jueves, 11 de septiembre de 2008

Dalí y los manguis del imperio




Pongámonos en situación, Nueva York, 1965, Nico Yperifanos, empresario intimo amigo de Salvador Dalí acude a una cena organizada en Manhattan en honor del genio catalán, a la que por cierto el propio pintor no acude debido a un fuerte resfriado, allí el griego conoce, entre copas de vino y chuletas de ternera, me imagino, a una esforzada funcionaria del departamento de prisiones llamada Anna Moskowits Kross, la buena de Anna tiene por aquel entonces la sana intención de hacer que sus chicos dejen de levantar pesas y patear culos ajenos, rehabilitándoles a través del arte y la pintura, para ello le pide al tal Nico que interceda por él para conseguir que Dalí acuda a la prisión de Rikers Island a dar una especie de clase magistral a sus alumnos más aventajados.

Hasta ahí todo muy bonito.

A todo el mundo le pareció una genial idea que sin embargo topó de bruces con Gala, la mujer del pintor que al comprobar que la charla era de gratis montó en cólera, (debía ser de la cofradía del puño cerrado la musa) y el caso es que con la recurrente excusa del resfriado, el genio al final faltó a su cita con los presos.

No se debió quedar a gusto Dalí con el plantón, ya que como compensación hizo un dibujo al carboncillo, un “cristo crucificado” que regaló a los internos para que decorara el comedor de la cárcel, y allí estuvo el cuadro hasta que por un quítame allá esas pajas, en 1981 uno de los comensales acabo reventando el cristal de protección de la pintura y manchándola con café.

Quedó pendiente la reparación del cuadro, que comenzó a coger polvo en el cuarto de los guardias hasta que un tal Timothy Pina, influenciado quizás por el ambiente de bondad y caridad de recinto y acuciado por unos números rojos en su cuenta que no hacían más que crecer y crecer, decidió dar el cambiazo por una copia barata durante un simulacro de incendio y llevarse a casa de un colega la obra que por aquel entonces ya alcanzaba la cifra de 500000 $ tirando por lo bajo.

El engaño duró poco tiempo, ya que otro guardia veterano y muy devoto (rezaba frente al cuadro a diario) pilló el truco a primeras de cambio y lo denunció comenzando una investigación que puso nervioso al ladrón, que acabó destruyendo la prueba del delito.

Triste fin para los borratajos de un genio que por unas horas de 1965 sintió que les debía una a los manguis del imperio.

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