viernes, 12 de septiembre de 2008

Hogueras, cuernos y navajazos




El veintiuno de Agosto de 1622, Juan de Tasis y Peralta, Conde de Villamediana paseaba por la Calle Mayor madrileña con su amigo y compañero de correrías el Conde de Haro, despreocupados, los aristócratas le daban a la sinhueso sin otra intención que la de hacer aquello para lo que sin duda Dios les había traído al mundo, es decir, vivir la vida a tutiplén a costa de los sufridos españolitos.

Tan centrados debían andar los condes en su aristocrático oficio que no hicieron demasiado caso al hombre que, con la excusa de dar un mensaje al de Villamediana se acercó al carruaje que les transportaba, y tal recado debía ser para San Pedro, porque en cuanto el desconocido tuvo a tiro al noble, le metió dos palmos de acero toledano “made in Spain” entre pecho y espalda, echando a correr acto seguido calle abajo.

“Esto es hecho” se dice que comentó el herido mientras notaba como la vida se le escurría entre los dedos, y así fue, ya que al poco palmaba antes de que nadie pudiera hacer nada por él, se iba un Conde poeta, cortesano, rejoneador, vividor, amigo de Góngora y enemigo de Quevedo, habitual de timbas y burdeles que no dudó en escribir multitud de sonetos metiendo caña a la pandilla de políticos caraduras que por aquellas épocas (hay cosas que nunca cambian) se dedicaban a choricear a manos llenas las arcas del estado.

Su lengua mordaz le canjeó enemigos acérrimos y su picha brava completó el trabajo, un artista seductor de doncellas y mujeres casadas capaz de engatusar hasta la mismísima Reina, que a pesar de ser mucho mas joven que él y para enojo de Felipe IV, le reía las gracias con los ojos haciéndola chirivitas, se comenta que en una jornada de rejoneo, mientras el Conde hacía cabriolas delante de los toros la monarca comentó “¡Que bien pica el Conde!”, a lo que su regio marido contestó con la mirada sombría “Pica bien, pero pica demasiado alto”.

Nunca encontraron al asesino, entre otras cosas porque no lo buscaron, si bien la mano ejecutora fue la de un mercenario, el encarguito vino desde lo más alto, y es que si después de convertir en Miura al jefe de estado, te paseabas en el siglo XVII por medio Madrid con una capa bordada con el lema “Son mis amores, reales”, estabas pidiendo guerra.

Fue un escándalo, medio país acusó del asesinato a Felipe IV y el otro medio al conde duque de Olivares, no debía andar desencaminado el populacho, ya que al poco de su muerte, para evitar que se convirtiera en una especie de mito, la Santa Inquisición entró en escena rematando la faena y acusando al de Villamediana de sodomita, montando en la plaza Mayor de Madrid cinco lindas hogueras sobre las que tostaron a cinco pobres infelices a los que previamente les habían sacado la confesión a hostias.

Cuernos, navajazos y pecados de tipos poderosos por los que siempre pagan inocentes, no puede haber una historia mas típicamente española.

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