martes, 30 de septiembre de 2008

Por quince milloncejos todo tuyo




¿Cuánto costaría hoy comprar el 23% del territorio de EEUU?, no lo se, mi cabeza se declara inútil para hacer el cálculo, pero recién comenzado el siglo XIX, el señor Napoleón Bonaparte, acostumbrado a decidir sobre el destino de países enteros sin despeinarse su poco poblado tupé, le puso precio al territorio entonces inexplorado situado al oeste del Mississippi (unos dos millones de kilómetros cuadrados) por el módico precio de quince millones de dólares, una ganga.

El pequeño emperador, que le había birlado el territorio a España por la cara un par de años antes, (tras apretarle ligeramente los caprichos a Godoy en el tratado de San Ildefonso) se había dado cuenta que las américas quedaban demasiado lejos y eran demasiado extensas, imposibles de defender ante su sacrosanto enemigo inglés, además, cuando a los gabachos les largaron a bofetadas de Haití, el sueño de un imperio franchute americano se quedó definitivamente en agua de borrajas.

Así que ni corto ni perezoso, más atento a las conquistas europeas que planeaba, se fijó en el joven país que surgía en el Oeste, y decidió hacer de la necesidad virtud y sacar tajada del asunto, ¡bueno, bonito y barato!, ¡por quince milloncejos todo tuyo, nene!, ¡desde Canadá hasta el golfo de México y desde el Mississippi hasta sabe Dios donde, duplica el tamaño de tu país en sólo dos días!… cosas de la historia.

Y el caso es que los yankis no tenían pensado comprar tanto, a cuadros se debieron de quedar los enviados de Jefferson cuando recién llegados a Paris con la intención de hacer una compra más modesta, (a ellos les valía con Nueva Orleáns) se encontraron con el dos por uno.

Muchos pensaron en USA que era un robo, aquella cifra exigía al nuevo país endeudarse hasta las trancas en un tiempo en el que las fronteras no eran precisamente sagradas, pero al final tuvieron visión de futuro y accedieron, pidieron la pasta a los banqueros ingleses y éstos se la concedieron, a pesar de que la compra de Louisiana y Nueva Orleáns claramente perjudicaba los intereses de su graciosa majestad, pero ya se sabe “business is business”, a los prestamistas poco pareció importarles que con la operación se sentaran las bases para el nacimiento de una nueva potencia naval, Napoleón desde su trono se frotaba las manos.

Al final, como no, la guerra, el que sería el último encontronazo entre los británicos y sus antiguos súbditos, un conflicto que acabó en tablas, con dos pueblos cansados de matarse entre ellos y un imperio recién parido que miraba al mundo con ojos golosones.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Charlatanes Magnéticos




Un reloj parado acierta la hora dos veces al día, a la memoria me viene este dicho al escuchar la historia del médico y charlatán Franz Mesmer, tipo que se hizo famoso en el Paris prerrevolucionario del siglo XVIII con una serie de ocurrencias dignas del mejor chamán africano, emigrado desde Viena cuando la cabeza de Luis XVI aún era peinada por su dueño, el alemán se dedicó a patrocinar experimentos que poco o nada tenían que ver con la medicina clásica, y que según sus entregados seguidores eran perfectamente capaces de curar las enfermedades de ser humano.

“Magnetismo animal” llamó a su teoría y aunque tenga nombre de película porno, es más bien un proceso según el cual, la vida transcurre como un fluido magnético por canales eléctricos del organismo, cuando éstos se bloquean se produce la enfermedad, pero mediante un tipo con mucho “magnetismo” ésos flujos se pueden restaurar y sanar al enfermo.

Toma ya…

Mesmer demostró tener un especial magnetismo, pero sobre todo para los dineros ajenos, si cuando empezó con sus extrañas teorías ya era rico (de jovencito pegó el braguetazo con una viuda adinerada, e incluso fue mecenas de Mozart) cuando montó el chiringuito Parisiense pronto comenzó a no saber que hacer con tanta pasta.

Una de sus más logradas experiencias fue la de dar de beber agua mezclada con hierro a sus pacientes y someterles a campos magnéticos, haciendo semejante idiotez lograba “mareas magnéticas” en el interior de sus incautos conejillos de indias que además, para más cojones decían encontrarse mucho mejor tras la experiencia, con los riñones y el hígado al jerez, pero felices y contentos.

Sin embargo a todo cerdo le llega su San Martín, y al padre del mesermismo se le acabó el chollo cuando al mismísimo rey, intrigado por la fama del galeno, se le ocurrió la feliz idea de enfrentar al sanador con científicos de verdad, juntó a varios médicos de la academia real de ciencias, a personajes como Lavoisier (padre de la química moderna), Benjamín Franklin (que por aquel entonces era embajador de EEUU en Francia), o Joseph Ignace Guillotin (de apellido inconfundible) y los puso a currar en las ideas del amigo Franz.

El resultado fue demoledor, "la nullité du magnétisme", ni fluido magnético ni hostias, Mesmer recogió sus bártulos y desapareció, pero sus ideas las continuaron varios de sus seguidores hasta el punto que, con los años, un médico inglés llamado James Braid, habiendo acudido como observador a una sesión de magnetismo con la intención de denunciar el fraude, se dio cuenta de que algunos de los pacientes allí presentes estaban tan sugestionados que parecían entrar en un estado alterado de la conciencia a medio camino entre la vigilia y el sueño, el hipnotismo moderno había nacido, método que a parte de atraer a feriantes y magos como moscas a la miel, también ha sido muy usado por gente seria en campos como la psiquiatría o la psicología.

Lo dicho, hasta un reloj roto acierta la hora dos veces al día.

jueves, 25 de septiembre de 2008

La calle de la pared




Si hay un lugar en el mundo en el que el sacrosanto dólar se siente a gustito ése es Wall Street, la calle del muro, el lugar en el que los colonos holandeses de Nueva Ámsterdam, allá por 1653, decidieron un buen día sustituir las defensas básicas de la colonia (poco mas que estacas en el suelo) por una muralla de cuatro metros de altura, ideal para protegerse de los ataques de los indios y los británicos, y de paso evitar que los esclavos africanos que trabajaban a destajo para la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales decidieran darse el piro.

Pierre Minuit se llamaba el tipo que hizo la gestión, entre otras, ya que entre sus hazañas también se encuentra la de haber comprado la isla de Manhattan a los indios Lenapes por unos 60 florines (24 dólares actuales), el ídolo de cualquier especulador de bolsa tan solo se aprovechó de la ausencia del concepto de propiedad privada en unos oriundos que eran nómadas, y se la traía al pairo los papeles firmados ante un individuo paliducho con cara de felicidad llegado de el otro lado de océano.

New York, New York, al ombligo del mundo le quedaba mucho para ser lo que es hoy, los británicos conquistaron y renombraron la ciudad en 1664, desmontaron el muro en 1699, y cien años después salieron por piernas de sus dominios trasatlánticos, mientras la pérfida Albión aún se lamía sus heridas, el Dios dinero plantó su semillita en la calle de la pared, concretamente al lado de un plátano de sombra, allá por 1792, siglo y medio después de los tratos de Minuit, veinticuatro primitivos “brokers” hartos de las comisiones que les imponían terceros en sus negocietes se juntaron en la calle, bajo el árbol que daba sombra al número 68 y llegaron a un acuerdo.

Los acuerdos del plátano de sombra se llamaron, en virtud de los cuales, aquellos tipos, se comprometían a venderse sólo entre ellos, y con unas comisiones fijadas de antemano, un club privado en el que pronto todo el mundo quiso tener un asiento, acababa de nacer el New York Stock Exchange.

No me es difícil imaginar las caras que hubiesen puesto aquellos 24 comerciantes del siglo XVIII si aquél 17 de mayo algún visionario gurú de la economía les hubiese asegurado que en apenas doscientos años el chiringuito que ponían en marcha movería en transacciones 21 billones de dólares al año.

Probablemente le hubiesen quemado en la hoguera, por brujo.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Fray Bartolomé y el de Jalisco




Dicen los defensores de la leyenda negra de España en Latinoamérica que un grupo de indios, antes de ser ajusticiados en Santo Domingo, al serles ofrecida la primera comunión para poder ir al cielo, preguntaron las ventajas dicho trámite, y al responderles los frailes que era el lugar donde iban los españoles buenos, los reos dijeron que nones, que para estar en semejante compañía mejor les mandaran al infierno.

En 1541 a los indios Caxanes y Zacatecos que vivían en la zona mejicana de Nueva Galicia, (lo que ahora es Jalisco) se les hincharon las pelotas, hartos de soldadescas y encomenderos, puteados, menospreciados y explotados por un tipo llamado Nuño Beltrán de Guzmán, en virtud de las leyes extrañas de un rey ajeno, abandonaron sus azadas y arados y cogieron flechas, arcos y cuchillos, y al grito de ¡ahora si, tú o yo!, se lanzaron a cortar cuellos europeos sin otra intención que la de expulsar a los intrusos o morir matando.

La guerra del Miztón la llamaron, y en ella quince mil paisanos, se enfrentaron y sacaron los colores a cuarenta mil compatriotas del que esto escribe que acudieron al mando del propio virrey Antonio de Mendoza a calmar por la vía rápida el asunto, y a pesar de que les costó lo suyo, lograron por fin evitar que la revuelta se extendiera por el resto de Nueva España a base de sacar brillo a picas, sables y arcabuces.

Fruto de aquel lío quedó para la historia un nombre, el de un indio que algunos consideran el primer guerrillero de América latina, llamado Francisco Tenemaztle, que misteriosamente al ser capturado (se entregó) no acabó, como era de esperar, colgado del pescuezo o arcabuceado frente a una tapia, sino que despojado de posesiones y familia, con una mano delante y otra detrás, cargado de cadenas, fue expulsado de su tierra y desterrado a Castilla.

Por estos lares anduvo el desdichado indio, tocando las teclas que pudo y denunciando sus penas a quien quiso oírle, poca gente lo hizo, pero misterios del destino, o quizás porque Dios los cría y ellos se juntan, frente al Consejo de Indias tuvo como ayuda nada mas y nada menos que a Fray Bartolomé de las Casas, el hombre que más hizo en aquellos tiempos por abolir la esclavitud y conseguir que al indígena americano no se le considerase como una especie de infra-hombre, al parecer el Fray no solo se conmovió con la historia de Francisco, sino que se empapó de parte de su discurso, y en su propia obra quedó algo del pensamiento de este hombre.

Desconozco como y donde acabó sus días el de Jalisco, pero intuyo que no muy bien, sin embargo consiguió que su nombre y sus ideas acabaran siendo asociadas a las de un personaje, en eso los españoles podemos presumir de compatriota, que hace quinientos años ya tenia bien clarito lo que son los derechos humanos y lo mucho que hay que pelear por defenderlos.

jueves, 18 de septiembre de 2008

La huída de Agatha




El coche de Agatha Christie apareció un 3 de Diciembre en una cuneta cerca de Newlands Corner, el típico paraje ingles donde las verdes colinas lo inundan todo, se extienden hasta el horizonte casi fundiéndose con un cielo perpetuamente grisáceo, el bello Morris Cowley parecía extraído de una de las novelas de su dueña, intacto y solitario, testigo mudo de misteriosos eventos, consiguió hacer saltar las alarmas de medio país.

La reina del crimen había desaparecido, se había volatilizado tras besar dulcemente a su hija Rosalind la mañana de ése mismo día, la ficción hecha realidad, pero sin orondos detectives belgas con la cabeza ahuevada y bigotes kilométricos, la policía que se ve en un aprieto, los ojos de medio mundo se fijan en ellos y la investigación comienza con un claro sospechoso, Archie Christie el infiel esposo de la escritora.

Los rumores se disparan conforme van pasando los días, las palabras suicidio y asesinato salen de la boca de la plebe continuamente, los dedos señalan y agobian a Archie, se dice que la policía ha pinchado su teléfono, que siguen y acosan a su amante, una tipa llamada Nancy Neele a ver si la pillan en un renuncio.

Hasta el propio Sir Arthur Conan Doyle interviene en el asunto, el padre de Sherlock, es un poco friki y le vuelven loco los mediums, se hace con un guante de Agatha, se lo manda a su espiritista favorita que pone los ojos en blanco y se equivoca por enésima vez, pasan los días y nadie consigue nada, los peores presagios comienzan a tomar forma hasta que, tras once días de misterio, la reina de la novela negra aparece vivita y coleando en un balneario de Harrogate, en Yorkshire, un hotelito con spa donde se ha inscrito con nombre falso y el mismo apellido de la mujer que le pone los cuernos.

Ahí queda eso.

La gente se enfada, se han quedado sin su dramático final, piden explicaciones que nunca recibirán, los auténticos motivos que la empujaron a coger las de Villadiego se los llevó Agatha a la tumba, nunca habló de ello, nunca volvió a tocar el tema.

Si hubo varias explicaciones oficiosas, que si fue un correctivo para su esposo, que si la muerte de la madre la condujo a un estado de bloqueo y amnesia, que si fue una excelente campaña publicitaria para “El asesinato de Roger Ackroyd” el libro que por aquel entonces petó las librerías, nadie lo sabe, sólo la protagonista, la más famosa escritora de libros de misterio, que en Diciembre de 1926 quiso poner un poco de intriga a su propia existencia.

martes, 16 de septiembre de 2008

Ursula




El veinte de noviembre del 36 dos sombras abandonaron la ciudad de Kiel adentrándose en el atlántico con dirección al sur, dos inmensos tiburones metálicos sin bandera, ni identificación, ni pabellón, con órdenes expresas de pasar inadvertidos hasta llegar a su destino, con una tripulación que bajo pena de muerte debía olvidar en el futuro la misión con nombre de mujer que en aquel momento comenzaba.

Ursula, era el nombre en clave, de la acción y de la hija del jefe, un Capitán de Corbeta llamado Kart Dönitz ambicioso, recién ascendido a comandante de la segunda flotilla de submarinos alemana que probablemente en aquellos días ni tan siquiera se imaginaba que sólo nueve años después, con el grado de Almirante, sería el substituto durante veintitrés caóticos días del mismísimo Adolf Hitler, después de que éste se volara la sesera, teniendo el honor de ser el responsable de hincar los dientes ante yankis, rusos y británicos.

Pero eso es harina de otro costal, aún quedaba mucho por delante, los planes expansionistas nazis exigían tener una flota de submarinos bien engrasada, capaz de poner en un brete a la todopoderosa armada británica, y no era así, necesitaban un “sparring” con el que entrenarse, llevar a la práctica en una situación real lo que tantas veces habían simulado.

La mermada flota republicana en la recién estrenada guerra civil española era el objetivo ideal, a pesar de estar dividida, enfrentada, y con una importante ausencia de mandos, (muchos de ellos estaban con Franco) aún podía tocarle las narices de sobremanera a los sublevados, que estancados en el norte de África todavía tenían que cruzar el estrecho.

Así que de ésa manera, sin declaración previa de guerra y en el más estricto secreto, el U-33 y el U-34 vinieron a aguas españolas a hundir barcos republicanos, y durante un mes, entre noviembre y diciembre del 36 anduvieron a la caza del rojo.

Y los primeros intentos fueron un fiasco, o no acertaban con los torpedos, o estos no funcionaban correctamente, o en el último momento aparecía por el horizonte un destructor británico chafandoles la fiesta, consiguieron a pesar de sus correrías pasar inadvertidos, y cuando el 12 del 12 del 36, plegaron velas y con sus desastrosos informes decidieron volver a casa, la mala fortuna hizo que se toparan de frente con el C-3, uno de los doce submarinos que por aquel entonces permanecían fieles a la república, frente a la costa andaluza 37 hombres terminaban su rancho y esperaban sin saberlo su destino.

El capitán del U-34 no falló en ésa ocasión, le endiñó con un torpedo al C-3 en el centro del casco, partiéndolo por la mitad y mandando al fondo del mar a 37 de los cuarenta tripulantes, envueltos en un amasijo de hierro que se convirtió en tumba acuática, allí descansan aún, matados por la espalda, a setenta metros de profundidad y cinco millas del puerto malagueño.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Sarah "La louchette"




1840, en algún tugurio perdido de la mano de de Dios, Sarah descansa tras un duro día de trabajo, sentada sobre una vieja y desvencijada silla nota como los años y la sífilis comienzan a roer sus entrañas, duele, como una autómata desarrolla un ritual casi sagrado, con el pulso tembloroso vierte agua fría sobre un terrón de azúcar, observa como se deshace lentamente, arrastrándose hasta el fondo del vaso de absenta, el líquido verde se torna lechoso, apetecible, el primer trago la calma, el dolor desaparece por un momento antes de que el segundo lingotazo traiga de nuevo las convulsiones.

Mira a su alrededor, no le gusta lo que ve pero hay que joderse, no queda otra, una vida perra que la ha envilecido, que la ha hecho arrastrar sus sufridos huesos por la mitad de los prostíbulos de Paris, violenta, primaria, desconfiada, sus ojos torcidos reparan en un espejo, su mirada encuentra bajo dos dedos de mugre el reflejo de un despojo, calva, bizca y huesuda su precio en el mercado de la carne no hará sino descender con el tiempo.

Un murmullo la saca de sus pensamientos, el joven que descansa en el camastro recita algo entre dientes, un niño bien con el que se ha divertido, que ha pagado religiosamente el opio y el “hashish” que ahora embotan su cerebro, es la última visita, ella lo sabe y él también, no habrá mas, sus destinos se separan desde ése mismo instante, cada cual por su lado y a ver que sorpresas les depara el futuro.

Sarah “La Louchette” desconoce que su nombre no se olvidará, grandes generales y hombres de fortuna envidiarán su lugar en la historia, la inmortalidad que en forma de poema, el joven crápula y adicto que reposa en su catre prepara para ella, y no hay más que mirarlo, 168 años después, en cualquier edición de “Las flores del mal”, el poema XXXII escrito por Charles Baudelaire a la mujer que probablemente tuvo el honor de contagiarle la enfermedad que le llevó del catre a la tumba.


“Una noche junto a una horrorosa judía,
como junto a un cadáver un cadáver tendido,
me di a pensar, al lado de aquel cuerpo vendido,
en la triste belleza que mi cuerpo ansía.

Y me representaba su majestad nativa,
su mirar vigoroso, de gracia penetrado,
sus cabellos que le hacen un casco perfumado,
cuyo solo recuerdo, el amor en mí aviva.

Pues con fervor tu noble cuerpo hubiera besado,
desde tus frescos pies al cabello trenzado,
de profundas caricias desatando el tesoro

si alguna vez tu rostro lágrimas verdaderas
surcaran fácilmente, reina de las panteras,
poniendo en tus pupilas como un temblor de oro”

El filósofo y el tuerto




El doce de octubre del treinta y seis comenzaba quedar claro que la guerra iba para largo, con el país fracturado en dos, la herida por la que se desangraba España no tenía visos de cerrarse en mucho tiempo, los frentes estaban mas o menos estabilizados y tras ellos la represión contra el opositor comenzaba a mostrar tintes brutales, en las retaguardias el terror se instauró como útil medio para mantener prietas las filas, fusilamientos, juicios sumarísimos y “paseos” de los que nunca nadie regresaba, se convirtieron en el pan nuestro de cada día, en el medio natural para resolver disputas no solo políticas, sino también económicas, familiares o incluso derivadas de males de amores, hermano contra hermano, tío contra sobrino, hijo contra padre.

Ése era el rancio ambiente que se respiraba aquel día en el Paraninfo de la Universidad Salmantina, que lo impregnaba y pudría todo, el día de la raza, el día en el que los militares sublevados festejaban el descubrimiento de América, entre vivas a España, el profesor Francisco Maldonado comenzó su discurso metiendo caña a catalanes y vascos delante de un Unamuno que nacido en Bilbao tomaba notas en silencio.

El filósofo en un principio había apoyado la sublevación, había querido ver en Sanjurjo, Mola y Franco, una garantía del mantenimiento del orden y los valores cristianos, pero su fe en el alzamiento fue desvaneciéndose en la medida en la que muchos de sus compañeros y amigos fueron pasando por el paredón, al final, desencantado, con la sabiduría y la libertad de quien de sabe en el final de sus días tomó la palabra:

“Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo hice otras veces. Pero no, la nuestra es sólo una guerra incivil. (...) Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión. Se ha hablado también de catalanes y vascos, llamándolos anti-España; pues bien, con la misma razón pueden ellos decir otro tanto. Y aquí está el señor obispo, catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer, y yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española, que no sabéis...".

Las palabras del anciano escritor zurcieron el aire y las conciencias de los allí presentes, Millán Astray, general fundador de la legión, tuerto y manco, rodeado de una guardia personal armada hasta los dientes, iracundo, con odio supurando por sus tullidos poros respondió:

"¡Cataluña y el País Vasco, el País Vasco y Cataluña, son dos cánceres en el cuerpo de la nación! ¡El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí!".

Palabras que alguien entre el público remató con el lema de “Viva la muerte”.

Pero el caso es que Don Miguel no se achantó:

“(…)El general Millán Astray es un inválido. No es preciso decirlo en un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente, hay hoy en día demasiados inválidos. Y pronto habrá más si Dios no nos ayuda. Me duele pensar que el general Míllán Astray pueda dictar las normas de psicología de las masas. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como dije, que carezca de esa superioridad de espíritu suele sentirse aliviado viendo cómo aumenta el número de mutilados alrededor de él. (... ) El general Millán Astray quisiera crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por ello desearía una España mutilada...”.

Al legionario le tuvo que salir la bilis por los oídos después de aquello, acto seguido soltó un improperio que no sorprende viniendo de quien vino.

“Muera la inteligencia”

El hombre más inteligente de los allí presentes concluyó un discurso que ya estaba camino de pasar a la historia:


"¡Éste es el templo de la inteligencia! ¡Y yo soy su supremo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España".

Menos de diez días después, Unamuno perdía su cargo, el último día de ése mismo año, tras varios meses de arresto domiciliario moría de repente en su casa, al enterarse del suceso Antonio Machado escribió:

“Hoy ha muerto Unamuno repentinamente, como quien muere en la guerra, ¿contra quién?, quizás contra si mismo”

Un dramaturgo, un conquistador y un mago




Hay tipos especiales hasta en la forma de morirse, recordatorios evidentes de lo asquerosamente frágil que es el ser humano, no importa lo grande e importante que seas, el poder y las riquezas que atesores, las veces que hayas salido victorioso tras poner tu pellejo en juego, criarás malvas antes o después.

El ejemplo más grande y evidente quizás sea el de Alejandro Magno, el conquistador, el tipo que agarró el continente asiático por el forro de los caprichos y apretó, hasta sacar todo el jugo, el genio militar, el mito.

Una vida entera sorteando mil y un peligros, mil y un intentos de asesinato, adentrándose en la batalla al frente de una masa casi incandescente de gargantas capaces de seguirle hasta las mismas puertas del infierno, un semi-Dios adorado por los suyos que acaba palmando por cogerse un pedo descomunal con los amigotes, (aunque a su muerte ya debía andar jodido con malaria, el alcohol probablemente sólo remató el trabajo)

Aleccionador.

Otro que me viene a la mente es Esquilo, literato anterior a Alejandro, luchador en las batallas de Maratón y Salamina, dramaturgo fértil que según la historia huyó de la ciudad aconsejado por el oráculo, advertido de que su muerte se produciría al caérsele una casa encima, evitó el hombre los techos mientras pudo, pero no contó con la afición que tienen los quebrantahuesos por lanzar restos óseos desde las alturas, por lo visto un pajarraco con puntería le acertó en la sesera con el caparazón de una tortuga.

Irónico.

El último de esta lista es un mago, ya he hablado de él, Houdini presumía de poder parar con el vientre los golpes más salvajes, en octubre de 1926 a la salida de una representación en la que probablemente se había sumergido boca abajo con media tonelada de cadenas perfectamente atadas a una camisa de fuerza, se le acercó un grupo de universitarios con los que no dudó en vacilar un rato, craso error, ya que entre el grupo se encontraba un angelito llamado William Lances boxeador que le calzó un hostión de tal calibre en el estómago que le reventó el apéndice, no se quejó el mago en el momento, pero con las peritonitis no se juega.

Inútil.

Troppo vero !!!




Ahí está, por los siglos de los siglos, Giovanni Battista Pamphili, más conocido como Inocencio X, con su nada inocente cara observando al genio que le retrata, rojo sobre negro, mirada ajada, agria, desconfiada, más propia de un personaje de los Soprano que de el representante de Dios en la tierra, con la mano izquierda agarrando el reposabrazos mientras el pulgar sostiene una nota sin duda repleta de intrigas.

Puteado, molesto porque en la paz de Westfalia los europeos habían puesto fin a treinta años de muertos, una panda de inútiles que habían tenido la osadía de dejarle a un lado, ninguneando su mando espiritual, reduciendo sus prebendas, menos poder para un cargo para el que hay que valer, para el que hay que tener ojos en la nuca.

Manipulado, viejo, rodeado de hombres inútiles y mujeres perversas, con su cuñada con derecho a roce Olimpia Maidalchini a la cabeza, haciendo y deshaciendo, condimentando el vino de sus enemigos con venenos de toda clase y condición, preguntándose a cada bocado si es el último, si la última puñalada trapera asestada en palacio tendrá como destino sus propios riñones.

Una familia encantadora, generosa, nada apegada al dinero, tanto que a la muerte del propio Inocencio no quisieron ni pagar su entierro, dejando al Papa tres días cogiendo frío en la sala de la plancha, hasta que el tema comenzó a oler por si mismo y no quedaron más huevos que rascarse el bolsillo.

Un sinvivir, una pintura genial, el hombre y sus demonios, a la vista, sin necesidad de escarbar demasiado, un papa desnudo y un autor, sevillano pintor de la corte española, que cuenta más en una pincelada que muchos escritores en diez capítulos, un maestro que en vista del percal Vaticano no se achanta y hace el mejor de los retratos.

Una frase que pasará a la historia, cuando el Santo Padre se ve por primera vez frente al cuadro, arruga el morro y mira de forma sombría a sus sirvientes, es como un espejo que no refleja nada bueno, una realidad fría y desoladora ante su dueño, por fin se decide a hablar, dos palabras cortan el aire quedando eternamente asociadas a su persona.

-Troppo Vero!! (Demasiado verdadero!!)

Dj Trafalgar




Desde el cabo de Trafalgar la vista es hermosa, a ambos lados del mismo los arenales de las costas gaditanas se extienden imponentes invitando al baño, tras un breve trecho con el sol apretando en el cogote, dos paseantes, uno francés y otro español, nos apoyamos sobre la barandilla maltratada por el salitre y prendemos un cigarro, lamentamos no haber traído un pantalón corto y observamos en silencio el horizonte.

-Mira Jerome, aquí fue donde los ingleses nos dieron por culo.- Comento.

Rodeamos el faro, encontramos un mísero cartel con cuatro frases y un par de fotos, intentamos imaginar como fue el fregao dos siglos atrás, no cuesta mucho, sesenta navíos dispuestos a despedazarse, tuvieron que hacer ruido, cargados hasta las trancas con marinos con oficio y sin él, levantando una polvareda blanca entre un mar de astillas y sangre, apretando los dientes, obligados a escoger entre las balas de 24 libras o las de 18, acordándose de la madre que parió a Napoleón, a Godoy y a toda la caterva de chorizos que seguramente se tomaban una limonada fresquita a miles de kilómetros de distancia, rezando por que el estruendo cesase y alguien detuviera la carnicería que puso punto y final al intento francés por dominar a la pérfida Albión.

Y tras eso la rendición, con los barcos desvencijados, como quesos de gruyer, y de remate un bonito temporal, con la mar insatisfecha, reclamando los cuerpos aquellos que habían osado masacrarse en sus dominios.

La juega playera nos trae de nuevo al presente, el sol pica y encaminamos nuestros pasos hacia el chiringuito, de retirada nos cruzamos con unos ingleses, enrojecidos como tomates, con una vestimenta totalmente apropiada para conquistar el Congo Belga y con sus cámaras de fotos en ristre, parecen intrigados por conocer el lugar que da nombre a la famosa plaza, avanzamos por el camino pedregoso, sorteamos un par de grupos de turistas que lucen alegres michelines y domingas en el paraíso, sonrío, y al final del camino lo flipo, en el parking de acceso a la playa un grupo de chavales con las pupilas dilatadas y el pelo pincho estiran la fiesta entre litronas de cerveza en torno a un coche a cuya batería han conectado dos bafles enormes y una mesa de mezclas, el DJ está fuera de si, en sus oídos el chunda-chunda debe sonar a música celestial, yo personalmente pido a Dios que mande un meteorito sobre sus cabezas, el gabacho y media playa comparten mi opinión, pero que se le va a hacer, no ocurre nada.

Mientras cierro las puertas del coche y tiramos hacia Barbate me imagino a cualquiera de los marinos que, náufragos tras la batalla llegaron a esas mismas playas hace dos siglos, calados hasta los huesos y santiguándose por seguir de una pieza, pienso la cara que pondrían si les metieran en una cápsula del tiempo y vieran el percal actual, lo mismo se volvían corriendo al agua.

viernes, 12 de septiembre de 2008

La bolsa o la vida




No se quien dijo que las burbujas económicas sólo se someten a dos reglas, la primera es que existen, (aunque los que se forran a su costa juren por la gloria de sus madres que no es así), la segunda es que explotan, da igual los medios que se empleen para evitarlo, ningún globo se puede inflar eternamente, es un hecho misterioso que a pesar de su obviedad es más fácilmente entendible por un niño de tres años que por muchos inversores, los mismos que cuando el asunto hace “puff!” claman al cielo buscando venganza por su mal fario.

El 24 de octubre de 1929 fue jueves y negro, ése día salió a la venta el primer y más famoso fascículo de una colección de libros llamada “como joder en 24 horas tus ahorros en bolsa”, interesante serie que se edita periódicamente, cada tres o cuatro lustros, impepinable, cíclica y a la que nunca faltan compradores, tradición mantenida de padres a hijos, de abuelos a nietos, toda la vida currando para cambiarlo por cuatro papelitos, papel higiénico de lujo, la misma piedra desgastada a base de tropezar con ella.

Y el caso es que al final siempre hay un grupo selecto listillos que salvan el culo a tiempo, que recogen el velamen antes de la tormenta y luego hacen frases que pasan a la historia, como la que dijo el patriarca de los Kennedy , Joseph Patrick Kennedy Senior, al vender buena parte de sus valores en bolsa justo antes del crack del 29, “cuando hasta el limpiabotas te aconseja invertir en esta o aquella acción, es que el mercado está inflado”.

Y tanto, los locos años veinte llevaron un desquiciado proceso especulativo a la bolsa, era tremendamente común el pedir créditos bancarios para financiar hasta 2/3 partes de la inversión en acciones aunque el PER (un indicador que se usa para establecer si una compañía esta sobrevalorada) en algunos casos triplicaba lo aconsejable, da igual, leña al mono, que el miedo es para nenazas y fracasados, la bolsa nunca baja, los pisos nunca bajan, tiembla Rockefeller, que hay un nuevo gallo en el corral.

Así les fue, “para dormir o para saltar” preguntaban en los hoteles a los ex millonetis cuando pálidos como filetes de pollo alquilaban las habitaciones de los últimos pisos, así es la vida, como consuelo a los que nos suelen dar en los morros nos queda que aquel histórico día también hubo mucha gente valiosa que se pilló los dedos, Groucho Marx o Winston Churchill, por ejemplo.

Dicen que hay una ley económica no escrita que sostiene que los grandes rascacielos se construyen siempre antes de los crash bursátiles, el Empire State durante el 29, las Torres Petronas antes de la crisis asiática de hace unos añitos, el nuevo World Trade Center tras la bofetada sub-prime, y de ser verdad no hay mas que darse un paseo por la castellana para darse cuenta de lo que nos espera.

Metralleta Mc Gurn




El 14 de Febrero del treinta y seis, a Jack “Metralleta” Mc Gurn se le quedó la boca seca, borracho y pendenciero, con la cartera mas tiesa que la mojama y el pellejo hinchado por el wisky, era una vieja gloria venida a menos, embutido en unos pantalones de alquiler, probablemente intentaba hacer valer sus galones frente a dos jóvenes compañeros de oficio, probablemente les daba una clase magistral reducida de cómo convertirse en el perfecto proxeneta, o de cómo usar con clase una Thompson en un tiroteo, no cuesta trabajo pensar en las frases que salían de su boca, seguramente añorando los buenos años en los que de la mano de “Caracortada” Capone, Jack tenía potestad para apretar las pelotas de cualquier ciudadano de Chicago que osase ponerse en su camino.

La conversación no acabó con un abrazo, ni con un apretón de manos, sino con dos docenas balas disparadas a quemarropa sobre el saco de huesos en el que se había convertido Mc Gurn, sobre su mano muerta sus asesinos depositaban una tarjeta del día de San Valentín y una moneda de 5 peniques, en la tarjeta unas frases:

“Has perdido tu trabajo, has perdido tu pasta, tus joyas y casas preciosas, pero las cosas podrían ir peor, ya sabes, todavía conservas los pantalones”.

Ironía siciliana, y es que quien a hierro mata, a hierro muere, y Jack había matado mucho, unos 25 palomos se calcula, desde que puso los pies en suelo americano; siendo niño en Ellis Island y mas tarde el las callejuelas de la “Pequeña Italia” pronto intuyó lo que quería ser de mayor, cuando “la White Hand Gang” mató a su padre por un quítame allá esas pajas, tomó una decisión que le llevó a recorrer un camino sembrado de cadáveres, los más famosos los siete que por orden de Al Capone dejó cogiendo frío en el garaje de la SMC Cartaje Company , exactamente siete años antes de su propia muerte, en lo que ha pasado a la historia como “La matanza del día de San Valentín”.

A pesar de que todo el mundo sabía quién había apretado el gatillo, Jack libró por aquello gracias a que afirmó estar retozando en un hotel con una guapa muchacha llamada Louise “la coartada rubia” Rolfe, que juró a pies juntillas haber estado en la cama con su novio en el momento de los disparos, cuando meses más tarde, a la propia Louise la pillaron en un renuncio y quedó claro que era mentira, tuvo que casarse con Mc Gurn para no tener que declarar en el juicio (legalmente no estaba obligada a declarar contra su marido) y salvar la acusación de perjurio.
Durante aquellos años de fama, el cabronazo de Jack regentó varios garitos musicales, con tácticas tan expeditivas para el negocio como la de cortar la lengua a el cantante de los locales rivales, el éxito estaba asegurado, durante unos pocos años al menos, porque tras aquello, con la caída del propio Capone el negocio comenzó a degenerar tan rápido como la moral de su dueño, cuando el gobierno además le metió en la lista de los “10 mayores peligros públicos” muchos de sus compañeros evitaron seguir haciendo trapicheos con él acelerando la barrena.

Cuando mordió el polvo poca gente le lloró, y mas de uno respiró tranquilo, era una leyenda viva y peligrosa, un archivo con piernas, notario de las muchas fechorías de los mafiosos más famosos del siglo XX, quizás ése currículo fue el que le condujo a la tumba.

PD: En la foto “la coartada rubia” y “el metralleta” sonríen felices ante la vida.

Gerda y André




Los primeros años treinta de este siglo pasado transformaron París en un lugar lleno de exiliados, los franceses miraban atónitos, (y probablemente algo acojonados) como un demonio con bigote ascendía al poder en las tierras de sus vecinos del norte, mientras oían el ruido de sables proveniente del sur, atrapados en ésa espiral, dos jóvenes de origen judío las pasaban putas para salir adelante, Andre Friedman y Gerta Pohorylle buscaban en la venta de fotos el noble y doble objetivo de no morir de inanición y evitar la deportación, ya que con un trabajo de periodistas no les expulsarían.

Siempre se ha dicho que el hambre agudiza el ingenio, y debe ser verdad por que la pareja, harta de malvender sus fotos a los diarios de la época, decidieron inventarse un personaje, un fotógrafo americano mundialmente conocido que no disponía de tiempo suficiente como para perderlo en la mundanal compra venta periodística, a aquel tipo le dieron el nombre de Robert Taylor y casi el apellido de Frank Capra, el resultado “Robert Capa”, firma con la que comenzaron a mover su propia obra.

Y resultó, tanto que se convirtió en una marca que los diarios franceses comenzaron a reclamar, permitiéndoles ganarse la vida decentemente y embarcarse al poco (como reporteros de guerra) en una aventura con destino al infierno que se había declarado en España.

La fama mundial les llegó en estas tierras, mientras retrataban la miseria del hombre contra el hombre como nadie, fueron responsables de la instantánea más conocida de la guerra, aquella tan famosa en la que un miliciano cae abatido ante la cámara, polémico retrato que tiene casi tantos defensores como detractores, muchos afirman que fue un montaje, aunque ya poco importa, cuando se distanciaron, el se llevó el nombre y la fama, y ella comenzó a firmar con el seudónimo de “Gerda Taro”, pariendo un puñado de fotos impresionantes fruto del poco apego que aquella loca de la cámara parecía tener por su pellejo.

Así mientras volvía de la batalla de Brunete, acompañando en el camino a los republicanos mientras éstos lloraban a sus muertos y se lamían las heridas, dos cazas franquistas aparecieron por el horizonte generando pánico en la columna en retirada y haciendo que el conductor de un tanque se llevara por delante el estribo del coche de general Walter, lugar donde viajaba nuestra intrépida amiga, aplastándola al caer ésta al suelo.

Gerda Taro murió al día siguiente, pasando al lugar donde descansan los mitos, fotógrafa como la copa de un pino, buena parte de su obra está fusionada con la de Capa, siendo casi imposible llegar a separarla de la de ése tipo moreno y delgaducho que es hoy en día el referente de cualquier fotógrafo bélico.

PD: En la foto una miliciana afina su puntería en Barcelona, fotografiada por Gerda Taro

Hogueras, cuernos y navajazos




El veintiuno de Agosto de 1622, Juan de Tasis y Peralta, Conde de Villamediana paseaba por la Calle Mayor madrileña con su amigo y compañero de correrías el Conde de Haro, despreocupados, los aristócratas le daban a la sinhueso sin otra intención que la de hacer aquello para lo que sin duda Dios les había traído al mundo, es decir, vivir la vida a tutiplén a costa de los sufridos españolitos.

Tan centrados debían andar los condes en su aristocrático oficio que no hicieron demasiado caso al hombre que, con la excusa de dar un mensaje al de Villamediana se acercó al carruaje que les transportaba, y tal recado debía ser para San Pedro, porque en cuanto el desconocido tuvo a tiro al noble, le metió dos palmos de acero toledano “made in Spain” entre pecho y espalda, echando a correr acto seguido calle abajo.

“Esto es hecho” se dice que comentó el herido mientras notaba como la vida se le escurría entre los dedos, y así fue, ya que al poco palmaba antes de que nadie pudiera hacer nada por él, se iba un Conde poeta, cortesano, rejoneador, vividor, amigo de Góngora y enemigo de Quevedo, habitual de timbas y burdeles que no dudó en escribir multitud de sonetos metiendo caña a la pandilla de políticos caraduras que por aquellas épocas (hay cosas que nunca cambian) se dedicaban a choricear a manos llenas las arcas del estado.

Su lengua mordaz le canjeó enemigos acérrimos y su picha brava completó el trabajo, un artista seductor de doncellas y mujeres casadas capaz de engatusar hasta la mismísima Reina, que a pesar de ser mucho mas joven que él y para enojo de Felipe IV, le reía las gracias con los ojos haciéndola chirivitas, se comenta que en una jornada de rejoneo, mientras el Conde hacía cabriolas delante de los toros la monarca comentó “¡Que bien pica el Conde!”, a lo que su regio marido contestó con la mirada sombría “Pica bien, pero pica demasiado alto”.

Nunca encontraron al asesino, entre otras cosas porque no lo buscaron, si bien la mano ejecutora fue la de un mercenario, el encarguito vino desde lo más alto, y es que si después de convertir en Miura al jefe de estado, te paseabas en el siglo XVII por medio Madrid con una capa bordada con el lema “Son mis amores, reales”, estabas pidiendo guerra.

Fue un escándalo, medio país acusó del asesinato a Felipe IV y el otro medio al conde duque de Olivares, no debía andar desencaminado el populacho, ya que al poco de su muerte, para evitar que se convirtiera en una especie de mito, la Santa Inquisición entró en escena rematando la faena y acusando al de Villamediana de sodomita, montando en la plaza Mayor de Madrid cinco lindas hogueras sobre las que tostaron a cinco pobres infelices a los que previamente les habían sacado la confesión a hostias.

Cuernos, navajazos y pecados de tipos poderosos por los que siempre pagan inocentes, no puede haber una historia mas típicamente española.

Cócteles y dictadores




¿Que tendrán los dictadores que siempre les parecen pequeños sus dominios?, ¿que misteriosos y pestilentes procesos gobernarán sus podridas cabezas?, supongo que ése es un tema digno de estudio, alguien, un organismo internacional o una ONG (cerebros sin fronteras, o algo por el estilo) debiera dedicarse a recoger los sesos de los cabrones de la humanidad, cuando palman, bien en la horca, bien masacrados por sus sufridos súbditos o bien en la cama acribillados por tubos y respiradores, debiera ser obligatorio que una cuadrilla de asépticos neurólogos, con su serrucho y su frasco de formol, pudieran coger la masa gris del finado y llevársela bajo el brazo, para estudiarla con calma, a lo mejor así se podría llegar a entender lo incomprensible.

En 1939, Stalin dio buen ejemplo de ello, después de repartirse Polonia junto con su amigo Adolf, (si es que los extremos en el fondo se adoran), se encaprichó de la tierra de los finlandeses decidiendo mandar a 450000 hombres al país vecino para, básicamente, quedarse con todo.

Creían los rusos que aquello iba ser como coser y cantar, pero les salió rana, los finlandeses, y su gran amigo el general invierno, resultaron ser un hueso difícil de roer incluso para los bien aclimatados vecinos del este, con una proporción de uno para tres, plantaron cara sacándoles los colores a los mandos estalinistas, entre los que reinaba una peligrosa mezcla de incompetencia y orgullo.

Fruto de aquel sindios, nació uno de los cócteles mas famosos de la historia, el Molotov, bautizado así por los finlandeses en honor al diplomático ruso Viacheslav Molotov, un cara dura que mientras sus cañones rugían en el ártico, tuvo la poca decencia de declarar al mundo que “el ejército ruso no esta bombardeando Finlandia, tan solo está enviando alimentos”, a lo que los finlandeses respondieron con sorna que “Ya que Molotov pone la comida, nosotros pondremos los cócteles”.

La guerra de invierno le salió cara a Stalin, 127000 muertos nada menos, y aunque al final Finlandia perdió el 10 % de su territorio, el ejército rojo mostró a las claras su debilidad, hasta tal punto que tras el fiasco, Stalin recuperó a buena parte de los oficiales previamente purgados por no ser entusiastas comunistas, e intento modernizar sus medios, demasiado tarde, porque desde el sur unos tipos rubios con los ojos azules y gorras de plato con calaveras miraban y atentamente tomaban nota, decidiendo no esperar a 1945 para invadir la URSS.

Arthur Nebe




Hay una escena, creo que es en “la chaqueta metálica”, en la que un generalote amenaza con meter un puro al protagonista al darse cuenta de que éste lleva en el casco un símbolo de la paz al lado de la frase “Born to Kill”, antes del correctivo le da al soldado la oportunidad de explicar semejante contradicción, y éste ante la necesidad urgente de encontrar una buena excusa, acaba apelando a la dualidad del ser humano.

Todo este rollo es para introducir al tipo mas “dual” de la segunda guerra mundial, un pedazo de cabrón, nazi, antisemita y criminal de guerra al que la historia ahora quiere rehabilitar, Arthur Nebe fue sin duda uno de los jerifaltes del Reich, director de la Kriminalpolizei (Kripo para los amigos), fue un experto criminólogo antes de la guerra que pasó de perseguir asesinos a colaborar activamente con ellos, estuvo destacado nada mas y nada menos que al frente del “Einsatzgruppen B”, entre Junio y Noviembre del cuarenta y uno, campando a sus anchas por la tierra conquistada a los rusos y arrasando con cualquier cosa que oliera a judío.

Aquella panda de psicópatas fueron los responsables de cientos de miles de fusilamientos (hombres mujeres y niños sin distinción alguna) hasta tal punto que tanta crueldad acabó haciendo mella en los propios verdugos, nadie, ni el mas loco, puede disparar contra cientos de personas al día sin acabar sintiendo la necesidad de volarse la tapa de los sesos, los nazis lo sabían y fue precisamente eso lo que llevó a la creación de sistemas de exterminio masivo por gastamiento, para evitar que los chicos rubios se tuvieran que seguir ensuciando las manos.

De hecho uno de los rumores que corren sobre Nebe es que tras estar a punto de palmar borracho un día que se quedó dormido en el coche (con el motor encendido dentro de su garaje), tuvo la triste idea de conectar la salida del tubo de escape de los camiones de transporte al receptáculo donde se hacinaban los condenados, de tal forma que al poco todos los que estuvieran en el remolque murieran por efecto del monóxido de carbono.

Espeluznante, se le atribuyen unas cuarenta y cinco mil muertes, y es aquí donde empieza las dudas sobre este individuo, existen historiadores que ahora afirman que Nebe en realidad usó todo su poder para salvar a la mayor cantidad de gente posible, atribuyéndose ejecuciones que nunca se llevaron a cabo, de tal forma que, a la vez que mataba a muchos (por obligaciones del cargo) salvaba a muchos otros, lo que se llama poner una vela a dios y otra al diablo, de lo poco que está realmente contrastado, es que fue relevado de su cargo por “blando” y que efectivamente fue el “topo” más valioso de la resistencia alemana en el selecto grupo de hijos de perra que formaron la RSHA (oficina de seguridad del Reich).

Al final conspiró contra Hitler, y tras el atentado fallido de Julio del 44 tuvo que poner pies en polvorosa, aunque de poco le sirvió, porque poco tiempo antes de acabar la guerra fue descubierto y trasladado a la prisión de Ploetzensee, donde le colgaron por el pescuezo con una cuerda de piano.

Piernas de hojalata




A cuadros se debieron quedar los alemanes que custodiaban los cielos del norte de Francia el 9 de agosto de 1941 cuando, tras celebrar con júbilo el derribo de un caza Spitfire inglés vieron al tipo que lentamente descendía con su paracaídas desde las alturas, menudo, con ojeras y tez mortecina, al llegar al suelo aquel individuo no pudo ni tan siquiera intentar emprender la huída, no tenía piernas.

Douglas Bader, o tin legs como le llamaban sus colegas no era un piloto del montón, era un as del aire que había derribado nada mas y nada menos que a 23 aviones enemigos en los meses anteriores, y todo ello a pesar de su minusvalía, Douglas había perdido las dos extremidades inferiores en 1931, mientras hacía el cabra y vacilaba haciendo acrobacias aéreas delante de los jóvenes cadetes a los que en teoría instruía, salvó el pellejo de milagro y tras una penosa recuperación en la que nadie daba un duro por él pidió reincorporarse a su oficio, no le dejaron al principio, pero más tarde, para desgracia de la Luftwaffe le pusieron un par de patas de palo y le mandaron a la lucha.

No tardó en estrellarse por segunda vez, solo que en esta ocasión salió indemne, y debía ser muy jodida la carestía de pilotos que tenía la RAF , porque a pesar de ése currículo le confiaron un tercer avión.

Y cuando por fin se adaptó, resultó que el tío era un hacha, por lo visto, en los giros extremos aguantaba mejor los problemas que tenían otros pilotos, que sufrían perdidas de visión transitoria por irse la sangre de la cabeza a los pies, cuando estazó su tercer y último avión, esta vez obligado, ya se había hecho un nombre entre sus captores, que le trataron con cierto respeto y admiración, hizo buenas migas con el general alemán Adolf Galland, hasta tal punto que éste permitió que un aparato inglés sobrevolase Francia con el único objetivo de lanzar en paracaídas unas piernas ortopédicas para su amigo, que las había perdido durante el derribo.

De esta manera el bueno de Douglas recuperó la movilidad perdida y lo celebró inmediatamente fugándose del campo de prisioneros que le retenía, fue capturado y al poco lo volvió a intentar, varias veces, hasta que los alemanes se hartaron y le requisaron de nuevo las piernas.

Cuando fue liberado del campo de prisioneros de Colditz, en la primavera de 1945 tenía unas cuantas cosas que contar a sus nietos, a pesar de estar lisiado y ser morfinómano (fruto de los dolores causados en su primer accidente), había destrozado 26 aviones (25 alemanes y tres británicos), se había fugado de mas de media docena de prisiones y estaba vivo y coleando, era sin duda un mito.

Dos tipos raros




1920, el comienzo de una década curiosa, los jóvenes que habían salvado el pescuezo en la primera gran guerra aún se palpaban las ropas dando gracias al cielo por seguir vivos, tras las penurias de las trincheras, muchos llegaron a la sabia conclusión de que la vida pasa en un suspiro, (sobre todo cuando te bombardean con gas mostaza) dedicándose al noble arte del despiporre.

En ése ambiente, mientras unos buscaban pasarlo lo mejor posible, otros lloraban a sus muertos, y algunos otros intentaban por todos lo medios sacar tajada del asunto, mediums, espiritistas y demás fauna, hacían el agosto sacando hasta las entretelas a viudas y huérfanos, utilizando supuestos poderes para-anormales en supuestos contactos con los finados.

Un negocio redondo que acabó uniendo (primero) y separando (después) a dos tipos tan fascinantes como raros, estoy hablando de Sir Artur Conan Doyle y Harry Houdini, que se conocieron a principios de la década en una gira que el escapista hizo por la Gran Bretaña.

Resulta que el mejor mago de toda la historia era escéptico hasta la médula (supongo que por deformación profesional) y sobre todo en la última parte de su vida decidió convertirse en el azote de los predecesores de la bruja Lola, denunciando la poca vergüenza que éstos individuos poseían, llegando a presentarse en sesiones de espiritismo disfrazado y dispuesto a pillar los “trucos” de los timadores.

Eso le llevó a mantener correspondencia con el que por aquel entonces era un de los mayores defensores del espiritismo, el padre de Sherlock Holmes, que ya era famosísimo y estaba total y absolutamente convencido de que el propio Houdini realmente tenía habilidades sobrenaturales.

Aquella visión de asunto sorprendió al mago tanto que incluso se mostró dispuesto a revelar al escritor los trucos de sus proezas, en sesiones privadas, pero fue inútil, mientras fueron amigos y después de que se distanciaran al orondo literato nadie pudo nunca sacarle de sus trece.

Houdini, por su parte llevó su lucha hasta el final, llegando a establecer un acuerdo con su mujer Beatrice, un código secreto que sólo los dos conocían y curiosamente basado en las cartas de Sir Artur, el primero que palmara intentaría comunicarse desde el mas allá con el otro, transmitiendo la clave.

Tras la muerte del ilusionista docenas de parapsicólogos intentaron lograr la clave del asunto, buscando fama y fortuna, diez años después, Beatrice comunicó al mundo que nadie ni siquiera se había acercado y que harta de frikis, abandonaba la búsqueda.

Ése día el ilusionista de ilusionistas, dondequiera que estuviese, seguro que sonrió.

Doble R




El fregao de Vietnam ha sido y sigue siendo, por lo menos hasta que sea substituido por Irak, el gran trauma de una generación entera de “Yankis” , la trituradora a la que se mandaban a los jóvenes (voluntarios y de reemplazo) no sólo a morir sino también a perder la chola para mayor gloria del imperio.

Infierno verde donde negros, hispanos y blancos del medio oeste con apellidos como “Kowalski” podían hermanarse y aprender a matar unas docenas de amarillos antes de ser apiolados en un descuido y si por alguna extraña razón salían de una pieza siempre les quedaba la posibilidad de llevarse las alegres experiencias adquiridas a casa y recordarlas entre sudores fríos antes de subirse a un campanario con un M16 y doscientos cartuchos con revestimiento metálico.

De sobra lo conocemos gracias a la abnegada labor de tipos como Stallone o Chuc Norris, quienes a base de no sentir las piernas y desaparecer en combate (bien podían haberse perdido en la jungla para siempre) nos transmitieron con exactitud lo que significan las palabras “estrés post-traumático”

Palabras de sobra conocidas también por los mandos estadounidenses quienes a medida que se iban empantanando en el país asiático decidieron crear un servicio de relax para soldados llamado R&R, (Rest and Recreation o lo que es lo mismo, descanso y recreo) según el cual durante el año de servicio obligatorio, 13 meses para los muy machotes marines, se tenía derecho a una semana de vacaciones pagadas en cualquier lugar de Asia, tiempo suficiente según el ejército, para recargar las pilas y volver hecho un figurín a las ciénagas de Vietnam.

Pues bien ahora imaginaros a chavales de veintipocos años, tras meses machacándosela en una trinchera, sicóticos por la guerra, puestos hasta las trancas de mil y una drogas diferentes y con la certeza absoluta de que en cualquier momento un norvietnamita podía mandarlos a criar malvas, mandados de repente al lugares como Hong Kong, Manila o Bangkok, a pasárselo pirata.

No es de extrañar que la mitad de ellos volvieran con el rabo incandescente y se pasaran un par de semanas más tratándose la gonorrea, o que cuando se pulían el dinero en los prostíbulos de las ciudades antes mencionadas acabasen cambiando granadas por mamadas armando indirectamente a los mismos con los que se iban a enfrentar en la jungla, cuenta la anécdota que un mando, enterado de tales tratos y decidido a ponerles fin, se presentó en uno de ésos putis con la sana intención de limpiar su sable y el honor del ejército y que en mitad de un intenso interrogatorio y sólo Dios sabe como, una de las Lumis en un conato de ardor patriótico le metió un bocao en la polla causándole graves destrozos, en virtud de los cuales recibió nada menos que el corazón púrpura.

Me imagino a ése oficial regresando a casa con las piernas arqueadas, acogido con amor por su mujer e hijos, quienes, intrigados por cómo hirieron a su heroico padre y amante esposo al preguntar siempre reciben la misma contestación.

-Calla, hijo, calla….

jueves, 11 de septiembre de 2008

Un dia de furia




Existen tipos aparentemente pacíficos que atesoran en su interior una mala leche apocalíptica, gente de maneras hoscas pero tranquilas que de buenas a primeras y ante una intensa tocada de huevos, explotan, liándose la manta a la cabeza y llevándose por delante a quien sea, hasta que salga el sol por Antequera, como un animal que una vez desbocado es incapaz de volver a tranquilizarse.

Uno de esos personajes nació hace 240 años en tierras burgalesas, le llamaron Jerónimo Merino Cob y fue el segundo de doce hermanos, Dios a través del párroco de su pueblo le llamó a su redil bien temprano, aunque sin demasiadas exigencias intelectuales, le facilitó cuatro latinajos y le ordenó sacerdote, ejerciendo su ministerio en el pequeño pueblo que le vio nacer.

Nada especial hubiese ocurrido de vivir España en paz por aquellos años, el tiempo y el olvido hubieran devorado el nombre de Don Merino, que ejercía feliz y orgulloso su labor por las tierras castellanas, pero el destino es caprichoso y un buen día los pasos del cura se cruzaron con los de un franchute que decidió tocarle las pelotas, encendiendo sin saberlo la mecha de la bomba de hidrógeno que escondía su nada piadosa cabeza.

Cuenta la historia que la noche del dieciséis de Enero de 1808, en pleno comienzo de la guerra de la independencia un destacamento de franceses pernoctó en Villoviado, patria chica de nuestro protagonista, teniendo el grupo de gabachos un oficial jocoso hasta la médula, amén de antimonárquico y anticlerical que decidió al día siguiente divertirse con la autoridad eclesiástica del lugar obligando a nuestro querido amigo a transportar hasta Lerma y cual docta acémila los instrumentos de música de la banda del regimiento, imagino el grado de humillación que supuso aquello para el sacerdote, que al poco de volver al pueblo y con la sangre hirviéndole por las venas decidió coger la escopeta de caza y volarle los sesos al primer gabacho con el que se cruzó.

Después de aquello no le quedó otra que poner los pies en polvorosa echándose al monte con su criado, convirtiéndose en el germen de una de las guerrillas más bestias que hicieron la vida imposible al francés en estas tierras castellanas, “el cura Merino”, monárquico absolutista, cobarde, astuto y brutal a partes iguales fue el directo responsable de la muerte de miles de franceses así como cualquier españolito que oliera a afrancesado, teniendo entre sus hazañas bélicas el enterrar hasta el cuello a un destacamento gabacho vencido para jugar a los bolos con las cabezas de los desdichados y una bala de cañón.

Curiosamente, tras la guerra, no tuvo un verdadero descanso, luchó contra los liberales en la época de Fernando VII y contra Isabel II en la primera guerra carlista, lo que le costó el exilio a Francia en 1839, la patria de sus eternos enemigos y el lugar que le vio morir en 1844.

Perfectos capullos




Puedes ser un perfecto capullo, un inútil de tomo y lomo y a pesar de ello pasar a la historia, quedar inscrito en las enciclopedias para siempre, que tu nombre quede grabado entre los de Einstein o Cervantes, por muy lerdo que seas, aunque no sepas hacer la O con un canuto, aunque seas tonto del culo siempre podrás pegar un tiro a alguien.

Eso lo sabía bien Narturham Godse, un indio de la casta de los Brahmanes, de las mas altas dentro de la pétrea sociedad Hindú, que a pesar de ser un privilegiado y poder estudiar para, como decía mi abuela, llegar a ser un hombre de provecho, se le recalentó la sesera hasta límites insospechados, el odio racial fluyó por sus poros hasta que un buen día, seguramente manipulado por otros que no quisieron ensuciarse las manos decidió pegar cuatro tiros a la persona que más hizo por pacificar su país, estoy hablando de Mahatma Gandhi.

A Naturham le colgaron del pescuezo al año de su crimen, pero otro ilustre lumbrera que aún vive es Mark David Chapman, a lo mejor éste os suena mas, se levantó con el pie cruzado un 8 de diciembre de 1980, compró un ejemplar de “el guardián entre el centeno” para releerlo por millonésima vez y decidido, salió a patear las calles de Nueva York, tras pasarse el día esperando a las puertas de la casa de su ídolo, cuando éste volvía de unos estudios de música le metió cuatro tiros entre pecho y espalda, privó al mundo de la presencia de John Lennon .

Por último, para que quede claro que a cerriles a los españoles no nos gana nadie, cabe recordar a un tipo llamado Ramón Ruiz Alonso, ex diputado de la CEDA durante la república que, para vergüenza suya y de sus familiares, durante la guerra civil y resentido por haber perdido su escaño a manos de los partidos de izquierda no dudó en presentarse en la casa del poeta granadino Luis Rosales, falangista de pro que a pesar de sus ideas políticas protegía en agosto del 36 a uno de los mejores literatos españoles de la historia, Federico García Lorca, de poco le sirvió ésa protección al poeta, que moría fusilado unos días después y ahora yace enterrado en alguna cuneta sin nombre.

Creo que alguien debiera hacer un monumento a la estupidez humana, si así fuera, por Dios que no se olviden de poner sobre el mismo los lindos caretos Ramón, Mark y Naturham, para que grabados en piedra, las palomas se puedan cagar a gusto sobre ellos.

La flor en el culo




Imaginad la situación, 30 de Marzo de 2005, hace bien poco, 110 palomos a lo largo y ancho de Norteamérica sellan sus correspondientes 110 boletos de la Powerball, (lo que por lo visto es una lotería similar a la de los Euromillones), todos ellos misteriosamente eligen la misma serie de números, 22, 28, 32, 33, 39, con el 40 como complementario, y he aquí que los astros de la fortuna se confabulan para hacer que a todos ellos les crezca un trébol de cuatro hojas en el culo.

Les toca el segundo premio, ya que fallan el último número, se reparten casi veinte millones de dólares, en lo que aparentemente es la pesadilla de cualquier estadístico, si lo habitual son 4 acertantes, ése día aparece un regimiento, inmediatamente saltan las alarmas en la MUSL, asociación interestatal encargada de la organización del sorteo y acuden al FBI con la mosca detrás de la oreja y pensando en la más que probable posibilidad de tongo.

Pero resulta que los acertantes no se conocen entre si, no forman parte de una peña, ni de una secta de frikis adoradores de la serie Lost, no se les ha aparecido la virgen, ni son super hackers informáticos capaces de manipular con sus ordenadores las máquinas del mundo, resulta que son amas de casa, curritos del medio este con su panza cervecera y su bandera en el porche, inmigrantes, blancos, negros y amarillos, una muestra perfecta de los diferentes estratos sociales del imperio.

Cunde el pánico en Quántico, llaman a Fox Mulder y a Dana Scully deseando que sean reales pero, ¡mierda!, solo son actores, comienzan a hacer entrevistas a cada uno de los agraciados, les ponen un mono naranja, les hablan de de un maravilloso lugar de vacaciones llamado Guantánamo y al final confiesan.

Son culpables, todos ellos habían comido las mismas galletas, ésas galletitas chinas de la suerte que tan populares son en medio mundo, en cuyo interior encuentras papeles con frases que parecen sacadas del zodiaco del “Pronto”, a el lumbrera que escribía aquellas sentencias se le había ocurrido insertar una serie de números mágicos, animando al personal a jugarlos a la lotería, curiosamente ése día acertó.

No se si los afortunados hicieron algún regalo al literato, pero lo seguro es que a ningún currante de Wonton Food INC (fabricante de las galletas), le tocó ni una perra gorda.

Para tirase de los pelos.

Dalí y los manguis del imperio




Pongámonos en situación, Nueva York, 1965, Nico Yperifanos, empresario intimo amigo de Salvador Dalí acude a una cena organizada en Manhattan en honor del genio catalán, a la que por cierto el propio pintor no acude debido a un fuerte resfriado, allí el griego conoce, entre copas de vino y chuletas de ternera, me imagino, a una esforzada funcionaria del departamento de prisiones llamada Anna Moskowits Kross, la buena de Anna tiene por aquel entonces la sana intención de hacer que sus chicos dejen de levantar pesas y patear culos ajenos, rehabilitándoles a través del arte y la pintura, para ello le pide al tal Nico que interceda por él para conseguir que Dalí acuda a la prisión de Rikers Island a dar una especie de clase magistral a sus alumnos más aventajados.

Hasta ahí todo muy bonito.

A todo el mundo le pareció una genial idea que sin embargo topó de bruces con Gala, la mujer del pintor que al comprobar que la charla era de gratis montó en cólera, (debía ser de la cofradía del puño cerrado la musa) y el caso es que con la recurrente excusa del resfriado, el genio al final faltó a su cita con los presos.

No se debió quedar a gusto Dalí con el plantón, ya que como compensación hizo un dibujo al carboncillo, un “cristo crucificado” que regaló a los internos para que decorara el comedor de la cárcel, y allí estuvo el cuadro hasta que por un quítame allá esas pajas, en 1981 uno de los comensales acabo reventando el cristal de protección de la pintura y manchándola con café.

Quedó pendiente la reparación del cuadro, que comenzó a coger polvo en el cuarto de los guardias hasta que un tal Timothy Pina, influenciado quizás por el ambiente de bondad y caridad de recinto y acuciado por unos números rojos en su cuenta que no hacían más que crecer y crecer, decidió dar el cambiazo por una copia barata durante un simulacro de incendio y llevarse a casa de un colega la obra que por aquel entonces ya alcanzaba la cifra de 500000 $ tirando por lo bajo.

El engaño duró poco tiempo, ya que otro guardia veterano y muy devoto (rezaba frente al cuadro a diario) pilló el truco a primeras de cambio y lo denunció comenzando una investigación que puso nervioso al ladrón, que acabó destruyendo la prueba del delito.

Triste fin para los borratajos de un genio que por unas horas de 1965 sintió que les debía una a los manguis del imperio.

La media sonrisa de Jake




El 14 de Noviembre de 1947 fue un día estupendo para hacer apuestas, sobre todo para la mafia, en el Madison Square Garden de la ciudad de los rascacielos dos hombres bailaban sobre la lona, Billy Fox, (“el negro Filadelfia”) media sus golpes contra un de los mitos del boxeo, Jake LaMotta, (“el toro del Bronx”), siguiendo el combate en primera fila, una ristra de tipos con el pelo engominado, puros quilométricos y cara de no haber roto un plato en la vida sonreían relajados mientras pellizcaban el culo a sus rubias acompañantes, no había nada por lo que preocuparse, el combate estaba amañado.

LaMotta, supuesto favorito, el primer hombre que había derrotado a otra leyenda llamada Sugar Ray Robinson, andaba cohibido, intentando no hacer demasiada pupa al maromo que tenía delante, reculando y recibiendo una buena somanta, poniendo su fea cara al alcance del de Filadelfia, no duró mas que cuatro asaltos, KO técnico y para casa.

Él mismo lo cuenta en sus memorias: “En el primer round, tras golpearle un par de veces en la cabeza comencé a ver una mirada vidriosa en sus ojos, pensé ¡Jesucristo!, ¿Un par de golpes, y ya se va a caer?, comencé a sentir pánico, se suponía que debía vencerme y parecía que iba a acabar el combate teniendo que sujetarle por las piernas, (..) En el cuarto round si había alguien en el Garden que no sabía lo que estaba sucediendo, era porque estaba totalmente borracho”.

Con el tiempo acabaron pillando el tongo, cuando años mas tarde el FBI comenzó a investigar las ramificaciones de la Mafia en el mundo del Boxeo y llamaron a la puerta de LaMotta, éste cantó su vida en verso, admitió que se había dejado ganar porque si perdía, le dejarían ser aspirante al título mundial de peso medio (lo ganó en el 49), que era lo único que le importaba.

Los motivos por los que se confesó con los federales, enfrentándose a una mafia, que desde aquel día le colocó en su punto de mira, los contaba él en ante las cámaras en una entrevista no hace demasiado tiempo: “Era estúpido, tan estúpido que no tenía miedo a nadie, ni a la mafia ni al FBI, aún sigo siendo un poco estúpido, lo conté para dejar claro que si me vencieron, fue por que yo quise”.

Tipo curioso, nuestro amigo Jake, sonríe a la cámara con sus ochenta y muchos tacos entre pecho y espalda, con la cara esculpida a hostias, un gorro de cowboy y fumando un puro descomunal, mientras lo sujeta en el aire, el habano tiembla como una maraca, y es que los años no pasan en balde, se le ve orgulloso, consciente de que es una leyenda, con una media sonrisa en la cara que parece decir ¡os jodéis, que sigo vivo! a aquellos que una vez quisieron cepillársele, y no pudieron, gente chunga donde las haya, que por una vez se tuvieron que tragar su venganza.

Bertrand Russell




Bertrand Russell, filósofo, matemático, Nóbel de literatura, pacifista… un sabio, las siguientes frases están sacadas de su autobiografía., una vida intensamente motivada.
“Tres pasiones, sencillas pero tremendamente fuertes, han regido mi vida: el deseo de amar y ser amado, la búsqueda del saber y una compasión, superior a mis fuerzas, por el sufrimiento de la humanidad...

Estas pasiones, como vientos potentes, me han zarandeado de aquí para allá, en navegación tortuosa, por el océano profundo de la angustia, hasta el borde mismo de la desesperación.

Busqué primero el amor, porque trae consigo el éxtasis –éxtasis tan grande que muchas veces hubiera sacrificado yo el resto de mi vida por unas pocas horas de su gozo–. Lo busqué, también, porque el amor alivia la soledad –esa terrible soledad en la que el tembloroso ser que tiene conciencia de sí mismo se asoma al borde del universo y ve un frío abismo sin fondo y sin vida–. Y lo busqué, finalmente, porque en la unión que es amor he visto, como en mística miniatura, la visión anunciadora de ese cielo que los santos y los poetas han imaginado. Eso es lo que busqué y, aunque parezca quizá demasiado gozo para el hombre, eso es lo que –al fin– he encontrado.

Con el mismo apasionamiento busqué el saber. He deseado comprender el corazón del hombre. He querido saber por qué brillan las estrellas. Y he intentado apoderarme del poder pitagórico gracias al cual el número triunfa sobre el flujo. Algo de esto, aunque no mucho, he conseguido.

El amor y el saber, en cuanto me fueron posibles, me levantaron hacia arriba, hacia los cielos.
Pero la compasión me devolvió siempre a la tierra. Ecos de gritos de dolor reverberan en mi corazón. Niños hambrientos, víctimas torturadas por opresores, ancianos inválidos que son sólo una carga odiada para sus hijos, y todo ese mundo de soledad, pobreza y sufrimiento convierte en burla lo que la vida humana debería ser. Aspiro con toda mi alma a aliviar el mal, pero no puedo, y sufro. Esta ha sido mi vida. La juzgo digna de vivirse y, si se me diera la oportunidad, volvería a vivirla con gusto”

La vida en un tarro



Hace aproximadamente nueve años un maestro de instituto de una zona rural de Kansas tuvo una feliz idea, en el marco de un trabajo relacionado con la vida, el respeto y la tolerancia tres de sus alumnas encontraron una breve reseña en un periódico, que hablaba sobre una mujer que había salvado a mas de 2500 niños judíos de la maquinaria de muerte alemana durante el holocausto.

Aquella historia, poco conocida y enterrada bajo toneladas de indiferencia sonaba un poco a chino, tanto, que incluso las tres estudiantes por un momento pensaron que se trataba de un error tipográfico, por suerte eran cabezonas, perseverantes y currantas, y pasito a pasito redescubrieron al mundo las vivencias de una polaca con más cojones que los de el caballo del general Espartero.

Irena Sendlerova, que aún vivía en un asilo de Varsovia, había pasado desapercibida a los ojos de los mortales, mientras a Spilberg le cegaban los flashes de los fotógrafos en el estreno de la lista de Schindler, ella envejecía lentamente entre recuerdos a los que ya nadie prestaba demasiada atención.

Recuerdos de la madre de todas las guerras, que a ella la pilló jovencita siendo enfermera del Departamento de Bienestar Social Polaco, puesto desde el que tuvo, tras la ocupación alemana, pleno acceso al gueto de Varsovia, ya que los nazis, muy valientes ellos, dejaron en manos autóctonas la organización sanitaria de aquel pudridero temerosos ante la posibilidad de que se propagase una epidemia de tifus entre sus hombres.

No perdió el tiempo entre los muros de aquel siniestro lugar, instauró una red de colaboradoras (la mayoría mujeres) que en cada entrada y salida del barrio amurallado evacuaban del infierno a los más pequeños, de tapadillo, entre bultos, maletas, o en ambulancias, supuestamente aquejados de tifus, uno a uno, hasta 2500, mas tarde los redistribuía entre católicos cristianos que los hacían pasar como hijos propios ante los alemanes, tan intensa fue su labor que al final las SS la cazaron, la encerraron en la prisión de Pawiak y la molieron a palos, la rompieron pies y piernas pero no soltó prenda, ni una sola familia acogedora fue delatada, cansados de zurrarla la condenaron a muerte, pero camino del paredón, un oficial Alemán al que la “Zegota” (organización clandestina polaca) había sobornado, la liberó, con la ventaja adicional de quedar oficialmente fusilada.

Se recuperó y siguió trabajando con otra identidad hasta que acabó la guerra, momento en el que intentó reunificar a las familias, lamentablemente ya no quedaba mucho que reunir, ya que el 90% de los adultos habían sido asesinados, aún así y gracias al meticuloso registro que hizo de nombres y apellidos (que guardaba en tarros de cristal enterrados bajo el manzano de su vecino) sus niños recuperaron al menos su identidad, acabando la mayoría en orfanatos israelíes.

Las chicas de Arkansas (al final pudieron conocer a Irena personalmente) pusieron en marcha una bola de nieve que aún no se ha detenido, lanzándola al estrellato, miles de artículos ahora la recuerdan, existe una obra de teatro basada en su vida y representada por adolescentes que recorre todo EEUU, se llama “Life in a Jar” y Hollywood, atento siempre a las buenas historias, parece ser que la va a convertir en película

Irena murió en mayo de este año tras haber sido propuesta para el Nóbel de la paz, premio sobradamente merecido (para una mujer a la que no le quedaba demasiado) que en un alarde de politiqueo indecente acabó recayendo en ése superecologista de diseño llamado Al Gore.