jueves, 18 de septiembre de 2008

La huída de Agatha




El coche de Agatha Christie apareció un 3 de Diciembre en una cuneta cerca de Newlands Corner, el típico paraje ingles donde las verdes colinas lo inundan todo, se extienden hasta el horizonte casi fundiéndose con un cielo perpetuamente grisáceo, el bello Morris Cowley parecía extraído de una de las novelas de su dueña, intacto y solitario, testigo mudo de misteriosos eventos, consiguió hacer saltar las alarmas de medio país.

La reina del crimen había desaparecido, se había volatilizado tras besar dulcemente a su hija Rosalind la mañana de ése mismo día, la ficción hecha realidad, pero sin orondos detectives belgas con la cabeza ahuevada y bigotes kilométricos, la policía que se ve en un aprieto, los ojos de medio mundo se fijan en ellos y la investigación comienza con un claro sospechoso, Archie Christie el infiel esposo de la escritora.

Los rumores se disparan conforme van pasando los días, las palabras suicidio y asesinato salen de la boca de la plebe continuamente, los dedos señalan y agobian a Archie, se dice que la policía ha pinchado su teléfono, que siguen y acosan a su amante, una tipa llamada Nancy Neele a ver si la pillan en un renuncio.

Hasta el propio Sir Arthur Conan Doyle interviene en el asunto, el padre de Sherlock, es un poco friki y le vuelven loco los mediums, se hace con un guante de Agatha, se lo manda a su espiritista favorita que pone los ojos en blanco y se equivoca por enésima vez, pasan los días y nadie consigue nada, los peores presagios comienzan a tomar forma hasta que, tras once días de misterio, la reina de la novela negra aparece vivita y coleando en un balneario de Harrogate, en Yorkshire, un hotelito con spa donde se ha inscrito con nombre falso y el mismo apellido de la mujer que le pone los cuernos.

Ahí queda eso.

La gente se enfada, se han quedado sin su dramático final, piden explicaciones que nunca recibirán, los auténticos motivos que la empujaron a coger las de Villadiego se los llevó Agatha a la tumba, nunca habló de ello, nunca volvió a tocar el tema.

Si hubo varias explicaciones oficiosas, que si fue un correctivo para su esposo, que si la muerte de la madre la condujo a un estado de bloqueo y amnesia, que si fue una excelente campaña publicitaria para “El asesinato de Roger Ackroyd” el libro que por aquel entonces petó las librerías, nadie lo sabe, sólo la protagonista, la más famosa escritora de libros de misterio, que en Diciembre de 1926 quiso poner un poco de intriga a su propia existencia.

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