miércoles, 25 de febrero de 2009

Leonardo y las moscas cojoneras




Desde el andamio, los ojos del genio escrutan su obra agazapados tras un mar de pelo revuelto, en silencio, el hombre de la larga melena y la tupida barba observa con precisión como los trazos dibujados sobre el yeso van cargándose de color y de vida, como va creciendo el temple y el óleo sobre la pared antes desierta, tomando forma hombres, miradas y expresiones, retratando el momento exacto de la bíblica traición.

Casi petrificado, solo su lenta respiración indica que esta vivo, sólo el rápido movimiento de sus ojos da pistas sobre el complejo entramado de ideas que bulle en su cabeza, Leonardo pinta lentamente, es capaz de pasarse tres días seguidos en trance, analizando cada brochazo dado sobre “La última cena”, con la paciencia de un matemático pero sin mover un dedo, exasperando al prior del convento Dominico de Santa María de las Gracias, que tras tres años sin refectorio, esta más que harto de la lentitud del genio e incluso ha pedido cuentas al Duque.

El prior espía a Da Vinci, se le acerca por la espalda murmurando entre dientes y maldiciendo sordamente el día en que dejó entrar al tipo de la barba cana, pulula tras él como una mosca cojonera pidiendo explicaciones, metiendo prisa y amenazando con represalias.

Por fin, sin inmutarse y al sentir la presencia del monje en la misma estancia, el maestro rompe su silencio emitiendo una pregunta sin respuesta.

-¿Sabe por que no puedo acabar el cuadro?

Un “no” apagado suena desde la esquina.

-Soy incapaz de encontrar una cara que concentre la vileza de Judas, el hombre que aún habiendo recibido todo de nuestro Señor Jesucristo fue capaz de traicionarle.

-Pero algún rostro habrá de poner.

-Efectivamente y si me sigue metiendo prisa, no tendré más remedio que poner el suyo.

El Dominico calla de repente, la sola idea de donar su rostro al traidor de traidores, le cambia la tonalidad de la piel, le genera un retortijón en las tripas y le hace apretar disimuladamente el ojal del culo, con la voz robada sin duda por algún ángel, traga saliva y ensaya un paso de baile camino de la puerta, se despide a la francesa.

El silencio vuelve al refectorio, la comisura izquierda de los labios de Leonardo se levanta, asunto solucionado.

martes, 24 de febrero de 2009

El saqueo de Amberes




Cuando los tercios amotinados ven Amberes recortándose en el horizonte, a muchos de sus componentes se les hace la boca agua, una perita en dulce, un regalito envuelto en lazo rosa para los ojos de unos tipos que ya no se acuerdan de la última vez que sintieron el peso del oro en sus bolsillos, sucios, empobrecidos y maltratados, mascan el polvo de un camino recorrido a marchas forzadas, limpian sus aceros y ceban sus arcabuces, muy cristianos se santiguan y piden perdón por los pecados que aún no han cometido, pero que sin duda esperan tras las puertas de la ciudad rebelde.

Ordenados, metódicos, profesionales, el tercio se comporta con más disciplina cuando esta amotinado que cuando sirve a su rey, que por hoy y sin que sirva de precedente, no hay más monarca que uno mismo ni mas bandera que la del buche y los bolsillos llenos, que la caterva de sanguijuelas que engordan chupando de la gran teta del país están hoy demasiado lejos, y aunque estuvieran a la vuelta de la esquina bien se podrían ir todos al carajo.

Hoy luchan por si mismos, hoy matan por el compañero sitiado.

Para cuando los hombres del tercio ponen el primer pie en la ciudad, la urbe está ya condenada, una vez que se derrama la primera gota de sangre, nada puede evitar que detrás se vierta un río rojo, como una maldición bíblica, los amotinados liberan a los compañeros cercados por los valones y alemanes, que les superan en número pero no en oficio, y comienzan un saqueo que durará tres días.

Y el infierno es lo que sucede, el reflejo rojo de las llamas devorando la ciudad, el odio y la rabia contenidos y alimentados durante años de sangría, liberados de forma ordenada y metódica contra un enemigo equivocado, sin piedad, sin cuartel, degollando lo mismo a una familia burguesa que a un soldado belga, con el saco al hombro, coleccionando orejas y dedos, que es más rápido cortar miembros que entretenerse en sacar anillos y pendientes, haciendo buen uso del derecho de despojo, que le otorga al verdugo la propiedad de lo que el recién difunto lleve encima.

Extendiendo una manta de cadáveres, tan tupida como la leyenda negra que en ése momento se teje en torno a unos soldados que dejarán tras ellos solo cenizas y olor a muerte, a sangre y carne quemada, aterrando a la vieja Europa y enquistando el odio al rey español, al segundo de los Felipes, ése tipo aficionado a la guerra y a las bancarrotas con el que los pobladores de Flandes no pueden compartir nada mas que el odio mutuo.

Pero eso a los hombres del tercio amotinado les importa bien poco, saldrán de Amberes salpicados de sangre, hipnotizados por el brillo del oro y con el alma un poco mas negra, saciados de muerte jurarán de nuevo fidelidad al imperio, y seguirán dedicados en cuerpo y alma a su oficio, el de matar y morir, a veces por su rey, a veces por si mismos.

sábado, 21 de febrero de 2009

El cabo del fin del mundo




Con el mar convertido en un infierno los hombres de la “San Lesmes” se enfrentan al fin del mundo desde su pequeño cascarón, entre montañas de agua helada, calados hasta los huesos y sin embargo con la boca seca, rezan sin aspavientos, con un murmullo apagado, invocando al santoral entero mientras un Dios desquiciado, despiadado e infantil les escupe desde el norte hasta latitudes por las que ningún ser humano ha tenido, hasta ése momento, la osadía de navegar.

La carabela de ochenta toneladas se queja en un lenguaje compuesto a base de crujidos, se escurre entre témpanos de hielo del tamaño de catedrales, guardianes petrificados que sonríen maliciosamente al verles pasar, que parecen esperar un momento de descuido para resucitar y exigir su peaje de almas.

Milagrosamente no lo hacen, quizás por ser los primeros se ganan su respeto, lentamente, la nao avanza guiada por un capitán sombrío, que maldice su condición desde el castillo de popa, que grita a sus hombres intentando hacerse oír en la tempestad, su voz se pierde apagada por los vientos que con el tiempo serán llamados “los cincuenta furiosos”, desesperado, intenta encontrar el paso de Magallanes sin éxito, impotente ve como su embarcación es arrastrada más y más al sur, separada del conjunto de naves compañeras comandadas por García Jofre de Loaísa, temiendo por un momento que la tierra no sea redonda, que de repente el mar se abra bajo sus pies y les engulla en una cascada eterna camino de la nada.

En mitad del caos, frente a él, recortándose en el horizonte surge sin previo aviso una figura oscura, se distingue con dificultad sobre mar negro salpicado de blanco que les rodea, un lugar inerte, helado y arrasado por la continua tempestad, incapaz de albergar vida, el último fragmento del continente, la punta desolada de América, el Cabo donde se juntan dos océanos, pasado el cual los vientos ya no encuentran tierra que azotar.

El Cabo de Hornos, Francisco de Hoces es el primero en doblegarlo, en superar la pesadilla hecha realidad de cualquier marino, sin saberlo encuentra una nueva vía de paso hacia el Pacífico y da su nombre a las aguas que atraviesa, por lo menos hasta que muchos años después un pirata ingles haga honor a su oficio, cambiando el nombre de “Mar de Hoces” por el de “Estrecho de Drake”.

Pero eso será siglos después, tras escapar vivas del Cabo de Hornos a las cuarenta almas de la “San Lesmes” mucho les queda por delante (aunque eso es harina de otro costal) y lo último que les importa es pasar a la historia, que después de todo, como algunos dicen, la posteridad no es mas que un fragmento de bronce con forma de hombre, oxidado al sol y maltratado por las cagadas de las palomas.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Cosas de niños, cosas de payasos




Cuentan que cuando el payaso pisó la pista del circo con sus enormes zapatos, el silencio nervioso del respetable se hizo añicos desde una de las primeras filas de asientos, el lugar desde el que, alto y claro, llorando a borbotones como una fuente diminuta, un niño se aferraba a su padre aterrado por la presencia de aquel tipo extraño de cara blanca, nariz roja y sonrisa imposible.

Los sollozos recorrieron la carpa de un extremo a otro, sinceros, desazonados, desde las jaulas de las fieras hasta el cañón del hombre bala, inundándolo todo, capturando la atención de la multitud, dificultando la labor del hombre que disfrazado en mitad de un circulo de arena, con una silla y un acordeón esperaba un momento de silencio para poder continuar con la función.

Con cientos de ojos clavados sobre su espalda, dicen que el tipo del pelo bufado y naranja se acercó con mirada lánguida hasta el pequeño, le acarició la barbilla y le premió con la mejor de sus sonrisas.

Craso error.

En vez de calmarse, los lloros del cachorro humano se convirtieron en gritos y los gritos en aullidos, completamente aterrado, como una sirena antiaérea, amenazando con no parar hasta que aquel individuo sacado de la peor de sus pesadillas desapareciera de su vista.

Todo un reto para el tipo del traje rojo, que no era cualquier payaso, sin pensárselo dos veces Charlie Rivel se sentó frente al pequeño y comenzó a llorar sin consuelo en un duelo de sollozos, a cada lágrima del niño le siguió un puchero del adulto, así hasta que superado por su curiosidad infantil, el crío cesó en su pena y solidario como solo un niño puede ser, sacó su chupete y se lo plantó al clown en la boca.

Rivel aceptó el ofrecimiento entre aplausos, con el regalo de su nuevo amigo como el mejor de los premios, se dio media vuelta y continuó con el espectáculo.

Cosas de niños, cosas de payasos.

domingo, 15 de febrero de 2009

La mujer de la voz rota





Janis podría haber seguido pidiendo a Dios un Mercedes, pero al final, harta de esperar y en vista de que el Señor no esta para gilipolleces, se ha comprado un Porsche tuneado, un lienzo con ruedas rendido a la psicodelia sobre cuya chapa descansan flores y mariposas, trazos de vivos colores sacados directamente de un cerebro empapado en LSD que cuando arrancan quemando rueda se convierten en una especie de rayo multicolor, una carcasa ingrávida que por un segundo parece no estar sometida a las leyes de la física.

Con la capota bajada y a ciento cincuenta kilómetros por hora, Janis vive como conduce, el aire convertido en vendaval golpea su cara convenciéndola de que aún sigue viva, levantando y ondeando su larga melena como una bandera, como una medusa moderna que, pérdida la capacidad de petrificar con la mirada, decide hacerlo con la voz, un chorro de sonido roto que cuando te pilla desprevenido te cruje, te deja partido en dos con la boca abierta de par en par y con la baba cayendo lentamente por la comisura de los labios.

Chof, chof.

Sus ojos nerviosos se mueven rápido tras las pequeñas gafas redondas que tiñen el mundo cruel de color de rosa, sus pupilas dilatadas y enrojecidas buscan la salida de la autovía hacia el Landmark Motor Hotel, su hogar en ésa especie de urbe chamuscada por el sol que, misterios de la vida, llamaron Los Ángeles.

El bólido frena con un chirrido, aullando un segundo antes de dejar de rugir, sin pausa, el mito baja rápido al asfalto que se mueve a cámara lenta bajo sus zapatos, camina, sus pasos descoordinados a pesar de todo consiguen transportarla hasta la entrada, hogar dulce hogar, saluda al recepcionista, sonríe, compra un paquete de tabaco y mientras las monedas resbalan por la rendija de la máquina expendedora, un sudor frío comienza a recorrer su piel agujereada.

En su interior algo se rompe en fragmentos pequeños, un ruido de cadenas y grilletes suena en su alma mientras la bestia se despierta con hambre, el mundo se puede ir a la mierda, solo hay una única necesidad, un único objetivo, un único universo gobernado por un tirano imposible de contentar.

La mujer de la voz resquebrajada ríe como una ardilla, se introduce en su habitación acompañada por el dios Morfeo, dispuesta a hacer lo necesario con tal de encontrar artificialmente los segundos de paz que el destino la niega, sentada sobre su cama abre sus carnes y deja pasar la puta heroína que sin piedad, la mata.

Se despide del mundo sin saberlo, con un corte de mangas y sin tiempo para un mísero adiós, viviendo rápido, muriendo joven y dejando un bonito cadáver.

viernes, 13 de febrero de 2009

Las benévolas




“Los métodos habían cambiado, los habían racionalizado y sistematizado a tenor de las nuevas exigencias. No obstante, aquellos cambios no siempre facilitaban el trabajo a los hombres. En adelante los condenados tendrían que desnudarse antes de la ejecución, pues la ropa se volvía a usar para el Socorro de Invierno y para los repatriados. En Jitomir, Blobel nos había explicado el nuevo sistema del Sardinenpackung, que había desarrollado Jeckeln, el procedimiento en sardina del que Callsen ya estaba al tanto. Debido al considerable aumento de el volumen de ejecutados en Galitzia ya desde el mes de julio, a Jeckeln le pareció que las fosas se llenaban demasiado deprisa; los cuerpos caían de cualquier forma, se enredaban, se desperdiciaba mucho sitio y en consecuencia se perdía mucho tiempo cavando; con ese sistema los condenados, desnudos se tumbaban boca abajo en el fondo de la fosa y unos cuantos tiradores les disparaban en la nuca a quemarropa”…”Después de la ejecución de cada hilera, un oficial tenía que pasar revista y asegurarse de que todos los condenados estaban muertos; los cubrían luego con una capa delgada de tierra y el grupo siguiente acudía a tenderse encima de ellos, con la cabeza hacia los pies de los otros, cuando ya habían apilado cinco o seis capas, tapaban la fosa”…”Asistí con el a varias ejecuciones. Ahora podía diferenciar tres formas de ser entre mis colegas. Estaban en primer lugar, los que aunque intentaran disimularlo mataban con voluptuosidad; ya he hablado de ellos, eran criminales que salían a flote con la guerra. Estaban en segundo lugar los asqueados, que mataban por deber, sobreponiéndose a la repugnancia por amor al orden; y por fin, estaban quienes consideraban a los judíos como animales y los mataban igual que un carnicero degüella a una vaca, una tarea grata o ardua según el humor o la disposición.”

El escritor Jonathan Littell nos cuenta en “Las benévolas”, las andanzas del oficial y asesino SS Max Aue en los Einsatzgruppen que asolaron el este de Europa al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, un libro brutal y descorazonador que abre los ojos con respecto a lo mas oscuro de la condición humana.

jueves, 12 de febrero de 2009

Amaneceres extraños




A cien kilómetros de altura sobre la luna casi parece que, Frank, James y William puedan tocarla con solo extender sus manos, alargando los dedos hasta la superficie maltratada, repasando con las yemas cada uno de sus cráteres, valles y montañas, dibujando sus nombres sobre la arenas olvidadas del mar de la tranquilidad.

No pueden, mientras surcan el cielo a la velocidad del rayo, la especie de lavadora gigante que les transporta brilla en la noche como una estrella fugaz, metálica y frágil, baila con el satélite atraída por una fuerza misteriosa, en un constante equilibrio precario que permite a los viajeros conocer por primera vez la cara oculta, ésa fracción de tierra vedada a las miradas indiscretas de los mortales que por fin se muestra, celosa de sus secretos, como maldiciendo el día en el que los hombres aprendieron a volar.

Son los primeros, no serán los últimos, pero pocos tendrán el privilegio de observar con sus retinas, en vivo y en directo, semejante espectáculo, apretados y fascinados, jugándose el pellejo en el viaje más largo emprendido por un ser humano, allanando el camino para aquellos que, si cabe más afortunados aún, podrán alunizar y reclamar para el hombre y para el imperio, otro pequeño fragmento mas del universo.

Los tres astronautas del Apollo 8 trabajan metódicamente, aprovechan cada uno de los valiosos segundos de cada una de las diez orbitas programadas, dirigen como autómatas las lentes de sus cámaras hacia la superficie que desfila bajo ellos, fotografiando cada detalle y olvidándose del camino recorrido, haciendo camino al andar sin mirar atrás.

De repente, en mitad de una conversación sobre el posible origen volcánico de algún cráter perdido, uno de los hombres eleva su mirada a través de la pequeña ventana con forma de ojo de buey que les separa del vacío y aturdido forma un círculo perfecto con su boca.

-Dios mío, mira que foto tienes allí, la tierra acercándose, es hermoso.

Clic.

Allí está, como en un amanecer extraño, nuestra pequeña roca azul luciendo su belleza en mitad de un universo vacío, fundiendo su silueta llena de vida con el inerte horizonte lunar, recordando al estúpido mono evolucionado que la puebla lo jodidamente pequeño, frágil y delicado que es su mundo errante.

Una foto que vale un viaje, un viaje que; como todos, ayuda a abrir los ojos, el corazón y la mente, que nos hace un poco menos ignorantes, que nos da un nuevo punto de vista sobre el lugar en el que para bien o para mal y vaya usted a saber por que, el ser humano vive y muere sin hacer otra cosa que no sea mirarse al ombligo.

martes, 10 de febrero de 2009

Sigmund y la dama blanca




En el laboratorio, frente a la vieja encimera de granito que sostiene una jungla de cristal, el hombre de ciencia sopesa las últimas consecuencias de su acción, con cara pétrea y gesto preocupado pega una última calada a su puro, dejando después la colilla quemarse sobre el cenicero, bebe un trago de agua, cierra los ojos y respira hondo, se desabrocha la bata blanca, la chaqueta y la camisa, a pecho descubierto se coloca el frío fonendoscopio sobre si mismo y mide con paciencia sus propias constantes vitales antes del experimento, la respiración y ritmo cardiaco son casi normales, solo ligeramente afectados por el inevitable nerviosismo del investigador hoy transmutado en cobaya.

Mientras arrastra la pluma por el cuaderno el silencio es total, casi puede oír sus propios latidos, casi puede sentir la sangre correteando por sus arterias, la tibia luz de la incipiente primavera Austriaca se cuela ente los cristales sucios de la ventana, esquiva una atmósfera densa, teñida de gris por el humo del habano y al final ilumina el rostro emocionado de un joven cuya ansia de conocimiento es superior al respeto por su propia vida.

Enérgicamente como quien bebe un trago de Schnapps, Sigmund ingiere la solución cristalina, ligeramente viscosa que descansa en el vaso de precipitados, el equivalente a quinientos miligramos de un polvo blanco purificado a partir de una planta del género Erythroxylum que algunos han bautizado con el nombre de cocaína.

El efecto no es inmediato, pero si claramente perceptible, pronto, el cansancio causado por las noches con poco sueño y los días con mucho trabajo desaparece progresivamente como por arte de magia, sacudido del cuerpo del investigador por una docena de manotazos invisibles, que activan y estimulan sus neuronas, que aparentemente abren su mente y pisan el acelerador de sus entrañas, se siente mejor, capaz de comerse el mundo, eufórico ante una droga que sin duda supondrá el final de muchos males.

No tardará en aumentar la dosis, buscando los límites tóxicos de la panacea, anotando meticulosamente chutes y efectos, sobre si mismo y sobre otras personas, alabando sus bondades en artículos científicos y prescribiendo su uso como tratamiento para la caquexia, la depresión, la impotencia o incluso como fármaco substituto de la morfina en los adictos a la droga del dios de los sueños.

Los genios también la cagan, en aquellos días de abril Freud aún no podía imaginar el uso lúdico de la droga, el terrible infierno disfrazado de mil y un placeres que esconde el jodido polvillo blanquecino, la sonrisa helada de la dama blanca, que promete felicidad inmediata a cambio de quedarse con todo, a cambio de una vida de esclavitud y soledad.

La dama blanca engañó al genio, no es pues extraño que tantos otros cayeran detrás de él.

PD: En la foto, una receta de coca prescrita por Freud

viernes, 6 de febrero de 2009

Cicerón y las monedas de tres euros




A oscuras frente a la caja fuerte del embajador británico en Ankara, a Elyeza Bazna (alias Cicerón) se le hace la boca agua, con suavidad, acaricia la fría y pesada puerta metálica que le separa del parné, de la pasta, de las docenas de carpetas que aguardan cargadas de secretos la mirada indiscreta de unos ojos codiciosos, mientras oye los ronquidos de su jefe, el ayudante de cámara reconvertido a espía nazi se siente tranquilo, gira lentamente la ruleta escuchando cada pequeño clic, insertando la serie de números mágicos que son capaces de hacerle inmensamente rico.

Metódico y británico hasta la médula, Sir Hugh Knatchbull-Hugessen descansa como un bebé, resopla cual ballena azul, totalmente seguro de que a él no se la van a colar, que su gente es de plena confianza, que las medidas de seguridad personalmente desarrolladas por todo un Sir, hacen de su despacho un fortín inexpugnable.

Craso error, los traidores siempre tienen pinta de ser buenas personas, cuando la puerta de los secretos se abre, no hace ruido, cuando la pequeña cámara de fotos hace su trabajo lo único que se oye es el acelerado ritmo cardiaco de Elyeza, ahí están, desde las actas de la reunión de Casablanca entre Churchill, Roosevelt y Chiang Kai-Chek , hasta los planes incipientes de la operación Overlord, con sus vistosos sellos en rojo pasión con el lema “For your eyes only”, iniciando su camino en forma de microfilm hacia los ojos de el mismísimo Führer.

Veinte mil libras por rollo, ése es el precio, que la cosa esta muy malita y nadie sabe como va a terminar la guerra, a Elyeza le importa un pito las cuestiones ideológicas, la pureza racial, la construcción del imperio y toda esa bazofia, a él lo mismo le da Hitler que Stalin, rojo que azul, blanco que negro, el único color que le gusta es el de la libra esterlina acariciando su bolsillo, resbalando por sus dedos.

Si los nazis son una panda de cabrones, mala suerte, si se dedican a exterminar a pueblos enteros, que se le va a hacer, la pela es la pela y resulta que el mayordomo no tiene alma de currante, a él lo que le va es el champán, la buena comida y la compañía de bellas hembras de piernas largas y conciencias estrechas.

Lo que no sabe aún el espía, es que quien con niños se acuesta, meado se levanta, cuando al final de todo es descubierto por una agente británica en la embajada alemana no le quedará otra que poner los pies en polvorosa camino de Hispanoamérica, con las trescientas mil libras recaudadas con esmero bajo el brazo y la sana intención de no volver a pegar palo al agua en su vida.

Elyeza conseguirá llegar a su destino y salvar el pescuezo, pero con horror descubrirá que la guita con la que le han pagado es más falsa que una moneda de tres euros, cuando intente moverla por los banco de la zona acabará en prisión por falsificador, el cazador cazado, es lo que tiene hacer tratos con hijos de perra, que a la primera oportunidad te muerden en la entrepierna.

miércoles, 4 de febrero de 2009

El gran Museo




Cansado, aterido de frío y con una fina capa blanca sobre la cabeza, el viajero camina sobre una gruesa capa de nieve compactada que con el tiempo ha ido adquiriendo un tono azulado peligrosamente resbaladizo, un espejo que lo cubre todo sobre el que los hombres caminan como patos, que suena a cada paso con un quejido constante, sordo, resquebrajado.

El gran museo espera tras la verja, sobre los jardines de la entrada, el manto inmaculado lo cubre casi todo, respetando solo una pequeña hilera construida por los valientes que a pesar de todo han llegado hasta ése punto, desafiado a los elementos, con sus narices rojas y sus dedos azulados suben las escaleras de la entrada con la ilusión de un arqueólogo ante un viejo hueso de dinosaurio.

Desde el patio interior la vista es hermosa, magnífica, el techo acristalado y protector ofrece una imagen poco usual, con la nieve acumulada dibujando juguetona figuras imposibles, la luz que ya de por si es escasa en estos lares, tiene hoy un poco menos de fuerza, y le da un toque casi misterioso al asunto, dejando en penumbra los innumerables tesoros que se custodian entre ésas cuatro paredes.

De un par de manotazos, el viajero se recompone, se sorprende de que la entrada al recinto sea gratuita y como un chucho recién mojado se quieta los restos de la fina caricia helada que descansa sobre sus hombros, se pregunta que jodida casualidad hace que el día seleccionado para ver el British Museum sea el mismo en el que cae la mayor nevada en veinte años sobre Londres.

La ley de Murphy, ajo y agua.

Las sospechas se confirman, debido a las inclemencias del clima, el museo cerrará antes de tiempo, lo que apenas deja una hora para enfrentarse al millón de reliquias que con la meticulosidad propia de los hijos de la pérfida Albión, han sido durante años saqueadas, catalogadas, y expuestas en este inmenso lugar.

Esta claro, hay que seleccionar, apretando el paso, el extranjero atraviesa el patio circular, gira a la izquierda y entre una nube de japoneses que se fotografían unos a otros en un bucle infinito descubre la piedra Rosetta, el busto de inmenso de Ramsés II o los enormes relieves asirios.

Los frisos del Partenón y las momias tendrán que esperar, las salas que los guardan están cerradas por falta de personal, mala suerte, la visita continúa entre un Moái de la Isla de Pascua, un tótem Norteamericano o las máscaras funerarias precolombinas, sobredosis de tiempos pasados en sesenta intensos minutos.

Por fin, en un banco situado frente un buda de sabe dios que dinastía china, el viajero encuentra reposo para sus pies cansados, en silencio cierra los ojos y reflexiona sobre la vida y la muerte que hay de tras de cada humilde fragmento de historia allí expuesto, muchos de ellos ilegalmente extraídos de sus lugares de origen, pero perfectamente ordenados, catalogados y a salvo del mundo cruel que los vio nacer, al alcance de aquel que quiera aprender un poco de ellos de forma totalmente gratuita.

Por un segundo, el viajero casi disculpa y hasta envidia la enorme fascinación por la historia que domina las mentes de los británicos, casi perdona los siglos de corso que han construido ése lugar, sólo por un segundo, porque cuando se pone en la piel de un griego, o de un egipcio, y se imagina, por ejemplo, a las meninas colgadas en uno de los laterales, junto a los frisos o los sarcófagos, el resultado es un pensamiento inevitable.

Panda de piratas, tremendamente cultos y educados, pero piratas.