sábado, 29 de noviembre de 2008

Espías y calentones de verano




Mientras John se sirve una copa junto a la piscina, el sol de Julio calienta su nuca, tuesta su calva ajada de antepasados latinos y le invita a pensar que la vida puede ser bella después de todo.

El primer trago le calma, el segundo le narcotiza lo suficiente como para buscar un asiento donde reposar unos huesos que se encuentran peligrosamente cercanos a la cincuentena, se sienta, se relaja, dedica unos minutos a meditar sobre su vida, sobre su suerte, puede dar gracias al cielo por su fortuna, la misma “baraka” que salvó su pellejo en las playas de Normandía, le hizo estar en el momento adecuado en el lugar adecuado, le convirtió en el hombre a seguir, cargo tras cargo, puesto tras puesto, ascendiendo imparablemente hacia las dulces cotas donde el autentico poder reside.

Poder, John ya lo ha catado, lo ha saboreado lentamente con fruición, ha permitido que ésa maravillosa sensación especial recorra sus venas y sus entrañas, acostumbrándose a su presencia, disfrutando cada segundo, ignorando que como una droga, pertenecer al selecto grupo que rige las vidas de los mortales, provoca adicción, deja un hueco en el alma imposible de rellenar, hace que la sola perspectiva de su pérdida sea difícilmente soportable.

John Profumo, Secretario de Estado para la Guerra, no es menos humano que las personas que ríen y coquetean a su alrededor, y su destino, no es menos caprichoso, cuando sus ojos se topan con los de Christine, las largas piernas de la mujer se enroscan a sus tripas dejándole sin resuello.

Que tendrán las chicas malas, el delgado e interminable cuerpo de la hembra hace hervir el agua, las rodillas del poderoso tiemblan como una campanilla, aumenta su pulso cardiaco y por un segundo reflota imparable un instinto primitivo que engorda su entrepierna.

-A tomar por culo.

El hombre casado se levanta, hace una seña a Stephen, el médico osteópata que en sus ratos libres hace de proxeneta para la alta sociedad inglesa, un teléfono, una cita y el desastre esta servido, Profumo no sabe que Christine está pluriempleada, que entre los romeos que llaman a su puerta se encuentra el amigo Yevgeny Ivanov, de nacionalidad rusa y de profesión espía.

El servicio secreto rápidamente se cosca del asunto, los 007 tienen licencia para matar y para chivarse al jefe, John la caga como Amancio, miente, intenta salvar su culo, su matrimonio y su carrera.

Demasiado tarde.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Migrant mother




Cuando Florence Owens se sienta bajo la mugrienta lona que hace las veces de hogar, el hambre ya ha dado paso al agotamiento, consumida y desfondada, con un cuerpo reducido a pellejo y huesos, su aliento se ha petrificado, como una virgen moderna, rígida e impenetrable, mira los helados campos californianos mientras se pregunta como demonios va a dar de comer a su prole.

Siete bocas como siete soles, incansables, piden una ración de alimento que no llega y un lactante que llora en su regazo, hambriento, al que puede intentar engañar dándole un pecho yermo, vacío porque para alimentar primero es necesario tener algo en el estómago.

Sus ojos se pierden en otro tiempo y en otro espacio, antes de que desaparecieran los garbanzos de la mesa, antes de que la inmortal avaricia humana se diera de bruces con una realidad hecha a base de personas que necesitan comer a diario, antes de que los mismos que vendían humo en forma de papelitos decidieran probar el efecto de la gravedad sobre sus cuerpos desde los rascacielos de la gran manzana.

Maldita sea su estampa.

Pintan bastos para Florence y los suyos, las heladas prematuras han arrasado los campos de guisantes, y sin cosecha no hay cosecheros, ni dinero, ni sustento, ni futuro, solo queda subsistir a base de pájaros y forraje en el país mas rico del mundo.

Florence vuelve al planeta tierra, se encuentra una extraña mujer que la fotografía, los “clic” de su cámara no la sorprenden, indiferente, posa sin más, sin gastar un átomo de energía en intentar evitar pasar a la historia como un icono del desastre.

Dorotea Lange empuña su cámara Graflex satisfecha, contratada por el gobierno para documentar fotográficamente la situación de los jornaleros californianos, baila alrededor de su modelo con la pasión de una artista, aún no lo sabe pero acaba de hacer la foto de su vida, aquella que irá irremediablemente unida a su nombre y que la hará pasar a los anales de su oficio.

“Migrant mother” se convertirá en una llamada de auxilio, estimulará la imaginación de Steinbeck durante la escritura de “Las uvas de la ira” y dejará constancia para todos aquellos que lo quieran contemplar, que la miseria está, después de todo, a la vuelta de la esquina, una enseñanza valiosa en estos tiempos convulsos de crisis sub prime y banqueros con agujeros en los calcetines.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Billete de ida y vuelta al infierno




A Else Baker se la llevaron de su casa de Hamburgo a principios del 44; con nocturnidad y alevosía, sin previo aviso y ante la desesperación de sus padres, unos tipos de mirada siniestra y alma degenerada llamaron a la puerta de su hogar y exigieron su inmediata puesta bajo custodia.

Else tenía ocho años y su mayor delito lo escondía en su sangre, herencia insospechada de uno de sus abuelos maternos al que nunca conoció y que sin saberlo la había condenado, como una especie de pecado original, aquella noche supo que una cuarta parte de su frágil cuerpo era gitano, y que ésa simple característica aterraba de forma especial a sus amados líderes, les daba un motivo de peso para extraerla de su núcleo familiar y enviarla a un barracón helado en la lejana Polonia, en un lugar llamado Auschwitz.

Los gritos y la oposición de sus arios padres adoptivos no sirvieron de nada, los demonios se la llevaron, fue engullida por la noche, transportada en un tren de ganado y despojada de nombre, familia, vestimenta y futuro.

Hubiera muerto entre la indiferencia de un mundo esquizoide de no ser por ablandar el corazón de una de las Kapos de su bloque, que la recogió y la adoptó por segunda vez en su vida, convirtiéndola en una especie de mascota que a cambio de sus carantoñas recibía alimento y el calor suficiente para subsistir.

De esta manera se convirtió en testigo involuntario de la inmensa capacidad que tiene el hombre para destruir a sus congéneres, desde la alambrada que separaba a los gitanos de los judíos pudo observar a diario la aterradora sincronización entre los trenes y los crematorios.

Subsistió, incluso cuando su protectora se cansó de ella, incluso cuando, hacia el final de la guerra, la mitad del campo gitano fue arrasado a sangre y fuego por los SS que no querían dejar demasiadas pruebas para los rusos.

Else fue afortunada en su tragedia, tras la matanza de Auschwitz, fue trasladada con otros supervivientes al campo de Ravensbrück, lugar donde una buena mañana de Septiembre de 1944 alguien la escoltó hasta el bloque de administración, allí, como salido de un sueño estaba su padre adoptivo esperándola para llevarla a casa, el viaje de ida y vuelta al infierno había terminado.

Más de medio año después de su secuestro, la pequeña fue devuelta a su madre, gracias a las gestiones de un padre con algo de dinero y contactos que hasta se había afiliado al partido nazi para hacer mas fuerza, camino de vuelta a Hamburgo, en un tren muy diferente al de ida, los dos viajeros se encontraron con un oficial del ejército que se reincorporaba a la lucha, el progenitor adoptivo, indignado tras una breve conversación, aprovechó para enseñar al militar las raquíticas y repletas de llagas piernas de su hija espetando al uniformado una frase demoledora.

-Esto es por lo que lucháis.

PD: La historia está sacada de un estupendo y duro libro de Laurence Rees llamado “Auschwitz” que desentraña docenas de anécdotas de la vida diaria del campo.



miércoles, 19 de noviembre de 2008

Los huesos de Jimmy




Salvatore está nervioso, llega la hora de la verdad, se sienta frente la mesa de la cocina con un Seven Up en una mano y un Colt calibre 45 del ejército en la otra, bebe un trago y respira hondo, nota como un impulso eléctrico recorre sus extremidades, casi puede notar cada uno de los pelos de sus brazos erizándose cual puercoespín, los mira intrigado, mientras lo hace una fuerza incontenible asciende por su esófago, eructa, el estallido de gas es como la tormenta que precede a la calma justo antes de que llegue el huracán, el mafioso se queda en silencio, medita, cuenta cada una de las burbujas del refresco, piensa en lo mucho que le estresa su trabajo.

Cuando Thomas pasa a su lado exclama:

-¿Qué vas a matar, elefantes?

-Puede.

El encargado del asunto arruga el morro, chisca la lengua contra los dientes mientras extrae de su bolsillo un alambre y unos guantes, es hora de dejar un par de cosas claras.

-Tony no quiere escandaleras, ni cagadas, dile a tu hermano que se prepare, Jimmy y el gordo están a punto de llegar.

Está en lo cierto, el Mercury Maroon del setenta y cinco chirría como un animal en celo al tomar la curva camino del matadero, cuando por fin aparece al otro extremo de la calle, los matarifes que vigilan tras la puerta del mismo súbitamente notan como les crecen los colmillos, excitados, la adrenalina los transmuta en animales, dilata sus pupilas, seca sus bocas, tensa cada puñetero músculo de su cuerpo.

Thomas traga saliva y apaga apresuradamente el cigarrillo que casi quema la comisura de sus labios, ensaya la mejor de sus sonrisas frente al espejo y aprovecha esos últimos instantes para retocar su maltrecha cabellera engominada, mientras lo hace, Gabriel le mira de reojo, está pegado a la pared, en sus manos descansa un punzón enorme, aferrado con fuerza, y escondido entre sus ropas.

Chuckie y Jimmy Hoffa llaman al timbre, la puerta se abre como la de un castillo Transilvano, es el momento de reír, saludar a los invitados y sonreír de oreja a oreja, cuando la mafia te mata, la última cara que ves es siempre la de tu mejor amigo.

El buen rollo termina cuando el alambre se cierra sobre el grueso cuello del sindicalista, por la espalda, grita, bufa y lucha, pero antes de que pueda dar el primer manotazo, un punzón manejado por manos virtuosas ya le ha hecho cinco sietes en la camisa, la sangre se derrama, el oxígeno se acaba, los ojos del finado miran a sus antiguos compañeros emitiendo una maldición sorda.

El asunto lleva su tiempo, los asesinos buscan resuello, el rojo arterial mancha sus caras y sus extremidades de hienas, jadean, maldicen y segregan espumarajos, la primera parte del encargo está realizada, Jimmy Hoffa, el gran sindicalista que había agarrado y apretado las pelotas de la nación y la mafia, en ése momento no es mas que carne inerte.

-¿Qué hacemos con el muerto?

-Magia.

Salvatore, Gabriel y Thomas son gente de recursos, pasarán cincuenta años y el FBI seguirá buscando los huesos de Jimmy.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Trinity




El armazón metálico se eleva solitario sobre el desierto de “la jornada del muerto”, desnudo y letal, se asemeja a la torre olvidada de una iglesia siniestra e inacabada, sobre cuya cúpula el ser humano ha decidido condensar el infierno en poco más de dos metros cuadrados, el sol aún no ilumina el conjunto desde lo alto, pero promete proyectar una sombra alargada sobre la arena y asfixiar a los hombres de ciencia que inquietos y orgullosos esperan haber descubierto el definitivo camino a la destrucción.

A unos treinta kilómetros de distancia, un tipo delgado y de tez cetrina limpia y se coloca unas gafas protectoras similares a las que usa un soldador, Robert Oppenheimer es el responsable del tinglado, nervioso enciende el enésimo cigarro del día mientras se asegura que los sistemas de medición están correctamente calibrados, tras una espera tensa, da por fin las últimas indicaciones a unos colegas que le miran de reojo con una mezcla de respeto y admiración, el reloj de la cuenta atrás marca veinte minutos que parecerán veinte horas.

Tic, tac.

“The Gadget” ilumina el cielo de Nuevo México al las 05 horas 29 minutos y 45 segundos del 16 de Julio de 1945, generando una onda expansiva que como un Dios colérico recorre ciento sesenta kilómetros anunciando una “mala nueva”, el hombre ha dominado el átomo, los hijos de Adán y Eva pueden estar contentos, ya no dependen de ningún Dios para ser expulsados del paraíso, ahora ya pueden autodestruirse sin ayuda de nadie, son independientes.

A la luz cegadora le sigue una nube inmensa de polvo que con forma de champiñón invade el cielo y un vendaval que azota sin contemplaciones a los allí presentes, las vibraciones rompen cristales y aterran corazones, Norris Bradbury, uno de los padres de la criatura exclama, “Ahora somos todos unos hijos de puta”, la prueba “Trinity” ha sido un éxito.

Oppenheimer se queda un rato en silencio, es un hombre culto, suficientemente inteligente como para entender las implicaciones futuras de lo que allí acaba de suceder, mientras medita, unos versos hindúes atraviesan su mente.

“Si el esplendor de un millar de soles brillasen al unísono en el cielo, sería como el esplendor de la creación...”

"Ahora me he convertido en La Muerte, Destructora de Mundos."

Cuando por fin se decide a hablar, todos esperan una frase grandilocuente que pase a la historia, nada de eso ocurre, mientras el físico repasa los datos, una simple palabra de desliza entre sus labios.

-Funcionó.

martes, 11 de noviembre de 2008

Las pelotas de Raoul Wallenberg




El chirrido de los frenos alerta a los guardianes que mecánicamente fuman y ríen frente al tren infernal, lo que hasta ése momento ha sido un trabajo fácil, resuelto sin mas complicaciones que un par de culatazos y varios empujones, sin duda tiene toda la pinta de torcerse con la llegada de las furgonetas de la delegación sueca, éstas casi derrapan frente a los hombres de negro, y antes de que estos puedan decir esta boca es mía, de su interior desciende como alma que lleva el diablo un tipo con pinta de no haber roto nunca un plato, que, ignorando las amenazas de los uniformados, comienza a correr en paralelo a los raíles.

La cara del oficial de la cruz flechada que dirige el asunto se pone pálida como un filete de pollo, desencajado y a voz en grito, busca con la mano temblorosa la autoridad extra que le otorga la vieja Luger que descansa en su cintura, de nada sirve, como un rayo, el sueco pasa a su lado sin inmutarse, sin prestar un segundo de atención al hombre que amenaza con tirotearle, indiferente y ágil aquel loco se encarama de un brinco al techo de los vagones en los que cientos de personas aguardan desesperanzados su destino.

Cercano al síncope, el bastardo de la gorra de plato se siente súbitamente pequeñito, como si la voz que sale de su garganta fuera la de un pitufo, como si los proyectiles del artefacto metálico que descansa entre sus dedos fuesen poco mas que petardos, como si el uniforme que viste con orgullo y que a tantos compatriotas ha aterrorizado de repente se hubiese volatilizado dejándole en pelotas.

Con el primer tiro los pájaros de la Estación Este de Budapest levantan el vuelo, con el segundo los carceleros tan sólo consiguen despeinar al intruso, con el tercero, el hombre misterioso, sin dejar de repartir papeles entre las manos que suplican ayuda, se identifica como diplomático sueco.

Raoul Wallenberg señala como compatriotas a un par de docenas de los judíos allí presentes, exigiendo su liberación inmediata, acojonando con su mirada y su valentía a los mismos “cruces flechadas” que minutos antes han disparado un par de metros sobre su cabeza.

Se sale con la suya, unos pocos afortunados cambian Auschwitz por una de las muchas casas que el diplomático ha habilitado como parte de la embajada Sueca, en ellas se hacinan pero subsisten cientos de seres humanos en un lugar que por ser suelo extranjero es intocable, un oasis de cordura en el infierno de un mundo desquiciado.

Mientras Raoul se aleja, los asesinos se sienten un poco más vacíos, ahogan su odio en impotencia, Wallenberg no de siente mucho mejor, sabe que son muchos los trenes que llegan, y pocos los hombres capaces de jugárselo todo por pararlos.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Disturbios y mariposas




El oficial Lee W. Minikus tiene un día de perros, doce horas patrullando el sur de Los Angeles con cuarenta grados a la sombra han hecho que sus pelotas estén comenzando a fusionarse con sus pantalones, tras recorrer Gardena y Lawndale, hacia las seis de la tarde del 11 de Agosto de 1965, gira el manillar de su motocicleta y decide dirigirse al distrito de Watts, las calles se encuentran tranquilas, casi desiertas, con el sol tardío cayendo a plomo, los chicos malos están aún con la cabeza bajo el grifo, maldiciendo el día en el que se les murió el ventilador.

Watts no es un lugar para pasear de la mano, con un porcentaje de paro acojonante y dogas por doquier, si a un hombre caucásico, heterosexual y temeroso de la ley se le ocurriera darse un garbeo por sus callejones, lo más probable es que saliera de ellos como Dios le trajo al mundo, con una mano delante, otra detrás y un nota de agradecimiento grapada al culo.

“Gracias por venir, vuelve cuando quieras”, o algo parecido.

Lee W. Minikus resopla, aparca un segundo en el arcén y remoja su sesera con un poco de agua, el sol parece darle un pequeño respiro a medida que pasa la tarde, mientras se rehidrata, media docena de paisanos pasan a su lado y le miran con indiferencia, los miembros la "California Highway Patrol" no son especialmente queridos el barrio, con fama de racistas, violentos y chulos, mejor tenerlos delante que detrás, así es la vida.

A la altura de “El Segundo”, el trabajo se acumula para el servidor de la ley, frente a sus narices un tipo negro que responde al nombre de Marquette Frye decide hacer una “S” perfecta de Superman con su vehículo, el poli huele sangre fresca, se frota las manos, los colmillos, saca brillo a su bolígrafo de poner multas, enciende la sirena y se lanza al ataque, la persecución es breve, Marquette esta borracho pero no es gilipollas, desciende del vehículo con torpeza y suspende de largo el breve test de alcoholemia al que es sometido.

No queda otra que ver la celda desde dentro, pura rutina para Lee, también para Frye, un incidente sin importancia que se complica cuando Rena Price, la orgullosa madre del detenido, ve a su retoño esposado y con las orejas gachas.

En ése preciso instante, la tierra se rompe bajo los pies de LA, mamá osa decide tirar por la calle del medio y hacer una demostración práctica al poli de lo que es un buen gancho de derechas, éste tras recibir el hostión, con un importante pitido en los oídos pero sin perder la compostura consigue reducir a la buena mujer que acaba esposada junto a su vástago.

El desastre está servido.

Si el agente Lee piensa que es un día malo, es sólo porque no sabe lo que le queda por delante, una demostración practica de la Teoría del Caos, una mariposa que mueve sus alas en Pekín, y al rato, un huracán que surge en Los Ángeles, un huracán racial, de gentes que al ver como un policía blanco esposa de malos modos a una mujer negra, comienzan a encabronarse de verdad, a los murmullos les siguen los gritos, a los gritos las piedras y en menos de una hora, el tumulto ya está lanzando cócteles molotov.

Por delante quedan seis días duros, el tema se desmadra totalmente, saqueos, asesinatos, tiroteos, una multitud enloquecida que encuentra la solución temporal a sus problemas quemando la casa del vecino.

El resultado asusta, treinta y cuatro muertos, seiscientos edificios arrasados, casi mil heridos y la guardia nacional desplegada repartiendo estopa.

Caos en estado puro.



miércoles, 5 de noviembre de 2008

Los últimos latidos de Félix




Lentamente, como levitando, el hombre importante avanza entre rostros sin alma en dirección al estrado, figuras oscuras con ojos de serpiente protegen su caminar, sin disimulo, los escoltas taladran con su mirada, a cada paso, las pálidas caras de los próceres de la patria que como buenos chicos esperan ansiosos su ración de odio.

Cuando Félix Dzerzhinski por fin se coloca frente al auditorio el silencio es sepulcral, casi tanto como la propia presencia del asceta rojo, el aire se ha helado, ha adquirido una tonalidad blanquecina, mortal como las mañanas siberianas, los allí presentes tragan saliva y respiran con cuidado, con el corazón en el interior de un puño que se eleva, firmes como postes y dispuestos a saborear con deleite cada palabra del jefazo.

Por delante, dos horas de discurso y un público entregado, el terror siempre ha garantizado audiencias fieles, y el 20 de Julio de 1926 nadie está a salvo en Rusia, ni tan siquiera en el Comité Central Bolchevique, donde muchos de los que ahora aplauden hasta despellejarse las manos pronto verán el infiero de cerca, en los Gulags del papá Stalin.

Como un santo ateo, el “Félix de hierro” arremete contra los pecadores del pueblo, señalando con el dedo, destilando un odio finamente depurado y meditado, siniestro e insaciable que necesita su cuota de sangre para subsistir, Trotsky, Kamenev y Zinoviev son el objetivo, la oposición unida cuya sola existencia es un insulto para la revolución.

Como un estilete las palabras de Dzerzhinski (padre de las Checas) hieren y cortan, delimitan responsabilidades, apuntalan conciencias, y exigen vidas a cambio del paraíso futuro, el oficio al que en cuerpo y alma se ha dedicado éste ex seminarista hijo de polaco burgués atraído al lado más oscuro de la fuerza, profeta de una religión que no admite profetas, víctima transmutada a verdugo y firme defensor del exterminio del pueblo por el pueblo que por aquel entonces no ha hecho mas que comenzar.

El líder sin embargo está hoy más pálido que de costumbre, su cara afilada parece tener los ojos aún más hundidos en sus cuencas y sus pulmones parecen no dar a basto para alimentar con aire las cuerdas vocales de una voz que de repente, para sorpresa de los adoctrinados, se para.

Odio súbitamente silenciado por la frágil naturaleza humana.

Como aplastado por el peso de los cientos de miles de muertos que carga sobre su espalda, el dirigente siente como se le va la vida y no puede hacer nada por evitarlo, impotente, uno de los hombre más poderosos de la revolución observa como todo el terror que su escuchimizada presencia transmite, se desvanece en cuestión de segundos, los mismos que su corazón tarda en pararse.

Antes de que su cuerpo inerte golpee el suelo, el moribundo, desnudo ante la montaña de dolor, horror y sufrimiento causado a sus semejantes, se ve asaltado por una última y agónica duda.

Es afortunado, no vivirá lo suficiente para intentar contestarla.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Lluvia en la cara




Cuando “Rain in the face” escucha la señal para salir a escena ya esta perfectamente preparado, serio sobre su yegua blanca, aprieta fuertemente las riendas con una mano mientras con la otra ajusta su carcaj a la cintura y el arco a su pecho, elegantemente vestido para una guerra irreal, con su impresionante tocado de plumas de águila y cuervo y su vistoso peto de hueso de búfalo, parece un fantasma de un tiempo no tan lejano, pequeño y curtido por el sol, nadie de la tribu Lakota moverá un solo dedo hasta que él lo diga.

Entre bambalinas, observa a Búfalo Bill hacer el paripé para mayor gloria del hombre blanco, con su cada vez más escasa melena al aire y oportunamente caracterizado con uniforme de general, cuando por fin pisa el escenario la gente brama de emoción, un séptimo de caballería mas falso que el beso de Judas le sigue decidido, los héroes saludan y empuñan sus armas con orgullo, comienza la función.

Es su momento, en segundos, los últimos hijos de las praderas saldrán a escena al galope, disparando sus flechas sin punta y apuntando sus rifles sin balas, como un torbellino maldito de pega rodearán a los rostros pálidos vestidos de azul, quemando pólvora, gritando y aullando, luciendo sin orgullo sus pinturas de guerra, mientras, los supuestos enemigos irán cayendo lentamente entre dramáticos estertores hasta que sólo quede un Búfalo Bill disfrazado de General Custer, que cual mártir del imperio caerá con las botas puestas.

Los niños quedarán boquiabiertos, las mujeres derramarán una lagrimita por la leyenda encarnada y los varones adultos podrán sentirse orgullosos de su patria, “Wild West Show”, un espectáculo impresionante, un dinero bien pagado, entretenimiento en estado puro en una época en la que el cine aún está en pañales.

Pero a “Rain in the Face”, no le quedan ganas de salir guapo en la foto, por un segundo, antes de representar su papel, siente como un escalofrío recorre su columna vertebral, como la sangre comienza a bullir en el interior de sus venas y los pelos de sus brazos se ponen de punta, son las voces de sus antepasados que taladran sus oídos reclamando el orgullo perdido.

Sus dedos buscan instintivamente el cuchillo que reposa envainado en su cintura, sus ojos se cierran y vislumbran en la oscuridad las miradas de los muertos en Little Big Horn, por fin una sonrisa se dibuja en su ajada cara mientras recuerda como con ése mismo filo rebanó el pecho de Custer, cuando la sangre coagulada del mito salpicó como lluvia su cara, el momento en el que los años de afrentas, asesinatos, hambrunas, mentiras y miserias causadas por el hombre blanco quedaron momentáneamente saldadas.