domingo, 28 de diciembre de 2008

El fantasma de D. B. Cooper




El Boeing de la American Northwest cruza el cielo helado dejando tras de si una fina línea inmaculada, imperceptible para las almas que viajan en su interior, atraviesa la manta de nubes bajas aparentemente sin esfuerzo, como un cuchillo que corta mantequilla, como un proyectil plateado que ajeno a la ley de la gravedad decide investigar si es verdad que luce el sol por encima de la tormenta.

Cuando la lucecita del asiento 18C se ilumina, emite un sonido casi infantiloide, la azafata Florence Schaffner acude solícita entre miradas furtivas que estudian su trasero, un hombre de poco mas de cuarenta años la espera con una sonrisa educada, viste elegantemente, con una madreperla embutida en el ojal de la chaqueta de su traje negro, pide un bourbon con soda y disimuladamente desliza entre las manos de la muchacha un trozo de papel doblado.

Flo maldice en su fuero interno, otro tipejo solitario que se quiere colar en su entrepierna, la azafata guarda sin leer el mensaje en su bolsillo y se aleja, no hay mayor desprecio que el menor aprecio, pero cuando el hombre de negro insiste, a la mujer no le queda otra que recorrer el camino inverso por el pasillo del 727.

Tranquilo y sonriente, el viajero moreno con las orejas de soplillo sostiene un pequeño maletín en su regazo, al que señala con la cabeza mientras habla.

-Debieras leer la nota, tengo una bomba.

Es escueto, podría decirlo mas alto pero no más claro, pálida y descompuesta Flo acude a su compañera Tina Mucklow y a su capitán William Scott, las indicaciones de la nota no dejan lugar a dudas, es un secuestro, un trato sencillo, 200000 dólares en billetes de 20 y un par de paracaídas a cambio de no mandar al carajo el avión con sus 94 inocentes pasajeros dentro.

En Seattle saltan todas las alarmas, el FBI busca la guita, los paracaídas y llega a un acuerdo con el secuestrador, tras aterrizar, los pasajeros del vuelo 305 abandonan la nave sin coscarse del asunto, celebrando el bonito día de acción de gracias, sin más contratiempo, el aparato retoma el vuelo enfilando su proa hacia México lindo, volando bajo, despacio y relleno de fajos de billetes.

Hacia la mitad del viaje, el secuestrador apaga el último de sus cigarros y apura su copa, amablemente indica a Tina que se meta en la cabina del piloto y se queda en solitario como dueño y señor del pájaro metálico, minutos después, el avión empieza a vibrar, el capitán Scott observa el color rojo parpadeante del indicador de apertura de la puerta trasera y la temperatura baja bruscamente hasta los 7 grados bajo cero.

Por el interfono los pilotos hablan al individuo.

-¿Hay algo mas que podamos hacer por usted?

-No.

Le llamarán D. B. Cooper, salta al vacío desde 10000 pies de altura y a 195 millas por hora con la cara de Andrew Jackson forrando sus pelotas, la noche y la tormenta le devoran sin contemplaciones, le convierten en un mito, en un fantasma juguetón que se bebe un bourbon, se fuma un pitillo y se inscribe con nombre falso en la historia, riéndose a carcajadas de todo aquel que intenta seguir su rastro.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Una tarde de agosto




El “Palentino” se encuentra lleno hasta las trancas la mañana del día veinticuatro, fuera, el sol tardío de Agosto aún es capaz de apretar las tuercas a los valientes que no buscan las sombras de los soportales de la Calle Mayor, cuando Modesto por fin llega al restaurante, una gotilla recorre juguetona su frente mientras sus tripas rugen azuzadas por el olor a comida, de un vistazo localiza a sus compañeros entre el gentío, al fondo del local, arremolinados en torno a una mesa leen la carta con la seriedad propia de quien estudia unas oposiciones, no es de extrañar, después de todo, son universitarios.

Con dificultad, Modesto se escurre entre una masa casi impenetrable de pajaritas, abanicos, collares de perlas, croquetas, chuletillas y mezclas de aroma a tabaco, perfume y sudor, evita con arte mil y un empujones hasta llegar a su destino, la mesa donde Federico García Lorca le reserva un sitio a su vera.

-Buenas noticias, Federico.

-Dime.

-Parece que Unamuno viene a ver la representación, le gustó tanto “El Burlador” en Santander que ha venido acá para repetir.

Una misma sonrisa recorre las caras y las orejas de los miembros de “La Barraca”, alargan sus brazos y brindan con sus copas de vermouth de grifo, chocan sus vasos enfundados en sus monos azules, dispuestos a comerse el mundo, a cambiar para siempre un país que ajeno a sus esfuerzos camina derecho y con paso firme hacia el desastre.

Mucha mierda.

Comen, ríen y callan, por un momento sueñan que la política no va con ellos, que el obstinado interés de sus compatriotas por matarse entre si es cosa del pasado, que hay un futuro en paz, libre de verdugos, de incultura y de brutalidad ancestral, que la tierra que pisan es inmune al germen de odio.

Sueñan, pero los sueños, sueños son.

La cruel realidad les alcanza como un jarro de agua fría, les despierta indiferente, de repente, las voces de los paisanos se van apagando, reduciendo su volumen hasta convertirse en un murmullo inaudible, las miradas del personal recorren el local de una esquina a otra, como en un partido de tenis cien ojos incómodos buscan a Federico porque por la puerta acaba de entrar Jose Antonio Primo de Rivera con varios falangistas.

El padre de la falange busca mesa y la encuentra a pocos metros de Lorca, se saludan, se miran estoicos y al rato el hijo de dictador y futuro mártir del franquismo escribe una nota que le hace llegar al poeta.

Una sombra invisible devora al granadino mientras lee los garabatos escritos sobre la servilleta, un presagio funesto hiela su corazón y apena su alma, con educación dobla y la guarda en el bolsillo el trozo de papel y continúa comiendo como si nada hubiese ocurrido.

El contenido de la misiva se hubiese perdido como tantas otras cosas entre Viznar y Alfacar de no ser por Modesto Higueras, que en un descuido del poeta vislumbra el contenido:

"Federico, ¿no crees que con tus monos azules y nuestras camisas azules se podría hacer una España mejor?"

El falangista no podía estar más equivocado, terriblemente equivocado.

PD: La anécdota del encuentro entre Jose Antonio y Lorca en la ciudad de Palencia en 1934 la cuenta Ian Gibson en la biografía “Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca”.


viernes, 19 de diciembre de 2008

El Rat Pack




De madrugada, los finos dedos de Judy acarician la pila de discos con una mezcla de suavidad y torpeza, recorren la torre musical de arriba abajo en un par de ocasiones antes de detenerse súbitamente, cuando por fin lo hacen, la actriz sonríe de oreja a oreja como quien acaba de encontrar una perla en mitad del desierto, cuidadosa, extrae el plástico redondo de su funda de cartón y elimina el polvo de su superficie de un soplido, esta pedo, la cuesta encontrar el agujero del vinilo pero al final lo consigue, la aguja del tocadiscos aterriza sobre su objetivo sin mas contratiempos mientras un grito ahogado de satisfacción surge de entre sus labios.

Pasa un ángel, el saxo de Charlie Parker inunda la estancia, hace palidecer las risotadas de Humphrey que se recuesta sobre el respaldo de su silla antes de rellenar su copa, en silencio mira el líquido elemento contenido en la botella, reflexiona sobre los doce años de envejecimiento en barrica de roble que han precedido a este momento, para Humphrey Bogart el whisky es ése viejo amigo escocés que nunca falla, que con precisión matemática logra el objetivo de mostrar al ser humano tal y como es, sin adornos, sólo los borrachos dicen la verdad, los borrachos y los niños.

La música amansa a las fieras, y a los amigos, rodeando a Bogart se encuentran Frank, Sid, Katharine, Spencer y George, el brillo intermitente de Las Vegas aún se refleja sobre sus pupilas, se cuela entre las hileras del humo de la pirámide de cigarrillos mal apagados que terminan de consumirse en el cenicero, el sonido de las máquinas tragaperras aún retumba juguetón sobre sus tímpanos, excitando unos cerebros sobre los que ya empieza a pesar las muchas horas de vigilia.

Un momento trágico se acerca, a traición, la Hepburn bosteza y como un virus contagioso, el acto reflejo se extiende de boca en boca de un extremo a otro de la mesa y de una esquina a otra de la habitación, la hora de la rendición se presenta para una docena de ojos rojizos que piden descanso, los mitos allí presentes han conocido horas mejores.

La noche se acaba, la fiesta también, solo queda retirarse antes de perder el último de los papeles y esperar al nuevo día que en pocas horas asomará por la ventana, va a ser duro, la resaca va a ser de órdago, el dolor de cabeza, intenso, los remordimientos, pasajeros.

En ése momento Lauren Bacall entra por la puerta y observa el percal, su sonrisa infinita da paso a una sonora carcajada, se queda erguida en mirad de la estancia mientras su marido y amigos la miran intrigados desde la oscuridad, ella les señala intentando contener la risa y sin querer da nombre a uno de los grupos de amigos mas selectos de la historia.

-“Parecéis una maldita panda de ratas”.

Todo el mundo querrá formar parte del “Rat Pack” por un simple motivo, nunca un club tendrá tal concentración de estrellas, y aunque alguno las llegue a tener, nunca brillarán tanto.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Los calcetines de Mankell




“… Cuando yo era pequeño, Suecia era un país en el que uno zurcía sus calcetines. Yo aprendí incluso en la escuela como se hacía. Luego, un día de pronto se terminó. Los calcetines rotos se tiraban. Nadie remendaba ya sus viejos calcetines. Toda la sociedad se transformó. Gastar y tirar fue la única regla que abarcaba la verdad de todo el mundo. Seguro que había quienes se empecinaban en remendar sus calcetines. Pero a ésos ni se les veía ni se les oía. Mientras éste cambio se limitó solo a los calcetines, quizás no tuvo mucha importancia. Pero se fue extendiendo, al final se convirtió en una especie de moral, invisible, pero siempre presente. Yo creo que eso cambió nuestro concepto de lo bueno y de lo malo, de lo que se podía y de lo que no se podía hacer a otras personas. Todo se ha vuelto mucho mas duro. Hay cada vez más personas, especialmente jóvenes como tú, que se sienten innecesarias o incluso indeseadas en su propio país. ¿Y como reaccionan? Pues con agresividad y desprecio. Lo más terrible es que, además, creo que estamos sólo al principio de algo que va a empeorar todavía más. Esta creciendo una generación ahora, los que son más jóvenes que tu, que vana a reaccionar con mas violencia aún. Y ellos no tienen el menor recuerdo de que, en realidad, hubo un tiempo en el que uno se remendaba los calcetines. Un tiempo en el que no se usaban y se tiraban ni los calcetines, ni las personas…”


El detective Kurt Wallander durante la investigación de los asesinatos de “La quinta mujer”.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Stalingrado




Klaus y Otto apoyan sus respectivos rifles contra la pared, o lo que queda de ella, los enormes agujeros que la atraviesan convierten en un misterio insondable el hecho de que parte del edificio mantenga su verticalidad, como roedores asustados asoman sus hocicos por los huecos de la metralla desafiando a los francotiradores de papá Stalin, la ocasión lo merece, desde el Univermag la visión de la plaza roja es envidiable, un asiento de primera fila ante el comienzo del fin del mundo.

A menos de doscientos metros, un trío de rollizos rusos caminan orgullosos sorteando cadáveres, lo hacen lentamente, altivos, bravucones a pesar de las dos docenas de mirillas que apuntan a sus seseras, visten de punta en blanco, con uniformes nuevos hechos a medida, como tres novios camino del altar, portan una bandera blanca y tocan una corneta, quieren impresionar a los hombres que transmutados en ratas les miran desde las trincheras.

Esta claro a lo que vienen, a exigir la rendición.

Klaus mira de reojo a su compañero, lo hace con unos ojos hundidos, enterrados en unas cuencas en las que ya casi no queda carne, solo cráneo, tiembla, sus dedos alargados buscan la alianza que descansa atada con un cordón a su cuello, se la quita, la besa, la guarda entre su ropa interior, desabrocha sus cartucheras y el casco, los lanza a la esquina.

-Esto se acaba.

Como zombis, los hombres que se pudren a su alrededor comienzan a imitar sus gestos antes de recibir cualquier confirmación, un rumor sordo se extiende sólo con las miradas, el mariscal de campo Paulus, no se ha suicidado, ha aceptado la rendición de “el caldero”, la batalla mas cruenta de la historia ha terminado.

Del otro lado el silencio de las ametralladoras da paso a un tableteo atronador, miles de voces aúllan y disparan al aire, el amasijo de escombros que un día recibió el nombre de Stalingrado vuelve a ser enteramente ruso, lentamente los hombres de ejército rojo se acercan desconfiados a la línea defensiva de los almacenes Univermag, el antiguo centro comercial ha sustituido sus maniquíes de cartón por hombres no menos inertes, poco a poco, los que pueden caminar comienzan a salir con los brazos en alto, otros muchos, se quedan dentro agonizantes.

Klaus y Otto se apoyan el uno en el otro, mantenerse en pie con los dedos congelados no es sencillo, quitan los ropajes a un muerto, los hacen tiras y los colocan a modo de vendas sobre sus botas de verano buscando un poco de calor extra, se anudan los pantalones con un trozo de cable y comparten la última de las raciones de campaña, al salir del sótano un sargento de no más de veinte años los coloca en fila a patadas.

La NKVD camina a su lado, selecciona a los Hiwis (desertores rusos) y a aquellos que no se tienen en pie, antes de que puedan decir esta boca es mía se ven con trescientos gramos de plomo entre las entrañas, a nadie le sorprende, mientras los afortunados supervivientes comienzan su largo peregrinaje hacia Siberia, el hombre cuyo fusil aún humea les hace una promesa al oído.

-Así se verá Berlín, os lo juro.

Ni Klaus, ni Otto vivirán lo suficiente como para ver cumplido el juramento.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Sobre muros y personas




Cuando Conrad Schumann ve como sus compañeros de armas del Nationale Volksarmee extienden el alambre de espino a lo largo de la esquina entre la Ruppinerstrasse y la Bernauerstrasse se siente como si ésa larga soga metálica se estuviera enredando también en su pescuezo, casi puede notar sus finas puntas afiladas reptando sobre su nuca, clavándose bajo su piel, interrumpiendo el flujo normal de oxígeno hasta sus pulmones.

Camina nervioso, con su fusil al hombro y el casco calado hasta las cejas, intentando poner cara de malo y mirando con ojos de odio a todo aquel que osa acercarse hasta la barricada, asustando a los pobres diablos en los que, en el fondo, ve una imagen difusa de si mismo, las órdenes son claras, volarle la tapa de los sesos al traidor que quiera cruzar la calle, a todo aquel listo que intente saltar el muro que en ésos momentos comienza a ser construido.

El muro de la infamia, el muro de Berlín.

Vigila, a los curiosos que desde el otro lado observan atónitos la brecha que irremediablemente se abre en Alemania, a los soldados americanos que con sus dentaduras profident y sus cigarrillos luky strike parecen querer ser todos estrellas de cine, al tipo distraído que saca fotos del desastre.

Los cerdos capitalistas parecen felices después de todo.

Conrad es joven pero no idiota, sabe que lo que es hoy una simple alambrada, mañana será una pared infranqueable, alta como un castillo, capaz de detener el sol, el aire, la lluvia y a los enemigos de la patria que a doscientos metros disfrutan sin reparos de su obscena libertad.

Es lo que tienen las cárceles, que no gustan ni a los carceleros.

-A la mierda.- El soldado Schumann toma una decisión.

Mientras deserta, las caras de aquellos que ama aparecen en su mente una y otra vez, el lastre enorme de lo que deja tras él le duele pero ya no le atornilla al suelo, no hay marcha atrás, no hay posibilidad de arrepentimiento, sus tripas le piden que corra como alma que lleva el diablo, la energía de sus veinte añitos se transmite a sus piernas como una explosión, salta la barricada, contiene el aliento y reza por que ninguno de sus camaradas le tenga en el visor de su rifle.

Libertad.

Doscientos metros como doscientos soles y un tipo hace la foto de su vida.

lunes, 8 de diciembre de 2008

I+D en el siglo séptimo




Cuando el sol despunta al alba, Calínico dirige su mirada inquieta al océano traicionero, a un horizonte aterrador que cual bosque sombrío, oscuro y artificial aparece salpicado de buques negros, siniestros portadores de muerte, cuyas sombras se alargan sobre la superficie acariciando las crestas de las olas, llegando casi hasta la orilla, hasta los mismísimos muros de Constantinopla.

Cinco largos años de asedio, de sangre y guerra santa, árabes y cristianos masacrándose durante un lustro frente a las últimas puertas infranqueables de Bizancio, mirándose de reojo, medias lunas en los barcos, cruces en lo alto de las murallas, estudiándose como dos lobos que se enseñan los dientes entre dentellada y dentellada, perfectamente capaces de morir desangrados, antes que admitir su derrota.

Una partida que está en tablas, los asediadores no tienen fuerza suficiente para entrar, y los asediados no la tienen para salir, un empate técnico que hoy se verá resuelto.

Calínico nota como un nudo se aferra a sus tripas, los años de exilio y sufrimiento se condensan en un destilado puro de odio entre culturas, por fin va a devolvérsela con creces a los tipos que le expulsaron de su hogar, a los mismos que hoy asfixian su mundo y amenazan a su Dios.

Todo ello sin ser capaz de levantar una espada, porque Calínico de Heliópolis no es un hombre de guerra, no sabría como matar a una mosca, él es un tipo culto, un ingeniero, un inventor de cuyo cerebro ha surgido hoy, el artilugio infernal que se cierne imparable sobre los barcos árabes, I+D en el siglo VII.

Cuando los Dromones Bizantinos abandonan la seguridad del puerto y enfilan la proa hacia los numerosos Trirremes Omeyas, éstos se las prometen muy felices, son mayoría, mientras tocan zafarrancho de combate, pocos se percatan de los misteriosos artilugios metálicos que brillan sobre las cubiertas cristianas.

Craso error, los esclavos se aferran a sus remos, comienzan a apalear sardinas con esfuerzo, los barcos viran y los gritos dan paso a órdenes concisas en diferentes idiomas, el ruido metálico de las armas tintinea en la mañana, los contendientes poco a poco ganan velocidad, cortando el agua en direcciones contrarias, buscando su lugar en el paraíso.

No llegan a tocarse un pelo, en el momento en el que los Omeyas se ponen a tiro, los cristianos recurren a un arma que sin duda es fruto de la brujería, los marineros de Constantinopla comienzan a bombear a presión una mezcla de nafta, azufre, cal viva, nitratos y grasa a los tubos metálicos que lucen en sus proas, al final de los cuales una llama explosiona la mezcla, expulsa con fuerza una lengua de fuego que se pega a la carne, que no se apaga con agua y que lo devora todo en cuestion de minutos, buques y marinos arden como teas, los hombres que se lanzan al agua iluminan a los peces en su viaje hasta el fondo.

-¡Hades est itur!

El primer lanzallamas de la historia se convertirá en un mito, el “Fuego Griego” salvará la ciudad, aterrará a los enemigos del imperio Bizantino y frenará la expansión musulmana.

Calínico sonríe al ver las columnas de humo en el horizonte, por hoy puede sentirse satisfecho.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Dragones azules




El bueno de Abbie Hoffman esta puesto hasta las trancas, mientras la Creedence Clearwater Revival se despide de Suzy Q, sus pupilas dilatadas como platos soperos esquivan a la multitud entre el barro, varios dragones azules le persiguen buscando revancha, son jodidamente persistentes, a pesar de que Abbie es rápido como el viento, al final le dan caza como a un conejo.

Es lo que tienen los dragones azules, malvados y rencorosos, siempre están al acecho, siempre dispuestos a tocar las pelotas, una vez que estas en sus garras, no hay escapatoria posible, tan solo sometimiento a sus lisérgicas majestades.

Sus dientes azulados esconden lenguas viperinas, sus ojos inyectados en sangre solo son capaces de trasmitir pavor, mientras Hoffman grita aterrado, una orden es transmitida por los gigantes del cretácico a su cerebro hiperactivo.

-¡Mientras tú lo pasas bien aquí en Woodstock, Sinclair está en la trena, levántate y lucha!

A Abbie siempre le han gustado las causas perdidas, casi tanto como las drogas, y ahora tiene una misión, luchar por la liberación de un colega, un tipo llamado John Sinclair al que le han caído nueve años de prisión en Michigan por pasarles un par de canutos a unos polis de la secreta, iluminado, como un profeta redentor entre la juventud alocada se dirige al escenario donde, los Who acaban de rematar Pinball Wizard.

Tambaleándose sube al escenario del mejor concierto de todos los tiempos, ante una multitud intrigada arrebata el micrófono a Roger Daltrey (cantante de los Who) y comienza a soltar su discurso…

-¡Esto es un pedazo de mierda, mientras John Sinclair se pudre en prisión…!

El festival pasará a la historia como el icono de la cultura hippie, toneladas de paz, sexo y drogas dispuestas a cambiar el mundo, el único problema es que Peter Townshend, guitarrista de los Who, aún no se ha impregnado del amor que lo empapa todo, la visión de Abbie usando su micro perturba su karma hasta tal punto que, al grito de “Que te jodan, sal de mi jodido escenario” decide probar la resistencia de su guitarra sobre la cabeza del espontáneo.

La guitarra se rompe, la cabeza de Hoffman no, el visionario sale disparado y muerde el polvo, no hay lugar para discursitos en Woodstock.

Ni tan siquiera en Woodstock.