martes, 30 de septiembre de 2008

Por quince milloncejos todo tuyo




¿Cuánto costaría hoy comprar el 23% del territorio de EEUU?, no lo se, mi cabeza se declara inútil para hacer el cálculo, pero recién comenzado el siglo XIX, el señor Napoleón Bonaparte, acostumbrado a decidir sobre el destino de países enteros sin despeinarse su poco poblado tupé, le puso precio al territorio entonces inexplorado situado al oeste del Mississippi (unos dos millones de kilómetros cuadrados) por el módico precio de quince millones de dólares, una ganga.

El pequeño emperador, que le había birlado el territorio a España por la cara un par de años antes, (tras apretarle ligeramente los caprichos a Godoy en el tratado de San Ildefonso) se había dado cuenta que las américas quedaban demasiado lejos y eran demasiado extensas, imposibles de defender ante su sacrosanto enemigo inglés, además, cuando a los gabachos les largaron a bofetadas de Haití, el sueño de un imperio franchute americano se quedó definitivamente en agua de borrajas.

Así que ni corto ni perezoso, más atento a las conquistas europeas que planeaba, se fijó en el joven país que surgía en el Oeste, y decidió hacer de la necesidad virtud y sacar tajada del asunto, ¡bueno, bonito y barato!, ¡por quince milloncejos todo tuyo, nene!, ¡desde Canadá hasta el golfo de México y desde el Mississippi hasta sabe Dios donde, duplica el tamaño de tu país en sólo dos días!… cosas de la historia.

Y el caso es que los yankis no tenían pensado comprar tanto, a cuadros se debieron de quedar los enviados de Jefferson cuando recién llegados a Paris con la intención de hacer una compra más modesta, (a ellos les valía con Nueva Orleáns) se encontraron con el dos por uno.

Muchos pensaron en USA que era un robo, aquella cifra exigía al nuevo país endeudarse hasta las trancas en un tiempo en el que las fronteras no eran precisamente sagradas, pero al final tuvieron visión de futuro y accedieron, pidieron la pasta a los banqueros ingleses y éstos se la concedieron, a pesar de que la compra de Louisiana y Nueva Orleáns claramente perjudicaba los intereses de su graciosa majestad, pero ya se sabe “business is business”, a los prestamistas poco pareció importarles que con la operación se sentaran las bases para el nacimiento de una nueva potencia naval, Napoleón desde su trono se frotaba las manos.

Al final, como no, la guerra, el que sería el último encontronazo entre los británicos y sus antiguos súbditos, un conflicto que acabó en tablas, con dos pueblos cansados de matarse entre ellos y un imperio recién parido que miraba al mundo con ojos golosones.

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