760. Han dicho que no, una minoría respetable de alemanes. Exactamente 4.294.654. Muy elevado relativamente -872.296- ha sido esta vez el número de papeletas nulas, algunas de las cuales han sido utilizadas por sus depositarios, fieles a una vieja tradición electoral, para decirle cosas desagradables al candidato enemigo, en este caso Hitler, escudándose en al anónimo protector.”

(…)

“Cuatro millones de alemanes se han declarado en secreto contrarios a Hitler, a su persona y a su política. Pero 38 millones se han declarado a favor y de estos, dos tercios, quizás más, sin reservas mentales de ningún género. Este resultado, a los cincuenta días de la espantosa matanza del 30 de Junio, indica hasta que punto es inconmovible el prestigio de Hitler, el hombre del cual esperan milagros la mayoría del pueblo alemán.”

Eugenio Xamar. Crónicas desde Berlín (1930-1936). Editorial Acantilado.

domingo, 19 de abril de 2009

Caminando entre miserables




Dorothy camina entre miserables, avanza despacio entre la multitud vacía, entre proyectos de hombres que gritan, aúllan y amenazan a la adolescente orgullosos de su necedad, que exhiben su piel blanca como la mejor de sus cualidades, como una bandera resplandeciente con la que arropan sus corazones huecos, sus cerebros de chorlito, violentos, se mofan, ríen, aprenden que el miedo es un arma muy útil, la mejor garantía para salirse con la suya, para asegurarse la pureza monocolor de su maldita escuela.

Escupen, a falta de argumentos solo encuentran saliva, llenan de esputos el traje de los domingos de la muchacha, se escudan en la multitud, cobardes, bastardos, lanzan piedras y esconden las manos, disfrutan de la fiesta, del paseo mientras ella, como una esfinge en movimiento, da un paso tras otro sin inmutarse, ocultando su rabia, su indignación, aguantándose las ganas de llorar y el temblor de sus piernas, echándole ovarios al asunto, conteniendo las ganas de dar media vuelta y huir, de regalar ése gustazo a sus acosadores.

Camina, cada paso de Dorothy Counts retumba en el suelo como un terremoto, se extiende sobre la faz de la tierra superponiéndose a los berridos de la muchedumbre, llama a cada puerta de cada negro, chino, indio, chicano o blanco caucásico habitante del planeta tierra, les dice bien clarito que son iguales, que son libres, que tienen derecho a la misma educación, resquebraja los cimientos de la ignorancia, de la supina imbecilidad humana.

Dorothy, al final aguantará solo cuatro días en la escuela, la presión sobre ella se hará imposible de soportar, destrozarán su taquilla, lanzarán basura sobre su comida, intimidarán a sus amigos, repetirán el acoso cada día en cada paseo, aumentarán progresivamente el tono de las amenazas hasta que sus padres, temerosos de que algún desgraciado pueda llegar a dañarla físicamente la sacarán del instituto.

Ése día los que vejan, acosan, humillan, insultan y maltratan se sienten aliviados, orgullosos, felices, creen haber vencido, protegiendo su pureza maloliente, sus sepulcros blanqueados, se emborrachan y bailan en torno a cruces ardiendo, se olvidan de que a pesar de todo el mensaje está transmitido, retratado en cada foto de cada periódico del país.

La frágil mujer que camina digna, libre, igual, es un hecho, todas las burlas del mundo no pueden ocultar lo que es evidente.

sábado, 18 de abril de 2009

Rompiendo la noche oscura




Rompiendo la noche oscura, los dos ojos brillantes del matemático se arriman al pequeño oasis de luz que emana de la vieja lámpara de aceite, buscan cobijo bajo su alcance y guían la tinta de la pluma mientras mancha de números el papel amarillento.

El genio no ha salido de la lámpara, ni es capaz de conceder tres deseos, pero si puede hacer magia, a su manera, mira el universo que le rodea y lo captura, intentando comprenderlo, desmontándolo primero en sus elementos mas esenciales, para poder reconstruirlo luego a su antojo como un niño que juega con fichas de madera.

Ramanujan alimenta su alma con números, igualdades, ecuaciones, potencias y raíces que, como en un bosque, brotan y crecen en su cabeza, libres, bellas e independientes de las normas y estructuras levantadas por el hombre, se muestran juguetonas, desafiantes.

Como a una particular ballena blanca las persigue sin descanso, olvidando su condición de mortal, quisiera que su cuerpo enfermizo no necesitara alimento, ni vestimenta, ni techo, se aferra a sus días de vida consciente de su fragilidad, se pierde voluntariamente en su mundo paralelo con un cuaderno lleno de borratajos bajo el brazo y un curiosidad infinita, capaz de mover montañas, capaz de contar la historia oculta de los números a unos congéneres que nunca podrán entenderle del todo.

No importa, no puede hacer otra cosa, no sabe hacer otra cosa, no quiere hacer otra cosa, salido de la miseria, sin estudios ni titulaciones académicas que adornen su sabiduría, su ciencia es autodidacta, salvaje, escapa del hambre, crece como la vida, en las condiciones más duras y difíciles, adaptándose al medio, ignorada por la estupidez humana durante años, hasta que una carta pidiendo ayuda y un inglés avispado llaman la atención del mundo sobre ella, evitan que los cuadernos de Srinivasa acaben calentando un mísero fogón.

El número e, π, la función theta, las series hipergeométricas, hasta cuatro mil teoremas en treinta y dos años de existencia, ecuaciones que viven dentro de él, que esperan pacientemente el momento de salir, para iluminar el mundo a través de unos ojos brillantes que, sin poder evitarlo, rompen la noche oscura.

miércoles, 15 de abril de 2009

Yellow Kid y los negocios redondos



“Yellow Kid” Weil, sabe que el día que le parieron, a Dios le dio por repartir los talentos con una sonrisa cínica en la boca, sin comerlo ni beberlo, ni tan siquiera desearlo, Weil ha recibido un don, una gracia divina, un radar mágico, capaz de reconocer al kilómetro ése sentimiento tan asquerosamente humano que hace que algunos de nuestros congéneres sean capaces de vender a sus madres por un plato de lentejas.

Codicia, vive de ella, si hubiera un premio Nóbel para los timadores, llevaría su nombre, mientras sorbe su café con calma, habla despacio y bajito, deja que sus palabras hipnoticen al tipo que tiene delante y observa como la perspectiva de llenarse los bolsillos sin pegar palo al agua, nubla el juicio de su víctima, su visión de negocio, reduciendo al máximo sus dos dedos de frente.

Mr Loomis segrega saliva y ríe nervioso, casi puede sentir el suave tacto de los billetes verdes sobre sus dedos, llenando sus bolsillos hasta los topes, haciéndole si cabe aún mas rico.

-Mr Loomis, el negocio es seguro, ¿conoce la “Handicap race” que se corre en Hawthorne?

-Si.

-Nuestro caballo se llama Mobina, la carrera está amañada y el resto de animales corren lastrados, los jueces anularán la carrera si gana otro animal, lo único que falta es su inversión, con cinco mil sobornaremos al personal y apostaremos, están diez a uno, el beneficio puede ser de unos treinta mil pavos… Además, para que vea que actúo de buena fe, le dejo en garantía mi coche, se lo puede quedar si algo saliera mal.

Loomis forma una “o” perfecta con su boca, se lo piensa, pero no demasiado, los ceros vuelan alrededor de su cabeza aturdiéndole, mientras saca el parné, mientras se lo entrega a su nuevo amigo, mientras se pregunta como coño ha podido tener tanta suerte.

Weil sonríe, se despide con un apretón de manos muy profesional, sale por la puerta haciendo sus propios números, quinientos bastarán para sobornar al jockey de Mobina, pero para que pierda, no vaya a ser que a ése caballo sarnoso le de por correr y gane una carrera por primera vez en su puta vida, con otros dos mil se comprará otro coche, que no tardará en dejar en prenda al siguiente panoli, quedan dos mil quinientos más en beneficios, lo cual no está nada mal por una mañana de trabajo.

No ha mentido a Mr Loomis, el negocio era redondo.

A “Yellow Kid” Weil pronto las carreras de caballos se le quedarán pequeñas, llegará a montar una oficina de banco falsa en otro de sus timos, con putas haciendo de clientas respetables y carteristas haciendo de banqueros, cuando le arresten será capaz de timar al poli que le conduce a prisión antes de que se cierren las verjas, llegará a cumplir cien años y su vida servirá de base para la película “el golpe”

Famoso y retirado le preguntarán por su oficio y dirá de sus víctimas:

-Ellos querían algo por nada y yo les di nada por algo, es así de sencillo.

Escribirá sus memorias, en ellas reconocerá que un pequeño grupo de personas se resistieron a sus timos, salvándose a pesar de no ser especialmente listos o desconfiados, todos ellos tenían una característica que aterraba a Weil, pero que por suerte para su oficio nunca ha sido muy común.

La honradez.

domingo, 12 de abril de 2009

Carne, vísceras y huesos




Frente al altar mayor, a los pies de la tumba de Miguel Ángel, Henri nota como su cuerpo se bloquea, sin previo aviso, rebelándose ante el mundo, admitiendo su fracaso, su mísera condición humana construida a base de carne, vísceras y huesos, carcasa inútil, incapaz de contener una alma hambrienta, adicta, insaciable, que se alimenta de las cosas bellas de este mundo, que ha encontrado en la ciudad de Florencia su personal tierra prometida, una fuente inagotable de color, geometría y sensibilidad.

Varado sobre el mármol de la basílica, el viajero se siente súbitamente saturado, atrapado, inútil, incapaz de pensar con claridad, de coordinar los movimientos de sus extremidades para poder buscar la salida y encontrar bajo el cielo azul un poco de oxígeno con el que airear su cerebro petrificado.

Le cuesta pero lo consigue, con esfuerzo se libera de unas cadenas invisibles, sintiendo como si dejara un fragmento de vida tras de si, hace que sus piernas caminen, transportado su persona sobre un suelo ondulante, juguetón, que se mueve a cada paso entre las miradas curiosas de la gente.

Pálido, dominado por el vértigo, Henri se derrumba sobre un banco de la Plaza de la Santa Cruz, aferrando su libro de notas con fuerza, respirando agitadamente, sintiendo los latidos de su corazón disparados como por una ametralladora y una gotas de sudor frío resbalando sobre su frente, alegrándose a pesar de todo por haber encontrado un lugar de reposo, por haber evitado dar con sus huesos en el suelo.

Aturdido y asustado, mientras se recupera, el viajero se pregunta si el achaque no será preludio se algo más grave y repasa mentalmente la ingente cantidad de recuerdos que ha coleccionado hoy, el Duomo, el ponte Vecchio, el Santo Spirito, acaricia las tapas de cuero de su libreta rogando, pidiendo a Dios que este repentino bloqueo no le incapacite para dejar constancia en negro sobre blanco de lo vivido, único medio para proteger del olvido cada detalle, cada pintura, cada rasgo de cada rostro convertido en piedra, cada plaza y cada edificio.

Cuando por fin acude a un médico a pedir consejo, el galeno lo tiene claro, esto es Florencia y el mal no es más que “una sobredosis de belleza”.

Y es que la belleza es muy cabrona, puede dejarte sin resuello, Henri Beyle, más conocido por su pseudónimo “Stendhal” no lo sabe aún, pero acaba de dar nombre uno de los síndromes más curiosos que achacan al ser humano, el que nos demuestra que, quizás, después de todo, seamos algo más que carne, vísceras y huesos.

viernes, 10 de abril de 2009

Grafiteros en Persépolis




En manos del viento, el polvo del camino es el único que parece oponer resistencia al invasor en la vieja ciudad de piedra, azuzado por éste, se levanta, vuela y ataca al hombre solitario que, venido desde más allá del desierto, oculta su cara bajo un pañuelo de seda, mastica la arena y desafiante entra en la asolada Persépolis armado con un martillo y un cincel, dispuesto a dejar constancia de su insignificante existencia.

El extranjero camina entre columnas y gigantes, hombres toro que han visto las edades del ser humano desde su pétrea situación, personajes mitológicos que en el albor de las civilizaciones osaron inútilmente enfrentarse al mismísimo Alejandro, que sucumbieron ante el mito, que aún lloran por su condición de estatuas ante la ciudad destruida, ven pasar al visitante solitario, aúllan al viento intentado recuperar un respeto perdido hace demasiado.

Firme en su caminar a Henry Morton Stanley se la suda que dos mil años le contemplen, que las piedras que le rodean sean un impresionante recordatorio de lo que el tiempo hace con la grandeza de monarcas, que las ruinas entre las que se escabulle hayan sido erguidas y derrumbadas por hombres mejores que él, más sabios y más valientes, da igual, el periodista y aventurero anglosajón tiene alma de grafitero, se sienta frente a una de las grandes losas y con paciencia esculpe su nombre sobre la roca anciana.

“Stanley, New York Herald, 1870”

Hace falta ser capullo, tener un ego casi tan grande como su falta de escrúpulos, el aventurero aún no es famoso pero apunta maneras, aún no ha rescatado al Doctor Livingstone con su famosa frase, ni ha vendido sus servicios al rey Leopoldo, ayudándole a llevar el progreso con su apestoso olor a muerte a lo más profundo del corazón de África, aún no ha despellejado a ningún porteador ni masacrado a ninguna tribu, sólo necesita un poco de tiempo.

Cuando por fin termina su obra de arte, el periodista sonríe, orgulloso en su infinita estupidez continúa en su camino sabiendo que en la vieja capital de Persia, el lugar del que Alejandro Magno sacó un tesoro transportado por diez mil camellos, por fin hay algo digno de ser visitado.

jueves, 9 de abril de 2009

Los nudillos de Sullivan




El bueno de John Sullivan es grande y fuerte, pero lento, cuando Jake Kilrain baila en torno a él en los primeros compases del combate, los misiles teledirigidos que le llegan en forma de puños cerrados consiguen redecorar su careto sin apenas esfuerzo, en unos pocos segundos sus cejas maltratadas se empapan de sangre, se pintan de rojo sobre un fondo morado, su nariz chasca por enésima vez con un ruido asquerosamente familiar mientras el único colmillo que le queda sano en la boca, superviviente de mil batallas, comienza peligrosamente a bailar el twist al son de los gritos de la muchedumbre.

Mierda de trabajo, Sully necesita un trago, paladea su sangre con una lengua que a pesar de todo está seca, y busca resguardo en la esquina del ring intentando protegerse de la lluvia de hostias que puntuales llegan en racimos cada veinte segundos, escupe, se caga en los muertos de su contrincante, espera su momento.

Situado en el epicentro de un aullido colectivo, las voces llegan a su cerebro filtradas por un pitido, apagadas, lejanas, entre algodones, tanto mejor, cuando tres mil almas cándidas piden tu cabeza en bandeja de plata, lo mejor es hacer caso omiso, que no hay mayor desprecio que el menor aprecio, ellos gritan, insultan, le llaman borracho, maricón, nenaza, apuestan sus casas, sus herencias, el dinero de la universidad de sus hijos, a sus mujeres, despellejan felices sus gargantas mientras Sullivan y Kilrain hacen lo propio con sus nudillos.

La magia del boxeo, el final de una era, el último de los combates sin guantes, ni protecciones, ni descansos y el primero en el que los chicos de la prensa han encontrado un filón para vender diarios, calentando el ambiente, creando expectación.

Sullivan recibe un gancho que le hace vomitar, mientras la bilis del gigante asciende por su esófago, el respetable se desilusiona por el temprano desenlace y Kilrain se confía, ignorando que hasta el rabo todo es toro; es la suya, con restos de pota en la comisura de sus labios, el Ecce Homo responde con un movimiento medido, que comienza en los pies y se transmite a través del cuerpo transportando energía cinética hasta el extremo del puño, que impacta en la cara de Jake robándole el aliento, introduciendo nuevas líneas de expresión en su rostro.

Es el momento, Sully saca una segunda vela, se recompone y hace crujir la cara de Kilrain, enmudece a un público un segundo antes de hacerle entrar de nuevo en éxtasis, tumba a su oponente, gana la partida.

Con los ojos inflamados levanta sus manos desnudas al cielo, es campeón del mundo, a tomar por culo, acaba de entrar en la historia.

viernes, 3 de abril de 2009

Estadistas




Años ochenta, en algún lugar de un pentágono.

-Coronel Brannigan, me temo que tenemos malas noticias de nuestro hombre en Kabul, los rusos parecen dispuestos a poner toda la carne en el asador en Afganistán.

-¿Cómo?

-Han mandado a sus Spetsnaz, y helicópteros, muchos helicópteros.

-Eso es grave, explíqueme inmediatamente quien es ése individuo llamado Spetsnaz, y por que no trabaja para nosotros.

-Ehh… Señor, me temo que no es una persona, es así como llaman a sus fuerzas especiales.

-Esos estúpidos comunistas y sus nombres repletos de consonantes, si me dejaran cinco minutos al mando, ya veras que rápido aprendían a hablar cristiano.

-Sin duda, pero, Señor, algo habrá que hacer…

-¿Hacer, con quien?

-Con los rusos, y Afganistán, el comunismo se extiende.

-Ah, si, el comunismo, esa panda de borachuzos incapaces de respetar la propiedad privada…discúlpeme, desde que me pusieron la placa de titanio en el cerebro, los días de tormenta me encuentro espeso… que los bombardeen.

-Disculpe pero no podemos hacer eso, somos en teoría neutrales en ésa guerra.

-Mierda, neutrales, maldita palabra, si me dejaran cinco minutos al mando, los pacifistas y maricas de esta gran nación acabarían desfilando en orden derechos a la cárcel.

-Si, ya, pero con lo de Afganistán hay que tomar una decisión.

-¿No tenemos aliados allí?

-Si señor, las milicias locales, los talibanes, están luchando duro contra los rojos, nuestros analistas dicen que puede acabar derrotándoles, una especie de Vietnam para ellos, pero necesitan ayuda.

-Capitán, dígales a esos mierdas de analistas que lo de Vietnam no fue un derrota, simplemente esta gran nación perdió el interés en las tierras de esos amarillos hijos de puta.

-Si señor, lo haré.

-Respecto a ésos talibanes, ¿son de fiar?

-Señor me temo que tapan a sus mujeres con burkas y lapidan a los homosexuales.

-¿Estupendo, aman la libertad?

-Ehh… supongo, que la suya propia si.

-Esta hecho, por fin unos aliados con criterio, que los armen hasta los dientes, con misiles, muchos misiles, mi primo tiene una fábrica, que les manden doscientos… no, mejor dos mil.

-Si señor, permítame decirle que es usted un gran estadista.

-Por algo fui en número uno de mi promoción de West Point, capitán, puede retirarse.

-A sus órdenes.

jueves, 2 de abril de 2009

El bulevar de los hombres sin alma




En silencio, petrificado ante un mundo que desprecia, el hombre sin alma respira hondo, rítmicamente, como controlado por un diapasón imaginario, sólo su pecho y sus pupilas se mueven, sólo ellos indican que hay vida en ésta estatua de sal, en éste saco de huesos, carne y odio, que recorta con su mirada la lejana silueta de una mujer a la que, diligentemente, se dispone a matar.

Pegado a la mira telescópica de su rifle, ésta se convierte en un cordón umbilical inverso, que conecta a asesino y víctima y que transmite en vez de alimento, muerte, que permite a Darko y sus compañeros de caza, sembrar de terror el bulevar Mese Selimovica, la avenida de los francotiradores, los dominios de unos Dioses crueles, indiscriminados, para los que un buen día es aquel que termina con media docena de personas desangradas sobre el asfalto, a la vista de las cámaras de la CNN, dando la vuelta al planeta en un minuto, extendiendo el horror a la hora de la comida desde el telediario de las tres, haciendo que los políticos practiquen malabarismos con tal de mirar a otro lado.
Con tal de que no les salpique la sangre.

La bala que te mata es la que no oyes, Darko lo sabe bien, ya ha perdido la cuenta, el número de miradas que, sorprendidas, repasan el cielo mientras su existencia se evapora, elige con precisión el camino, dibuja en su cabeza con cuidado, la trayectoria parabólica que el proyectil seguirá hasta destrozar la cara interna del muslo de la mujer, rompiendo su femoral, pintando de rojo el bulevar, si lo hace bien sus gritos atraerán a algún valiente, algún hermano, marido o vecino dispuesto a jugarse a pecho descubierto el todo por el todo.

Para ellos también tiene balas.

Cuando por fin su miserable cerebro da la orden de apretar el gatillo, el dedo índice de Darko genera con una caricia una cascada funesta, una explosión controlada que se apodera del rifle, lo golpea contra su hombro y proyecta con un trueno una pieza metálica caliente, que devora el aire, que se come el mundo a ochocientos metros por segundo hasta atravesar un frágil cuerpo que como un castillo de naipes desmoronado, golpea el asfalto.

La adrenalina del hombre sin alma se desborda, el pútrido corazón de Darko comienza a bombear sangre a mansalva, a hinchar las arterias que alimentan el lugar donde debiera habitar su conciencia, es inútil, los hombres sin alma no son más que una infame jugarreta de la madre naturaleza, un saco de células y mierda en descomposición mantenidos en pie de forma artificial, una panda de peleles que se mueve al ritmo que otros le marcan sin saber que en el fondo, desde el primero de sus días, nacieron muertos.

Darko sonríe, se relame, hace una muesca en su culata y se siente un héroe, uno de tantos a los que la gran madre patria, en lo más profundo de su ser, preferiría no haber parido.